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7:00 Amaneciendo con la Merdiú

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Amanece. El primer rayo de sol que asoma entre las nubes se cuela entre la rendija de los pesados cortinajes de la habitación de invitados, e ilumina de lleno a los amantes en el lecho. En ese momento a la marquesa de Merdiú, doña Virtudes, le chorrea a grandes goterones por toda la cara, una cara extasiada de gustazo, el semen fresco, flamante, recién eyaculado, de Ramón, mientras todavía sostiene en la mano su enorme polla.

Su hija Inmaculada Consolación, una jovencita regordeta de piel muy blanca, de facciones angelicales, ojitos achinados y pelo rubio en tirabuzones, y una boca chica de muñeca, que tiene una cara que parece una bebé mamoncete, con unos pechos chicos, redondos y duros, los mira maliciosa desde el otro lado de la cama, ahíta de macho cómo su madre tras la noche de afanes amatorios, su coño aún gustosamente lleno de la sustancia de la corrida anterior a la que recién ha bañado a su madre.

Al pimpollo de damisela, que ha resultado una pelandusca precoz tan puta y pervertida como su ilustre progenitora, la han estrenado anoche algunas partes donde aún mantenía la doncellez, y lo que no era estreno, para ella como si lo hubiera sido, pues nunca le habían metido una enormidad de tranca así. Unas partes que, amén de linajudas, eran bien ceñidas, para goce de Ramón.

Las distinguidas damas, la mami y su retoño, han tenido un agradable despertar con las primeras luces de la amanecida, para descubrir, aún con la mente espesa, el apetitoso cuerpo del guapo macho entre ellas, y en especial la alegría del instrumental grandote y orondo que le yace sobre el muslo, lo que les ha traído en un instante el recuerdo de la velada de alocada pasión, y medio dormidas, casi involuntariamente, pero con el deseo re aflorado, le han ido encandilando con caricias, primero intentando no despertarle, comunicándose entre ellas con gestos y miradas cómplices, luego en susurros, y más tarde dando rienda suelta a sus querencias, olvidando precauciones, para hacer despertar, primero al miembro y luego a su dueño, para suplicarle finalmente, apelando a su gentileza, si no fuera posible apurar la gota de esta noche inolvidable con un polvo matinal.

Él dormía con el sueño profundo de los bienaventurados que han cumplido su deber, pero tanta caricia ha terminado por dar sus frutos. De entre las piernas le llegan oleadas de sensaciones, que primero le han provocado un sueño erótico y un subidón de calentura, y luego le han despertado, con unas ganas intensas de mojar en el primer coño a la vista. Se despabila pensando en llamar a una criada para aliviar esas urgencias, pero cuando se percata de la oferta a la mano, de que tiene dos cuerpos de mujer que le aplastan con sus mórbidas carnes, es un plis lo que tarda en estar enfundado, guiándose para ello más por el tufo a chocho recalentado que por otra cosa, que no dice ni los buenos días, sino trae acá ese trasero zorra, que te la voy a ensartar, hermosa.

Solo cuando lleva un rato de trajín y se ha quitado las legañas, y reconoce por el espejo que preside la cabecera de la cama el rostro de la titular del precioso pompis en que anda aplacando su calentura, es cuando recuerda la noche anterior y a las damas. Acordarse de los nombres le lleva algo más de tiempo. La mamá se llama doña Virtudes, vaya ramera de postín! La putona de la niña, a la que se la endiña en este momento en su aristocrático chocho, maldita sea pero no consigo acordarme.

La marquesa de Merdiú conserva un buen cuerpo a base de gimnasio, pero el coño anda algo suelto de tanto abusar de jardinero, o albañil, o fontanero, o chofer, y de todo lo que abusa la señora, que tira de su repleta cartera como la manera más fácil y sin complicaciones de traerse hombres a su casa y su cama.

La Marquesa Doña Virtudes de Merdiú

Doña Virtudes era una mujer madura y de voz ruda y cazallera, con la que roncaba como una gorrina cuando me la tiraba, que conservaba un buen cuerpo a base de gimnasio, régimen, y tratamientos de belleza. Era de piel aceitunada y muy tersa, aunque mostraba aquí y allá las patas de gallo y estrías propias de su edad. Morena, de cara chupada, y unos labios mamones, que la daban un aire de vieja zorra, y era dentona como una jaca. Estómago plano y fuerte, se le marcaban las chuletas en el costillar, y nalgas muy pétreas y consistentes. Dos tetas no muy grandes, redondas, firmes y bien plantadas, y con unos pezones oscuros y recios. Tenía una bernarda con unos labios sorprendentemente crecidos que se abrían como una orquídea colgando por fuera del tajo, y que pasaban del malva al morado cuando se brotaba, que era nada más que me veía la otra pierna descollada, y entre ellos se encabritaba un clítoris como el dedo meñique, que se corría con que la rozara con el asta viril.- Ramón Amador. MEMORIAS -

Por eso Ramón estuvo anoche ejerciendo con ella sus placeres varoniles de mil maneras, procurando hacer disfrutar a la doña lo más posible, pues ese era el mandado que tenía de parte de su tía, pero, a la hora de holgarse de verdad para obtener en la polla la sensación intensa que requiere para verter el semen, ha debido recurrir o bien a penetrar a la señora por el orificio del ano, un plato que la señora no suele servir a sus machos de alquiler, o reclamando a la hija para que le ofreciera su coño más virginal para ese punto. Así que, aunque la mayor parte del tiempo Ramón ha estado faenando con la señora por lo derecho, para proporcionarle de frente el espectáculo de su joven cuerpo varonil en faena, casi toda la abundancia de su elixir para damas llena a rebosar el culo de la mamá y el coñito de la nena, que aún a la mañana escurren las sobras.

Al final de la noche, cuando la jovencita Inmaculada Consolación ya iba bien domada, y por insistencia de la madre, que quería un repaso completo de todo el temario con su niña, y esa lección nunca se la habían impartido, se dio el goce supremo de desvirgar la angostura de su noble ojete por estrenar, después de que la mamá se lo preparara con vaselina para pasar el trance sin excesivo estropicio.

Ahora, mientras se folla a la tierna niña, una preciosidad, a juzgar por la imagen del espejo, divina con el rostro trastornado de lascivia, recuerda el sueño erótico con que despertó, que se repite con frecuencia. Sueña con la solterona, doña Ana, que allá en el pueblo cuando tenía once años abusó de él por primera vez una tarde que se quedó a cuidarle y al bañarle descubrió el pedazo de cipote que le colgaba a aquel zagal entre las piernas y lo maravillosamente fácil que ese portento se encandilaba con frotarlo un poco para enjabonarlo.

Aquella solterona le dejó un recuerdo indeleble, y pensar en ella aún le provoca una tremenda hinchazón del capullo, de la que en este momento se está aprovechando la hija de la marquesa. Si ella supiera cuantas han recogido la cosecha que sembró!

Como ahora mismo la tal Inmaculada Consolación, que ya se acuerda. Aplacado el primer calentón en las delicadas chichas de la bonita joven, consiente que la vieja matrona, ducha en impudicias, le pula el remanente de las bolas con una paja.

A la marquesa de Merdiú le encanta hacer pajotes. Ha tenido colmadas las virulencias de entre las ingles durante la noche, y ahora busca otros refinamientos. Con la luz de la amanecida, goza de la visión del portentoso obelisco, que se alza vertical, una vista de la que no puede disfrutar si lo tiene ensartado en el coño o engullido en la boca, y puede observar de cerca las reacciones que sus manipulaciones provocan. Le encanta ver como el miembro se endurece y encabrita con cada pasada, la columna de la base se enardece, las venas palpitan y laten, y el torneado glande se abulta y se infla. Cuando asoma una gota de caldo para escurrir tronco abajo, como anunciando la venida del ansiado surtidor, el corazón la marquesa palpita anhelante, e involuntariamente su boca se abre ávida, sedienta de una rociada de semen.

Ramón no es hombre que se deje normalmente correr con una paja, por mucha maestría que posea, y esmero con que la ejerza, la manitas enamorada de turno, como ahora la tal doña Virtudes, a la que pronto se une su hija en un deleitoso dueto, que muy sabiamente le andan alternando un repertorio de artes a dos manos, muy pausadamente a ratos y a otros con más brío. Para él, las sensaciones placenteras que le llegan del rabo apenas son el caldero donde se cuece el goce, aún mayor, de recibir tal pleitesía y tributo de sumisión de la bella dama y la linda damisela. Disfruta enormemente verlas ahí abajo rendidas y entregadas a darle el mayor gusto posible, olvidándose del propio, preguntándole con la mirada qué tal lo están haciendo, buscando ser aprobadas en artes de cortesana, y aprovecha el rato para solazarse observando sus cuerpo y sus gestos.

Es ese sentir exultante de señorío el que se hace ostensible cuando el miembro se pavonea arrogante y empedernido, que no el manoseo. Las manitas de la Inmaculada, y lo mismo su mamá, sus deditos, sus palmas, agarradas a esa enormidad, transmiten a sus almas de mujer, la evidencia palpable de ese poderío varonil, haciendo que el corazón se les desboque al encuentro del macho que ya las hizo suyas y las va a someter cada vez que desee, sólido amarradero al que ellas se pueden entregar en cuerpo y alma a ojos cerrados. No desean ya pensar otra cosa que su destino es, quieran o no, ser avasalladas y fecundadas por esa fuerza.

Condimentado con el escalofrío de una gota de pavor escurriendo por la espina dorsal, - me va a partir en dos -, Ramón consigue en sus novias que les venga ese puntito donde florecen y se abre su alma, como un capullo, y sus piernas y su concha y su entraña, y ya solo anhelan que las folle y las haga enloquecer hasta donde toda ella se siente solo un gran coño que se convulsiona ordeñando al pene que las preñe con su semen.

Llegados a este punto de entrega, Ramón raramente se dejará derramar.

O bien la deja a medias, con dos palmos y a la espera de otro asalto, pues la espera al fuego lento del deseo es una cocción que da mucho bouquet al juego del amor, o bien, si se ha de aliviar y dejar fluir, no será sin antes haber colmado sus afanes, marcando primero a la dama con la impronta de una penetración, si algo trabajosa y penosa mejor, pues en la mujer dolor y gozo van siempre hermanados, y luego laborándola sin misericordia ni cuartel hasta desencadenar en la mujer ese frenesí y delirio adonde su lujuria las lleva, es decir, no sin antes poseerla, tomar posesión de su corazón y su voluntad, antes bien que propiamente gozarla, que lo primero es el sometimiento.

Ramón sabe bien que no hay mujer que no sea como las putas, y que hay dos cosas que las atan a su chulo como perras, una es un polvo que les saque la hembra animal que llevan en el bajo vientre, y que se les marca en los sentimientos, como el hierro al ganado, enamorándolas, y la otra los celos y la competición con otra hembra.

Y es por eso que Ramón gusta también de sacar partido a su brega con una, para de paso ir calentando el fogón de al menos otra, haciéndola chamuscarse un poco de deseo, envidia y celos como testigo desdeñado. Como dejaba anoche a la niña, sin hacerla ni caso, toda cachonda, esperando a la puerta, espiando desde el cuarto de invitados como se follaba a su mamá, que ya no podía más y se andaba manoseando la entrepierna por bajo del batín, y solo entonces la convidó a la fiesta y a ofrecerle sus primores.

La tercera, vapulearlas, también da resultados, pero agria el carácter, y Ramón solo lo usa con mucha moderación y si la hembra lo requiere, que se da el caso que la que le va el palo se desmande solo con tal de disfrutar del correctivo y amaestramiento, o como complemento medido a la monta, que unos buenos azotes o un guantazo a la nalga ayudan a que se les suelten las carnes y les fluyan mejor las excitaciones por dentro, cómo hubo que hacer anoche con la niña, que se puso noña y con remilgos llegada la hora de empalarla por el ano.

"Mami no, mami no por favor, que me va a hacer daño!" - andaba sollozando el encanto de cría.

Plas! Plas! Dos guantazos de la mamá: "Tu, niña, harás lo que yo te diga! Dale sin miedo, Ramón"

Ramón debe rematar con un par de fuertes azotes a las nalgas, que hacen gritar a la joven beldad, de dolor, ay, ay, que le ha dejado marcada la mano al rojo en la cacha, el muy bruto, pero la hacen olvidarse del esfínter y relajarlo, y ya está la verga dentro, haciendo de las suyas, que la chiquilla sigue con sus aay, aaay, pero ahora es que la arrastra el placer de la carne, que las mujeres para todo usan el gemir, y disfrutan sufriendo y, en disfrutando, parece que sufren, y eso confunde a mucho animal, cuando es bien fácil, lo que sea, hay que dárselo con mucho cariño y mucho mimo.

Sin embargo, esta vez, cómo estas damas ya van domeñadas de largo durante la noche, las premia el pajote con una buena corrida, especialmente dedicada a la mamá, y eyacula copiosamente y a raudales, dejando la cara de la marquesa pringando y churretosa de semen.

Cuando le ha rociado con la última gota recién ha salido el sol en su brillante plenitud.

"Vaya nochecita! Excelsa, divina, irrepetible. Hijo mío, vaya polla que gastas!! Eres un amor, un cielo" -- dice la marquesa de Merdiú, doña Virtudes, y se derrenga exhausta en la cama junto a su hija.

Cierra los ojos para disfrutar a solas su dicha, y ya la invade la impaciencia por que llegue el momento de contárselo a la Pitita Retruejo, pero no será por teléfono, se esperará hasta la fiesta de la condesa del Ronzal, que así la Pitita se lo largará a la de Serrano, que también acude, para que rabie de envidia, que la muy guarra le robó el chófer, con lo bien que la follaba y la llevaba a todas partes.

"Ay mami, es el mejor amante que tuve nunca! Aunque me duele un poco el culito esta mañana"

"Calla mocosa, tú que sabrás. Yo te digo que ni en un año me he corrido con mis amantes las veces de hoy! Ni con el picha floja de tu novio, niña"

"Mamá!! Serás zorra! También te has beneficiado a Adolfito? Mamá, haces el amor a todos mis novios!"

"Hija, solo me traes inútiles que nunca concretan boda, de algo tienen que servir! Pero tú cariño", - le dice a Ramón poniéndose melosa -- "ya sabes donde tienes tu casa, cuando quieras. Te voy a presentar un bomboncito de chica de servicio nueva que seguro te va a gustar. Llegó hace unos meses y todavía no tiene novio. Así que anda salida como perra en agosto. Te la dejo de aperitivo, si me dejas mirar. Me encanta verte follar."

"Anda, y yo no quedo invitada?" -- dice Inmaculada

"Tu ya veremos si estás invitada guapita, no sea que te me envicias con Ramón, y no te dedicas a lo tuyo, que a Adolfo José, que es un buen partido, le tienes muy descuidado. Ya tendrás tiempo de divertirte cuando te cases."

"Hmmm" -- opina distraído Ramón. "Esa chacha es una mulata de culo respingón y labios gordos?"

"Ya te la has tirado? Porque sabemos tu fama con la servidumbre del barrio!"

"No, pero la tenía en mi lista, desde que la vi en vuestro jardín"

La niña se ríe por lo bajini.

"Y tú de qué te ríes nena?"

"Uy, uy, uy. Estaba pensando cuando se lo cuente a mis compañeras de curso, la Cati y la Yoli, que el otro día presumían de que le habían espiado a usted haciendo el amor con la mamá de la Cati, doña Lourdes. Se van a morir de la envidia!"

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