Dominame

byD4v1D©

Nota: esta es una historia de sumisión masculina. Si no le gusta el tema, no lo lea.

--Domíname-- le pedí.

--Estas rígido con tus fetiches—me contestó Paula, con voz aburrida.

--Parafilia.

--¿Qué?

--Es una parafilia, no un fetiche.

--Ya... ¿Y?—me preguntó

--Nada, es solo para precisar.

--Típico, agregan mucho valor a nuestra relación tus precisiones.

--Basta de ironías, por favor.

--¿A caso las féminas dominantes no son irónicas?—me dijo, atrapándome en mis propias contradicciones.

--Sí, puede ser—tuve que admitir.

--Entonces qué quieres, que te ponga una máscara de cuero, una bola roja en la boca, te dé latigazos, me ponga botas hasta la rodilla y te lleve con un collar de cuero.

--No.

--¿No?

--No, de verdad no.

--Me sorprendes, pensé que querías eso.

--Quiero algo más sencillo—le dije y sin pausar, continué explicándole—quiero que seas dominante sin que yo te lo diga, por tu propia voluntad espontánea.

Me sonrió con cara de pena como diciendo "qué inocente".

Y yo seguí:--No quiero que sea yo el que domine desde abajo.

--Lo siento pero no me sale fácil.

--Pero podemos jugar un poco.

--Bueno, pero yo decido cuándo.

--¡Eso!

--Ahora, no—me dijo con una sonrisa socarrona.

Pasó el tiempo y nunca se dio el juego. Me frustré pero acepté que así sería nuestra relación. La mayoría de las mujeres no quiere ser dominante sino que todo lo contrario y Paula, mi mujer, no era distinta a la mayoría.

Intenté ser naturalmente sumiso con ella. Le traía flores, lavaba los platos, le preguntaba si necesitaba algo, para ver si ella transitaba hacia mayor dominancia solo por contraste a mi forma de actuar. Ella se daba cuenta y se dejaba mimar pero no era activa.

En la cama era lo mismo, le pedía a permiso para hacerle algo y ella me decía sí o no. Pero no me ordenaba hacerle algo. Lo que sí pasó fue que disminuyó nuestra frecuencia.

Una día me contó que iba a un taller de mujeres por el fin de semana con una amiga que la había invitado. Después me describió cómo había sido y para mí lo más importante es que en un minuto les preguntaron a las asistentes qué tipo de marido tenían y una de las alternativas era alternante pero predominantemente sumiso. Ella eligió ese. Las separaron en grupos según sus respuestas y tuvieron talleres especiales para dominantes y sumisas.

Volvió transformada, pero sutilmente. Siguió dejándose mimar pero un poco más demandante que lo habitual.

--Lava los platos—me podía decir, sin un "por favor" que lo acompañara, y yo me estremecía por dentro, excitado y avergonzado al mismo tiempo, pero no quería explicitar lo que estaba pasando.

--Sí, mi amor—le respondía y me iba a lavar.

No lo hacía siempre ni tampoco era agresiva y sobretodo no lo hacía frente a los demás.

Pero donde más se notaba era en la cama. Cada vez más me decía que no tenía ganas, y nuestra frecuencia bajó notoriamente de tres veces a la semana a no más de dos y a veces menos. Y esas dos eran para su satisfacción, no la mía. Me empujaba la cabeza hacia abajo para que le hiciera sexo oral. Y una vez satisfecha se daba vuelta y se quedaba dormida. Al principio me gustó pero al poco tiempo estaba desesperado.

Una mañana me vio masturbándome en la ducha y me dijo:--tenemos que hablar sobre esto.

Lo dijo con voz firme y no sé porqué me puse nervioso y no pude terminar. Al salir de la ducha me abordó.

--No quiero que hagas eso.

--Estoy desesperado. Hace días que no pasa nada.

--Quiero que tus orgasmos solo sean conmigo, así que no más pajas.

--Pero...

--No más peros, sé que estás con ganas, ya te voy a dejar tener uno pero tienes que portarte bien. Si no...

--Si no, ¿qué?

--Si no, nada de alivio para ti. Y si te portas muy mal, peor aún, castigo.

--Sí, claro—me reí nervioso.

--No te rías, te lo digo en serio.

No supe qué contestar, así que no dije nada, pero me sentí muy incómodo sosteniendo la mirada frente a sus ojos penetrantes. Bajé los ojos y me di vuelta para hacer mis quehaceres.

--¡No te he dicho que te puedas ir!—me increpó.

--Perdón.

--Quiero que te quede claro que tarde o temprano, y más vale que sea temprano para que vayas aprendiendo, te voy a castigar. ¿Te queda claro?

--Sí—susurré, sin poder mirarla a los ojos.

Otro día vino su amiga Ana y ella y Paula se sentaron en la sala mientras yo les preparaba el té. Pude escuchar desde la cocina cómo le contaba sobre el taller.

--La filosofía es que si controlas la sexualidad de un hombre, controlas su mente y para controlar su sexo, controlas sus orgasmos. Si solo se puede venir conmigo me va a obedecer en todo. Mientras más pospones sus eyaculaciones, más depende de ti y quiere complacerte, hacerte regalos, estar a tu servicio y estar dispuesto a recibir órdenes.

--O sea, podrías tenerlo indefinidamente sin orgasmo—le dijo Ana.

--No, porque ahí se corre en la noche mientras duerme, como un púber. Lo ideal es que no pase más de tres semanas sin correrse, he escuchado que algunas los llegan a tener hasta seis semanas. A esas alturas deben estar comiendo de sus manos. La necesidad natural de eyacular en un hombre son cada tres días. A la semana ya están desesperados. Lo importante es que accedan voluntariamente a no masturbarse porque no hay como supervisar eso.

--Tres semanas, jajaja, mi marido quiere todos los días.

--Sí, Ana, y mira cómo te trata, como si él fuera el príncipe. Cuando te necesitan empiezan a ser susceptibles de ser entrenados. Empiezan a pensar en ti todo el día, en cómo quedar en una posición favorable para que les permitas eyacular. Solo piensan con su otra cabeza.

--¿Y qué más?

--Les dices lo que tienen que hacer en la casa, les das tareas, etcétera. Tú eres la reina, ellos son tus servidores y ocasionalmente amantes. Tiene que haber un desequilibrio entre tus orgasmos, muchos, y unos pocos de él. Ciertas cosas se las permites porque te gustan, no porque a él le gusten.

--¿Y si se revela?

--Fácil, no más sexo y si te hace enojar, castigo corporal.

--¿Cómo?

--En la habitación le dices que se pare frente a ti y mientras lo retas le bajas el cierre del pantalón y le bajas los pantalones y ropa interior a los tobillos. Después le pides que vaya a tu velador a buscar el cepillo del pelo, pero sin que se suba los pantalones. Es más humillante así.

--Me lo imagino. Es como volver a la niñez cuando tú papá o mamá te agarraba de la mano, te bajaban los calzones y ¡zuácate! Una vez me lo hicieron frente a una amiguita. Después no podía mirarla a los ojos. Bueno pero sigue.

--Le recibes el cepillo y les das dos toquecitos a tus piernas, mirándolo fijo a los ojos. La mayoría entiende y se pone sobre tus rodillas. Con una mano le tomas una de sus manos y se la doblas sobre la espalda y con la pierna le enganchas sus piernas. Está atrapado. Y después le zurras el trasero hasta que se quiebre y te pida por favor no más.

--Qué intenso.

--Sí, después que ha llorado lo sientas sobre tus piernas como un niño y le dices que ya pasó y le haces cariño. Después se acuesta sobre la cama con el trasero rosado hacia arriba y le echas crema para aliviarlo.

--¿Y pasa mucho?

--A Rodrigo todavía no. Basta con una vez para que después le muestres el cepillo y corra a complacerte.

Finalmente, un día se enojó de verdad conmigo cuando en un ataque de desesperación le rogué me dejara tener un orgasmo. Su cara de fastidio lo decía todo, pero seguí insistiendo y su paciencia llegó a un límite. Seguimos el guión establecido pero cuando me miró fijo y dio los dos toques, sentí que era demasiado humillante ponerme sobre sus piernas. En ese momento de duda me pegó fuerte sobre la parte trasero de mis muslos y de repente tenía la cara en la cama, sentía mis nalgas expuestas sobre sus rodillas y no me podía mover. El capillo de pelo de madera, plano detrás de las cerdas, resultó ser una herramienta efectiva, contundente y horriblemente dolorosa. Pasó todo lo que estaba prescrito. Escuche gritar a alguien "no más por favor no más" y me di cuenta que era yo. Después me sentí dócil y agradecido cuando me puso en el trasero una crema humectante muy fría.

Esa misma noche me dijo que pegarme la había excitado y que quería recompensarme por mi docilidad teniendo sexo con penetración. Yo estaba de espaldas y dentro de ella cuando me dijo:

--Córrete dentro mío y después me limpias con tu boca.

--Qué rico suena. Te voy a llenar de mi semen y luego me lo como de tu zorra.

Cuando me fui dentro ya no me pareció tan excitante pero no tuve tiempo de alegar porque ella se movió sobre mi cara y puso su vagina sobre mi boca. Me tuve que tragar todo. Luego se movió y le lamí el clítoris hasta su orgasmo. Después de eso las pocas veces que me fui dentro tuve que dejarla limpia, hasta el punto que me empezó a gustar la idea y el sabor.

Una noche fuimos a una fiesta a casa de Lucía, una amiga de Paula. Había mucha gente, la mayoría muy cercana, y entre ellas todas las amigas de Paula y sus parejas. En un momento, cuando fui a la cocina a buscarle una copa a Paula, me encontré con Ana y comenzamos a conversar.

--¿Cómo va tu entrenamiento?—me preguntó.

--¿Qué entrenamiento?

--No te hagas el loco, tu entrenamiento de sumiso cornudo.

--Yo no lo llamaría así, solo me gusta que Paula lidere nuestra relación.

--Y que te dé unas buenas nalgadas—me respondió con una sonrisa socarrona.

Intuí que Paula le había contado.

--No, eso no me gusta para nada.

--Qué pena, me gustaría verte sobre sus rodillas.

--Ni por un minuto.

--Si se lo pido a Paula quizás me deje, pero habría que darle un motivo—me dijo sonriendo y acercándose mucho a mí.

Se me pegó y me dio un beso en la boca. Yo estaba asustado, siempre me había gustado, había fantaseado con ella e incluso le había contado a Paula. Pero ahora se me estaba insinuando, sus prominentes pechos apretándome y sus labios entreabiertos buscando mi lengua. Tuve una erección instantánea y me apreté contra ella.

De repente se separó de mí, me empujó hacia atrás y me dio una sonora bofetada.

--¡Acaso estás borracho!—me increpó.

--¡¿Se puede saber qué está pasando?!—dijo Paula detrás mío.

Sentí una sensación gélida.

--No es culpa mía, ella se me...—traté de explicar pero no pude terminar.

--¡Silencio! No quiero ninguna explicación más—me interrumpió.

Supe que era mejor no hablar pero al mismo tiempo sentí la tremenda injusticia que estaba ocurriendo.

--Vamos—me dijo y me tomó de la mano y comenzó a caminar hacia Lucía.

Yo iba un paso más atrás y me iba tirando de la mano. Era una situación indigna. Sentí que volvía a ser un niño pre púber que iba a recibir una buena zurra a manos de su mamá.

--No puedes hacer esto, no soy un niño...—comencé a lloriquear.

No me hizo caso y siguió arrastrándome de la mano. Sentía las piernas de lana, poca voluntad de resistirme y un miedo enorme al dolor y la humillación pública. No me podía estar pasando esto, a mí, aquí, ahora.

--¿Me prestas tu habitación?, que Rodrigo necesita que le recuerden algo—se dirigió a Lucía.

Como para dejar en claro la situación a los demás, luego dijo un poco más alto:--Te voy a dejar el trasero rosadito.

Luego me llevó de la mano hacia el cuarto de Lucía mientras Ana nos seguía de cerca. Percibí que se producía un silencio y luego murmullos en la fiesta. Yo iba con la cabeza baja y sollozando aunque solo para mis adentros, para resguardar algo de dignidad.

Entramos y Ana se coló por la puerta. Paula la vio y asintió. Una vez más se dio el guión pero esta vez con audiencia.

Estaba de trasero desnudo al aire sobre las piernas de Paula. Los golpes con el cepillo fueron brutales y empecé a llorar casi de inmediato. De pronto, cesaron y sentí mucho alivio, pero solo por un momento.

--¿Quieres probar?—dijo Paula.

--Sí, sí—contestó Ana, al tiempo que se sentaba en la cama a un lado de Paula.

--Ponte sobre sus piernas—me ordenó Paula. Hice caso de inmediato. Ahora sí que era una situación insostenible. Ana me pegó primero con la mano y entre cada palmada me hacía cariño en las nalgas. Tuve una erección que tocó sus piernas.

--Pobre chico—decía cuando me acariciaba.

Luego siguió golpeándome con violencia con el cepillo. La erección desapareció al instante.

--¡No más, nunca más, por favor, duele mucho!—grité sin poder contenerme. Me imaginé a todos agazapados escuchando al otro lado de la puerta.

Luego, Ana me sentó desnudo sobre sus piernas y me acarició el trasero mientras me decía que ya todo había pasado. Lloré desconsoladamente por lo humillante que era. Después se pararon y salieron sonrientes. Yo me quedé adentro y luego salí con la cara roja. Todos me miraban y susurraban entre ellos. Estuve aislado el resto de la fiesta esperando a que Paula quisiera irse a casa.

Después, cada vez que Ana llamaba a casa y yo contestaba, me decía:--Hola, rosadito--. Y luego se reía como si hubiera dicho el mejor de los chistes.

El momento culmine de mi sometimiento se dio dos semanas después. Una tarde de un viernes vi a Paula entrando a la ducha.

--No sabía que ibas a salir.

--Sí, mi amor—me dijo con una sonrisa-- ¿Me puedes ayudar a prepararme que voy a salir con Lucía y Ana?

--¿Ayudarte cómo?

--Vamos a ir a tomarnos un trago a un bar y como quiero verme sexy para mis amigas, elige qué ponerme.

Fui a la habitación y abrí su cajón de lencería. Un cofre de los tesoros. Escogí pantaletas de encaje negras semi trasparentes, un sostén que le hacía juego, unas medias grises hasta el muslo, falda mini negra, una blusa blanca, zapatos de taco alto, una chaqueta de cuero negro, y dejé todo sobre la cama.

--Ven al baño, mi amor.

Estaba desnuda sentada sobre una toalla y sobre el WC con la tapa abajo.

--Depílame—me ordenó, indicando su entrepierna.

Eso me intrigó porque nunca me lo había pedido.

--¿Bueno, pero por qué ahora? Nunca lo has hecho antes y te lo he pedido muchas veces.

--Es para estar más presentable, sin pelos en el culo y los lados y solo una franja arriba.

--¿Presentable para quién?

--Para quien cumpla con tu fantasía.

--¿Mi fantasía?—pregunté, inquieto, ¿cómo podía saber ella de mi fantasía más secreta?

--No te hagas el inocente, todo el mundo sabe cuál es la máxima fantasía de los sumisos, cuando se hace patente lo sumisos que son.

Mientras la afeitaba, pensaba para mis adentros si se iba a levantar a un tipo y si yo le estaba preparando la zorra para que otro hombre se lo metiera. Estaba azorado con la idea, me daba un poco de angustia pero al mismo tiempo sentía mi pene duro. Además, había pasado casi diez días desde la ultima vez que eyaculé y todo me parecía excitante. Intenté tocarla de una forma más sexual y me empujó hacia atrás.

--Espera a que vuelva. Puede que te traiga un regalo.

Me estremecí con la idea, una zorra recién penetrada, jugosa, para besarla y chuparla.

Mi elección de ropa le gustó mucho, sobretodo el contraste entre el sostén negro y la blusa blanca.

Esa noche no dormí nada, pensando en qué estaba ella. Finalmente llegó como a las tres de la mañana.

--Mi amorcito, ¿estás listo para tu regalito?

Me acosté rápido de espaldas sin la almohada y ella se subió arriba mío, pude ver que la pantaleta estaba mojada en la entrepierna. Se corrió la pantaleta y puso su zorra sobre mi boca, traté de lamerle más arriba en su punto de máximo placer pero ella se corrió para que todos los jugos cayeran dentro de mi boca. Tragué un líquido espeso, salobre y levemente amargo. Me puse a gemir de placer lamiendo, metiendo la lengua, buscando más de ese néctar hasta que se acabó todo. Ella se corrió en ese momento y segundos después eyaculé sobre mi estómago sin siquiera haberme tocado.

--Ahora si eres un cornudito de verdad que se excita mucho cuando se come el semen que otros hombres depositaron dentro de su mujer—me dijo, mientras se frotaba sobre mi cara.

Luego se echó a un lado y se quedó dormida.

Hubo varios episodios más, incluso conmigo presente y con la humillante tarea de comerme el semen de su amante mientras él miraba sonriente después de haber eyaculado en su zorra.

Un día la escuché hablar por teléfono con Lucía. Solo podía escuchar lo que decía Paula y me di cuenta que le estaba contando por qué hacía lo que hacía. Lucía era muy fiel con su pareja y no la debe de haber comprendido así que Paula se explayó ampliamente.

--Le pongo los cuernos porque me gusta—le explicó Paula.

--No es porque Rodrigo quiera ser sumiso y me esté guiando para que él llegue a una sumisión más profunda. La verdad es que me encanta conocer hombres desde los primeros coqueteos hasta la conclusión. Me encanta hacer el amor con un hombre o que me culeén salvajemente. Me gusta que Rodrigo sepa, porque enfatiza que yo mando.

--Lo amó profundamente y me encanta el momento en que vuelvo a él. Y me encanta que él no tenga los mismos privilegios que yo, solo lo que yo le permito. Me gusta ser más experimentada, haber tenido yo más hombres que él tuvo mujeres.

--Me encanta el proceso. Me gusta coquetear, seducir, ser seducida. Que me inviten a salir. Me gusta atormentar a Rodrigo con mis encuentros. Me gusta cuando él me ayuda a prepararme para salir.

--Me gusta el primer beso, la primera caricia, estar en los brazos de otro hombre y me encanta el sexo, ¡ser penetrada por un pene grande y duro! Nada de cunnilingus, eso se lo dejo a Rodrigo para después.

--Me gusta ver a Rodrigo, antes, después o incluso durante el sexo con otro. Verlo tímido y confundido. Excitado y angustiado. Me trastorna el poder que siento, lo que me da y sobretodo lo que le hace a él.

--Ni sabes la sensación de control que te da ponerle los cuernos a tu marido y que él sepa, hacerlo tu cornudo.

--Cornearlo es mucho más que el sexo, es ponerlo en la máxima sumisión, es un intercambio de poder total. Él sometido a su mujer.

--No es compartir a la mujer, no ocurre porque él lo quiera. Es porque yo quiero y disfruto cada momento. Su frustración es mi placer.

--Fue Rodrigo quien lo sugirió primero pero habría parado después de la primera vez si no me hubiera gustado. Ahora no hay vuelta atrás.

Y pensé, ahora sí que soy un hombre dominado. Esto no va a parar aquí. A veces lo que deseas no es lo que mereces y lo que mereces no es lo que deseas. ¡Decirle domíname! ¿A quién se le ocurre tamaña idea?

(Gracias a Toy4her por la descripción en su artículo "Why I Cuckold" de lo que siente una corneadora)

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