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ExReina

bybrunorivera©

Mi nombre es César y soy arquitecto. Tras diez años de un matrimonio "ejemplar" con una dama llamada Mildred, tuve un desliz con mi secretaria, cuyo nombre no mencionaré, y al no saber guardar secretos, mi esposa me exigió el divorcio. No estoy orgulloso de la experiencia, así que no entraré en los "jugosos" detalles aquí; además, no quisiera revivir los traumas emocionales y las vicisitudes económicas por los que hice pasar a mi familia. En cuanto a mi secretaria, ella también me abandonó. Aunque no la culpo, mi desempeño profesional también se vio afectado. Tuve que contratar a otra empleada, que no fuese tan atractiva, por sentimientos de culpa. El período de adaptación duró poco más de un año, pero logré recuperarme financieramente, tras asegurar un ambicioso proyecto de remodelación a varios edificios gubernamentales.

Mi hija, Michelle, entró en la adolescencia y mostró un interés por el modelaje. Las clases son un tanto costosas, y, además, a mí no me agrada la idea de que ella eventualmente pose para una revista de modas o deportes en bikinis o trajes demasiado reveladores, pero preferí no oponerme y pagar, para no tener una discusión muy agria con ella, o peor, con su madre. Algunos días, me tocaba llevarla o recogerla a la academia. Allí conocí a su maestra de pasarela. Su nombre es Dafne y tiene la figura típica de modelo, aunque es un poco baja de estatura. Sé que ganó varios concursos de belleza locales y regionales, y fue una digna finalista en competencias internacionales. Tras su "reinado", tuvo una breve y tormentosa relación con un cantante de algún género musical de moda, y tras varios incidentes escandalosos y violentos que perjudicaron su buen nombre, se retiró de la vida pública, según los tabloides, que durante algún tiempo, la persiguieron con los consabidos "paparazzi" para apenas lograr algunas tomas sin maquillaje, en ropa corriente y con algunas libras de más. Cuando la prensa sensacionalista perdió todo interés en ella, ante la aparición de "carne fresca", una prestigiosa modelo, un poco mayor que yo mismo, abrió su academia, que incluye una agencia para que los egresados logren empleo, y hasta tiene su propio taller de alta costura. A pesar de la reputación de Dafne, la contrató para atender los grupos de niñas y adolescentes.

Muchas veces, yo cargaba con sus compañeras de la academia o de su escuela regular, para que trabajaran en proyectos especiales, porque venían en los días que me toca visita, según el acuerdo de custodia compartida. Una tarde, ella insistió en invitar a su maestra favorita: ¡Dafne! Lo único bueno de ese asunto era estar en presencia de su belleza, ya que logró ponerse nuevamente en forma para dar ejemplo de disciplina y autocontrol a sus alumnas, su inesperada compañía me resultaba incómoda. Yo temía que surgiera el tema de mi divorcio y supongo que ella estaba aprensiva a que yo solamente pensara en los chismes de farándula en los cuales se vio involucrada. En realidad, yo aspiraba a pasar "tiempo de calidad" con mi hija y no con una extraña, por más especial que pudiese resultar.

Michelle habló durante todo el camino acerca de sus anécdotas en la academia y otros temas juveniles, y Dafne se limitó a comentar una que otra cosa en la línea de conversación que la jovencita marcaba. A veces, me miraba, como anticipando que mi hija dijese algo que no fuese de mi agrado, pero yo preferí guardar silencio. Las llevé a un restaurante elegante, a la altura de mis "princesas", donde hicieron gala de sus lecciones de refinamiento y buenos modales. La niña asumió un tono más discreto y la profesora tomó la palabra, entablando conversaciones conmigo acerca de temas inocuos, tales como: arte, música, buena comida y el clima. Tras terminar de cenar y pagar, las conduje hasta mi apartamento, donde, tras romper el hielo, la compañía de la ex-modelo me resultó más grata y cómoda. Furtivamente, me fijé más en sus rasgos: Cabello castaño claro cortado hasta los hombros, rostro casi redondo, no muy diferente a las jóvenes en su grupo, ojos verdes claros, casi azules, hipnóticos; labios no muy gruesos, pero que invitan a besarlos, manos y pies muy cuidados, y vestido muy sobrio, semi-formal.

Tras algunas horas, mi ex-esposa nos llamó para avisar que llegaría a recoger a Michelle, y tanto Dafne como yo nos pusimos un poco nerviosos de que Mildred viera a la maestra en una situación tan íntima conmigo y con mi hija, así que dije:

- Señorita, por favor, espéreme en la habitación, y Michelle, toma tus cosas y bajemos para recibir a tu madre.

Dafne no pudo contener un gesto de resentimiento porque yo la mandara a esconderse, pero insistí:

- Mire, mi divorcio de su madre fue bastante contencioso, y si ella la ve a usted aquí, dará de baja a Michelle y se querellará ante su jefa.

Se resignó a decir:

- Entiendo.

A Michelle, la situación le pareció un poco divertida, pero cooperó con discreción. Tomamos el ascensor para llegar a donde su madre nos encontraría. Mi conversación fue cortés y breve, y al despedirnos, se marcharon pronto. Regresé al apartamento para llevar a Dafne a su casa, pero me sorprendió, pidiéndome:

- Si no le es molestia, es algo tarde para salir de nuevo. ¿Me permite tomar una ducha y pasar la noche en su sofá?

- Si eso es lo que quiere...

Busqué alguna ropa de mi hija para que la joven se pudiera cambiar al salir del baño, y cuando ella terminó, yo pasé a ducharme también. Cuando yo terminé y me vestí, ella ya estaba sentada en el sofá, escuchando música suave. Al quedarnos solos, surgió un silencio incómodo, acusador: ya no nos quedaban temas triviales de conversación y temíamos que de lo único que nos restaría hablar fuese de nuestras respectivas indiscreciones. Mi ropa era algo holgada y la que ella se puso, por el contrario, era más ajustada, dada la diferencia en talla. Ella tuvo que dejarse la blusa un poco desabotonada, para hacerle espacio a su busto de adulta. Me perturbaba, y a la misma vez, me excitaba, tener dentro de mi hogar a una mujer tan joven, casi con aire de adolescente. Traté de disimular, y hasta llegué a volverle la espalda, y ella se comportó similarmente. Me preguntó:

- ¿Me permite cambiar la música?

- Como usted guste.

Ante mi estéreo, se confundió un poco con los botones, así que me acerqué a ayudarle. Entonces, ocurrió: me coloqué detrás de ella, y estiré mi brazo sobre su hombro para oprimir el botón apropiado sin poder evitar el contacto con su espalda y su nuca. Aspiré la fragancia de su cabello, y ya no pude resistirme. Sentí una descarga de tensión y supe que se estaba propagando entre ambos. Coloqué mis manos sobre sus hombros por incontables segundos y ella se encogió, pero se volvió a relajar. Me puse más atrevido y crucé un antebrazo sobre su clavícula, para acercar mi mejilla contra la suya, mientras escuchábamos la melodía más atentamente. Se hacía inevitable la presión de mi pene sobre sus nalgas mientras nuestras caderas hacían un tipo de baile, y ella llegó a asirse de mi muslo izquierdo para "derretirse" contra mí. De pronto, se zafó de mí, y antes de que yo me tuviese que disculpar, tomó mis mejillas, invitándome a besar sus labios. Al así hacerlo, la tomé por la cintura y nos fuimos devorando mientras sentíamos el calor de mi miembro contra su abdomen y el de sus pezones contra mi pecho. Luego, la tomé por sus nalgas y se colgó de mis hombros para dejarse levantar, quedando sus pies a pulgadas del suelo mientras yo la cargaba desde el estante hasta el sofá. La deposité sobre los almohadones y me tomé la libertad de desabotonarle la blusa por completo, mientras ella hacía lo propio con mi camisa. Me precipité a lamerle las tetas, y pronto pasé a chupárselas con avidez. Al arquearse por el placer, le halé sus pantalones de pijama. Nada más llevaba puesto. Besé y hasta mordí su vientre en mi ruta hacia un festín con su vulva y clítoris. Ella ya no podía disimular lo que estaba sintiendo, porque el movimiento de sus caderas era convulso y gemía incontrolablemente.

Tras alcanzar su primer orgasmo, se escabulló de mi agarre, y procedió a quitarme mi pijama, para reciprocarme tomando mi pene entre sus labios. Besó mi glande con picardía y poco a poco, se engulló la longitud entera, para comenzar a moverse lentamente y mamarme. Exclamé:

- ¡Oh, no me puedo aguantar!

Y eyaculé en su boca. Era obvio que lo esperaba. Sorbió tanto como pudo, y mientras me lo drenaba, perdí mi erección. Me levanté para ofrecerle algo para beber, y como respuesta, me besó otra vez. Al hurgar mi lengua con la suya, sentí lo que debió ser el sabor de mi propio semen, y me despegué porque me dio asco. Pero también, mi erección regresó y la tomé de nuevo, casi con brusquedad, la recliné sobre el sofá y penetré su vagina. Habría podido eyacular inmediatamente, pero me tomaría varios instantes recargarme de semen, así que bombeé con calma, al ritmo de la música. Ella me agarró por mis nalgas, urgiéndome a acelerar un poco, y gimió una y otra vez, para finalmente, echar su cabeza hacia atrás, exhausta de tanto placer. Di mis últimas sacudidas y descargué dentro de ella lo que me quedaba. Nos sentamos para tomar algo y recobrar fuerzas para caminar hasta la cama. Le comenté:

- Para mí, siempre serás la mujer más bella del universo...

Nos abrazamos para quedarnos dormidos juntos.

Tuvimos más encuentros como ese, y hasta más atrevidos, pero nada más alla del sexo anal.

Cuando mi hija llegó a la mayoría de edad, optó por una carrera universitaria más "seria", y abandonó el modelaje. Participó en un certamen, y aunque Dafne se movilizó para asesorarla, llegó solamente a semi-finalista. Después de eso, la maestra desapareció de nuestras vidas. Supe, a través de conversaciones con Michelle, que la jefa quiso retirarse, y le ofreció a la joven venderle su parte del negocio, pero ella solamente era una asalariada, y no tenía tanto ahorrado para invertir en la empresa. Al cerrarse, por lo menos, consiguió buenas referencias para que la contrataran en otra academia, hasta que también le tocó la edad de su retiro. Yo también me había retirado, y aunque lo que yo más anhelaba era reconciliarme con la madre de mi hija, ya eso es un capítulo cerrado.

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