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Detrás de mi computadora

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Siempre fuimos una pareja bastante morbosa para el sexo, en el sentido de decirnos palabras bastante fuertes o picantes, inventarnos situaciones subidas de tono, cosa que nos gusta a ambos y nos calienta hasta extremos muy altos, siendo luego nuestros encuentros sexuales magníficas.

Pero cuando nuestros chicos comenzaron a crecer tuvimos que cortar esa afición, pues ellos siempre estaban pendientes de nuestras conversaciones.

Así por este motivo dejamos nuestra afinidad, lo que unido a que ya no podíamos disfrutar del sexo de la misma forma, el cansancio y la rutina van haciendo mella y nuestra vida sexual ya no era la misma.

Esta situación nos tenía a ambos bastante frustrados. Yo grito demasiado durante nuestros encuentros sexuales, así que debíamos cuidarnos de no llamar la atención de los chicos cada vez que decidíamos tener sexo en casa. Lo disimulábamos como podíamos, pero ahí estaban cerca los chicos. A veces los dejábamos con los abuelos y corríamos a darnos una buena revolcada en algún hotel alojamiento. Pero no siempre podíamos.

Un día estaba en la oficina trabajando, tenía el mensajero conectado en la computadora y apareció un mensaje de mi marido:

¿Cómo está mi perrita super caliente?

Hacía tiempo que no usábamos ese tipo de lenguaje, que en mí provocó un efecto de excitación bastante fuerte, sentí que comenzaba a humedecerme, así que sin pensarlo le contesté:

Morbosamente caliente, perdida, esperando un buen macho que me coja.

Eso fue lo más suave, el tono de nuestra conversación subió de forma paralela a mi excitación. En un momento dado me pidió que me masturbase para que él pudiera escucharme por el micrófono. A pesar de mi calentura le recordé que mi jefe estaba en el despacho contiguo y que podría oírme, pero insistió tanto que decidí arriesgarme para darle el gusto.

Verifiqué que la puerta del despacho de mi jefe estaba cerrada a mis espaldas. Ese día me había vestido con jeans de cintura baja y una remera de algodón, sin corpiño y con una pequeñísima tanga de color negro. Me desabroché el pantalón e introduje mi mano derecha dentro de la tanga, pero al estar sentada la posición no era muy cómoda.

Para que mi esposo escuchara mis jadeos y gemidos me acerqué un poco al micrófono, pero para ello tuve que ponerme de pie e inclinarme hacia adelante, dejando mi cola bien parada. Comencé a meterme un par de dedos en mi concha, acariciando el clítoris y sintiendo la humedad que iba en aumento. Huelga decir que estaba muy caliente y los gemidos que le susurraba en el micrófono a mi esposo lo estaban poniendo a full también a él.

Estaba muy concentrada en mi placer, pero de pronto una mano desconocida me sujetó por la cintura y otra se introdujo en mi pantalón, ocupando el lugar de mi propia mano en mi concha. En el mismo instante sentí una pelvis contra mi culo, empujándome hacia adelante y aprisionándome contra la mesa. Dejé escapar una exclamación de sorpresa, mientras mi jefe me susurraba al oído:

Shhh, despacito, que no entere tu marido.

En mi cabeza se formó un torbellino de pensamientos y sentimientos.

Por un lado la soberana excitación en la que estaba, por otro la profunda vergüenza de que mi jefe me hubiese sorprendido haciéndome una paja, además del miedo de que hubiese pasado a la acción en vez de decirme algo, y un miedo aún mayor de que mi marido se enterase de lo que realmente pasaba en ése momento. No sé, si por la excitación, la vergüenza o el miedo, mi decisión fue que mi marido no se enterase, así que permanecí quieta, elevando bastante el tono de mis gemidos para así ahogar cualquier ruido que pudiese hacer mi jefe.

Mi esposo me pidió que me acariciara las tetas mientras seguía pajeándome, pero fue mi jefe entonces que cumplió sus deseos, masajeándomelas por debajo de la remera, mientras su otra mano se hundía cada vez más profundamente en mi concha, que a esta altura ya estaba completamente dilatada y dejando escapar mis líquidos de una manera increíble.

Mi posición ahora era totalmente inclinada en la mesa apoyada con los dos brazos y mi boca literalmente pegada al micrófono jadeando y gimiendo fuertemente para ahogar la posibilidad de que mi esposo escuchase los suaves gemidos que daba mi jefe. Esto excitaba mucho a los dos y mentiría si dijese que no producía un efecto morboso en mí. Mi marido continuaba dando órdenes de ciber sexo, mientras mi jefe me masturbaba y me bajaba mis pantalones junto con la tanga hasta los tobillos, para su comodidad.

Por un instante dejó de acariciarme y me susurró que ya estaba lista para lo mejor. Con una de sus manos me sujetó el pelo y con la otra desbrochó y bajó su propio pantalón, notando enseguida como con su endurecida pija buscaba la entrada de mi concha, lo que no le costó mucho, gracias a mi lubricación.

En dos embestidas me la metió por completo, lo que yo acompañé con un profundo alarido que ayudó a ahogar el gemido que mi jefe profirió al notar como se abría mi rajadura y me la llenaba por completo. Se quedó unos segundos quieto, sintiendo cómo su verga iba dilatando mi canal vaginal, para luego iniciar un desenfrenado ritmo de mete y saca bastante violento, al tiempo que tiraba fuerte de mi pelo hacia él y me apretaba las tetas sin compasión.

En medio de ese torbellino, recordé que esos días eran peligrosos, pues estaba ovulando, y traté de pensar como parar aquello sin que mi marido se enterase. Como a él le gusta darme por atrás, dije en voz alta:

Cómo me gustaría que estuvieses aquí para romperme el culo...

Esperaba que mi jefe no desaprovechase la ocasión de sodomizarme y por supuesto mis palabras tuvieron el efecto deseado, ya que al instante sentí que retiraba por completo su poderosa verga, para enterrarla de una sola embestida en mi estrecho orificio anal. La penetración fue muy dolorosa, ya que no estaba para nada lubricada y menos tampoco mi culo estaba dilatado, lo que me arrancó un grito real que ahogó el hondo suspiro que dio mi jefe, al enterrarse por completo dentro de mí y empezar a soltar toda su leche.

Al mismo tiempo me tiraba del pelo hacia él, lo cual me provocaba una intensa sensación de dominación, calentándome hasta el límite de lo imaginable.

Sentí toda su carga derramarse dentro de mi culo, lo cual me provocó un tremendo orgasmo, una sensación verdaderamente indescriptible.

Mi jefe se retiró muy despacio, como intentando prolongar su goce, sonrió al ver su verga todavía endurecida y me acarició la cola, diciéndome con la mirada que lo había pasado genial. Luego se acomodó sus ropas y silenciosamente se volvió a su despacho.

Yo me quedé estirada sobre el escritorio, recuperando el aliento y sintiendo el semen que escapaba de mi dolorido culo y se deslizaba por mis piernas.

Mientras escuchaba a mi marido que jadeaba y eyaculaba cerca del micrófono, disfrutando de la paja que se había hecho mientras pensaba que yo me masturbaba para él.

Esa noche cogimos salvajemente como animales con mi marido, que por supuesto nunca se enteró de lo que había sucedido en realidad detrás de mi computadora.

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