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Buenos Vecinos

bylurrea©

Cuando se es buen vecino, se nota.

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Angélica colocó su mejilla para que la besara su marido, mientras miraba atentamente cómo los hombres del camión de mudanza, comenzaban a bajar el mobiliario para llevarlo hacia el interior de la casa, que quedaba al frente a la suya.

Parada en la enorme terraza del dormitorio en el segundo piso de su casa, miró a su marido cerrar la puerta del Audi, y pocos segundos después, comenzar a descender el suave declive de la entrada del garaje, girar hacia la calzada y dirigirse por la avenida central del exclusivo condominio de la Dehesa en donde estaba su enorme bungalow.

Era la rutina de todos los días de su salida de casa en dirección a su oficina; la misma clase de rutina que marcaban las dos veces a la semana, con la que él intentaba satisfacer a su esposa en la cama: unos pocos besos, un apretón de sus duros pechos, y la penetración de su vagina que duraba normalmente no más de 10 minutos. A veces como hoy, esa rutina la ejecutaba por las mañanas, antes de irse a la ducha, y tal como hoy, la dejaba pensando en lo que se había convertido su matrimonio después de 5 años.

Cuando se casó con Miguel, éste era socio/gerente en la empresa de alimentos en la que ella había entrado a trabajar como secretaria cuando sólo tenía 22 años. La belleza de la muchacha atrajo de inmediato su atención y pronto la instaló como su secretaria personal, para casarse finalmente con ella un año después. Los dos primeros años, habían sido una luna de miel para Angélica, pero en estos últimos meses, se sentía como otra de las tantas adquisiciones que poseía Miguel: su empresa, su casa de veraneo en la playa, su membresía en el Country Club, al que iban prácticamente todos los fines de semana, único lugar al que a ella le gustaba ir, ya que había comenzada a practicar tenis con el nuevo profesor que se había incorporado al Club y al que todas las mujeres no cesaban de hacerle ojitos. El profesor era un rubio de buena estampa; ella lo encontraba mino, pero no era su tipo de hombre. A ella le gustaron siempre los morenos, como su marido; pero del que ahora se sentía cada vez más alejada, sobretodo, porque ante su sugerencia de pensar en tener un hijo, él le había respondido con evasivas.

La falta de satisfacción sexual, el nulo interés por parte de su marido en la posibilidad de un hijo, la tenían en un estado de permanente inquietud respecto del futuro de su matrimonio. Su amiga Kristy, una muchacha ucraniana que vivía en uno de las 10 casas del condominio y con quien se había hecho muy amiga, le sugirió un día que no tenía por qué soportar esa vida tan sin sentido, y que debía buscarse un amante. Ella se la quedó mirando sin poder creer lo que le decía, hasta que Kristy le confesó que ella no se hacía ningún problema con el tema, ya que con su marido, un inglés que le doblaba en edad, tenían un acuerdo de matrimonio libre, por lo que ella siempre estaba abierta a cualquier oportunidad que se presentara.

Angélica y Kristy, a partir de ese día, se hicieron inseparables y a menudo salían juntas por las tardes y acostumbraban frecuentar la zona de restaurantes y bares de la parte alta de la ciudad. Angélica morena y Kristy rubia, ambas con cuerpos espectaculares, no pasaban inadvertidas en ningún lugar al que llegaban, en donde a menudo eran abordadas por hombres de todas las edades. Angélica hasta ahora, nunca había aceptado ninguna invitación, en cambio Kristy, siempre terminaba confesándole, cuando se juntaban a charlar durante la mañana del día siguiente a una de sus salidas, que había recibido llamadas que en muchas oportunidades había aceptado.

"¡Pero, estás loca, cómo puedes ser tan arriesgada!" Le espetaba Angélica, cuando Kristy le contaba que había terminado tirando con un desconocido.

"Selección acuciosa. Primero, tiene que tener buen auto, usar condón, sin besos, a la papa y chao. Y nada de nuevos encuentros." Le decía la rubia, muerta de la risa.

Angélica en ese momento, mientras veía perderse a la distancia el automóvil de su marido, se estiró como una gata, levantando los brazos mientras se acariciaba lánguida su pelo, sintiéndose como nunca en un estado de latente excitación, aún después de la ducha, aunque debía decir a causa de ella, ya que no había podido dejar de apuntar el chorro vibratorio al centro de su pubis, que la había dejado con la respiración entrecortada. Miró hacia la mesita de la terraza, en donde acostumbraba a tomar desayuno, y tomando un plátano, lo peló y lentamente llevó la punta a sus labios, en un gesto erótico que la dejó estremecida, pensando en lo mucho que le agradaba mamar, cosa que a su marido parecía ya no interesarle.

De pronto sintió como si su mejilla hubiese sido tocada, era la sensación de estar siendo observada. Miró hacia la terraza de la casa enfrente a la suya, con el plátano metido levemente en sus labios y se dio cuenta que no estaba sola. Un tipo de pelo negro, luciendo una polera roja, en shorts, la estaba contemplando. Vio su sonrisa de complicidad en su agradable rostro, y como una niña sorprendida en falta, sólo atinó a quitarlo de su boca y decir:

"Hola, soy Angelica"

"Buenos días, me llamo Andrés y como puedes ver, seré tu vecino, el que deberá tratar de arreglar todo este desastre que acaban de dejar los tipos de la mudanza. ¿Tomaste desayuno?"

"Sólo me iba a comer esta fruta. ¿Y tú?"

"No. ¿Me acompañarías a tomar un buen café?"

"Hum. ¿No dijiste que tienes un desastre?"

"No. Me preocupé que al menos que la cocina esté dispuesta para recibir invitados, en este caso, invitadas".

"¿Es que hay alguien más" Le dijo Angélica con una sonrisa coqueta. Se sentía muy relajada conversando con este moreno de físico interesante, y que tenía esa sonrisa tan cautivadora. Kristy se lo hubiera llevado a la cama de una. 'En qué estoy pensando' se dijo alarmada.

"Solo tú, pero también estoy acompañado de fruta, a no ser que quieras comerte tu plátano aquí." Le dijo Andrés, sin dejar de dar a su fraseo un ritmo distinto, que no dejó escapar Angélica.

"Bajo" Le ella dijo simplemente, mientras su mente se regodeaba con ideas e imágenes confusas con todo este diálogo que sonaba muy intencionado.

Andrés la esperaba en la puerta cuando Angélica cruzó hacia su casa. Él le dio un beso en la mejilla, la hizo entrar y la condujo por un enorme living, con un diseño totalmente distinto al de su casa. Una serie de muebles, lámparas y cuadros parecían desperdigados aquí y allá, a la espera de su instalación definitiva.

"Como puedes ver, me espera una larga tarea" Le dijo, mientras caminaban por un pasillo. Angélica iba detrás de él y no pudo dejar de apreciar el parado trasero y sus anchos hombros. Cuando llegaron a la cocina, vio el enorme mesón de la cocina. Podría acostarme arriba, pensó. '¡Pero, qué cresta me está pasando!', se dijo apretando instintivamente las piernas, mientras Andrés le señalaba un taburete frente al mesón.

"Y voilá. Aquí está tu fruta para empezar!" Le dijo mostrándo un bol lleno de frutas y tomando un plátano, le dijo: "¿Y ahora, quieres continuar para mí?", mientras su muñeca lo hacía girar hacia atrás y adelante.

"Al menos pélalo para mí" Le dijo ella, siguiendo el juego.

Andrés, a sólo un paso de ella, y sin dejar de mirarla aviesamente, directo a los ojos, comenzó a pelar la punta del plátano, lentamente, con toda la intencionalidad que se podía esperar en un gesto así. Angélica se estremeció, y sintió que un calor comenzaba a irradiarse por sus caderas y se iba afincando en el centro de su pubis. Y ese momento hizo un gesto que no esperaba realizar, algo que después recordaría en cada instante, un movimiento que después trataría de justificar y de interpretar, algo que marcó un antes y un después, un gesto que echó por la borda todas sus aprehensiones conductuales con que enfrentaba a un hombre que recién conocía: tomó la mano de Andrés, que sostenía el plátano y llevó la punta a sus labios, como haciendo un puchero, y la fue introduciendo lentamente en su boca. A medida de que lo hacía, apretaba la mano de él que sostenía el plátano y la tiraba más hacia ella.

Era un gesto inequívoco para él. Ella estaba allí esperándolo. Le estaba enviando el mensaje de que ellos se habían encontrado para realizar aquello. Ese instante mágico, en que dos personas que se encuentran por primera vez, y se miran mutuamente, tratando de interpretar el estado de cercanía que tienen, y también el que podrán tener. El que desean tener. Ese momento en que deciden que no habrá vuelta atrás. En que ya no saben si fue tu gesto o el mío, el que inició todo. Teniendo como única certeza, la inminencia de lo que está por suceder, la que escapa ya de sus voluntades, de la lógica que pudieran gobernar sus actos habituales. Es como si todo el universo estuviera esperando su decisión, porque en ese instante sólo existen ellos para realizarla y a partir de eso, todo comenzará.

Como atraída por un imán que él representaba para ella, Angélica retiró su boca de la punta del plátano y ofreció sus labios a Andrés que había colocado su mano en su espalda, presionándola hacia él. El inicio fue un leve roce de sus labios, para luego los labios de ambos, se entreabrieran buscando, mordisqueando, lamiendo, succionando. Andrés había tomado el rostro de Angélica, acariciaba suavemente sus mejillas, mientras ella tenía sus brazos alrededor de su cuello. Pronto sus besos fueron más y más demandantes y las manos de él bajaron aprisionando sus duros pechos, apretando sus endurecidos pezones, para acariciar sus caderas y apoderarse de su redondo trasero. Angélica ondulaba su cuerpo contra él, ante sus precisas caricias y al apretarse, sentía la fuerza de su erección contra su vientre.

Enardecida de deseo, ella se arrodilló frente a él y tomando la pretina de sus shorts, los bajó en conjunto con su bóxer y se encontró con una verga que apuntaba su cara, rígida y oscilante. Mirándola fascinada, la tomó suavemente entre sus dedos y acercando su boca, estiró larga su lengua para lamer los bordes del hinchado glande, cubriendo toda la hinchada cabeza con su saliva que parecía escurrir de su boca, tanto como lo hacía ahora su vulva que mojaba sus bragas. Lentamente, fue dejando a todo lo largo de su miembro la marca de su saliva, para introducirlo en su boca y llevarlo casi hasta el fondo de su garganta, mientras su lengua siempre en movimiento, acariciaba su grosor.

Andrés le tomó su cabello, echándolo hacia un lado de su rostro, para apreciar los movimientos precisos de la boca de Angélica que engullía, succionaba y lamía su verga. En algún momento, ella dejó toda su boca llena de su pico para tratar de bajarse los shorts con los que iba y desnudar la parte inferior de su cuerpo. Viendo Eso, Andrés la tomó de sus hombros y la levantó al tiempo que le desabrochaba los shorts y ahora ambos, trabajaron rápidas sus manos para conseguir lo que anhelaban, dejar libre su sexo.

Cuando cayeron alrededor de sus tobillos, Angélica levantó sus pies calzados con unas livianas chalas de género, y tiró hacia un lado las prendas. Y cuando él la tomó de sus nalgas, ella se apresuró a levantar sus piernas para envolver las caderas de él, mientras sentía su dura erección que se movía por su culo distendido y se apoyaba en el centro de su inflamada vulva, la que comenzó a abrirse húmeda alrededor, cuando Andrés la penetró.

"¡Aaaahhh!" Gimió Angélica cuando sintió finalmente toda la verga incrustada en su vulva que comenzó a palpitar alrededor llenándola deliciosamente.

Los potentes brazos de Andrés la subían y bajaban, penetrándola una y otra vez, mientras Angélica con sus gemidos, le enviaba su mensaje de mujer agradecida. La mente de ella, estaba en blanco, lo único que importaba en ese instante, era el placer que le entregaba ese hombre al que recién estaba conociendo, al que se acoplaba como si siempre hubieran sido amantes, el que le entregaba un placer que parecía que nunca había experimentado. Todo pensamiento de quién era, de si estaba casada o no, si tenía parientes o amigos a los que dar explicaciones, habían desaparecido de su mente. En ese instante era sólo una mujer, gozando mientras la culeaban.

"¡Aaaahhhgr, Aaaahhhgr!" Gorgoteó cuando sintió que su cuerpo se retorcía en los brazos de Andrés, mientras se convulsionaba en un orgasmo que le pareció interminable por su intensidad.

Se apretó sus brazos alrededor de su cuello, como si hubiera estado al borde de la playa y una enorme ola la hubiera envuelto, mientras se agarraba a él como su salvación.

(¿Continuará?)

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