Chicas Buenas

bybrunorivera©

Mi nombre es Leticia. Cuando fui adolescente, tuve un novio, pero no me sentía muy romántica con él, por más caricias y besos que nos dimos. Un día de mi último año de escuela superior, él me llamó:

- Hola, Letty. Te invito a un paseo. ¿Paso por ti a las 8:00?

- Lo siento, Billy, pero esta noche tengo tanto que estudiar...

- ¡Por favor!

- No, gracias. ¡Nos vemos!

Y colgué aprisa, evitando tirarle el teléfono. Mi madre observó mi conversación y me preguntó:

- ¿Y eso, por qué fue?

- ¡Oh, Mamá, todo está bien!

- Hija, admiro que seas tan aplicada y todo, pero podrías relajarte un poco...

- Ese es el problema...

- ¿Pero te ha insinuado algo?

- Mamá, dejémoslo ahí.

Obviamente, él habría querido tenerme a solas, y entonces, verdaderamente me metería en problemas. Al otro día, él me preguntó:

- Mi amor, ¿qué te pasa conmigo?

- Nada.

- Eso precisamente, ¿ya no sientes por mí?

- Sí, te quiero, pero...

- Mira, mejor hagamos algo esta noche, ¿Está bien?

- Mejor lo dejamos para el fin de semana...

- ¿Es que ya no me amas?

Ya esto se estaba convirtiendo en un chantaje emocional barato, y me comenzó a enojar.

- Si lo pones en esos términos...

- ¡Lo sabía! ¿Es por Osvaldito, ese estúpido? ¿Por eso es la excusa de que estás estudiando?

Haciendo un esfuerzo para no perder la paciencia, le contesté:

- No es por Osvaldito ni por muchacho alguno. Mi madre es testigo de que yo sólo estuve estudiando anoche... ¡Mira, Billy, ya me cansaste con tus celos!

- ¡Si eso es lo que tú quieres, entonces...!

Me miró con fiereza y creí que me golpearía, pero los pasillos estaban llenos de gente, así que se limitó a decirme:

- ¡...Terminamos!

- ¡Adiós!

Al principio, me sentí mal; hasta lloré mientras caminaba hacia mi próxima clase. Una amiga me encontró y me abrazó para consolarme, y de pronto, sentí un gran alivio.

Los próximos días, vi a Billy del brazo con otra de mis amigas y ni siquiera sentí celos. Después de todo, lo que hubo entre nosotros se acabó. Pero mis otras amigas se extrañaron por mi indiferencia, especialmente al ver que otros muchachos se acercaron a mí y yo los rechacé uno tras otro. Mis padres y hermanas también me veían rara, pero convencí a mi padre con las siguientes palabras:

- En estos momentos, mi único interés es obtener buenas notas y calificar para una universidad de prestigio. Además, no querrás ver a tu niña querida preñada en la flor de su adolescencia.

- Hija mía, ¡cuánto te admiro! Eres más madura de lo que yo mismo he sido.

- Es que no te quiero dar un disgusto. ¡Te amo!

- ¡Y yo a ti!

Desde entonces, nadie dio mucha importancia a mi soledad. En la fiesta de graduación, yo no tuve pareja, pero un joven llamado Ray, a quien solían insinuar que era homosexual, llamó en el último minuto. Tuve que tomar un traje prestado y entallármelo a toda prisa, hasta el preciso momento en que él llamó a mi puerta para llevarme.

- ¡Aquí está su carroza, princesa!

Fuimos en su automóvil y al llegar al baile, tratamos de pasar como cualquier otra pareja, pero solamente bailamos dos o tres canciones. Pronto comenzaron las burlas y comentarios de mal gusto, y ambos decidimos irnos de la fiesta antes de medianoche. Al conducir de regreso, Ray me admitió:

- Ya estaba ansioso por terminar esa farsa.

- Yo también.

Y me dejó frente a mi casa para seguir con rumbo desconocido. En mi casa, ya no se sorprendieron al verme regresar tan temprano, ya que yo no tenía compromiso con mi acompañante de esa noche. Me quité el vestido cuidadosamente, me duché otra vez y me fui a dormir.

Entré a una universidad pequeña pero con un buen programa de estudios, y allí comencé en comunicaciones. En la biblioteca, una joven de segundo año me ayudó con ciertos libros para un proyecto. Tiene rasgos muy exóticos: es alta, curvilínea, tiene la piel cobriza, los ojos entre india y oriental, su cabello es largo y negro y tiene los labios un poco gruesos. Se rumoraba que ella era lesbiana. Una vez en el centro estudiantil, la vi otra vez. Le agradecí:

- Gracias otra vez por conseguirme aquellos libros...

- No fue nada. Por cierto, mi nombre es Ronda.

- Mucho gusto, Ronda. Mi nombre es Leticia, pero puedes llamarme Letty.

Su semblante se ensombreció y me preocupé. Le pregunté:

- ¿Te pasa algo?

- Nada.

Me moví frente a ella intentando mirar su rostro y la noté triste. Ella reaccionó:

- ¿Tú también me juzgas?

- ¿Pero por qué?

- ¿Habrás oído lo que se dice de mí...?

- Yo no hago caso de chismes; si lo hiciera, no habría terminado mi escuela superior...

Susurró desesperadamente:

- Estoy metida en un problema...

- Cuéntame.

- Mi compañera de dormitorio es muy conservadora, y ya no me soporta. Lo último que me ha dicho es que busque a dónde mudarme, o si no, la que se va es ella.

- Eso es fácil. Hablaré con mi compañera, a ver si está de acuerdo de que yo me cambie.

- ¿Te causará problemas? Ustedes son de primer año.

- Veré qué puedo hacer...

Al regresar al dormitorio, esperé a un momento en que mi compañera Valentina estuviese de buen humor, y le sugerí:

- ¿Val, te molestaría que yo me mude?

- ¿A dónde?

- Al dormitorio de Ronda. Teresa pasaría aquí contigo.

- ¿Tú estás loca? Para mí está bien por Teresa, pero esa Ronda tiene muy mala fama. ¿Tú sabes lo que se dice de ella?

- Yo no hago caso a habladurías.

- Está bien, diles que Teresa puede venir a vivir aquí. Pero después no vengas llorando porque Ronda se propasó contigo.

- Yo sé cuidarme. Si ningún muchacho se me pudo acercar, menos podrá una mujer.

Sometimos los formularios correspondientes en la administración, y Valentina aprovechó el fin de semana para visitar a sus padres, mientras las otras tres nos ocupábamos de la mudanza. A veces, Teresa me miraba con una mezcla de lástima con desagrado, y Ronda se daba cuenta. Hablamos lo mínimo necesario para distinguir de qué chica era cuál artículo. El mismo sábado por la tarde, ya habíamos terminado, así que nos bañamos para ordenar que nos entregaran una pizza. Teresa no quiso quedarse a comer con nosotras, sino que se marchó disimuladamente. Mientras comíamos, Ronda rompió el silencio, diciendo:

- No sabes cuánto te agradezco lo que has hecho por mí. ¡Tú sí eres una buena amiga!

- Gracias, pero come, sé que estás cansada. No te me pongas sentimental.

- ¿Acaso tú también te burlas de mí?

- No, de ninguna manera. Al contrario, yo comprendo lo difícil que debe ser el que hablen de una...

- Perdóname si te entendí mal. Es que estos últimos días han sido un infierno...

- ¡Cálmate, te hará daño la comida!

Estiré mi brazo sobre mi hombro y ella fijó su vista en mí hasta que le arranqué una sonrisa. Pudimos terminar de comer y guardamos algunos pedazos para almorzar al otro día. Tras recoger, cada una tomó sus libros y estudiamos un poco. A veces, yo le preguntaba acerca de dudas en mi tarea de matemáticas y ella me ayudó. Otras veces, ella era quien me pedía ayuda con palabras difíciles de su libro de historia, y yo le pude reciprocar. De nuevo, cruzamos miradas y nos tocamos inocentemente, pero ciertas cosas en mi ser comenzaron a revolverse.

Tras una hora, nos fuimos a la cama, pero no teníamos sueño. Le pregunté:

- Ronda, ¿estás dormida?

- No. ¿Qué quieres?

- Perdóname si te pregunto, ¿Qué se siente ser lesbiana?

- ¡Oh, vamos! ¿Vas a empezar otra vez?

- ¡No, es en serio!

Ella se quedó callada, y tuve que insistir:

- Puedes hablar conmigo, no te voy a censurar. ¿Cómo te convertiste en lesbiana?

- Una no se convierte, una nace siéndolo. Yo supe que me gustaban las chicas desde mi temprana adolescencia, pero como crecí en el seno de una familia tradicional, no pude exteriorizar mis sentimientos hasta llegar aquí.

- Es que creo que yo también lo soy. Verás, yo nunca llegaba a nada serio con los jóvenes con quienes salía. Y eso, que nunca se me ocurrió espiar a las compañeras en las duchas ni en los vestidores del gimnasio.

Ella se levantó de su almohada y me miró perpleja, como luchando con ella misma, lo mismo que yo sentía en ese momento. Tomé la iniciativa y me puse de pie frente a su cama, preguntándole:

- ¿Me podrías enseñar a ser lésbica?

Su expresión incrédula parecía de espanto, y para demostrarle mi sinceridad y determinación, me despojé de mi camisón, mostrándole mis pechos copa B. Yo soy un poco más delgada que ella, así que mis tetas se me destacan un poco. En ella, son las caderas y las nalgas. Levantó su sábana y extendió su mano para que yo me acostara con ella, y cuando lo hice, me abrazó y comenzó a besarme apasionadamente, y me enseñó a darme la lengua con ella. Le quité yo misma su camisón y ella me quitó mi pantaleta, ya mojada con mis fluidos vaginales. Aprovechó para chuparme un pezón, y un escalofrío de placer recorrió mi cuerpo. Ella se asombró de mi sensibilidad mamaria y me dijo:

- ¡Si apenas estamos empezando!

Acarició mi otro pezón antes de mamarlo, y mientras, los dedos de su otra mano siguieron su ruta hasta mi vientre, para finalmente, tocar mis labios vulvares, e impregnarse con mis secreciones. Luego, chupó esos mismos dedos y me preguntó:

- ¿Quieres probar?

- Por supuesto.

Entonces se quitó sus pantaletas y tomó mi mano con ternura, para pasársela por su propia vulva. Luego llevó mi mano hasta mi boca, y por primera vez, sentí el sabor de otra mujer. Mientras me relamía de gusto, ella me reclinó sobre su cama, abrió mis piernas y se puso a mamarme, primero, los labios, para libar más de mi esencia, y luego, el clítoris, para darme el primer orgasmo. Temerosa de llamar la atención, tomé su almohada y la mordí para ahogar mis gemidos mientras mi maestra me hacía estremecer. Pronto, la sensación se fue apaciguando, así que me soltó y me preguntó:

- ¿Qué te pareció?

Dije yo jadeando.

- Fue hermoso, y muy intenso...

Luego agregué:

- Quiero probar yo también.

- ¿Crees que puedes?

- Sí, estoy lista.

Entonces me ayudó a levantarme para arrodillarme al pie de su cama mientras ella se colocaba en la misma posición en la cual me tenía. Al principio, lamí sus labios tímidamente, pero mi roce tan leve era suficiente para excitarla, porque se agarró sus pezones mientras me miraba con una mueca de éxtasis. Ella suspiró:

- ¡Oh, Letty, eres toda una experta...!

Sus palabras me animaron a darle más placer, y luego a ella se le ocurrió abrazarse a la almohada para acallar sus gritos. Delineé su clítoris con la punta de mi lengua, recordando lo que ella me hizo, y cuando se le erizó, lo rodeé con mis labios, y mientras se lo mamaba, sus gruñidos se oían a través de la almohada, dándome a entender que lo que yo le hacía le gustaba mucho... Se comenzó a sacudir violentamente, oprimiendo su sexo contra mi rostro, y le pasé mi lengua varias veces mientras ella rociaba mi boca con su "semen". Cuando se calmó, extendió sus manos hacia las mías y me llamó:

- ¡Ven acá y dame un beso, mi amor!

Me abalancé sobre ella y nos devoramos mutuamente, buscando nuestros propios sabores en la boca de la otra, hasta quedarnos dormidas juntas.

Al otro día, nos metimos juntas a la ducha y jugamos mutuamente con nuestros cuerpos mientras nos enjabonábamos. A veces, nos colocábamos para abrazarnos a las espaldas, y sentirnos las nalgas mientras nos rodeábamos los pechos con nuestros brazos. Al salir de la ducha, nos colocamos en posición 69, pero al llegarme el orgasmo, no pude seguirla estimulando. Le dije:

- Perdóname, te he dejado insatisfecha.

Y ella me contestó:

- No te preocupes, yo lo disfruté también.

- Pero no consumaste tu orgasmo. ¡Ven, dame acá esa vulva!

Y proseguí mis caricias donde las dejé. Pronto se estremeció del modo que ya me resultaba familiar y agarré sus nalgas con fuerza para no fallarle a su clítoris. Ella gimoteó, y al terminar, se volteó para abrazarme y besarme en la boca, diciendo:

- ¡Te amo, Leticia!

- ¡Yo también te amo, Ronda!

Fue un poco difícil concentrarnos en nuestros estudios al principio, porque no podíamos resistir el impulso de masturbarnos mutuamente en la ducha, o mamarnos cada noche, o toquetearnos y besarnos desvergonzadamente mientras estudiábamos o comíamos. Hasta comenzamos a rasurarnos los genitales, para tener mayor sensibilidad. Aunque necesitábamos mantener la compostura ante los demás estudiantes, yo no iba a negar que estamos enamoradas, aunque su mala fama me perjudicara a mí también.

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