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Álgebra 02

bycandidofranco©

María Flor cerró la puerta tras de sí, y en seguida se recargó en ella tomando una gran bocanada de aire. Así que esto era hacer el amor. Le temblaban los muslos, y ya pasada la excitación, le quedaba un dolor sordo en la entrepierna. No llevaba pantaleta y sentía gotas de humedad escurrir de su aporreado sexo. Los pezones le habían quedado hipersensibles y el sostén le molestaba. Pero sobre todo esto la sensación de asombro y el recuerdo de las oleadas de placer que acababa de descubrir le dibujaron una sonrisa indeleble en el rostro.

Dió un par de pasos tentativos, como sin saber de que pie cojear. Se sentía abierta, ensanchada, con los labios de la vulva aún hinchados. Le preocupó que alguien apareciese, aunque fuera cosa improbable a esta hora, e ignorando el dolor quiso apretar el paso. Recorrió titubeante el primer pasillo. Cuando llegó a la escalera sus piernas empezaban a responder un poco más, aunque tuvo que bajar agarrada al barandal, con las rodillas temblando.

Cruzó la entrada, pasó frente a la garita de vigilancia, en donde el viejo cuidador le dedicó una mirada indiferente, y salió al exterior.

Hacía brisa, principios de Septiembre, y el aire fresco se le coló bajo la falda, enfriando las líneas de humedad que le corrían por la cara interna de los muslos. El mundo le pareció de pronto un lugar extraño y nuevo, y quedó titubeante un momento, sin saber que hacer con su nueva persona.

Amanda, pensó, y buscó el móvil en la mochila.

Amanda tomó la llamada al segundo tono. "María! Como estás? Hace rato que no sé de tí."

"Hola Mandi. Lo hice! Ya no soy virgen!"

"Queeee?! Eh? Pero. No. Esto. Como? Con quién? Disfrutaste? Duele?" Soltó Amanda en ráfaga entrecortada. "No lo puedo creer! Ya sé que lo hemos discutido mil veces, pero, increíble!"

"Ahh, increíble," coincidió María. "Pero ahora no me sostienen las piernas, me siento... Aún adolorida, hinchada, satisfecha. Como nunca antes."

"Guau! Vente a mi casa y me cuentas los detalles!"

María dudó un momento. "Esto, tengo que avisar en casa, no he llegado aún, luego de la escuela. Ya te llamo."

Con eso cortó la llamada. Tomó una nueva bocanada de aire. Tenía que hablar con su madre y no quería que se le notara ninguna diferencia en la voz. Su madre, quien aún esperaba que María hallara vocación religiosa. Quien, desde que María había empezado a hacerse mujer, insistía en ignorar la pérdida paulatina de los lazos de comprensión y cariño que habían compartido antaño. Sus dedos se cerraron en torno al crucifijo de plata que llevaba colgado al cuello. Los cambios vertiginosos de los últimos meses habían finalmente llegado a una cima insospechada. Era una nueva María Flor la que tocaba el metal. Reformulada, redefinida, liberada, al menos en parte, de las sutiles cadenas con las que domestican, controlan, inhiben y distorsionan la energía humana. Pero no la suya. Ya no más. Al menos ya no tanto. Claramente quedaban cantidad de asuntos por resolver, pero en este momento era una certeza absoluta que el camino está siempre allí para quien busca, que la libertad es una decisión que se toma.

Con dedos temblorosos marcó el número de su casa. Tras esperar un rato sin respuesta, Flor pensó que su madre estaría aún en el hospital, con su padre, quien iba a ser dado de alta al día siguiente. Le mandó entonces un mensaje de texto al celular. "Salgo tarde, recuperando clases perdidas con el profe de mate, voy a lo de Mandi." Y luego otro texto a Amanda, "Ya llego."

Con un suspiro guardó el móvil y miró en torno de nueva cuenta. ¿Cómo afrontar un mundo nuevo luego de la experiencia explosiva que acababa de pasar? Al recordar las sensaciones que venía descubriendo sintió una ligera excitación subirle por el vientre. El profesor se había quedado con su pantaleta, y el aire fresco le hacía notar con claridad absoluta los labios de su sexo.

Tras quince minutos a pié llegó a casa de Amanda, quien la estaba esperando en el portal, y corrió a abrazarla en cuanto la vio llegar.

"María!" Exclamó, luego susurró en su oreja, "felicidades!"

A María le daba un poco de pena que Amanda la abrazase con tanto entusiasmo, especialmente donde otros pudieran ver, pero esta vez correspondió de la misma manera, rodeando el talle de su amiga y apretando con fuerza, notando el olor ligeramente picante de la mulata y sintiendo sus senos abundantes apretar contra su pecho. Luego se separó y sonrió con un poco de timidez. Le gustaba el contraste que hacía con Amanda. Amanda era fogosa y extrovertida, popular, exuberante. Todo lo contrario a Maria, ni siquiera ellas mismas entendían por qué se llevaban tan bien.

"Ven," dijo Amanda y tomándola de la mano la hizo entrar.

Fueron directo al cuarto de Amanda. Se sentaron en la cama, y Amanda miró expectante a María.

"Y bien? Como lo hiciste? Que se siente? Cuenta, cuenta!"

Luego del salto que María acababa de dar, le llevaba ventaja a Amanda, quien, aunque había tenido ya algunos escarceos íntimos y era un año mayor, nunca había copulado.

María se halló de pronto con la mente en blanco. Solo pudo boquear como pez sin decir palabra.

"Cuéntame desde el principio." dijo Amanda.

"Bueno. Recuerdas aquella broma que hacíamos sobre escribir en la pantaleta? Pues funciona!"

"No!" dijo Amanda, "Lo hiciste?"

María empezó a subirse la falda, pero luego recordó que la pantaleta en cuestión estaba en el cajón del escritorio sobre el cual había sido desflorada. Se sonrojó un poco.

"Ay, Mandi, el profe se quedó con mi pantaleta! Decía "Tuya" pero no pensé que lo fuera a tomar tan literal!"

Amanda soltó una risa larga y contagiosa, pronto María tuvo que unirse, y rió hasta que le escurrieron lágrimas. Finalmente recuperaron el aliento.

"Sigue," dijo Amanda.

"Fui a pedirle que me ayudara con lo que perdí en la semana, y luego tiré la goma y abrí las piernas para que pudiera ver."

Amanda inhaló sorprendida, y asintió, atenta.

"El cerró las persianas y la puerta. Yo estaba muy nerviosa, él regresó y se arrodilló frente a mí y me comenzó a acariciar las piernas..."

María perdió el hilo del relato, hasta que Amanda la trajo de regreso.

"Y?"

"Ah, esto, no sé cómo perdí la camisa, porque luego el profe me estaba chupando las tetas. Luego me puso en el escritorio, dándole la espalda, y me quitó la pantaleta."

Amanda se movía inquieta en la cama.

"Y te lo metió por detrás?" Soltó.

"No. Me acostó en el escritorio, con las nalgas justo al borde, me hizo agarrarme las rodillas, y ahí fue que me lo metió!"

"No!" jadeó Amanda. "Y duele?"

"Al principio sí, cuando lo sentí empujando, abriéndome, me asusté. Pensé que me iba a hacer mucho daño! Pero en lugar de meterlo de golpe, primero lo estuvo jugando en la entrada, y me hizo ponerme muy caliente, así que cuando empujó más, el dolor no me importó tanto. Pero tuvo que empujar varias veces antes de que me entrara todo, y eso me dolió bastante... Luego empezó a moverse. Ah, Mandi, es una sensación extraordinaria! Me habré corrido al menos tres veces! No tiene nada que ver con lo que se consigue con el dedo!"

Amanda soltó otra risa. "Ya lo creo!"

María se acercó y abrazó otra vez a Amanda, sintiendo los pechos plenos de la mulata contra los suyos. Amanda le regresó el abrazo, pero se separó pronto. Quería aún más detalles.

"Y luego? Se corrió?" Y un poco más seria, "usaron condón?"

María negó con la cabeza. "Hace dos semanas tu mamá me dijo que ella me consigue la inyección, Mandi. Quería sentirlo directamente, no a través de un plástico, en mi primera vez. Sí, se corrió en mí. Me había bajado al tapete, y me hizo ponerme a gatas, luego se puso atrás de mí, me agarró por la cadera y entró y se empezó a mover y a empujar y yo me corrí otra vez, tal vez la mejor de todas. Pude sentirlo eyacular, Mandi! El pene pulsa y se expande, y es una delicia. Luego, cuando me levanté, el semen me escurrió por las piernas, por un momento pensé que era sangre! Pero no, solo era su corrida."

Amanda escuchaba casi jadeando. "Ahora si me ganaste!"

María siguió. "Después quedé adolorida, me hubiera gustado poder descansar más, pero al salir de la escuela, todo se veía diferente. Quisiera hacerlo otra vez, para comprobar si fue verdad todo lo que sentí. Supongo que ya no dolerá!"

"Seguro!" dijo Mandi. "Que afortunada eres, María, muchas no logran escoger tan bien su primera relación."

"Relación? Ya veremos." María dudó un momento. "Mandi... Hubiera sido bonito hacerlo juntas, la primera vez, Querrás hacerlo conmigo cuando te inicies? Digo, conmigo y alguien más, cuando decidas."

Amanda, perpleja, abrió los ojos grandes y quedó muda un instante. Luego le subió rubor a la cara.

"Vaya! Si que ha cambiado esa muchacha mojigata que conocí el Domingo en la misa!" Amanda se mordió el labio, pensando un momento.

"Si quiero, María. Pero primero quiero verte a ti haciéndolo, para saber de que se trata."

Ahora fue María la que abrió los ojos asombrada.

"Y," siguió Amanda, "quiero que me enseñes ahora como te quedó el bizcocho luego de que ese bribón se lo beneficiara."

A María se le subió ahora el color a la cara y sintió arder sus mejillas. Bueno, se lo había buscado. Ya que había, convenientemente, perdido la pantaleta, solo tuvo que subir las rodillas, separar las piernas y arremangarse la falda para descubrir su vientre.

Amanda se inclinó ante María y miró con interés la vulva cerrada, luego extendió una mano lentamente y usó los dedos para separar los labios y descubrir la entrada de la vagina.

"No hay daño aparente," reportó al fin, retirando la mano.

"Pero como es la primera vez que la veo, tal vez no sé que esperar... Que pepa más linda tienes, María!" Dijo, y lentamente descubrió el clítoris, retirando la capucha y haciéndolo surgir entre los labios.

"La mía no es tan grande..."

Amanda se enderezó y se desabrochó el pantalón y se lo quitó. Luego se sentó frente a María, separó las piernas y apartó a un lado la tela de su tanga rosada para descubrir su propio sexo. María vio una vulva larga y abundante. Los labios exteriores eran gordezuelos, color chocolate, pero los labios menores eran delgados y finos, apenas sobresaliendo en la parte superior. El pubis tenía vellos rizados como caracolillos, con rizos tan apretados que dejaban al descubierto los labios, sin tapar nada. Amanda abrió la vulva con los dedos, mostrando el interior rosado, y luego descubrió el clítoris, como un guisante, oculto entre sus pliegues.

"No es tan grande, pero hasta ahora me ha dado muy buen servicio," dijo sonriendo.

María sonrió también, luego se impulsó para abrazar a Amanda de nueva cuenta.

"Gracias", dijo mientras la estrechaba entre sus brazos, "No quisiera que hiciéramos el amor juntas sin haber antes conocido tu pepa!"

Amanda soltó la risa.

María siguió, "No creo ser lesbiana, Mandi, pero quisiera dormir contigo y saber que se siente, conocerte un poco, para que cuando lo hagamos juntas, estemos a gusto."

"Seguro!", dijo Amanda mientras se volvía a poner el pantalón. "Te puedes quedar? Bajamos a cenar y llamas a tu casa?".

María asintió, un poco nerviosa.

Bajaron. La madre de Amanda era jefa de enfermeras en un ala del Hospital General, y tenía regularmente turno de guardia de noche, de modo que entonces Amanda dormía sola. Iba de salida cuando las vio bajar.

"Hola María Flor!", saludó, "y adiós, que llevo prisa, pásenselo bien, chicas!"

Salió cerrando con fuerza la puerta a su espalda.

A María el sonido del portazo le pareció otro umbral cruzado hacia lo desconocido. Se quedó un momento petrificada, hasta que Amanda la llamó desde la cocina.

"Pizza te va?"

Lentamente regresó al momento presente y contestó "Claro, Mandi. Te ayudo?"

"No," dijo Amanda, "llama a tu casa y di que te quedas."

María sacó el móvil, respiró profundo, y marcó el número de su casa. Nadie tomó la línea. Decidió mandar un nuevo mensaje de texto a su madre. "Sigues en el hospital? Si regresas tarde me quedo en lo de Mandi," escribió y mandó. Volvió a respirar profundo. El móvil reportó un mensaje nuevo. Su madre había sólo contestado "OK."

"Ya," le dijo a Amanda, y pasó saliva con un poco de dificultad.

Comieron la pizza viendo una película. María no logró concentrarse en las escenas, le sudaban las manos y por momentos dudaba que la idea que impulsivamente había sacado fuese buena.

Amanda se levantó al terminar la película y dijo, mientras salía de la sala, "ahora, un postre, a ver si te animas."

Regresó y le enseñó a María una piedrita café en el hueco de la palma de su mano.

"Es hachís," explicó. "Quieres probar?"

María sintió una punzada fría en el vientre. Su madre la había adoctrinado una y otra vez sobre el peligro de las drogas, y aunque sabía que no todas las opiniones de su madre eran técnicamente ciertas, no pudo evitar sentir un nudo en la garganta.

Miró a Amanda. "Tu ya probaste?"

Amanda asintió, "solo un poquitín, pillé a uno de mis tíos el otro día en una reunión familiar, y le pedí que me dejara probar. Hace gracia, apenas me hizo un poco de efecto, me la pasé riendo, y luego mi tío me dejó este sobrante. Para que se te quite el susto."

María se mordió el labio inferior. El corazón le pegaba en el pecho como un caballo desbocado.

"Está bien," dijo finalmente, "solo un poquito."

Amanda le enseñó entonces un cilindro de metal que tenía en la otra mano. Le quitó una tapa de rosca perforada en la punta y quiso meter la piedrita en el tubo, pero quedaba grande.

"Ah!, el mechero!" Dijo Amanda, y fue a la cocina a buscar.

Regresó y se sentó a la mesa. María se sentó frente a ella y miró atenta el proceso. Amanda encendió el mechero y acercó la piedrita a la flama, luego con los dedos desmoronó la parte que el calor había reblandecido. Cuando tuvo un montoncillo de hebras y moronas, las metió con cuidado en el tubito. Luego cerró la tapa de rosca, y le dio fuego, aspirando por el otro extremo. En seguida empezó a toser soltando una nube de humo de olor fragante.

María se preocupó un poco. "Estas bien, Mandi?"

Amanda, controlando la tos, sonrió y le pasó el tubito a María.

"Jala solo poquito, para que no te ahogues."

María tomó el mechero e hizo como había visto hacer a Amanda. Sintió el humo caliente al inhalar un poco, pero logró contener el impulso de toser. Luego de inhalar sostuvo el aliento un momento, y soltó el humo por la nariz.

Amanda la miraba fascinada.

"Guau! Esta mujer tiene recursos insospechados!" Dijo, "Ven! Vámonos al sofá!"

María sintió una ligera letargia, se sentía satisfecha, como si resortes hasta ahora desconocidos empezaran a soltarse en su cuerpo. Una sonrisa sin razón se le dibujó en el rostro. Descubrió su mano, aún en la mesa y miró asombrada sus propios dedos. Con un poco de esfuerzo logró alzar la mano hasta su cara y estudió con detalle sus uñas, cortas, limpias, de saludable color rosado. Olió su mano, inquisitiva, pero no logró distinguir ningún aroma. En ese momento Amanda le colocó la mano en el hombro haciéndole dar un respingo.

"Ven pues!" Le dijo.

María volteó a ver a su amiga, y descubrió que ella también tenía una gran sonrisa en la cara, y los ojos un poco enrojecidos, pero brillantes. Le pareció que tenía la expresión de un duende travieso y eso le hizo soltar la risa. Amanda se contagió de inmediato y se rieron hasta que el dolor en los costados las hizo jadear. María se levantó un poco insegura y miró alrededor. La sala de Amanda, que había visto mil veces, le parecía de pronto un lugar nuevo y desconocido. Amanda la jaló del brazo y María dio un traspiés hacia el sofá.

Cayeron las dos juntas sobre los cojines del sofá, riendo de nuevo, pero esta vez pasó pronto. María recargó su cabeza en el hombro de Amanda, acomodándola entre el brazo y el pecho abundante que tenía contra la mejilla. Amanda rodeó su cabeza con el otro brazo y así estuvieron un momento, sin decir nada.

Luego María levantó la mano y tocó suavemente el otro pecho de Amanda, acariciándolo con la punta de los dedos.

Sintió claramente como el pezón de Amanda se endurecía por debajo de la tela, hasta levantarse y hacerse notar.

Amanda se incorporó un poco, se desfajó la camisa y se la sacó por sobre la cabeza, descubriendo su vientre color chocolate, y un sostén rosa brillante.

Luego llevándose las manos a la espalda se desabrochó el sostén y se lo quitó, desnudando sus pechos.

Una vez hecho esto volvió a recargarse en el sofá y a abrazar a María. María volvió a colocar su rostro entre el brazo y el pecho de Amanda, sintiendo ahora el aroma y el contacto cálido de la piel desnuda.

Los pezones oscuros de Amanda se levantaban erectos y María quiso tocar uno.

Los pechos de Amanda eran tan grandes que María no hubiera podido abarcar uno con su mano abierta.Tomó un pezón entre pulgar e índice y lo hizo girar suavemente. Amanda soltó una risa, y se incorporó otra vez. Esta vez jaló la camisa de María, subiéndosela por el vientre.

María subió los brazos, dejándola hacer, y cuando se vio libre de la camisa, se desabrochó el sostén y lo dejó caer, quedando con el torso desnudo igual que Amanda.

Amanda se acercó a ella hasta que sus pezones erectos rozaron los pechos recién descubiertos, y moviéndose frotó sus pezones contra los senos pálidos de María.

María sintió sus propios pezones responder de inmediato al estímulo, endureciéndose y levantándose en segundos.

Quiso moverse también y frotarse contra Amanda. Los senos de Amanda eran más suaves y tersos que los suyos. Levantando las manos acunó ambos senos morenos y juntándolos un poco quizo hacer que los pezones oscuros coincidieran exactamente con los suyos. Luego subió el rostro y al ver la sonrisa pícara de Amanda le ganó otra vez la risa.

"Que lindas tetas tenemos, María. Afortunados de toda fortuna serán los hombres que los disfruten, y las criaturas que engendremos y mamen nuestra leche."

"Mandi! No empieces ya con tus cosas raras."

"Para cosas raras, las que haremos en la cama, ven pues, ya se conocen nuestras tetas, que se conozcan ahora otras partes."

María suspiró, sin dejar de sonreír. Le gustaba la mulata, a pesar de las cosas con las que a veces le picaba el ánimo. Ya apoderada de su propio cuerpo, María se descubrió dispuesta a compartirlo con su amiga.

Subieron al cuarto de Amanda. Amanda se desabrochó el pantalón, y se lo quitó, junto con la tanga rosada, quedando desnuda.

"Creo que te querrás quitar eso, mujer?" Le preguntó a María, indicando la falda.

María se bajó la falda, se sacó zapatos y calcetines, y por vez primera desnuda frente a Amanda, levantó lentamente los ojos. Amanda se acercó y la abrazó, haciendo contacto directo con todo su cuerpo. Los pezones duros apretaron contra los senos de María, el vientre y los muslos tocándose. Amanda empujó suavemente una de sus piernas entre los muslos de María. El contacto cercano de un cuerpo caliente desencadenó una oleada de placer que le subió por el cuerpo, enrojeciéndole el rostro. Cayeron abrazadas en la cama.

Explorar el cuerpo de otra mujer, y ser explorada por otra mujer hicieron nacer en María una nueva gama de sensaciones. Mientras que con Santiago, el profesor de álgebra, había sentido primero anhelo y excitación palpitante, y luego del dolor un gozo completo y una satisfacción física absoluta, con Amanda el encuentro fue mucho más suave, amistoso, sí excitante, pero no en la misma forma desbocada y un poco brutal que había tenido el encuentro con Santiago.

De inicio no pasó nada, se mantuvieron solo abrazadas, sin moverse, sintiendo el contacto y el calor de la piel, reconociendo el aroma de otro cuerpo desnudo. María se sentía a gusto, cómoda, pero sin urgencia alguna.

Luego Amanda empezó a acariciar la espalda de María con movimientos lentos. La mano de Amanda bajó y un dedo recorrió la línea entre las nalgas de María. A María le dio risa, y se incorporó un poco para mirar a la mulata.

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