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Chicas Buenas 2

bybrunorivera©

Chicas Buenas 2: Chico Bueno

Aquí Ronda. Letty está visitando a su familia este fin de semana, así que yo continuaré su relato.

Ella ya me ha descrito muy favorablemente, así que me limitaré a aclarar mi punto de vista. En este recinto, hay gente muy conservadora, que al darse cuenta de mi estilo de vida, me rechazaron de plano. Especialmente Teresa, mi compañera de dormitorio. Es atractiva, rubia, pero no me inspira. Apenas nos tolerábamos.

Un día en la biblioteca donde trabajaba a tiempo parcial, me llama una encantadora joven de primer año: de cabello negro corto, piel muy blanca, ojos verdes y unas tetas imponentes. Me pidió que le recomiende unos libros acerca de periodismo, y yo me esmeré en conseguírselos. Me agradeció con una sonrisa deslumbrante antes de sentarse a trabajar, y eso llenó mi día, es más, mi vida hasta ese momento. Fue amor a primera vista, pero no se lo dije, y fue peor: se tuvo que enterar por ahí acerca de mi preferencia sexual.

Pasaron las semanas, y el verla caminando por el recinto me hacía perder el control, y mi compañera se enfadó más porque se daba cuenta de que he visto carne fresca.

Una semana en particular, me dio el ultimátum antes de ir a clases:

- ¡Ya te has vuelto insoportable! ¡Avanza y múdate con esa desvergonzada, quien quiera que sea, o si no, la que se va soy yo!

- ¡Pero si yo no ando con nadie!

- Entonces, ¿por qué andas flotando entre nubes? Tiene que ser por alguna ramera. ¡No quiero imaginar las cosas sucias que planeas hacer con ella!

Salí corriendo del dormitorio, y en un receso, me fui al centro de estudiantes a pensar cómo resolvería mi dilema. Me imaginé que si yo me estuviese revolcando con algún macho, ella no me reprocharía tanto, la muy hipócrita. En eso, Letty pasó cerca de mí. Estaba preciosa, pero yo no estaba de humor para saludarla, aún así, ella se tomó la molestia de conversar conmigo, y hasta se ofreció para ser mi nueva compañera de dormitorio. Al principio, no podía creer que alguien hiciera esto por mí, en especial, ella; pero a medida que el día de su mudanza se acercaba, me fui entusiasmando, pero tuve miedo de que me rechazara el día que me conozca mejor. Especialmente temí sucumbir ante la tentación de su figura y hacerle algún acercamiento que ambas lamentaríamos. Me propuse armarme de fuerza de voluntad para, al menos, admirarla en silencio. De todos modos, ella narra mejor nuestro primer encuentro.

Una gran ventaja de tener esta clase de intimidad con mi compañera de habitación es que no competimos ni peleamos por el uso del baño, al contrario, la sorpresa de entrar cuando la otra ya está adentro es más agradable.

Ella se preocupó mucho por mi bienestar, como si fuese la mayor de las dos, y su atención era un oasis en ese desierto en lo afectivo. Cuando las habladurías comenzaron a afectarla, quise defenderla.

Un mes más tarde, conocimos a Julio, un estudiante de Pedagogía, que se interesó por Letty. El tiene piel bronceada como yo, pero los ojos brillantes como los de ella. No es alto pero es corpulento. A cualquier mujer le resultaría atractivo, menos a Letty o a mí, por razones obvias. Una tarde en la cafetería, la fila que yo hacía se demoraba y vi cómo el chico se acercó a mi amiga, tratando de entablar una conversación. Los miré disimuladamente, y al principio, noté que ella le insinuó cortésmente que no estaba interesada. Sintiendo un poco de celos, irrumpí en la mesa y toqué el hombro de ella sin tratar de disimular. Eso atrajo las miradas y murmullos de los demás. Julio se iba a levantar, pero parece que se dio cuenta de todo, y entonces, trató de conversar conmigo también. Entre otras cosas, mencionó que venía de otra universidad y que ya estaba en segundo año. Lo hizo para que no tuviésemos que salir los tres en vergüenza, por lo menos, hasta terminar de comer. Entonces desapareció.

Un sábado por la tarde, asistimos a un juego de baloncesto en una cancha al aire libre, y allí estaba Julito. Le comenté a Letty:

- Ese muchacho no se da por vencido...

- No hables tan alto, mira que él viene hacia acá.

Se sentó a nuestro lado y nos saludó:

- Hola, chicas.

- ¡Hola!

Contestamos a coro, por cortesía, y apenas pudimos contener una risita. Pronto comenzó el juego, y el equipo local lo ganó. Cuando los equipos y la mayoría de los espectadores se marcharon, algunas chicas nos invitaron a un partido "amistoso" y Julio se ofreció como árbitro. Las oponentes y una de nuestro propio equipo nos jugaron rudo, pero yo sabía cómo reaccionar. Tratando de hacer un pase a Letty, una del equipo contrario me dio una zancadilla. Por orgullo, me levanté tratando de demostrar que no pudieron lastimarme, y sin razón, me insultaron, y a Letty también. Yo lancé un golpe a la otra jugadora, y entonces, cundió la locura. Julio se trataba de meter para separarnos, pero él solo no daba abasto. Letty se fue corriendo muy molesta y yo quise alcanzarla, pero el dolor en mi canilla no me permitió correr más rápido. De pronto, vi que cruzaba la calle y un automóvil venía hacia ella, mientras yo la contemplaba impotente. Afortunadamente, Julio ya venía hacia nosotras, así que le dio alcance y la haló hacia la acera. Por lo apresurado de su acción, él giró y cayó sobre ella, sacándole el aire de los pulmones. Los alcancé cojeando y le increpé:

- ¿Qué has hecho? ¡Me la has matado!

Levanté al macho mediante un empujón y comencé a darle respiración de boca a boca a mi chica. Ella reaccionó y me empujó, jadeando:

- ¡Vamos, Ronda! No seas tan dramática. Estoy bien.

- ¿Estás segura?

- Mira, tú estás peor por lo de tu pierna.

Y se levantó fácilmente. Julio nos miró preocupado y ambas nos dimos cuenta de que él le había salvado la vida a mi amada. Yo comencé a emocionarme, y le dije:

- ¡Oh, Julio, perdóname por haber pensado mal de ti; tú has salvado a Leticia! ¡Si ella hubiera muerto, te juro que yo me arrojaría bajo el siguiente carro...!

Ella alternó su vista entre él y yo, y también se conmovió al oírme desvariar. Tratando de mantener una serenidad, a pesar de que aún estaba asustada, lo invitó a nuestro dormitorio:

- Julio, eres mi héroe. ¿Sabes qué? Voy a comprar algo especial para que cenemos juntos los tres. ¿Algún inconveniente, Ronda?

- Por mí, no hay problema.

El joven dijo:

- Acepto. Pero primero, tomaré una ducha y yo también traeré algo bueno.

Le explicamos cómo llegar a nuestro "nido de amor" antes que se fuera. Letty me apoyó en su hombro y caminó conmigo hasta que llegamos a casa. Allí nos bañamos, pero al principio, nos dolían nuestros cuerpos, así que esta vez, no hubo jugueteo. Al salir, me puso hielo en la canilla y pronto me sentí mejor. Entonces, se puso seria y dijo:

- Ronda, le debo mi vida a ese hombre. Lo que le pienso obsequiar son unos condones.

- Leticia, ¿Te has vuelto loca?

- Tú misma dijiste que no podrías vivir sin mí. Perdóname si con esto te soy infiel, pero nuestro Julio merece esto y mucho más. Ni siquiera me propongo que me guste.

No sé cómo me convenció, pero sentí que era lo menos que podíamos hacer por el muchacho. Le dije:

- Tienes razón. Una vida por una vida. Sal y búscalos antes de que me arrepienta.

Llegaron casi al mismo tiempo, ella con comida china y una bolsita que se empeñó en disimular, y él trajo cervezas. Hasta vertió un poco sobre mi pierna lastimada. Le habría dicho que no la desperdiciara, porque no me dolía tanto, pero él me dio una sonrisa muy encantadora, aún para una marimacho como yo.

Comimos y bebimos, y nos fuimos librando de nuestras inhibiciones. Letty y yo nos intercambiamos miradas cómplices y ella se quitó la camiseta. El nos miró estupefacto, y yo le seguí el juego, quitándome la mía. Yo no llevaba sostén, al ser yo tan plana, y ella me secundó quitándose su sostén. Tanto a Julio como a mí se nos hizo la boca agua, mientras ella hizo un pequeño "strip-tease". Yo me quité lo que me quedaba, y entre las dos, lo desnudamos a él también. Ambas lo condujimos a la cama de Letty y ella sacó sus condones, y lo sentamos para ponerle uno muy sensualmente. Este juego nos excitaba tanto que ya no importaba quién era hombre o mujer. Ella puso sus tentadoras tetas frente a su rostro y él lamió tímidamente uno de sus pezones. Yo los miré con envidia y él me animó:

- Ven, Ronda, aquí hay otro para ti también.

Incliné mi rostro para tomar su otro pecho entre mis labios y ella se abrazó a ambas nucas, y entre los dos, la llevamos a un orgasmo antes de que algo tocara su vagina. Entonces ella recordó los condones y le puso uno de manera muy sensual. Luego se acostó en la cama y yo me recosté junto a ella para poder tenerla entre mis brazos, mientras él se acomodó entre las piernas de mi hembra. Lentamente, le fue metiendo su pene, un poco mayor que el promedio, en su vagina y Letty suspiraba. Cuando su miembro quedó totalmente insertado, él la besó en los labios y me miró a mí también, pidiéndome un beso con su mirada tierna. Yo lo complací y fui sintiendo algo casi tan bello como con mi compañera. Al despegar nuestros labios, él comenzó lentamente con su bombeo, y yo quería seguir tocando a Letty para que no quedara insatisfecha si él terminaba muy rápido. Julio comprendió nuestro vínculo y permitió que yo también la estimulara. Ella alcanzó su segundo orgasmo y él aprovechó para acelerar y gratificarse en la vulva que, hasta ese momento, había yo creído que era toda para mí solita.

Julio sacó su pene de Letty, y cuando se disponía a quitarse el condón, ella le dijo:

- No, por favor. ¿No te queda un poco de vigor para mi Ronda? Ella también te ama.

Mi corazón comenzó a latir aprisa, y mi sorpresa fue doble, al oírla hablar así, supe que adivinó mi excitación. En realidad, debió haberse fijado en la humedad de mi entrepiernas, así que se levantó, y entre caricias y besitos, me acostó como ella misma había estado. El contemplaba la escena fascinado, hasta que ella lo atrajo hacia mí, y entonces, él me penetró a mí también. Dolía un poco, pero Letty acarició mis pezones un poco más, y Julio también le dio espacio para que ella estimulara mi clítoris antes de comenzar su vaivén. Mi piel se cubrió con una fina capa de sudor y eso dio la señal para que nuestro hombre me taladrara de veras. Se abrazaba a mí con firmeza y yo a él también. A medida que mi disfrute aumentaba, yo tensé mis paredes vaginales instintivamente y él gimió mientras ambos alcanzábamos el clímax. Mis brazos quedaron sin fuerzas y él se levantó. Letty le quitó el condón tan aprisa como él se lo permitió y ella se volvió hacia mí para que juntas saboreáramos las secreciones de los tres que se entremezclaron en el preservativo. Por fuera, tenía el sabor de ambas muchachas, y por dentro, todo el semen de dos eyaculaciones. Julio nos contempló mientras se vestía, y yo le miré, imaginando que sentía asco por este par de rameras, pero dijo:

- Yo no las condeno. ¿Cómo podría? Son quienes me han dado la mejor bienvenida desde el día de mi traslado.

Nos besó los labios a ambas, tomó su último trago de cerveza y se marchó felizmente a su dormitorio, el hombre más bondadoso que yo haya conocido jamás. Letty y yo nos duchamos, jugamos con nuestros cuerpos una vez más, para irnos a dormir.

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