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Abusé de un moribundo

byelgrancochino©

Me dio pena cuando le contraté pero no me la dio cuando me aproveché de él. Tenía veintiún años y no tardaría más de tres en morirse por culpa de una enfermedad degenerativa que, primero, le postraría en una silla y, después, le mataría. Luis era un chico normal, un universitario de esos que pasan sus días holgazaneando con los amigos y que, a última hora, se ponen a estudiar todo lo que no han estudiando durante el curso mientras cruzan los dedos para que no entre en el examen lo que no han sido capaces de aprender. Era un muchacho que pensó que tendría un futuro y se había quedado sin él.

Normalmente no hubiera contratado a nadie que fuera a morirse, ya que los enfermos no producen mucho, pero lo que pretendía luis me conmovió. Se iba a morir y lo que quería era malgastar sus últimos días en un trabajo de mierda para que sus padres no tuvieran que preocuparse del dinero cuando él no estuviera. ¡Menudo imbécil! Me dio tanta pena que le contraté. Tardaría uno o dos años en ponerse lo bastante mal como para no poder trabajar y, mientras tanto, podría aliviar la carga de sus padres. Era una lástima lo que iba a pasarle a ese chico y quise ayudarle un poco.

En tres semanas, se había adaptado bien al trabajo. No es que fuera un gran trabajador, ya que era un poco gandul, pero cuando se le pedía que hiciera algo, lo hacía sin rechistar. Además, sus compañeros le tenían aprecio porque era simpático y risueño. Imaginé que utilizaría su enfermedad para darles pena pero me equivoqué. Lo mantuvo en secreto y nadie que le hubiera visto habría pensado que se iba a morir. Incluso, sospeché que quizás todo fuera una mentira para conseguir el empleo, hasta que, unos meses más tarde, empezó a faltar al trabajo y a traerme informes del médico para justificarme su ausencia. Era una lastima que su vida fuera a acabar de aquella manera

Sin embargo, medio año después de que llegara, la pena que sentía por el dejó lugar a otro sentimiento, el deseo. No sé que pasó ni por qué. Quizás fuera porque no parecía un moribundo y me había acostumbrado a verle como a uno más, pero no lo se. Únicamente sé que el chico era guapo, alto, atlético y jovial y que deseaba tumbarlo sobre la mesa de mi despacho y penetrarlo hasta quedarme seco.

Por desgracia, el chico no parecía ser gay. Siempre que pasaba cerca de una de las administrativas más jóvenes que tengo en la empresa se quedaba embobado mirándole el culo. Parecía inútil intentar cualquier cosa con él pero siempre quedaba la posibilidad de que fuera bisexual. Así que decidí probar suerte y empecé a ser más simpático de lo normal con Luis. Le mandaba el trabajo menos pesado, le invitaba a café, le llamaba al despacho para saber como se encontraba y, por más que lo intentaba, de nada servía. Tanto si era bisexual como sino, cada vez tenía más claro que yo no le interesaba de la misma manera en la que él me interesaba a mí. Para lo único que servían mis atenciones eran para caerle un poco mejor y eso no lo quería para nada.

Mi fracaso sólo sirvió para que me obsesionara aun más. Casi cada noche soñaba con él. Soñaba que lograba seducirlo, que lo llevaba a algún sitio, que lo desnudaba y que me preparaba para penetrarlo. Y todas las malditas veces terminaba pasando algo que me impedía hacerlo y me despertaba furioso y con la polla tiesa. Necesitaba follármelo para descasar tranquilo y, aunque me avergonzara, pensase que soy despreciable o mil cosas más parecidas, sabía que no tenía mucho tiempo.

Olvidé que era un pobre chico que estaba enfermo, olvidé que iba a morirse y olvidé toda la lástima que sentía por él. Iba a follármelo al precio que fuera tanto si él lo deseaba como si no.

Un día le pedí que hiciera horas extra para que se quedara en la empresa hasta que todo el mundo se hubiera ido. No dudó ni un instante ante la posibilidad de conseguir más dinero, iba a morirse y no podría cumplir sus sueños ¿Por qué no aprovechar el tiempo para cumplir los de los otros? El chaval tenía un gran corazón y yo iba a aprovecharme de ello.

Cuando finalmente nos quedamos solos, le llamé a mi despacho. Olía a sudor y se le notaba cansado, por lo que le di una coca cola para que se relajara.

-¿Cómo estás, Luis?

-Hecho polvo- rió- esas cajas pesan más de lo que parece.

Siguiendo con la conversación tonta. Fui acercándome a él hasta colocarme a su espalda. Apoyé una mano sobre su hombro y continué hablando.

-¿Cómo están tus padres?

-Bueno, ahí van, intentan fingir que están contentos.

Desplacé mi mano y le acaricié el cuello. El joven se dejaba hacer mientras hablaba de sus padres. No recuerdo qué decía porque ni siquiera le estaba escuchando; sólo pensaba en la suavidad de su cuello.

Cómo no decía nada, pensé que aquél era mi día de suerte y que al chico le gustaba aquello tanto como a mí. Al final, ser simpático había servido para algo. Subí un poco la mano y le acaricie la oreja. Era algo pequeña y tenía el lóbulo despegado de la cara. Juguetee un poco con él y me decidí a darle un beso.

Menuda sorpresa me llevé cuando el chico se levantó asustado y se apartó de mí. Había mal interpretado su pasividad y había reaccionado de aquella manera ante mi inapropiado gesto.

- Lo siento... yo no...- balbuceó como pudo.

Improvisé y fui acercándome hasta él. No tenía más remedio que seguir con el plan original si quería lograr que se dejara hacer.

-Mira luis -- le hable bajito- sé que eres buen chico y sé que quieres ayudar a tus padres. Con lo que ganas y el tiempo que te queda, no vas a lograr mucho pero, si tú me ayudas a mi, yo puedo ayudarte a ti. Estoy solo, no tengo familia y necesito cariño. Sé que eres buena persona y sé que podrás soportar un poco de incomodidad a cambio de hacer lo mejor para los dos. ¿Qué te parece?

No respondió nada y yo seguí contándole las bondades de ayudarnos mutuamente. Luis no quería hacer lo que le proponía pero sabía que era una buena oportunidad para conseguir dinero. Sus ojos se enrojecieron y las lágrimas resbalaron por su mejilla. Se le escapó un sollozo y empezó a llorar.

-Lo haré.

En condiciones normales, me hubiera apiadado de él. No me gusta obligar a nadie a hacer nada contra su voluntad pero, ese día, me dio igual. Me abalancé sobre Luis y le desnudé. Su cuerpo era precioso. Tenía el vientre liso, los pectorales ligeramente marcados y una suave capa de pelo rubio recorría su piel. Su pene era hermoso y grande, con el prepucio sin circuncidar y las pelotas haciéndole juego. Sin perder tiempo, me abalancé sobre su miembro y se lo mamé. Le eche para atrás la piel y le succione el glande con ahínco, al mismo tiempo que manoseaba con ansia sus pelotas. Me esmeré para que se excitara y, aun así, no lo hizo. Siguió llorando ajeno a mis caricias.

Me cansé de chupar un apéndice muerto y le pedí que se diera la vuelta. Su culo, que era casi tan blanco como la leche, quedó ante mí. Separé sus nalgas con las manos y aparté los suaves pelillos que tapaban su ano con los índices. También se lo chupe, intentando penetrarlo con la lengua y disfrutando de su sabor y olor a sudor. Menudo disfrute, podría haberme dormido con la cara metida en él si hubiésemos estado tumbados sobre una cama. Por desgracia, él seguía sin disfrutar de mis atenciones, no paraba de gimotear y sollozar.

Me levanté y saqué de uno de los cajones de mi escritorio un bote de vaselina. Me unté los dedos y metí uno dentro de su culo. Apretó su cuerpo por el dolor pero no se movió de donde estaba. Así que, sin mucha delicadeza, seguí explorando su interior mientras él llenaba de lágrimas la mesa sobre la que se apoyaba.

Su llanto aumentaba a medida que el número de dedos que le metía crecía y, en lugar de sentir pena por él, me ponía más cachondo todavía. Me desnudé y mi polla babeante de líquido preseminal quedó libre para abusar de mi empleado.

Me abracé a él por su espalda y presioné mis caderas sobre las suyas para que supiera lo que le iba a pasar. Sorbió los mocos que le ahogaban por culpa del llanto y yo coloqué mi polla a la puerta de su ano.

-Venga chaval, aguanta, que ya queda poco.

Y, sin la más mínima compasión, se la clavé entera. Un chillido salió de su boca y tuve que sujetarlo fuertemente para que no se fuera. El chico lloraba a moco tendido y no cejaba en su intento de escapar.

-Aguanta- le susurraba- piensa en tus padres.

Al poco rato se calmó. A pesar del dolor que el chico sentía, yo estaba excitadísimo. Su ano apretaba mi polla con fuerza y, cada vez que intentaba escapar, me oprimía de una manera que temía correrme y acabar con la fiesta en ese mismo momento. Sujetándole por el pecho y masajeándole con la otra mano su flácida polla, metí y saqué la mía de su interior más rápido cada vez, hasta que alcancé un ritmo sumamente placentero. ¡Menudo gustazo!

Mi pene resbala a la perfección dentro de él y el roce continuo con las paredes de su intestino me provocaba un cosquilleo extasiante en el glande.

-¡Dios, cómo me gusta tu culo!

Intenté consolarle diciéndole lo mucho que me estaba gustando lo que hacíamos, pero no servia de nada, el seguía llorando como si fuera un niño pequeño. Pasé de él y me concentré en lo mío. La agarré por las caderas y moví su cuerpo de delante a atrás como si el chico fuera un telele. Pronto empecé a sentir cómo el placer inundaba mi cuerpo y le penetré con más ahínco. Mi respiración se cortó, mis dedos se agarrotaron y mi cuerpo se tensó al mismo tiempo que un potente chorro de esperma llenaba sus tripas. ¡Menudo gustazo!

Poco a poco, fui reduciendo el ritmo hasta que mi pringoso pene se le salió y me quedé completamente relajado. Ése fue el momento en el que me di cuenta de lo que acababa de hacer. Había abusado de un moribundo. Me había aprovechado de la desesperación de un pobre chico para hacerle daño. Toda la culpa que no había sentido mientras le follaba vino a mí de golpe al ver cómo intentaba secarse las lagrimas sin éxito con el dorso de la mano. Era un monstruo capaz de cometer un crimen como aquél sólo por darme un gusto que no había durado más de diez minutos. Me sentí despreciable.

No me vi capaz de ayudar al pobre chico ni de decir nada. Tampoco podía soportar seguir en la misma habitación por lo que me vestí y me fui.

No volví a verle hasta la mañana siguiente cuando vino a trabajar como todos los días. Parecía el mismo de siempre, igual de risueño y simpático. Sin embargo, su mirada era un poco más triste que antes.

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