Al Natural

bybrunorivera©

Mi nombre es Nicole. Nací en un campo. Cuando mis hermanos, hermanas y yo éramos pequeños, podíamos jugar desnudos en el patio trasero, especialmente en días de calor, para también echarnos agua con manguera de jardín o en una piscinita inflable; o también, bañarnos bajo la lluvia cuando ésta era liviana y fresca. Pero según crecimos, nos hicimos conscientes de los cambios que ocurrían en nuestros cuerpos y nos daba vergüenza; además, mis padres se involucraron en una secta fundamentalista, y nos desanimaron mucho más. Aunque yo acepté, en principio, las nuevas enseñanzas, a veces, extrañaba la libertad de la desnudez.

Una tarde, preparé la piscina tras una sesión de estudio especialmente agotadora, y al verme mis padres, ya retirados, me condenaron de la siguiente manera:

- ¿Cómo osas salir afuera así, so desvergonzada? ¿Para eso te educamos? ¡Sube a ponerte ropa!

Entré a la casa, llorando, más que por el bochorno, por el miedo que en ese momento me infundieron mis padres. Me bañé en la ducha, pero ya no era lo mismo. Me impusieron varios castigos más humillantes que lo que merecía por mi indiscreción, y desde entonces, anhelé hallar mi "jardín del Edén" donde nunca más me avergonzara yo ni otra persona por mi causa.

El incidente me acomplejó, pero también me motivó a estudiar para superarme. Mi cuerpo lo mantengo esbelto mediante el ejercicio y una dieta sana, y tal vez por eso, mi busto también es menudo. Por eso, y por la crianza de mi hogar, me tuve que vestir más recatadamente, y evitar los vicios y excesos de otros compañeros de escuela, quienes también provienen de familias muy religiosas, pero secretamente, se desvían de una vida moral. Para bien o para mal, perdí la virginidad con un muchacho bastante atractivo, en un pasadía cerca de un lago, donde ni siquiera entre los amigos me atreví a bañarme desnuda. Llevaba condón, pero al principio, no lo quiso usar. Yo le insistí y aceptó, porque el mero hecho de gastar uno en mí le daba el orgullo de que sí hubo algo que probara que él ya es un hombre. Las caricias fueron placenteras, pero eyaculó muy rápido, dejándome insatisfecha. Por eso, lo nuestro nunca fue en serio.

Decidí estudiar computación, ya que es la carrera corta más productiva que pude conseguir. Explorando la Internet, descubrí las páginas pornográficas, y aunque ya había visto revistas y videos durante mi adolescencia, gracias a mis hermanos y amigos, no satisfacían mi ideal. Era exhibicionismo y sexo desenfrenado, no la verdadera belleza natural del ser humano. Además, hay costos ocultos, en términos de facturaciones desde lugares remotos y peligro de virus por computadoras, como el sexo indiscriminado en la era del SIDA.

Tras graduarme y ejercer en una compañía que se dedica a construir páginas de Internet, me dediqué a buscar información sobre campamentos y playas nudistas, y al principio, no confiaba en los resultados de los buscadores, ya que eran un pretexto para orgías y otros abusos. Aún así, visité algunos, y hasta tuve que hacerme socia, al menos a prueba, sometiéndome a sus requisitos, a saber, identificaciones y números de Seguro Social, certificados médicos y penales, evidencia de domicilio e ingresos, etc. Al principio, me sentí a gusto de poder mostrar mi cuerpo al natural sin que ello llamara la atención, ni para morbo ni para condenas, pero no siempre los demás miembros se mantenían a la altura de la moralidad nudista. La erección en penes se toleraba, mientras durara poco, y la presencia de vello púbico se dejaba al gusto de cada cual. Yo me lo dejé crecer a veces, y otras, me lo afeité. También experimenté con cremas y cera, y no supe cuál me irritaba más, si la navaja o los otros productos.

Un problema era que, si dos o más personas se excitaban demasiado, no tenían a veces la privacidad para satisfacer sus ansias, o no tenían a la mano profilácticos, ya que no siempre había en qué llevarlos. Lo ideal era hacerlo en cabañas, pero algunos no podíamos aguantarnos las ganas ni disimular. De todos modos, yo tuve que regresar al mundo real para ganar algún dinero para mantener este estilo de vida.

Tras varios años de tratar, estuve indecisa entre dos que encontré: uno familiar y otro más atrevido. En éste, los organizadores tuvieron el ingenio de colocar kioscos y hasta máquinas expendedoras para condones y cremas, que se les cargaba a un sistema de débito. Había participantes que no hacían uso de ese material, pero no causaba molestias a los que los requeríamos.

Dos encuentros me impresionaron más que la mayoría. En el primero, yo paseaba por una vereda y un joven, al que llamaré Marcelo, venía de un río cercano. Me sonrió y se detuvo a conversar conmigo. Pronto se excitó y se adelantó a conseguir los profilácticos, pero al regresar, vino con otro varón, llamado Edgardo. Me puse nerviosa, pero al ver que ambos venían ya preparados, se apoderó de mí un deseo por ambos, y me dejé llevar. Me besaron en la boca alternadamente, y al entrelazar sus lenguas con la mía, vencí mi miedo. Pasaron a chuparme ambos pezones y me provocaron un orgasmo por adelantado. Edgardo me lamió un poco el clítoris mientras Marcelo me acunaba en su cuerpo, rozando mis muslos con su pene ardiente. El que tuve al frente se levantó e insertó su pene en mi vagina lentamente, y comenzó con un vaivén un poco rápido. Redujo su ritmo, y hasta se detuvo para acomodar al que me cargaba para que penetrara mi ano. Yo protesté, así que desistieron, y Marcelo tuvo que esperar a que Edgar terminara. Presionó más fuertemente dentro de mí cuando eyaculó, y apenas tuvo fuerza o ganas de salirse de mi canal. Cuando lo hizo, se recostó a mi lado, y me acarició y besó con delicadeza mientras su amigo me embestía con un poco más de prisa. Entre ambos, logré otro orgasmo sustancioso, y nos tomamos un descanso.

Tras una breve siesta, nos lavamos en el río el semen y el barro que se nos pegó, y ellos regresaron a las cabañas. Yo anduve más lentamente, no tanto por el cansancio, sino para saborear esta nueva sensación de contacto tan íntimo con la naturaleza. Vagué un poco más y me encontré con otros tres hombres: Paco, quien pasaba de los cincuenta años, Douglas, más alto, delgado y de tez más clara, y hasta su pene combinaba con la forma de su cuerpo, y Jairo, de tez más oscura, y más bajo que los demás. Los jóvenes llevaban condones, pero el mayor no. Comenzó el juego entre todos, y éstos señores venían con una idea fija: hallar tres orificios en mí para penetrarlos simultáneamente. Me acariciaron, y entre avances y retiradas juguetonas, como para tantear el terreno, yo fui cediendo. Me senté sobre Doug, empalándome con su pene y me moví como si montara a caballo. Su pene llegaba hasta donde ningún hombre me había llegado antes, y aunque tuve un buen orgasmo, no quise parar. Paco se paró frente a ambos y me ofreció su pene para que se lo mamara. Al principio, no quise ni abrir la boca, pero el placer que me daba mi "monta" me fue convenciendo de que lo aceptara. El señor se fue poniendo más duro dentro de mi boca, pero se mantuvo lo suficientemente flexible como para que no me atragantara. Sentí que el que faltaba se abrazaba a mí por detrás, sobando mis tetitas para acrecentar el placer que sentí. Presionó su pene pequeño pero grueso contra mis nalgas, y el calorcito era divino. Poco a poco, se fue acercando a mi ano, pero no pude gritar con mi boca llena con el pene del viejo, quien en ese preciso momento, eyaculó, pero no me sacó su verga de la boca. Hasta sostuvo mi cabeza mientras perdía la erección. Jairo se metió muy lentamente, pero, aún así, me molestaba, porque en realidad, su pene es más ancho que el de los demás. El mayor hasta le dio indicaciones:

- Así, despacio; espera a que ella misma se abra, y cuando lo logres, empuja un poco más.

Me estremecí, porque la sensación cambiaba gradualmente de dolor a mayor placer. Ahora el que tenía a mi espalda gobernó el ritmo de los demás, incluso el mío. Quiso meter y sacar aprisa, pero se contuvo, al menos, por uno o dos minutos. Al ver la escena, el que tenía frente a mí recobró la erección y hasta logró otro pequeño orgasmo, y esta vez, su semen se me fue resbalando por la comisura de mis labios. Los jóvenes se fueron poniendo tiesos, como consecuencia de sus intensos orgasmos, y el mío lo provocó el sentir las pulsaciones de sus eyaculaciones a través de sus condones. Ahora, Jairo y yo quedamos recostados en posición de cucharas sobre los matorrales, mientras él perdía su erección y yo expulsaba su miembro. Me traté de levantar, pero las fuerzas me fallaron, porque en mi cansancio, me volvió a doler el recto. El pelirrojo me cargó en brazos hasta el río, y allí, entre caricias de todos, me ayudaron a lavarme. Ya no nos quedaba deseo de más sexo, sino que aprovechamos para orinar. A mí el acto anal me provocó una defecación inesperada, entre placentera y dolorosa, la cual también se llevó el río. Poco a poco, regresamos a las cabañas, y aunque guardo gratos recuerdos de esta experiencia, es muy fuerte para repetirla.

En realidad, dejé de visitar el campamento "orgiástico", y me fui interesando en el otro, cuyo ambiente es más familiar. Lo único que, aparte de la desnudez, es más rígido en cuanto a conducta, como mi comunidad natal; después de todo, ahí llevan niños. Ahí aprendemos a desprendernos de los disfraces y del sentido de incomodidad con nuestros propios cuerpos. Ya era un lugar más espiritual.

Me interesé en trabajar con los niños, y me hice asistente de cuido. Hasta di cursos introductorios en computación a los mayorcitos, quienes de todos modos, asisten a escuelas regulares, y también a adultos. También confeccioné la página del campamento, donde plasmamos nuestra filosofía particular, para que no se malinterpretara como una página porno. Poco a poco, el trabajo se convirtió en uno a tiempo completo, ya que los padres salían a trabajar en el mundo de los que se visten, y en las tardes, recogen a los niños, aún vestidos para retirarse a sus cabañas. Aún así, nadie se avergüenza del contraste.

Un día, una joven soltera, con mucha curiosidad por nuestras ideas, comenzó a convivir y a colaborar en la comunidad. Hacía muchas preguntas, pero la convencí de que fuera más discreta. Para satisfacer sus interrogantes, di paseos con ella por las arboledas, y así podíamos conversar en total confianza. En uno de estos paseos, ella se sintió excitada, y un poco avergonzada, porque aparte de los pezones erizados, algo bastante común entre nudistas de ambos sexos, tenía mucha humedad en su vulva. Me miró muy expresivamente, y yo misma comencé a humedecerme ahí abajo. Extendió sus dedos para tocarme y yo se lo permití. Nos sentamos contra uno de los árboles, en el interior del bosque, y entonces, sus caricias fueron más sexuales. Nos abrazamos y ella me besó en la boca. Yo me puse muy nerviosa, pero ella lo estaba aún más. Entonces, me llené de una comprensión intuitiva y correspondí a sus besos. Acarició mis pequeños pechos y se divirtió mucho estimulando mis pezones. Yo comencé a amasar sus tetas, un número de copa más que las mías, y sobé sus pezones con mis pulgares. Ella gimió extasiada, y se humedeció más. Fuimos pasando manos, labios y lenguas por nuestros vientres y muslos, la una a la otra, hasta quedar en posición 69. Comencé a besar sus labios vulvares, impregnando mi boca y mis mejillas con sus fluidos mientras ella me hacía lo propio. De vez en cuando, toqué su clítoris con mi labio superior o con la punta de mi lengua, y ella se estremecía. Creo que sintió un orgasmo cada vez que se lo hice, porque al corresponderme ella a mí, yo los sentí. Febrilmente, recogí su clítoris entre mis labios, como si se tratara de un pene, y lo mamé vigorosamente. Al principio, ella estuvo muy mareada por los orgasmos, pero pronto se acomodó para poder hacerme lo mismo. Ahora era yo la que no coordinaba. Lo único que atiné a hacer fue pegarme a su clítoris para no soltarlo, y la vibración se encargó del resto. El orgasmo múltiple alcanzó un "crescendo" y con un último chorro que ya parecía semen de mujer, quedamos tendidas al pie de ese árbol.

Tuvimos más encuentros furtivos así, y hasta lo hicimos en las cabañas, pero de algún modo, ella perdió el interés por el nudismo. Tal vez se arrepintió del lesbianismo, porque yo me sentí así mismo. También recibimos un poco de presión por nuestra conducta, porque dábamos mal ejemplo a los jóvenes. Cuando nos despedimos, nos abrazamos a llorar, ella vestida para irse y yo desnuda para quedarme. Por correo electrónico, me dijo que se casó, y a veces, nos visitó con su esposo. El se sintió muy incómodo en nuestro ambiente, pero accedió a desnudarse en las áreas verdes. Como pareja casada, los respeté y solamente tenían sexo ente ellos, y mayormente, en la cabaña. Aún así, me confesaron haber disfrutado del amor al aire libre en contadas ocasiones. Pero también, prefirieron hacer sus vidas en el mundo real.

Durante algunos años, viví allí, trabajando en lo mismo, y hasta fui elegida para la junta de administradores. Ayudé a verificar a los nuevos socios, tratando de identificar patrones de conducta o actitudes que pusieran en peligro la estabilidad de la comuna. Vino otro joven de la colonia más permisiva, llamado Tomás. Yo casi lo interrogo como un detective a un sospechoso; hasta le tuve que preguntar cuántas veces tuvo sexo y con quiénes. Al principio, le pareció simpático, como insinuando que él me gusta, pero poco a poco, perdió la paciencia a medida que mis preguntas fueron más incisivas, en mi preocupación de que fuera a abusar de los menores. Lo que más le incomodó fue admitir que tuvo un encuentro homosexual en la otra comuna, teniendo que hacer de todo, mamar y ser mamado, meter y que se lo metieran por el ano. Al llegar a esa parte, lo dejé en paz.

Tras varios días de ajuste, él comenzó a convivir con mayor naturalidad, y me admitió lo siguiente:

- No te guardo rencor por lo que me obligaste a decir, en serio. Al ver lo bello que es este lugar y su gente, no meramente por estar desnudos, comprendo lo mucho que deben cuidar de su comunidad.

- Perdona, no te quise poner en aprietos, pero...

- Está bien, ya te dije que lo comprendo. Además, sé que me encuentras atractivo.

No sé si lo dijo como un alarde para proteger su masculinidad o sencillamente, yo le di a entender eso, pero de todos modos, nada más pasó esta vez. El ayudó a reparar cabañas hasta que consiguió un empleo en el exterior como mecánico. A veces, me visitaba a mi cabaña o me invitaba a la suya, al principio, en actividades inocentes como escuchar música o conversar, pero pronto el tema de la sexualidad salió a relucir. Yo ya había abandonado a aquel grupo antes de que Tomás entrara, así que sentía curiosidad por conocer cómo llegó a ser la vida allá después de que me marché.

Una tarde, en su cabaña, movió su mano para tomar la mía mientras cenábamos, y yo no se la rechacé. Era un gesto bonito. Nos soltamos para seguir probando la comida, pero al sentarnos en el sofá para reposar escuchando música suave, tomó mi mano otra vez, y yo sonriente, se la di. Tuvo una erección y yo me humedecí, pero tratamos de disimular. Pero su juego de seducción continuó, y puso su rostro frente al mío y me besó. El ardor de mi vagina me animó a corresponderle, y me lo llevé a la cama, donde ya tenía un condón sobre la mesita de noche. Le dije, en un reproche no muy en serio:

- ¡Ya tenías todo planeado!

- ¡Lo admito: soy culpable! Te deseo y te amo.

Lo abracé y lo besé, mientras le puse el condón, y me tendí en su cama para unas breves caricias y besos obligatorios a mis mamas. Le dije:

- Está bien, ¡métemelo ya!

- ¿No quieres que primero te acaricie la vulva?

- No, mi amor. Sólo hazlo.

Me penetró de inmediato, y sentí cómo una llamarada recorrió nuestros genitales. Me lo metía y sacaba lentamente, saboreándose la sensación. Mientras me abrazaba, movía sus brazos desde mi espalda hacia mis nalgas para agarrarme mejor. Trató de acariciar mi clítoris, pero eso me causaba que me contrajera sobre su miembro, no dolorosamente, sino que nos puso a ambos en peligro de que se acabara demasiado pronto. Aminoró su ritmo, y mientras pude con su peso, se recostó para solamente hacerme caricias inocentes, a pesar de que me tenía totalmente atravesada con su miembro viril. Inesperadamente me anunció:

- ¡Me vengo!

Y se comenzó a mover aprisa. Yo apreté mis paredes vaginales para contagiarme con su orgasmo, y me funcionó. Ambos gritamos de placer mientras él oprimió su vientre contra el mío. Sus testículos palpitando contra mi perineo lograron el efecto deseado, y yo eyaculé también. Se desmontó de mí para sacarse el condón, y aunque con paso incierto, me condujo para que me lavara. Orinó con fuerza y dijo que la sensación era casi como otro orgasmo. Cuando me tocó mi turno, estuve de acuerdo con él.

Me acompañó hasta mi cabaña y se despidió de mí, queriendo entrar para tener más acción. Yo lo detuve, diciéndole:

- ¿No ha sido suficiente para una sola noche?

- Pensé que estarías lista para más.

Me imaginé que hasta sus oídos habrá llegado la noticia de mi orgía en aquel otro campo, pero no se lo tomé a mal. Sencillamente, lo besé y lo empujé suavemente. Aceptó regresar a su alojamiento, con la esperanza de que habrá más oportunidades en un futuro cercano.

Continuará...

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