tagLibros y Novelas10:15 Ramón pasa a recoger a dona L

10:15 Ramón pasa a recoger a dona L

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Ramón recoge en coche a doña Lourdes. Cuando la señora Lourdes sale del portal y se acerca taconeando al coche encaramada sobre sus zapatos de aguja, a Ramón le da un chasquido de regusto en los huevos. Piensa que viene atractiva la condenada!

Su secretaria le ha avisado por teléfono que tenía que pasar a recogerla hace unos instantes, en el momento que sus guarrillas domésticas le terminaban de vestir y se disponía a salir. Lo consideró como un engorro, ya que iba con prisa y retrasado, y ni contaba con ella como invitada a la sesión de hoy, ni mucho menos que tuviera que hacerla de chofer, pero lo morcillona que se le ha puesto la chorra le dice que a lo mejor no ha sido tan mal encargo.

Doña Lourdes viene haciendo alarde de sus largas piernas con medias de color canela emergiendo de una cortísima minifalda negra que le ajusta el prieto trasero. Ramón sabe que ese trasero le anda haciendo antesala desde que observó esta mañana como la señora Lourdes le espiaba cuando se follaba a las sirvientas. Lleva una chaquetilla negra a juego con la minifalda y una blusa blanca traslúcida de gasa que deja ver el encaje del sostén, un sostén ligero que deja sucumbir los pechos en su caída natural, y sobre el que baila un largo collar de perlas blancas a dos vueltas. Labios rojo rabioso y ojos negros enmarcados en un negro intenso, hacen juego con su pelo corto también moreno. Le enmarcan la cara dos pendientes también de perlas, y completan su cargamento de joyas un sinfín de pulseras, anillos, un medallón y un broche.

Lourdes se ha vestido deprisa sin la ayuda de su criada Dolores, que no sabe donde se ha metido, nunca está cuando se la necesita, quizás salió a por pan, pero al final el espejo le devuelve una figura seductora y con glamur. Así que sale contenta y triunfadora.

Doña Lourdes mantiene una relación con Ramón de sentimientos encontrados, pues está algo ofendida desde que su marido la perdió al póquer con Ramón, y a señora tan altiva le molesta haber sido mercadeada como un objeto.

Resulta que el marido de Lourdes, don Severino, en ocasiones la acompaña cuando va de compras y especialmente cuando va a "lencerías Mimí", y al viejo verde se le cae la baba observando el plantel de bombones que trabajan como dependientas, y resulta que se enamoró perdidamente de una de ellas, la Bombi, cuando la conoció.

La Bombi

La Bombi era una tía maciza, escultural, muy presumida y vanidosa, de las que quitan el hipo a los hombres cuando pasaba. Era bonita de cara, aunque algo estúpida, una cara de tonta engreída y coqueta que iba flirteando todo el rato con mucho morrito y abaniqueo de pestañas, y llevaba el pelo negro liso por los hombros, que agitaba a cada momento de modo fatuo. Lo espectacular era ver surgir de esa cintura de avispa, con esa vehemencia, ese par de melones, que lucía muy ufana, henchidos como globos a reventar, que rebosaban por todos los flancos de cualquier vestimenta, y que se sujetaban como de milagro bien alto, pues apenas caían para que su perfil pudiera marcar, al menear envanecida las masas de carne para lucirlas, todas la sinuosidades y curvas imaginables, a cual más morbosa. Tenía una voz chillona y aguda. Gritaba de gusto como un ratoncito cuando me la follaba, muy pagada de que la oyeran. Tenía un culito de adolescente aunque respingón, del que se jactaba mucho, y que ponía en pompa teatralmente cuando me intentaba seducir, y que daba gusto partírselo, sea por la almejita o por el ojete. Aunque uno no sabía si tirársela, o mejor disfrutar de la contemplación de su cuerpo escultural haciendo un numerito de strip, mientras una amiguita me pajeaba, o mejor dos amiguitas, que con el empalme brutal que se me ponía, hacían falta cuatro manos para someter al bicho. - Ramón Amador. MEMORIAS -

Cuando la veía, al hombre se le ponía tal cara de bobo, que ya era motivo de burla entre las chicas, pues solo faltaba que se le cayera la baba. Para calentarle más la sesera, Ramón le había contado, con todo lujo de detalles, como en confidencias entre varones, los polvos que le echaba a la Bombi y lo ardiente y arrastrada que era en la cama.

Entre bromas y chanzas, el marido de la Lourdes, presumiendo de pareja liberal, ofreció a Ramón un intercambio de parejas, su señora por la Bombi. Ramón pretextó una milonga contando que la Bombi era, pese a su apariencia explosiva, una chica muy recatada y decente, pues aspiraba a un matrimonio serio, y que en general no follaba, salvo excepciones muy contadas, como con su jefe, Ramón, porque con el jefe se admite y se da por sabido, y no habrá pretendiente que en ello le vea pegas, que si no, quedarían casaderas solo las muy feas, y eso había sido tras mucho insistir, y que habría que seducirla por medio de su debilidad, que eran las joyas, pero que haría lo posible por persuadirla.

El cretino, para congraciarse aún más con Ramón, ofreció adelantar el disfrute de su señora en el pactado intercambio.

Lo del matrimonio liberal y abierto era en realidad un cuento, un eufemismo para referirse a los amantes consentidos de la señora, pues el hombre, aparte de putas, no ligaba mucho, que era un hombre de negocios muy ocupado, que se había casado ya maduro con la Lourdes cuando era modelo, más que nada por prestigio y por lucirla, pero que no le tenía mucha afición al sexo. Ahora, a sus edades, es cuando de pronto se le iba el sentido con las jovencitas.

El asunto es que doña Lourdes estuvo encantada con el regalo que le hacía su marido de este amante inesperado y tan bien dotado. Siendo amiga de la Mimí, y además vecinas, había asistido a alguna velada juntos los tres, pues a Mimí le encantaba invitar a tomar el té para presumir con las amigas dándolas a conocer a su sobrino y la hermosura de sus atributos. Pero, aunque su vientre atesoraba alguna lechada de Ramón, que una mamada a medias con la Mimí como guinda a una merienda no es sino pasatiempo para amenizar los dulces, no podía decirse que lo hubiera poseído, pues nunca le había hecho los honores al coño como dios manda, salvo con tocamientos galantes en las susodichas veladas, en el sofá tomando pastel, como solaz mientras las dos damas le rinden tributo a la polla, ni que fuera amante suyo, pues no le veía sino era con la ocasión de una recepción de la Mimí, en su casa, y no era Ramón a quién se pudiera arrastrar a incómodos moteles solo porque una vez se atiborró de su esperma. Su cosecha se limitaba pues a alguna calentura, algunos sabores dulzones y la urgencia de regresar a casa a encerrarse de inmediato en su cuarto, alegando dolor de cabeza, sacar del fondo de la mesilla el consolador de goma, pringarlo bien de crema, y soñar con Ramón mientras se lo sacude.

Después de una cena en casa de los esposos, con mucho circunloquio acerca de los matrimonios modernos, la libertad sexual, y otras introducciones al tema, doña Lourdes se queda atónita, lo mismo que la criada Dolores que andaba sirviendo los postres, que no da crédito a sus oídos, atónita pero gratamente sorprendida desde el primer instante, de escuchar al memo de su consorte don Severino invitarla todo almíbares a que entre en intimidades con el invitado, pues parece notarla la apetencia, y cómo negarle ese antojo a una esposa, y a insistir tanto en ello, que no para hasta que no desaparecen pasillo adelante hacia las habitaciones, después de algunos jugueteos delante del marido para ir rompiendo el hielo, y para comprobar que, efectivamente, el cornudo solo sonríe paternalmente con los avances de la pareja, y aún quiere colaborar, aunque pronto lo deja porque a doña Lourdes le da repelús.

Grande es el contento de la señora, porque a partir de entonces Ramón, cuando se le venía en gana, y no tenía otros coños que atender, o tenía una tarde aburrida, empezó a tirársela con todos los consentimientos del marido en su propia casa, para lo cual no tenía más que cruzar el jardín y dejarse caer de visita por casa de los vecinos, y además en su cuarto, siendo el cornudo el que cedía caballerosamente la confortabilidad de la habitación a los amantes para irse a dormir a otra habitación, puede que a sacudírsela con algunas fotos de la Bombi que Ramón le había proporcionado en secreto, que en alguna foto se la andaba trajinando. Con que fuera alguna visita al mes, ya era alegría notable para el cuerpo de doña Lourdes.

En cambio, don Severino, en sacando con mucha turbación del secreter las fotos de la Bombi, y empezar a pelársela, ya derramaba sin remedio antes de que llegara a ponérsele medianamente dura, tanta pasión le despertaba la chica, y luego se la restregaba por horas acongojado sin obtener provecho, con lo cual su avidez por la chica iba en aumento, y lo traía ojeroso y macilento.

Grande es el contento también de la Dolores, la mucama de la casa, que aunque Ramón ya la da zurriago de tiempo atrás cuando acompaña en los excesos a las domésticas de madame Mimí, con la entrada libre de Ramón a la mansión no dejan de presentarse ocasiones de ponérsele a tiro, como por ejemplo si doña Lourdes se retrasa en las compras. Y es un gran placer atenderle de premuras en su propia cocina, con lo limpia y bonita que la tiene, que es como recibirle en casa de una, que si aparece la señora basta con desenfundar y recomponerse la vestimenta para cuando la señora termine de desvestirse y haya que subir a su cuarto a anunciarle que tenga lista su vaina, que Ramón llegó de visita, y viene con ganas de enfundar.

Gran provecho saca la Cati, la hija del matrimonio, una linda chica púber. La mansión ofrece mil oquedades y rendijas por las que espiar y Cati está completando aceleradamente su educación sexual viendo practicar a su mamá y su doméstica. Ramón, desde que conoce la tierna promesa, la anota en su agenda para dentro de uno o dos años, porque le gustan jóvenes pero no le ve la amenidad a eso de coger coños núbiles, que follar debe ser, como el baile, o como un combate si me apuras, de a dos, y en ello no hay pareja ni rival, y debe ser tan amargo como comer frutos verdes, de forma que tito Ramón la trata muy cariñosamente, pero no va más allá, y en mimos, cariños y roces la niña va aprendiendo a reconocer la diferencia entre sus viejos sentimientos y las nuevas fiebres, instrucción despaciosa pero más fructífera a la hora de madurar una futura buena zorra refinada.

Por su parte, Ramón facilitaba los encuentros de Severino con la Bombi y hacía que fuera ella la que les atendiera cuando iban a comprar a Lencerías Mimí, y si doña Lourdes se demoraba en el probador, aunque fuera con Ramón dentro, el hombre estaba encantado de tener la oportunidad de pelar la pava con la esquiva Bombi mientras tanto. Le prometía mil promesas, y le juraba mil amores, ponerla un apartamento y tenerla como una reina, y la Bombi se dejaba querer pero se hacía la ñoña y se resistía, con eso de su príncipe azul y su matrimonio. Así que se decidió a atacar por el lado de las joyas y los regalos.

El cornudo pasó una temporada pasándole obsequios caros y notas amorosas a la Bombi a través de Ramón. Ni que decir tiene que Ramón se repartía los regalos a medias con la chica. El negocio era suyo y de su invención, y la Bombi no era sino el cebo, pero siempre fue muy considerado con las empleadas, y con las notas pasaban buenos ratos leyéndolas y riéndose del viejo. Es más, como el hombre no tenía mucho tiempo y menos gusto para cosas de damas, acabó encargando a Ramón las compras de las joyas, entregándole para ello el dinero, con lo cual Ramón tenía pingues ganancias en la compra, timándole en el precio, y luego en el reparto.

Unos meses después, el hombre, que pasaba un mal momento financiero, empezó a pedirle a Ramón que le adelantara la plata para sus regalos a la Bombi, y así empezó a empeñarse con Ramón, con una pasta que éste nunca se gastaba, pues no compraba nada, salvo el sobre rosa perfumado con que la Bombi escribía una cursi nota de agradecimiento por tal anillo o tal juego de pendientes inexistentes. Al cabo de unos meses, la deuda era elevada.

Muy asiduo del casino, el hombre tenía fama de ser rival sin par al póquer, imbatible arruinador de grandes apuestas, así que pensó organizar una partida en su casa por ver si se libraba de la deuda. La envidada consiste en que si gana, salda el débito y se tira esa misma noche a la Bombi, si hace falta bajo amenaza de despido por parte de Ramón, y si pierde se olvida de la Bombi, aunque Ramón conserva sus derechos sobre su mujer mientras persista la deuda.

Ramón acudió al reto con la Bombi, que vestía con un escote de vértigo que deja desbandarse por todos lados sus despampanantes melones y una minifalda de las que quitan el aliento. Además lucía como en escaparate la colección de alhajas recibidas en regalo, para enorme susto del pendejo, que temía una pregunta de su mujer al respecto o una indiscreción de la Bombi. Por su parte, la Lourdes va más casera, apenas una camisa que le llega a medio culo y la pantaloneta debajo, y sus largas piernas, no puede ser de otro modo, con unas medias de importación, de estreno, y largos tacones como siempre.

Antes de la partida ya ha habido tormenta, porque la Lourdes, cuando se entera de la enjundia del negocio, arma la marimorena, pone el grito en el cielo, y pone a su marido a caldo. De manera que don Severino ya acude algo corrido a la partida.

Comienza la partida y pronto las cosas empezaron a pintar mal para el cretino. Entre lo nervioso y excitado que le pone la Bombi, que se le va la vista tras su cuerpazo más que a la baraja, y la imaginación se le va al polvo que piensa estar echándole esta noche, que a la vista está el dineral que le ha costado en joyas, y el encabronamiento de verla mientras tanto melosa con su rival, que se andan besuqueando entre mano y mano, anda perdiendo una mano tras otra.

Doña Lourdes, sentada al lado de don Severino como la convención social exige, está quemada por la apuesta, y para joder al marido, y también para robar algo de la atención que Ramón dedica a la Bombi, a falta de otras armas, hace señas al contrincante de su esposo en secreto pasándole el juego, abriendo mucho la boca para vocalizar en silencio las cartas. Don Severino, bastante tiene con ser capaz de desviar la atención de la Bombi, así que el muy bobo ni se entera.

De poco le valen a un hombre sus dotes, si tiene las mujeres en contra!

Ramón echa a cada poco con mucha desfachatez mano a las rimbombantes tetas de la Bombi que tanto gustan a don Severino, y la muy zorra pone gestos de gusto, ríe continuamente muy coqueta, y le flirtea a don Severino con continuos guiños, boquitas de piñón y besitos sopladitos al aire.

"Que buenas tetas tiene la Bombi, no es cierto don Severino?" -- dice Ramón, en cierto momento que don Severino baraja, mientras se los palpa y los hace surtir y rebotar en su mano.

"Muy cierto. Ejem" -- y se le salta el mazo de cartas, desparramándolas por el tapete.

"Y estos labios! Qué me dice usted de estos labios. Parece que están hechos para mamarla!" -- y diciendo esto se los hocica con lametones.

"Ay Ramón, me están ustedes poniendo muuuuy acalorada!"

Y la Bombi se estira más para lucir busto y se lame sus morros embadurnados de carmín cómo añorando rabo que llevarse a la boca. A don Severino se le escapan las cartas de nuevo.

"Pero Ramón, estos señores van a pensar que soy una descarada y una impútida, que yo soy muy recatada"

"Impúdica, niña, se dice impúdica" -- le corrige doña Lourdes -- "Porque lo que es puta, debes ser bien puta"

"Ay Ramón, esta señora me ha dicho algo muy malo y muy feo"

"No mujer, es solo un eufemismo para decir que eres de condición ardiente"

"Un efe.. efeminismo? Ay sí, eso sí, ji, ji, a mi la condición me arde cada rato. Uf, ahora mismito lo tengo a hervir con tanto manoseo! Que soy muy femenina!"

"Pero mire, hombre, mire don Severino, no se prive, que con usted hay confianza. Unos pechos espectaculares, fastuosos, verdad? Están para comerlos a bocados. A que sí?" -- y cuando los agarra, sus dedos se hunden en las chichas, que prorrumpen entre los dedos, y rebosan ampliamente la mano.

"Me hacen poner colorada. Con lo seeensibles que los tengo!"

"Esto... Si" -- murmura don Severino, procurando no mirar mucho, consiguiendo, al fin, concentrase lo suficiente para repartir.

Ramón desabrocha algún botón más para que la Bombi pueda mostrar mejor los pechos, rollizos y henchidos como globos, apenas retenidos por un etéreo sujetador lila con puntillitas, y ella se los magrea a dos manos, amasando pomposamente sus moles, y se pasa la lengua cómo que se quiere lamer las tetillas, mientras lanza a don Severino miradas provocativas.

"De verdad les gustaan? Graaaacias por el cumplido! Le veo en los ojitos a don Severino que tiene ganitas de tocarlos. Verdad, don Severino? Yo adoooooro que me los soben, sabe? Quiere? Que hoy, digo yo, así como en familia, se puede, verdad Ramón?"

"No nena, no seas cargante, todo a su tiempo. No ves que se debe concentrar en la partida?"

"Oh, qué pena" -- se lamenta teatralmente la Bombi, y pone morritos de nena disgustada.

"Pues don Severino, este culo, este culito, no sabe usted cómo lo mueve! Sin desmerecer a su señora, aquí presente, que lo mueve también muy sabroso, que es usted un picarón don Severino, y se buscó una que lo sabe zarandear bien rico" -- y se inclina presentando sus respetos a la mentada.

"Gracias por lo que me toca" -- dice doña Lourdes toda hinchada, y se atusa el pelo coqueta, y luego le espeta al cónyuge: "Ves tú lo que es un hombre galante, cretino? Como ves, hay quien sabe apreciar mis gracias"

"Pero ya verá, ya verá esta. Una batidora! Preciosa, muéstrale a don Severino"

Y la Bombi se levanta y menea trasero esbozando un merengue, y luego lo sacude, efectivamente, como una batidora.

"En serio que está lindo? No está un poco grueso? Pero palpen, está firme, no es cierto? Don Severino siempre intenta tocármelo, saben? Pero como soy tan recatada, me da apuro"

Doña Lourdes lanza dos puñales a su esposo con la vista.

"Que si cariño, que está prieto" -- continua Ramón, largándola un azote -- "pero no molestes, que estoy hablando con este señor. Anda muéstranos un poco el potorrito".

"El potorrito? Quieres decir la almejita? Uy, qué van a pensar"

"No seas ñoña preciosa. Que aquí nadie piensa nada. Solo se trata de que muestres lo puta que eres y lo buena que estás. Además, no se te vera nada, que llevas braguitas"

"Ah bueno, eso sí me gusta"

Y la Bombi, entre risitas, se inclina para mostrar pompis y dejar ver el bollito entre las ingles, enfundado en unas tenues braguitas lilas a juego con el sostén. Ramón la trinca de las nalgas y las abre para despejar la vista. Los pantaloncitos traslucen nítidamente la pelambrera y en medio los labios se adhieren a una zona chorreada, con la rasgadura en estos momentos ya entreabierta en santa fe y esperanza de que le hagan una caridad.

"Ji, ji. Don Severino me regaló estas braguitas saben? Que lindas quedan verdad don Severino, muchas gracias por el regalo!"

"Si, si, muy lindas" - don Severino apenas carraspea, mientras nota clavarse como dagas las miradas de su esposa.

"Pues a mí este cretino hace años que no me regala nada"

"Querida, todo lo compras con mi plata!" -- se atreve a alegar don Severino.

"Pero no es igual, idiota. Mira en cambio Ramón, siempre tan galante, que nunca se olvida de un detalle. Mira estas bragas fueron por mi santo" -- y se levanta para mostrar unas bragas tan tenues como las de la Bombi, en color crema y con unos lacitos.

"Pues el bruto de Ramón casi me las rompe un día, cuando me las arrancaba" -- sigue la Bombi --"Ya le dije, pero ten cuidado hombre, que son regalo de don Severino!"

"Ay, pues a mí me encanta cuando se pone así bien bravo. A ti no? Si me las desgarra, ya me comprara otras! Ja, ja. Y así estreno" -- comenta divertida la Lourdes, que va entrando en complicidad con su rival.

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