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Designado

bybrunorivera©

Soy Gabriel. Trabajo en una pequeña empresa de ventas. Un viernes, poco antes de cerrar, escuché a los compañeros comentar entre ellos:

- ¿Qué vamos a hacer esta noche?

Ignacio y Emily, la pareja más glamorosa de la compañía, sugirieron:

- ¡Vayamos a "Destiny"!

Las jóvenes aclamaron la idea, porque éste es un club o discoteca muy prestigioso de la ciudad. Pedro, un joven bastante alegre, respondió apesadumbrado:

- Pero, Nacho, la semana pasada, tuvimos una pelea allí, y además, nos multaron por guiar borrachos al salir de allí.

Vanessa, la novia de Pedro, dijo:

- Pidamos a Gabi que sea nuestro conductor designado.

Nacho interrumpió:

- Pero a ése no le gusta beber ni divertirse. Sólo es un "nerd".

El comentario me molestó mucho. Yo no soy tan feo, pero como en mi familia hay alcohólicos, detesto la bebida y las drogas en general. Quise ripostarle, pero la otra chica intervino, diciendo:

- Por eso mismo, es perfecto. Sólo tiene que guiar de ida y vuelta.

Y volviéndose hacia mí, me suplicó en broma:

- ¿Te animas? ¡Por favor!

Y de inmediato, alguien me puso ante mis ojos la llave de un automóvil todo terreno, así que ahora, me llevan como conductor designado. Al llegar, un portero "bouncer" de casi siete pies de estatura, más de doscientas libras, y muy mala cara, nos recibió, pero los compañeros le explicaron:

- Hoy no causaremos problemas. Hasta trajimos a un conductor designado.

Me miró detenidamente, porque yo no frecuento a "Destiny" ni club alguno. Conversó con alguien a través de un "walkie-talkie", y finalmente, nos dejó pasar.

Una vez adentro, todos tomaron sus tragos favoritos para entrar en calor, luego nos acomodaron en una mesa, y ordenamos una cena ligera, para acompañar más bebida. Las chicas exclamaron:

- ¡Vamos a la pista de baile!

Yo no llevaba pareja, así que me quedé sentado. Observé a casi todas las mujeres bonitas acompañadas o esperando a sus parejas. Los compañeros regresaron para tomar más o hasta cambiaron de pareja para ciertas canciones rápidas que no representaran una amenaza a la relación que cada uno llevaba. Las chicas trataron de que yo bailara, pero todos en la pista saltan bruscamente y yo tropezaba más de lo que bailaba. Solamente duré un minuto para refugiarme en nuestra mesa, y allí comer entremeses y tomar gaseosas. El grupo se dispersó un poco cuando yo ya quería regresar, así que los tuve que buscar uno a uno. Al principio, protestaban, Por ejemplo, al avisar a Vanessa, ésta me dijo:

- ¡Si apenas llegamos hace una hora!

Cuando fui donde Pedro, me contestó:

- ¡Ahora esto se pone bueno!

Luego pasé hacia Emily, quien dijo:

- Mañana no es día de trabajo.

Pero se dio cuenta de que Nacho no estaba con ella, así que me buscó y me dijo:

- Reunamos a los demás.

Volví a hallar a la otra pareja, bailando suavemente al compás de una balada romántica, y Emily y yo les preguntamos:

- ¿Han visto a Nacho?

Al principio dijeron que no, pero la joven se puso hasta más impaciente que yo, así que Pedro admitió:

- Tal vez, ha subido al salón VIP.

Subimos juntos, y encontramos al mismo "bouncer", quien por rotación, ahora custodia esta área del club. El guardia nos reclamó:

- ¿A qué vienen!

No sé si fue Pedro, Emily o yo mismo, pero alguien de nosotros le preguntó:

- ¿Se acuerda de Nacho?

Emily insistió, sin darle tiempo a reaccionar:

- ¿Lo ha visto?

No me imagino cómo, pero la puerta se abrió, y la pareja de Nacho se escabulló hacia el interior. El "bouncer" y todos nosotros la seguimos para detenerla, pero ella misma se quedó petrificada. Vimos a nuestro compañero sentado en un sofá, besándose y manoseándose con dos chicas, una rubia y otra negra, escasamente vestidas. Pedro y Vanessa reaccionaron y nos salimos aprisa, para que ni Nacho ni sus acompañantes nos notaran, y que tampoco siguiéramos molestando al encargado. Emily ordenó:

- ¡Vámonos!

Pedro le respondió:

- ¿Pero qué haremos con Nacho?

- ¡El está muy bien acompañado!

Vanessa le hizo un ademán a su amigo para sugerirle discreción. Emily salió a toda prisa hacia el estacionamiento y todos la seguimos. Al montarnos, Emily iba al frente, y los demás, atrás. Insistí:

- Tenemos que ponernos los cinturones de seguridad.

Si al salir del trabajo, pusieron excusas, esta vez, obedecieron en silencio. Llegamos primero a donde Vanessa y Pedro convivían, y al dejarlos, seguí hasta el apartamento de Emily, quien todavía no lo hacía con su compañero, aunque hasta este momento, nos hicieron creer que su relación era la más apasionada. Al llegar, me dijo:

- Espérame aquí abajo.

No entendí para qué, y aunque yo ya deseaba ir a mi apartamento a tratar de olvidar el incidente, tuve que complacerla; después de todo, éste no era mi automóvil. Tras casi media hora, en la cual aproveché para buscar música más agradable en la radio del vehículo, ella regresó, ya cambiada a ropa más casual, de mahones, camiseta y sandalias. También llevaba un pequeño bulto de gimnasio. Se montó y me dijo:

- Llévame a tu casa. No quiero quedarme sola aquí.

Su proposición me dejó perplejo, ya que al estar comprometida, no me ofrecía esperanza de "acción". Puse en marcha el vehículo, y sin hacer más comentario, llegué al complejo donde resido. Ella se bajó y la hice pasar a mi apartamento. Me excusé para ducharme, y después, le ofrecí el dormitorio para que descansara. Ella ya se había duchado, así que sería cuestión de dejarla sola para que se desvistiera y se acostara; pero al salir del dormitorio, ella me llamó:

- Gabi, no te vayas.

Le dije:

- Está bien, yo puedo dormir en el sofá.

- ¡Tú no entiendes! No quiero dormir sola.

No supe qué decir. Empecé a tener erección, pero no se la dejé notar, y respiré profundo para que se me bajara. Ella siguió hablando:

- Gabriel, he bebido y bailado mucho, y si empiezo a llorar, me sentiré peor...

- Pero esto se te pasará y pronto te sentirás mejor...

- ¡No... me dejes llorar!

Su tono imperativo me hizo voltearme, y ella dijo más:

- Me pondré a vomitar si lloro en este estado. Además, ese cabrón no merece mis lágrimas. ¡Ayúdame!

Me convenció su argumento y corrí a pararme ante ella, y ella se abrazó a mí. Su respiración era forzada, porque hacía un supremo esfuerzo para controlar sus emociones. Susurró una y otra vez:

- No me dejes llorar...

Yo me pregunté, sin verbalizarlo:

- ¿Cómo lo hago? ¿Qué tengo que hacer para que no tengas que llorar?

Al principio, su mirada estuvo baja, pero pronto se encontró con la mía, y leyó mi preocupación en mis ojos. Yo tuve más miedo que ella. Pero ella movió sus labios hacia los míos, y yo aún olfateaba los licores que ella había ingerido en "Destiny". Se me pegó muy insistentemente. No cabía duda: me reclamaba un beso. Frotó sus labios hasta que yo abrí los míos, y buscó caricias de los mismos. Murmuró:

- ¡Qué sabor tan dulce!

Y siguió besándome hasta que yo me acoplé a su ritmo. Me hacía saber cuándo girar mi rostro para buscar más placer. Me comentó:

- ¡Qué bien bailas!

Pero no había música, sólo besos. Se dejó caer sobre la cama, y me atrajo hacia sí. Me despegué y mi rostro colgaba sobre el suyo, y todavía sentía el cosquilleo de sus besos. Se levantó un poco y se quitó el "jersey", revelando unos pechos pequeños pero redondos, ya que no llevaba sostén. También me quitó mi camisa, antes de desabotonarse sus pantalones de mezclilla, y me dijo:

- Ahora, tú quítamelos.

Hasta tomó mis muñecas para que yo enganchara mis dedos en su cintura, y el soltarme fue la señal para que yo halara y la desnudara, porque tampoco traía pantaletas. Ella también tiró de mis pantalones, que se detuvieron alrededor de mis tobillos, pero yo no me movía, absorto ante tal revelación de belleza. Luego me rodeó las mejillas con sus manos delicadas, y le confesé:

- Necesito saborear tus tetas.

Ella sonrió y yo procedí a sobar y besar sus pezones. Ella me animaba, diciendo:

- Así, chúpame bien. Lávame el sabor de ese traidor fuera de mi piel.

Lamí y succioné desesperadamente, en caso de que fuese un sueño. Ella alcanzó su bulto, pero el intenso placer no la dejaba hurgar en él. Me agarré de sus costillas, para frenar sus forcejeos, que no eran de resistencia sino de éxtasis (sexual, no la droga). Ella me mandó:

- Sigue, sigue. ¡Hasta abajo!

Y alzó sus muslos y luego los separó, como para guiar mi rostro hacia su vulva. La lamí lentamente, para acostumbrarme a su sabor difícil de describir con palabras. Pronto preferí dedicarme a besar y chupar su clítoris, donde di rienda suelta a mi frenesí. Ella aulló y sacudió sus caderas, y cuando su orgasmo pasó, sacó un condón de su bulto, me urgió:

- ¡Avanza, póntelo y métemelo ya!

Me lo empezó a poner ella misma y yo me lo terminé de ajustar, para penetrar la vagina más suculenta que yo haya probado. Al tocar fondo con mi pene, ella contrajo sus músculos, para detenerme y buscar un último beso, ya usando lenguas, para aumentar la excitación que ya era mucha. Sobé sus tetas un poco más y comencé el vaivén. Al principio, me dejé ir aprisa, pero ella me fue aguantando con sus manos sobre mi abdomen, pero cuando me adapté a un ritmo lento, ella volvió a agitar sus caderas y me reclamó:

- ¡Más duro, papito!

Volví a acelerar, y aún así, ella se sincronizó a mis embestidas. Nos intercambiamos quejidos y muecas lujuriosos, hasta que el semen brotó de ambos genitales como ríos de fuego. Entonces, nos abrazamos fuertemente hasta que nuestros cuerpos pararon de temblar y nos relajamos demasiado. Mi pene perdió su erección, quedando desalojado de su vagina, y nos quedamos dormidos hasta sentir el frío de la madrugada y tuvimos que usar el inodoro. Al amanecer, nos lavamos, y presentí que ella se sentía culpable, pero nada comentó. Fui con ella para recoger mi pequeño automóvil, y ella siguió en el otro tan pronto yo encontré el mío en el estacionamiento de la oficina. Regresé a mis actividades cotidianas de fin de semana sin que compañero alguno me llamara o de modo alguno llamara la atención a los sucesos de la noche de viernes.

****

El lunes, nos presentamos como de costumbre en la oficina, y durante la mañana, nos dejamos absorber por la rutina, pero en la tarde, cuando yo ya creí olvidado el asunto, oí voces desde un cubículo cercano al mío:

- ¿Por qué no me esperaron, Emily?

Dijo Nacho.

- ¡Tú sabías muy bien por qué fue! ¡Muy claro te lo advertí: si me entero de que me engañas, te dejo!

Le respondió Emily furiosa.

- ¡Yo no estaba haciendo nada...!

- ¡Pero si todos te vimos...!

Y sentí cómo Nacho la arrojaba hacia mi cubículo de un golpe. Yo me levanté, pero Pedro estaba mejor colocado y detuvo a su amigo por un brazo, mientras Vanessa y yo recogíamos a Emily para sentarla. Vanessa le hizo frente al agresor, y eso preocupó a Pedro, quien haló con más fuerza para alejarlo. Yo tuve que dejar a Emily y atraer a la otra muchacha para que no empeorara las cosas. Nacho insistió:

- ¡Se sienten muy valientes! Me tocó pagar todo lo que consumimos. ¡Fue un abuso lo que hicieron conmigo!

Emily gruñó:

- ¡Lo tienes bien merecido!

Nacho quiso lanzarle otro golpe pero Pedro lo doblegó aún más, pero para tranquilizarlo, le dijo:

- ¡Dinos cuánto gastaste, y te lo pagaremos, pero cálmate ya!

Aunque Nacho era fornido y más alto que Pedro, quien era un poco obeso, éste sabía cómo defenderse, ya que solamente tenía que mantener presión, como un luchador. Aún así, Nacho se sacudió para zafarse, y le tomó menos de un minuto, pero al menos, no siguió hacia su ex-novia, sino que salió a tomar aire fresco. Pedro iba a reprochar a Vanessa, pero se contuvo. Ella se acercó con cautela, pero al hacer contacto, se abrazó a él y lo felicitó:

- Estuviste magnífico. ¡Te amo!

El le dio un beso rápido, mientras nos miraba con lástima a Emily y a mí, porque aún no se enteró de lo que yo le hice a mi compañera y creía que nos incomodaba con su muestra de afecto hacia su dama. Nacho regresó a su trabajo y reinó una tensa calma entre todos. La alegre camaradería se rompió y dejamos de salir juntos por algún tiempo, sabiendo que en "Destiny", nunca más seríamos bienvenidos. Salí a cenar con Emily, pero nuestra conversación fue excesivamente sincera. Le dije:

- Sé que lo que pasó entre nosotros la otra noche no puede ser amor.

- Estás en lo cierto. Lo hice para dejarle saber a Nacho que lo que hubo entre él y yo se acabó.

- ¿Pero se lo dijiste?

- El se ha dado cuenta... De todos modos, fue sólo para no quedarme sola lamentándome.

- Estoy consciente...

- Si no fuera porque trabajamos juntos, no deberíamos volver a vernos.

- Lo entiendo...

- Te anuncio que me mudaré de apartamento, para que ni tú ni Nacho me busquen de nuevo.

- Toma mi número de teléfono, por si se te ofrece ayuda.

- No espero necesitarla, pero gracias. Tomaré nota.

Hice una breve llamada para que se reflejara en la pantalla de su celular o móvil, y cortamos de inmediato. Cada cual pagó lo suyo y la llevé a su apartamento por última vez.

Hubo una presentación de ventas que iba a representar una ganancia considerable, pero Nacho comenzó a ausentarse de las reuniones y el cliente se impacientó hasta que perdimos el negocio. Un supervisor de la compañía matriz se enojó mucho, y lo despidió sin llamar la atención. Supimos que se entregó a la bebida, y tal vez, a sustancias más fuertes, pero no lo vimos más. La corporación envió al vicepresidente otra vez, quien nos anunció:

- Sé del esfuerzo que pusieron en esta compañía, pero no es suficiente. Tengo que cerrar esta sucursal, y aunque pueden presentarse a las oficinas centrales, no les garantizo nada.

El experimento fracasó así sin más. Tuvimos suerte en conseguir empleo en otra cosa, y ya no trabajaríamos juntos otra vez. Pedro y Vanessa permanecieron juntos, y tan pronto él ganó un ascenso, se casaron. Al invitarnos, los grandes ausentes fueron Nacho y Emily, quien iba a ser madrina, pero en el último minuto, escogieron a una hermana de la novia para que ella y yo flanqueáramos a los novios mientras hacían los votos nupciales. Tras la ceremonia, tomé un tren hacia la ciudad, sin esperar por la recepción. Sólo los volví a ver en ocasiones especiales, como el nacimiento de sus hijos, e intercambiábamos correo electrónico muy esporádicamente.

Dejé las ventas y me moví a apoyo técnico. Mi nuevo trabajo fue más difícil, y me dejaba menos tiempo para vida social. Mi itinerario incluía los sábados y hasta tuve que ponerme a disposición casi veinticuatro horas. Fue mejor así, para no tener que pensar en mi vida anterior. Pero una tarde, recibí un mensaje de texto que no reconocí, indicándome que esperara en el aeropuerto. Me di cuenta de que al terminar mi turno en la compañía, me quedaría poco tiempo para recibir la llegada del personaje misterioso. Fui sin prisa, pero con mucha curiosidad. Encontré un lugar desde donde vería a los pasajeros tomar sus respectivos equipajes, y en el tumulto de personas saludándose, yo no sería visto. Debí haberlo sabido, o al menos, intuido, pero no quise cifrar esperanzas. Me moví hacia la salida, presa de la impaciencia y entonces oí que me llamaba alguien:

- ¡Gabyyyy!

¡Esa voz! Mi corazón se oprimió y corrí nerviosamente, lloroso y con una erección enloquecedora. Al abrazarla, con voz ahogada por el llanto inesperado, repetí su nombre:

- ¡Emilyyyy!

Dejamos caer sus maletas, y los demás en la fila nos apresuraron a gritos. Recobramos un poco de compostura y recogimos nuestro reguero para abordar mi viejo automóvil, lo que arrancó más lágrimas nostálgicas de mi amiga. Cuando me senté al volante, con ella a mi lado, mis nervios no me permitían emprender la marcha. Entre en broma y en serio, me lamenté:

- ¿Por qué dejaste que llorara?

Ella emitió un chillido de emociones en conflicto, y giró para besar mis labios. Me soltó pronto para que yo pudiese serenarme. Tratamos de conversar en el camino, pero nada coherente salió de nuestros labios. La llevé a mi nuevo apartamento y allí nos pudimos expresar mejor:

- ¿Qué has hecho con tu vida, Gabriel?

- Cambié de trabajo, ahora doy apoyo técnico a computadoras. Pagan más, pero hay que dejar el pellejo... ¿Y tú?

- Yo entré al campo de la belleza, y también he progresado. Ahora, dirijo el canal de distribución en este distrito. ¿Quieres ver cuánto he crecido?

Al decir esto, se quitó su blusa de seda y me mostró que se había agrandado los senos a una copa C. Murmuré:

- ¡Me matarás de un infarto!

Y exclamó:

- ¡Espera a que termine contigo!

Invadió mi boca con su lengua mucho más expertamente, y de la forma que revoloteamos sobre nuestros cuerpos, ni sentí mi ropa desaparecer. Si antes sus pezones me fascinaban, ahora me traían hipnotizado. Los lamí, chupé y hasta mordí. Acaricié su vulva ardiente mientras la depositaba sobre el sofá, y luego, ella se sentó sobre mi pene, sin usar condón. Se restregó muchas veces para lubricarlo, y me reclinó mientras me besaba y me restregaba sus "implantadas" contra mi rostro. Movió sus caderas para insertarse mi miembro viril, pero se sintió un poco raro. Al ver cómo ella subía y bajaba, noté que su vagina permaneció vacía: ¡Ella se estaba penetrando el ano! Le acaricié el clítoris, pero pronto, tomó mis antebrazos, para apartar mis manos. Ella misma hallaba el placer sin tocarse, y el estremecimiento me estimuló a contribuir con mi semen a este reencuentro. Mientras perdí mi erección, se fue recostando contra mi pecho, y me besó para dormirnos juntos allí mismo.

Al despertar, me volvió a comentar:

- Todos estos meses, sufrí mucho. Claro, obtuve mi éxito profesional, pero no fui feliz. Ni siquiera me costeé los implantes...

Yo deduje que fue un caballero quien se los pagó. Ella prosiguió:

- El era mayor, pero aunque nos amábamos, no duramos mucho. Era más como si me exhibiera ante su círculo de amistades. El me introdujo al mercado de los cosméticos, pero no me supo apreciar, ni profesionalmente ni en el plano amoroso. Me vi forzada a renunciar, y pronto fui contratada por una corporación competidora, ¡hasta con mejor sueldo y beneficios! Incluso, le envié un cheque por el costo de la operación, que él aún no se ha dignado en cobrar. El traslado no fue tanto para huir de él, sino para hallarte a ti.

- ¡Pero si tú nunca te comunicaste conmigo...! ¿Cómo supiste que vivo aquí?

- Por Pedro y Vanessa. Les contesté, disculpándome por no haber asistido a su boda, y ellos me informaron acerca de ti.

- ¡Me hace tan feliz el que me hayas encontrado!

- Debimos habernos dicho que nos amamos...

- No lo sabíamos...

- Sí lo sabíamos, pero ambos tuvimos miedo, ante la situación precaria en que nos encontrábamos todos. No te culpo, y espero que tú tampoco a mí...

- ¿Cómo podría? Ya eso no importa, ahora estamos juntos...

- ¡Para siempre!

- ¡Para siempre!

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