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Barbour

bymosterin©

Hace algunos años, no me acuerdo bien cuántos, compré en Edimburgo un chaquetón que allí es muy común y que emplean las personas que trabajan en el aire libre, y quienes pasan los fines de semana en el campo, y quienes quieren dar sensación de afrontar temporales y soportarlos.

Lo uso con bastante frecuencia. De entre las prendas de abrigo que tengo, me resulta práctico a veces en Madrid, y casi imprescindible cuando hago escapadas a La Pedriza, o viajo para poco tiempo a ciudades en las que no sé muy bien qué clase de mal tiempo voy a encontrar.

Está confeccionado con alguna clase de algodón que necesita ser tratado con una mezcla de cera y grasa, y que bien aplicada es la que consigue el buen resultado de impermeabilización.

No es una tarea complicada. Siendo muy minucioso en el tratamiento el resultado es llamativo. No pasa ni una gota de agua, y es un excelente obstáculo para las ráfagas de aire frío.

Esa amalgama aceitosa y con cera de la que hablaba, se encuentra en muchos establecimientos ahora, especialmente en los que venden artículos para cazadores, y en otros que distribuyen la prenda de la marca la que me refiero. Supongo que existen distintas presentaciones, pero yo siempre elijo unas pequeñas cajas metálicas de aspecto tan similar al habitual del betún para calzado que, ocasionalmente, me pregunto si se tratará de la misma cosa.

Recientemente un aguacero lisboeta se ocupó de recordarme que el chaquetón necesitaba un buen encerado, y este fin de semana me he decidido a dedicar la buena hora completa que me lleva ese cuidado cuando supero la pereza y me afano como los cazadores que al día siguiente tienen jornada de.

Pongo agua en una cazuela hasta medio centímetro de altura, y después de destapar la lata del producto impermeabilizante, que ya dije que tiene el aspecto del betún para el calzado, la coloco cuidadosamente en ese baño María hasta que queda bien licuado. Elijo un trapo viejo, blanco, y de algodón suave, que casi siempre es un recorte viejo de una camisa mía aún más vieja.

Después de comprobar que no queda nada en los bolsillos del chaquetón, lo extiendo sobre la mesa de la cocina, preparo un whisky con hielo como si eso ayudara a la prenda a sentirse en su país, y me afano en la operación.

Mientras con un cepillo de cerdas voy quitando los restos de barro, especialmente en la parte baja de la espalda del chaquetón, el agua comienza a borbotear en la cazuela y la cera grasienta se licúa y ya está dispuesta para ser utilizada.

Con el pequeño trapo blanco voy extendiendo meticulosamente la cera por cada punto de la superficie de la prenda. Tengo que detenerme en cada costura, en los hombros especialmente, en la solapa de los bolsillos, en la parte de las mangas que corresponde con los antebrazos, en el dorso del cuello donde se ajusta la capucha cuando se emplea,...

La labor no tiene dificultad; sólo requiere un poco de paciencia, interés en lo que se hace, algún aprecio por la prenda, y haberlo hecho alguna vez antes para saber que merece la pena tomar la molestia. Cuando se hace como el manual y el sentido común indican, el resultado es excepcional.

Pero yo ya no tengo ningún sentido. Ni el común.

Marta desvestida está sobre la mesa, y con un poco de algodón mojado en aceite de baño mezclado con perfume, estoy empezando a recorrer cada parte de la piel que envuelve su cuerpo.

¡Dime si quema, Marta!

He comenzando recorriendo cada dedo de cada pié, y me detengo meticulosamente en el intersticio entra cada uno y el siguiente, sin hacer casi caso de las protestas por no sé qué cosquillas que ni siquiera sé cómo ahora puedes estar sintiendo.

Unjo los tobillos y subo hasta las rodillas. Cambio de algodón y sigo cubriendo la piel de los muslos, por delante, entre las piernas, y por detrás hasta las nalgas. Te pido que te coloques boca abajo, y desde la cintura llego hasta los hombros punto a punto, sin dejar uno sin cubrir.

Aunque quiero ser cuidadoso, no es suficiente, y cuando recorro tu nuca con el algodón aceitado, llego al pelo que había intentado recoger con la otra mano, sin el acierto que me había propuesto. Y te hablo suave al oído para que te vuelvas de nuevo.

Ahora es la frente, y los párpados, y las sienes, y la nariz poniendo mi dedo más pequeño dentro de cada orificio. También entro en tus oídos, y con la uña hurgo en ellos.

Cada poco, vuelvo a mojar el algodón en el aceite tibio. Cuando pasa sobre los labios queda tu piel aún más brillante. Limpio los dedos en un paño seco, y luego, separando los labios primero, y los dientes después, juego con tu lengua que se me escapa como cuando toda entera te escapas tú de mí.

He saltado a las manos, y cada uña y cada dedo, para subir por los brazos navegando en algodón hacia los hombros, que te muerdo hasta que me adviertas que te hago un poco de daño. Poco. Parece placer.

Desde el cuello a los pechos, deteniéndome cuidadoso en cada pezón. Un poco de aceite, y la saliva también cálida en mis labios mientras la lengua que te lame siente cómo se yerguen los pezones que rozo dulcemente con los dientes.

Vuelvo a cambiar de algodón y otra vez lo unto en el fragante aceite con que voy cubriendo cada minúsculo rincón de tu cuerpo. Cada uno, Marta.

Voy del estómago a tu vientre, y con la lengua, otra vez, mezclo óleo y saliva en los pliegues de la piel en tu ombligo.

Mojo los dedos de la mano derecha, y el algodón que sostengo en la izquierda en el aceite caliente, y mientras recorro con los dedos el valle de tus nalgas, al tiempo que el algodón va abrillantando el vello en el pubis, sólo unos segundos antes de que deje caer el guaté al suelo, paso las manos bajo tus rodillas y levantándolas un poco, te ayudo a colocar los pies en dos taburetes separados, me arrodillo, y hago entrar un dedo aceitado en la flor de tu culo al mismo tiempo que mis labios de la boca abren los tuyos, entre las piernas, dentro de los que mi lengua busca ya todos tus sabores mientras siento en la nariz el olor de mujer de Marta.

Y después ella dormirá sola. Y yo también.

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