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7:30 Recordando cuando dona Ana lo

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Mientras la marquesa platica con la hija, Ramón deja vagar su imaginación al día que doña Ana lo estrenó. Ramón recuerda su primera relación amorosa con aquella solterona del pueblo, cuando era un zagal, con mucho cariño, y a las pendonas que la siguieron y el revuelo que se armó.

En aquel entonces, para hacer el baño, había que calentar el agua sobre el fogón, y luego se vertía, aún hirviendo, sobre una tina, donde se ejecutaba propiamente el aseo, a base de jabón lagarto, operación peligrosa para un chavalín imberbe, y es por eso que el papá, de viaje a la feria del ganado con la parienta, había encargado a doña Ana, que así se llamaba, doña Ana Ubregón, como hacía todos los años, amén de que le diera de comer todos los días, que para el viernes a su vuelta lo tuviera limpio y bien fregado de toda la roña de la semana.

Doña Ana era una mujer pizpireta y vivaracha, siempre alegre y muy dispuesta. De rodillas delante del barreño, en enaguas y el pelo recogido en moño para la faena, el mozo de pié, desnudo, el bolo badajeando mientras le fregotea las piernas, doña Ana se hace cruces de lo enorme que se le ha puesto el pitilín al chico desde cuando la feria de año pasado, que además de su mata de pelillos, ahora lo que le luce es un señor cipote que cuelga pesadamente hasta cerca de la rodilla, que le ha crecido antes de que le dé el estirón el cuerpo, y es hasta desproporcionado, y la opinión que tiene del mozo, que juega al balón delante de su casa, y le tiene los cristales de la ventana del comedor muy castigados, que cada vez que rompe uno lo debe llevar de la oreja a cobrarse el estropicio al papá, y le tiene por un trasto incorregible, se va tornando en más benigna, y hasta anda repasando sobrinas casaderas que se pudieran llevar a casa este portentoso regalo de por vida.

El chico, que tiene bajo las narices las hermosas ubres de doña Ana bamboleando por el escote de las enaguas, se está poniendo colorado, pues percibe como se está enardeciendo por momentos, y está aterrado, pues no sabe cómo manejar el intenso hormigueo que le está creciendo en las pelotas, y que como sabe es preludio de una de esas erecciones que lleva experimentando de hace meses en la cama y luego le confiesa al cura, que le amenaza con mil castigos de los infiernos. Doña Ana, ajena al volcán que está despertando, se compone mentalmente para cuando le toque enjabonar tamañas partes bajas, dios santo que tamaño de rabo por lo grande y por lo rollizo y vaya par de huevos, diciéndose que a fin de cuentas es el mismo mozalbete de toda la vida, y aquello es tan de dios como lo demás y habrá que dejarlo tan pulido como el resto.

Cuando llega el momento y empieza a enjabonarlos, a las dos fregaduras esa verga se pone como cañón de proa de bergantín, para gran sorpresa y turbación de doña Ana, que no para el chico, que se lo estaba viendo venir. Y a la tercera fregada, se quedan sorprendidos los dos, pues el jovenzuelo había tenido erecciones, pero poluciones no, y hete que le viene un espasmo y su miembro empieza a derramar a grandes cantidades chorrones de leche seminal en la misma cara de doña Ana. Pasada la primera sorpresa, el chico pide perdón muy compungido, y doña Ana, muy maestrilla, le disculpa y alecciona diciendo que es normal en un mozo sano de su edad, y mojando las manos en la tina enjabonada se limpia la cara. El chaval le indica que también las tetas, y como la mujer duda un segundo, se apresura servicial a limpiarle con sus manos los pechos, también manchados de semen.

Y en esta tarea parece que se les va el santo al cielo a los dos, pues la cosa del fregoteo de tetas se demora bastante más que lo necesario para dejarlas bien limpias. Es todo uno notar cómo se crecen y endurecen los pezones de aquellas sabrosas ubres calentitas en la palma de su mano, y notar a su vez que le vuelve a subir la marea de ardorosa excitación ingles arriba hasta los cojones, y el miembro se le pone de nuevo en presenten armas, fenómeno de la naturaleza que deja a doña Ana boquiabierta de alegre sorpresa, pero chico otra vez? Jesús que energías! Y con la boca aun abierta de gozoso pasmo recibe el surtidor de semen que se dispara de nuevo al momento, y que esta vez le atina mejor, que el chico va cogiendo puntería, inundándola hasta la misma garganta. Más no por ello se desinfla el trabuco, que sigue pidiendo guerra bien tieso y altivo. Doña Ana piensa apurada que no puede dejar al chico en estas condiciones y, lleno el corazón de infinita ternura hacia esa parte del cuerpo del adolescente que parece tan sensible a sus encantos, colabora con la mano por ver que termine de regurgitar lo que quede, a ver si así se desinfla, que acaban de dar las seis en el campanario de la iglesia, y esa es la hora de llegada del autobús de la feria, y aunque siempre llega tarde, no vaya a ser que esta vez el papá sea puntual, pues que va a pensar el papá como encuentre el zagal así, en este estado, que lo mismo piensa que estaban haciendo algo malo. Pero nada. Por más que sacude la zambomba con energía, como el mozalbete ya descargó los primeros apretones, ahora lo único que logra con el frota y frota es que se ponga más dura, y que el chico bufe y ponga ojos desvariados, y doña Ana no sabe qué hacer, la virgen me ampare, a ver qué hago yo ahora. Seca de urgencia con la toalla al mozalbete y le arrastra de la mano a la cama de matrimonio, con el espolón como va.

Allí se tumba de espaldas, se despoja de las bragas que lleva refajadas por encima de las caderas, y echa las patas aire, ofreciendo el potorrro, que allí su novio, cuando lo tuvo, que en paz descanse, se aliviaba bien.

El zagal, al ver a la recatada doña Ana en postura tan indecente y chocante, que parece un pollo listo para el horno, se corta. Pero además, cuando juega con las niñas a médicos aquel tajo le da susto, que parece que a las niñas les han sajado la pilila de un hachazo, de modo que la profunda quebrada de aquel rechoncho bivalvo peludo de negros vellos rizados, le llena de temor. Está embadurnado de babas, que aunque la cabeza de doña Ana ande enredada en pintorescas elucubraciones, las hormonas saben muy bien cuál es el afán que les ocupa, y aquel chocho lleva segregando flujo coital hace buen rato. Para mayor susto la rajadura alberga un bicho sonrosado como los mejillones que le llevó el papá a comer a la capital, y atufa a marisco, que en aquel entonces no había tanto perfume ni tanto potingue, y los chuminos conservaban el sabor auténtico, como los huevos de campo. Y el molusco abre y cierra la boca como si se lo fuera a engullir, y todo ello le causa tal espanto, que la verga se le desinfla y encoge acobardada.

Doña Ana interpreta la reacción como un gesto de santa castidad del joven varón, y le entra un ataque de bochorno, se jura mil penitencias por su comportamiento indecoroso, murmura perdón por esta débil mujer pecadora, se santigua tres mil veces, y se apresura a componerse.

Ya en la cocina, mientras el chico se viste, algo corrido, que algo le dice que ese latigazo no cuadra mucho con la fama de tío machote que se le supone, ella se pone a recoger. Pero las hormonas del chicarrón tampoco se dejan despistar, y el taponazo se transmuta en un horroroso dolor de huevos, y su cabeza da vueltas sobre como descongestionarlo. Y de pronto, viendo a doña Ana fregoteando el suelo de la cocina a cuatro patas, así en enaguas, las ideas se le empiezan a enderezar, y en viéndola ese meneo de las redondas nalgas, y el potorro así recogido entre los muslos que parece más acogedor, empiezan a venírsele las imágenes del toro semental ayuntando con la vaca, el jaco cubriendo a la yegua, el perro con la perra, el gato con la gata, y hasta el gallo con la gallina, se le ilumina la mollera, y en un repente se apodera de él la pasión animal, que es como un calenturón, se le pone el rabo como una piedra y a reventar, que se tiene que desabrochar de nuevo el pantalón, se arranca con un cagondiela trae pacá cordera que te la jinco, dicho entre dientes y con rabia, y en un santiamén y sin avisar, como ha visto que hacen las bestias, se ha abalanzado sobre doña Ana y la tiene aferrada de las grupas y ensartada sin contemplaciones, que las bragas, o se apartan o las perforo.

Doña Ana, que iba por el quinto paternóster de auto impuesta penitencia fregando el suelo, ataque tan fogoso la pilla por sorpresa, y se ve penetrada como que un torpedo la hubiera cuarteado las entrañas, y grita. Se resiste un poco, pero es que el cogedero que la llena a reventar el coño y hasta las tripas está bien sabroso, y el ánimo se le va mudando otra vez de penitente en el de pecadora, y el almita de mujer, coqueta como todas, dañada por el desdeño anterior, se le vuelve a llenar de femenina alegría por el homenaje a sus atractivos.

Cuando el reloj de la iglesia toca las siete, doña Ana va por la plaza camino de casa como sobre una nube, sin dar crédito a lo que ha pasado, y con cada campanada recuerda una nueva embestida de su apasionado amante infantil. Los abueletes sentados en la plaza al calor de los últimos rayos de sol de la tarde, y que lo observan todo, se percatan y se quedan asombrados del cambio en los andares de la cuarentona, que anda como yegua recién montá, como que va bailoteando pero con el potorro escaldado.

Ella va con la conciencia tranquila, que bien sabe dios que no estaba en su ánimo pecar, sino socorrer al muchacho, y ahí lo ha dejado en casa, bien atildado y tomando la cena, que mira, ahí ya llega la camioneta que viene de la capital con su padre y se lo va a encontrar como un sol.

Luego el chico la visitará frecuentemente. Sus encuentros conservaron la frescura natural, la espontaneidad guiada por los instintos animales de la primera vez. A Ramóncete, aquellas pasiones primeras nunca se borraran de su memoria como las más intensas que tuvo jamás, y por eso las recuerda a menudo.

Apenas se hablan. Ramón, que como todos los muchachos esboza torpes poesías amorosas a la guapita de la clase, invitándola quizás a un romántico paseo por la ribera del río, no establece relación entre este sentimiento y las tormentas de partes bajas que se le desatan con doña Ana. Con ella, es como padecer fiebres y acudir al galeno.

"Doña Ana, que vengo que se me ha puesto esto!" -- dice bien alto al atravesar la puerta, para que se oiga hasta el corral, porque desde más o menos cuando la feria, a doña Ana le ha dado por cantar, y anda todo el día entonando tonadillas a voz en grito, que los del casino andan pensando si contratarla para que actúe para las fiestas de la Virgen.

"Pero chico, otra vez ya? Anda pásate por aquí después de misa!"

Aquel amorío duró poco, pues ella tuvo la imprudencia de irse de la lengua con una amiga, que tardó un plis en apañárselas para calzarse también al zagal, será por comprobar el número de armamento que gasta ese niño tan subyugador, y como las mujeres no saben tener ni las piernas cerradas ante la sonrisa de un niño guaperas, ni la boca cerrada en habiendo chisme que contar, pronto se hace lenguas con otra amiga sobre el cipote preñaburras que le anda alegrando el cuerpo, y lo lindo que es su dueño, y pronto se corrió la voz, y Ramón, que todavía vestía calzón corto, no daba abasto para atender la demanda de casadas, solteras y viudas de aquel pueblo cabeza de partido, que albergaba un nutrido paisanaje de coños menesterosos de rabo, y además acudir a la escuela, donde de todos modos le esperaba la maestra, a la que atendía de sus ardores en los bajos en los recreos, y los horarios de su casa, donde le esperaba la tía que andaba amancebada con su padre desde que este quedó viudo, y que también empezó a tirárselo, llevándoselo a la cama cuando el padre salía al amanecer, que es que en aquel pueblo hace mucho frío.

Todas esas señoras usan como tapadera hacerle cualquier mandado por unas monedas, y todas se esmeran por hacerle recuperar energías con buenos bocadillos de lomo y jamón, huevos, pastelitos y sobaos, así que el zagal crece sobrealimentado y se convierte en un chicarrón cuyo metabolismo se acostumbra a quemar energías transmutándolas en potencia sexual a un ritmo inusual.

Como también le regalan prendas de vestuario para que vaya guapo, pronto luce como aquel señorito de la copla que "presume porque puede de su palmito, y se lleva el gato al agua por ser bonito" y las tiene a todas como perras que se derriten por él. Con todo ello aprende a obtener de sus servicios a las mujeres peculio y sustento.

Lo que no aprende es gran cosa de artes amatorias, porque con aquellas paletas todo es metisaca a la carrera, entre mucha timidez, escusas, rubores y melindres, grandes sofocos, y a medio desvestir, torpes apocamientos que impiden explayarse a gusto y placer, todas ellas muy temerosas de deshonra y escándalo, y mucha escena de llanto por la posible mancha social, el eventual baldón en boca de las beatas que dominan las costumbres del pueblo desde las escalinatas de la iglesia, donde se reúnen esas víboras y tiene sede su matadero de destripar parroquianas.

Hasta que a los dieciséis, el papá, que ignora todo esto, decide que es hora de hacerle un hombre y le lleva de putas al pequeño mueblé que la famosa madame Babette tiene en el pueblo, en la plaza, justo enfrente de la iglesia, muy bien situado porque se puede entrar discretamente por un pequeño callejón al lado, pero con una gran balconada al frente, que así las mozas pueden asomarse discretamente los días de mercado para tentar a los mozos que acuden de los alrededores. Las pupilas, una vez le conocen, todas se enamoran de ese niño bonito tan arrebatador y tan regalado por la naturaleza de dotes para contentar hembras, que no solo es extraordinario el tamaño de su instrumento, sino también la maestría con que lo maniobra, y tras hacerle yacer con todas, que ya en la primera visita la mitad ayuntan con él, le adoptan y pasan una temporada disputándoselo a cual más puta, por ver quien le enseña a ese chavalito cautivador, juntas o a de una, truco erótico más refinado o juego sexual más guarro cuando tienen un rato, que son muchos, entre cliente y cliente.

Allí se folga por primera vez en coñitos próximos a su edad, que hay alguna jovenzuela de edad casi tan tierna como la suya, de dieciocho, que los tienen como capullitos de rosa según les dice, poniéndolas coloradas con el requiebro, y hasta aprende a asociar el vuelco del corazón con el chasquido del bolo, cuando llega una tal Conchita, una ramera a la que coge mucho vicio.

El señor cura párroco, lleva un tiempo chamuscado por la epidemia in crescendo de confesiones de feligresas desconsoladas por haber pecado con un adolescente del pueblo, casi siempre cuando las deja, que mientras las mantiene bien folladas ni se acuerdan del confesionario, del que no dicen el nombre, ni señas, que para eso las mujeres son muy leales a su hombre, que ni me lo toques, aunque las engañe, epidemia que coincide con que desde que Ramón ronda en el gallinero de descarriadas del pueblo ya le han volado al señor cura tres pollitas, dos viudas y una novicia, que le daban un toque femenino a la sacristía y le aligeraban de urgencias el paquete. Ahora sube a la torre del campanario con un catalejo para satisfacer sus instintos haciéndose pajotes espiando a las putas del mueblé por el balcón. Que un día se va a matar, que sube por las viejas escaleras de madera del campanario amparado por la noche, cuando encienden las lámparas del salón del prostíbulo, y se ve todo muy requetebién, pero a oscuras para que no sospeche el vecindario, y cuando sube va temblón de ansia, y cuando baja mareado y con flojera tras tanto denuedo masturbatorio.

Ni que decir que enseguida ata cabos al descubrir a Ramón trajinándose aquellos culos que tanto le ponen y tan en ascuas le tienen, y que la santa ira le posee contra tamaño fornicador precoz. Y date, que baja las escaleras ciego de cólera, se cae escaleras abajo, que gracias a Dios no por el hueco, y se parte un brazo.

Tras salir del hospital, aliado con la cofradía de beatas, desata una campaña contra el mal.

"Hermanos míos!" - clama desde el púlpito, con un brazo escayolado en un cabestrillo, que entonces no se decía lo de "y hermanas", que aún eran muy machistas - "Entre nuestro rebaño, uno de nuestros retoños se ha convertido en un gran pecador, un fornicador que como una bestia de las que llevan rabo para distinguirse de las personas humanas, solo se guía por sus instintos lúbricos ..."

Al ala izquierda de la congregación, es decir a los bancos de las doñas y las doncellas, si aquello de "bestia" y "rabo" ya les suena bien bueno, lo de fornicador, quién pillara uno, y lo de "lúbrico", que no saben lo que significa ni se molestan en buscarlo en el diccionario, les suena estupendo. Más estupendas suenan las hazañas copulatorias que difunden las devotas víboras, con lo cual la campaña tiene el efecto contrario y pone el pueblo a arder y a mucho coño sin dormir ansiando que le toque el turno. Lo malo es que el asunto mosquea al ala viril, que bueno es que te entretengan a la parienta, piensan los cornúpetas que lo saben, que Ramón es muy servicial y traga con cualquier cardo, y muchos le están inclusive agradecidos, que así se pueden dedicar a picotear fuera de casa, por ejemplo en el mueblé de la Babette, pero otra es andar con la cuerna en boca de todos.

El padre de Ramón, que se barrunta que detrás del revuelo anda su vástago, decide mandarlo a la capital con su hermana la Mimí, como aprendiz, a donde llega a los diecisiete licenciado en la escuela y licenciado en pendonas y en furcias, después de despedirse con mucho desconsuelo de doña Ana Ubregón, a la que nunca había dejado de acudir.

Y como ahora mismo, acostado entre doña Virtudes de Merdiú y su hija Inmaculada Consolación, esperando a que Fátima traiga el desayuno para los tres, su recuerdo siempre se la pone gordinflona.

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