Ana

byVudu Blanco©

Sergio sonreía complacido con cara de tonto frente a su ordenador, pero la razón de su sonrisa no era nada tonta, no. Ana no tenía nada de tonta. A su mente volvían las imágenes una y otra vez, de nuevo sentía cómo su miembro se endurecía.

Cuando iba por la autopista no imaginó la sorpresa que se encontraría en casa de Ana. Él solo pensaba dejarla y volver a su casa porque se le hacía tarde. Pero ella quiso retenerlo un momento más.

- Anda, cariño pasa solo cinco minutos, ¿vale? Te preparo un café, lo tomamos juntos, me das un beso ¡bien grande! y te vas.

- Bueno -aceptó Sergio- Pero solo cinco minutos.

Ella abrió la puerta, feliz de su pequeño triunfo y le indicó dónde sentarse.

- Ya verás. Vas a tomar el café más delicioso de tu vida -decía mientras se dirigía a la cocina, Sergio fue tras ella, sin que ella lo notase.

- ¿Que haces aquí? -le preguntó mientras abría el grifo del fregadero y lavaba los platos.

- Quiero verte mientras haces el café... -dijo él al tomarla de la cintura y unir su cuerpo a la espalda de Ana- Y así aprovecho y te doy ese beso tan grande que dijiste -y comenzó a besarle el cuello.

- Así no puede trabajar una mujer -bromeó ella- Yo te prometí un café y es eso lo que voy a hacer, si me dejas, por supuesto.

- Olvídate del café por un momento. Te das la vuelta y me das un beso. Después te prometo que te dejo hacer lo que tú quieras.

Se dio la vuelta lentamente y ofreció sus labios para recibir el tan ansiado beso. Mientras la besaba, él buscó la suave piel debajo de la chaqueta; primero la cintura y poco a poco fue subiendo hasta llegar a sus senos que acariciaba por encima del sujetador. Ana sintió como si se activara un interruptor dentro de ella, no sabía si eran sus manos o su boca lo que la hacía gemir. Solo sentir su mirada sobre ella era suficiente para desearlo, y lo que entonces estaba sucediendo la llevaba casi a la locura. En esos momentos en que sabes que debes pensar y lo que menos deseas es hacerlo, ella decidió no pensar en nada más y solo sentir, sentir esos labios suaves, tibios y a la vez ardientes, que la transportaban como ninguno a un mundo mágico donde solo ellos habitaban.

- Me gusta tocarte y sentir cómo tus pezones se ponen duros en respuesta a mis caricias, por mí y para mí -dijo Sergio como en susurros.

- A veces me sucede que simplemente pensando en ti se me ponen así como ahora. Pero, por favor. No escuchas sus gritos, te están rogando que los beses.

Él obedeció a sus súplicas, primero por encima del sujetador y después solo sus labios sobre la piel suave de sus senos. Besó uno pausadamente y luego el otro, mientras ella se retorcía de deseo en sus brazos. La ansiedad de su vientre parecía querer enloquecerla, y sintió el agua que le salpicaba la piel en diminutas gotitas. Se había olvidado del grifo y lo cerró para que no la molestase más. Ya nadie se acordaba del café, solo eran conscientes de sus manos. Las de él abriendo la chaqueta, luego el sujetador, acariciando, haciéndose desear y deseando, explorando y descubriendo cada vez más, y las de ella, temblorosas, acariciaban su cuello, su pecho por encima de la barrera que representaba la camisa, cuando lo que deseaba era unir sus senos a su piel, sus pezones con sus tetillas. Sentía cómo su lengua no dejaba ni un espacio sin recorrer. Estaba temblando excitada en sus brazos y quiso que la tocara allí abajo, que penetrara por lo menos con sus dedos pero que ya no la hiciera esperar más.

Él notó que su deseo era el mismo que latía en sus venas, la tomó en sus brazos, se sentó en una silla del comedor y la colocó sobre sí con sus piernas una a cada lado de las suyas. Sus manos bajaron al centro de su deseo y eliminando barreras de ropa la penetró con dos de sus dedos. La sintió húmeda. Ella gimió un poco fuerte y creyó que moriría de placer, mientras en su vientre unos dedos se movían rítmica, suave y profundamente. Quería más, mucho más, pero antes debía hacer que él la deseara tanto como ella lo estaba deseando. Exploró su cuerpo, hasta llegar a su pene. Lo podía sentir duro por encima del pantalón. De rodillas, frente a él lo acarició con ambas manos, hasta que ya no pudo resistir más. Le abrió el cinturón y luego la cremallera para sacarlo del interior. Lo tomó con ambas manos y sintió su suave piel.

Estaba mojado. Ella lamió con la punta de su lengua el húmedo glande, lo saboreó como el mejor néctar que había probado en su vida, luego poco a poco, mientras lamía ambos lados del pene y los testículos repetidas veces, lo introdujo lentamente en su boca, que él sintió húmeda y caliente. Ella presionaba un poco con sus labios mientras lo dejaba entrar hasta tocar su garganta y salir para entrar nuevamente con un ritmo que aumentaba cada vez un poco. Ella disfrutaba lo que hacía con los ojos cerrados, excitada al máximo, mordiendo suave y apasionadamente. Él sentía que su pene se endurecía cada vez más por culpa de su cálida boca. Sus sensacionales chupadas encendían dentro de él un fuego que parecía querer devorarlo.

Estuvieron así hasta que él ya no soporto más el deseo de penetrarla y ella de que lo hiciera. La sentó nuevamente sobre él, penetrándola rápidamente con la fuerza que demandaba la pasión que los consumía. Ella estaba húmeda y lo recibió ardientemente. Una y otra vez se movió sobre él, se movieron al mismo ritmo, abrazados, hasta perderse uno en el otro y llegar a ese instante frenético en que pierden la cordura, ven una luz a lo lejos y tienen que alcanzarla, gimiendo de placer hasta que sienten ya no tener más aire en los pulmones. Sienten que van a llegar juntos en una búsqueda maravillosa, arden al mismo calor, hasta que ambos ahogan ese grito que les dice que han llegado a la cúspide, que después de allí nada es importante solo el amor y la pasión que han sentido.

Sergio seguía ante el ordenador, excitado por el recuerdo de Ana y con una sonrisa tonta en la boca.

- ¡Qué mujer Dios mío, qué mujer! -dijo en voz alta al tiempo que su jefa, una señora gorda, de nariz aguileña con una verruga en la punta, labios mustios y piel húmeda y fría como los anfibios entró a su oficina.

- Sergio, no imaginaba que sintiera usted tanta pasión por mí -le dijo ella al tiempo que le guiñaba un ojo con picardía.

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