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Anita - Así Empezó Todo

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I – Así empezó todo

Anita estaba en su habitación, disfrutando de una dulce pausa en el trabajo. Había terminado sus labores, todo estaba organizado y D. Alfredo, su patrón, llegaría en unos 30 o 40 minutos.

Doña Marta, se había marchado a Bilbao de urgencia y se había llevado a Jaimito con ella. A D. Arturo, su padre, le había dado un ataque al corazón y estaba muy malo.

Anita, cariño – le había dicho antes de marcharse – me voy para el aeropuerto corriendo y me llevo al niño. Mi padre está muy malo. Intenté llamar a mi marido pero estaba reunido y le dejé un recado a su secretaria. Dile a D. Alfredo que me llame no más llegar. A esa hora, seguro que ya estoy en casa de mis padres.

No se preocupe, señora. Espero que D. Arturo se mejore y si necesita algo, me llama, ¿Vale? Lo que sea, Doña Marta… para eso estoy.

Gracias, Anita, eres un cielo. – Le dijo la señora. – No sé qué haríamos sin ti.

Mientras descansaba un rato, recordaba los casi 5 años que llevaba trabajando en casa de D. Alfredo Bandini. Los patrones eran buenísimos con ella, le pagaban generosamente, tenía seguridad social, buenos seguros médico y de accidentes, le respetaban sus días libres, tenía un mes de vacaciones al año, cuando se iba contrataban a una chica por horas. Su habitación era amplia, con aire acondicionado, tenía un baño privativo, tele, una mini-cadena de música, Internet inalámbrica, D. Alfredo le había regalado un ordenador portátil que ya no usaba pero que estaba muy bien… ¡Todo le parecía un sueño!

Doña Marta le había explicado que cuando una empleada está contenta no suele dar problemas, que no quería andar cambiando de empleada cada dos por tres y ella le contestó que todo haría para que continuara contenta con su trabajo. Tenían además una relación casi familiar. Anita – le había dicho un día – Estamos muy contentos contigo. Hoy día no se encuentra gente cómo tú. Eres una persona de confianza y una amiga. Por eso te damos todas estas condiciones. Te queremos con nosotros. A ti, te puedo dejar mi hijo muy tranquila cuando hace falta y eso no tiene precio. Y tú… ¿Estás contenta? – Anita la miró muy agradecida. – Muy contenta, señora. Me parece un sueño lo de tener un trabajo así, con personas cómo son ustedes.

Anita tenía veinte y seis años era bastante culta, hablaba muy bien inglés, lo que venía muy bien, porque D. Alfredo recibía muchas llamadas de gente extrajera, debido a sus negocios. Tuvo que dejar de estudiar porque era bastante pobre y este trabajo fue lo que encontró. Había completado el bachiller superior, tenía el tercer año de inglés de la escuela oficial de idiomas, pero ya no tuvo medios para irse a la universidad. Usando las facilidades de Internet que tenía en casa de D. Alfredo perfeccionó muchísimo su nivel de inglés. Además, era una chica muy guapa.

D. Alfredo era italiano, tenía cuarenta y ocho años, Anita lo veía guapísimo y muy distinguido. Hablaba poco, pero era muy simpático con ella.

La mujer tenía treinta y ocho años estaba muy bien físicamente y con Anita era casi una madre. A veces le pedía que fuera de compras con ella. Siempre le compraba algo y de buena calidad.

Tenían un niño de cuatro años, Jaime, que adoraba a Anita y ella a él también.

El timbre la despertó de sus pensamientos.

Hola, D. Alfredo. ¿Qué tal?

Hola, Anita. ¿Qué sabes de Doña Marta? Le dejó un recado a mi secretaria para mí…

Es que D. Arturo se puso malo y la señora se fue corriendo para Bilbao con Jaimito. Pidió que usted la llamara en cuanto llegara a casa.

Vale, Anita. Lo haré enseguida. Ahora siéntate aquí, que quiero hablar contigo. – La miraba de una forma extraña, que la hizo sentirse incómoda.

Hablar conmigo… vale D. Alfredo. – Se sentó en el sofá junto a él, a una distancia prudencial. Él se acercó a ella y le hizo una caricia en el pelo.

Eres muy guapa, Anita… - Ella se quedó de piedra.

Gracias, D. Alfredo, es usted muy amable… ahora se me lo permite, me retiro. Tengo unas cosas que hacer en la cocina y…

No. Espera un poquito. – Le acarició el pelo, después el cuello y de dio un beso en la cara, casi en los labios.

D. Alfredo… por favor, no me haga eso… ¡No puedo!

¡Vale! – Se alejó de ella y cogió el móvil. – Quédate aquí mientras llamo a Doña Marta. Quiero que escuches la conversación. – Anita estaba más muerta que viva. No se movió. No sabía qué hacer. Se sentía perdida, indefensa, vulnerable...

¿Marta? Hola cariño, ¿Cómo está tu padre? Si… entiendo. Reposo, nada de tabaco… Vale, espero que se recupere. Ahora escúchame bien, que lo que te voy a decir es muy grave. ¿Confiabas en Ana, verdad? Mira… cuando llegué a casa, me recibió con la blusa medio abierta, sin sujetador, un pezón medio fuera y me dijo que me iba a cuidar muy bien en tu ausencia. ¿Increíble, verdad? Mira, ya le dije que tenía media hora para coger sus cosas y ponerse en la calle y la voy a denunciar. ¿Qué no es posible? No dudes de lo que te estoy diciendo. Yo mismo lo estaba viviendo y no me lo creía. La vida a veces nos da sorpresas. Parecía una cosa… y mira lo que es. Lo raro es que nos haya podido engañar tanto tiempo. A continuación le voy a llamar a Ángel Gómez para que le ponga una querella. Te llamo más tarde. Un beso, cariño.

Anita empezó a llorar. ¡Qué infamia! – Pensó – Dios mío… ¿Y ahora qué hago? Me voy a ir a la cárcel… D. Ángel, ese maldito abogado es diabólico… me va a hundir. No pierde un juicio y a una chica indefensa cómo yo… me va a aplastar.

¡Anita! – Ella lo miraba llorando. – Esta llamada fue simulada.

¿De veras? Pero yo no hice nada… ¿Por qué me hace una cosa así?

Sí de veras, pero si la hago, ¿te imaginas lo qué se te viene encima? No quiero hacerte daño. Solo quiero que lo pasemos bien los dos, te voy a dar un dinero extra todos los meses sin que Marta se entere…

Por favor, D. Alfredo… soy una chica seria, no podría hacerle eso a Doña Marta. Y con lo que cobro tengo lo suficiente.

¿Si lo hicieras, se lo contarías?

Por supuesto que no… para no disgustarla, pero no quiero hacerlo. ¿Cómo podría yo traicionarla, con lo buena que es conmigo?

Mira, cariño, yo tampoco se lo voy a contar y se suele decir en mi pueblo: Ojos que no ven, corazón que no siente. Ahora mírame a los ojos y dime: ¿Te gusto, verdad? Contéstame la verdad.

Ai señor… no me pregunte esas cosas…

¡La verdad! Contéstame con la verdad y mírame a los ojos. – Su expresión era asustadora y su voz era cortante.

Anita estaba aterrorizada. Le dijo la verdad. No se atrevía a mentirle.

Es usted un señor muy guapo y muy atractivo, pero no puedo… comprenda que no puedo, por dios.

Claro que puedes. Y te va a gustar mucho, cuando te relajes. – Se acercó, la atrajo hacia a él y la besó en los labios.

Anita se resistió, pero a los pocos fue cediendo y lo dejó introducirle la lengua. Sin embargo, no correspondió. Después, sintió cómo él le desabrochaba la blusa. No fue capaz de reaccionar. De repente se dio cuenta que ya no tenía la blusa ni el sujetador. No quería ceder, pero estaba paralizada. Todo había sido muy rápido.

Eres aún más linda que lo que yo me creía, Anita. – Bajó la cabeza y le empezó a chupar un pezón. Anita se quedó horrorizada. Quería controlarse, pero los pezones se le pusieron durísimos. Se sintió muy mojada entre las piernas. Estaba excitadísima y se dio cuenta que deseaba a ese monstruo que estaba violando su intimidad. No quería hacerlo, pero no lograba controlarse. Luchaba consigo misma y perdía la lucha. Ese hombre la tenía controlada y lo sabía… ya no era dueña de sí misma.

¡Linda niña! ¿Te gusta, verdad?

Yo… por favor… no siga…

¿Te gusta? – Casi le gritó.

Si… oh, dios mío… ¡Me odio! Déjeme, señor, no se aproveche más de mi debilidad.

Alfredo entonces la besó en los labios y esta vez Anita correspondió. Sus lenguas se mezclaban, se saboreaban. Alfredo le acariciaba los pezones de una forma tan especial, que la hizo perder lo poco que le quedaba de control. Después le introdujo la mano por debajo de la falda y se dio cuenta que ella tenía la bragas muy mojadas. Le acarició el coñito por encima de las bragas y sintió que su clítoris era grande y estaba durísimo. De repente Ana tuvo un fortísimo orgasmo que no pudo evitar.

Ahhh… Ohhh… Si… Ohhh…

Ya sabía que eras una loba, cariño. ¡Hoy lo he comprobado! Ahora descansa un poquito. Estírate aquí en el sofá y pon la cabecita en mis piernas. Ahora si… llamo en a mi mujer y te va a gustar lo que vas a oír.

¿Puedo irme?

¡No! Haz lo que te digo, niña. – Anita obedeció. Sentía por este hombre una mezcla de atracción y miedo a la vez. No tenía fuerzas para desobedecerle.

Alfredo marcó el número de casa de sus suegros desde el teléfono que tenía en la mesita junto al sofá. Le acariciaba el pelo, el cuello y los pechos desnudos. Ella estaba muy calma y relajada ahora. Disfrutaba de las caricias mientras intentaba no pensar en nada.

¡Hola, mi amor! – Qué cínico es, pensaba Anita. - ¿Cómo está tu padre? Bueno… ya veo que sale de esta… Si, cariño. La chica me lo dijo… Si, ¿verdad? Es muy maja, si… mira, le dije que me hiciera un café y la dejé salir… No, no me pidió nada, la pobre. Es muy comedida. Lo que pasa es que me imagino que para ella no debe ser nada agradable estar aquí en casa sola conmigo… No, nada. No me dijo nada. Fue idea mía. Le dije que se podría ir a dormir a casa de su amiga, esa que trabaja para Doña Araceli… Si, esa misma. Viene a ponerme la cena y a prepararme la habitación y después se va. Mañana viene a prepararme el desayuno y me espera por la tarde cuando venga. Si… Eso es. ¿Te parece bien, verdad? Claro… yo también me siento más a voluntad así… Vale, cariño. Mira, quédate ahí, que os voy a recoger el domingo y de paso ya veo a tu padre. Ah… si necesitas algo de Ana, llámala a su móvil, que estará siempre conectado. Me pidió que no la llamemos a casa de Doña Araceli, porque podemos despertarla y cómo está muy viejita y está muy enferma, la hija no quiere llamadas innecesarias. Duerme casi todo el tiempo. Un besito, mi amor. Te llamo esta noche a tu móvil. Te echo de menos. ¡Te quiero!

Don Alfredo… ¿Le puedo preguntar algo sin que usted se enfade?

Claro que si, cariño.

¿Cómo puede usted hablar con tanto cinismo a Doña Marta?

No es cinismo. La quiero mucho. Sabes… yo necesito mucho tener algún rollito de vez en cuando. Es cómo un tónico sexual. No te das cuenta, pero le estás haciendo un gran favor mi mujer. Ella no se entera, por lo tanto no sufre. Yo me siento rejuvenecido y nuestra vida sexual se mejora.

A ti te voy a dar mucho placer, cómo verás. Te doy un dinerito extra sin que nadie se entere y así disfrutas de una forma muy provechosa.

¿Y usted no se da cuenta que eso me convierte en una prostituta?

Ni hablar, cariño. No te voy a alquilar. Tú me haces sentir bien y yo te pago por el tiempo que me dedicas. Verás… Te voy a duplicar el sueldo. Todos los meses te doy ese dinero en mano y tú lo ingresas inmediatamente en tu cuenta. No quiero que mi mujer se dé cuenta de que andas con tanto dinero… por si las moscas. ¿Trato hecho?

Ai, D. Alfredo… no sé qué decirle. Estoy tan nerviosa… - Alfredo le quitó la falda y las braguitas.

Mmmm… Qué mojadita estás. – La sala se quedó impregnada con el aroma de sus jugos vaginales. – No me vas a querer convencer que no estás loca de deseo…

Por favor, D. Alfredo… ¡Estoy tan descolocada!

Alfredo cogió las braguitas de Anita, las llevó a la cara y las olió profundamente. Después metió en la boca la zona que estaba mojada. Ella lo observó muy cortada, pero muy excitada a la vez. Se odiaba por eso, pero no controlaba el fuerte deseo que sentía por D. Alfredo.

Eres deliciosa, Anita. Y lo deseas tanto como yo. ¿Lo niegas?

Desgraciadamente… no lo puedo negar, señor. ¡Me odio! Me odio por eso.

Alfredo lentamente la cogió en brazos y la llevó a su habitación. La puso sobre la cama, le abrió las piernas y se arrodilló en el suelo entre ellas. Anita tenía el vello casi completamente afeitado. Solo tenía un pequeño mechón, rubito como su pelo, en el monte de Venus.

No te esperaba rasuradita, cariño. – Anita se puso muy colorada.

A mi ex novio le gustaba… me acostumbré y… no sé qué decir. – Alfredo se echó a reír.

Me gusta mucho. No tienes porque quedarte cortada. ¿Quién te la depila?

Yo misma, señor.

¡Imposible! Dime la verdad.

Ai, por favor, D. Alfredo, no me obligue…

Quiero que me lo cuentes. No se lo voy a decir a nadie, pero lo quiero saber todo.

Mi amiga Leo, la empleada de Doña Araceli.

¿Y tú a ella? – Anita se quedó muy cortada y muy colorada.

También se lo hago, pero… solo eso… D. Alfredo, no vaya a pensar nada raro.

¿Cuándo empezasteis a hacerlo?

Fue cuando me dejó mi novio. Yo estaba destrozada, ella sabía que él solía afeitarme y se ofreció… – Alfredo soltó una carcajada.

Ella te come ese lindo coñito… ¡y no la critico!

¡No, señor! Ni lo piense…

Ella no tiene novio, ¿verdad?

Si, es verdad… ¿Usted cómo lo sabe?

Intuyo que no quiere ver a ningún hombre ni en pintura. Es típico de las lesbianas. Te ha visto hundida, te apoyó moralmente, empezó por depilarte, te comió enterita y tú que no eres lesbiana, te dejaste llevar. Con el tiempo te has hecho bisexual. No tiene ningún mal, no sé porque te avergüenzas. ¿Es cierto o no es cierto lo que te dije? – Anita clavó los ojos en el suelo. Este hombre tenía capacidades adivinatorias o conocía demasiado bien a las mujeres.

Así ocurrió… ¿Cómo lo sabe?

Es una cosa tan vieja como la humanidad. Las mujeres, aunque no lo admitan, sois casi todas bisexuales o lesbianas. Algunas cómo tu, tienen la felicidad de descubrirlo y otras viven toda la vida sin conocerse. No te preocupes, que es normalísimo.

¿Doña Marta también…? Perdóneme… no tenía que… – Él la interrumpió.

No te preocupes. Doña Marta no quiere admitirlo. Dale un poco de tiempo. Puede que entre los dos la hagamos cambiar de opinión. – Anita no sabía lo que contestar, así que se quedó callada. Bien en el fondo, la idea le parecía excitante y atractiva. Sería perfecto y le quitaría todos sus complejos de traición y de culpa. Y además Doña Marta era una linda mujer. Le encantaría hacer el amor con ella. Ahora se daba cuenta de que inconscientemente la deseaba desde que comenzó su relación lésbica con Leo.

Alfredo la observó. Tenía una vulva muy carnosa con los pequeños labios prominentes y el clítoris muy desarrollado. Alfredo estaba asombrado. ¡Qué coño tan bonito! Le pasó la lengua entre los labios desde abajo hasta un el clítoris, sin llegar tocarlo. Estaba mojadísima. Parecía que tenía clara de huevo en gran cantidad y al contacto con su lengua, ese flujo aumentó. Sabía divinamente.

Ahhh… D. Alfredo… ¿Qué me hace? Ohhh…

Te como… te bebo… te haré todo lo qué te guste. Tu placer será mi placer.

Después le lamió las ingles, muy despacio, tocándole de vez en cuando en la parte externa de los labios. Su flujo continuaba a fluir y él se lo bebía. ¡Delicioso! – Pensaba.

¿Te gusta, cariño?

Ohhh… ¡Sí! Que puta soy, dios mío… ¡Me odio! Pero es tan bueno…

Alfredo subió un poco y la besó en los labios. Esta vez ella lo abrazó y sus lenguas se mezclaban en un bailado erótico delicioso. Estaban los dos en el cielo.

Estoy loca… ¿Qué me ha hecho? D. Alfredo… ya no vuelvo a ser la misma… me ha desgraciado. Y lo peor de todo es que me encanta.

Alfredo no le contestó. Se bajó de nuevo a ese santuario de erotismo y de pasión. Le introdujo la lengua en la vagina, tan profundamente cuanto pudo, tragó todo el flujo que estaba acumulado y después, lentamente fue subiendo, le lamió el orificio de la uretra, lo que la dejó loca. Se asomaba al clítoris, pero sin llegar a tocarlo.

¡Más arriba! No me haga implorárselo, D. Alfredo…

¡Lo sabía! Tardaste, pero me lo pediste. Así me gustas… sincera, caliente y cooperante.

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