El Castigo

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Nota del autor: Esta historia, que cuento en primera persona, me fue contada por su protagonista, amigo mío, hace unos veinte años atrás. No justifico ni encuentro que lo obrado sea digno de aplausos, pero ocurrió, y yo se las relato, algo novelada, como yo me imagino los detalles....Los nombres han sido cambiados, para proteger al culpable y a sus víctimas...

Estaba en mi treintena, y trabajaba como animal para una gran empresa eléctrica. Me sentía atrapado, realizando una labor monótona, que no me agradaba. Mi mayor anhelo era poder salir de ese verdadero suplicio, que me estaba enloqueciendo.Un día el único hermano de mi madre falleció, y como nunca tuvo hijos, y su esposa había muerto varios años antes que él, me transformé en su único heredero, ya que no tengo hermanos, y mi madre había, también, fallecido.

El viejo tío Andrés tenía tierras agrícolas en la zona central del país, y el principal producto de las mismas era uva de exportación, para los exigentes mercados norteamericano, europeo y japonés. Recordé los agradables días de vacaciones que había pasado en ellas, recorriéndolas en todas direcciones, jugando y bañándome en el río, cabalgando por sus caminos interiores, en fin, haciendo lo que todo niño hacía en vacaciones, y en el campo. Cuando crecí, y me transformé en adolescente, mis visitas fueron menos frecuentes, porque mis intereses habían cambiado. Ya transformado en adulto, nunca más regresé a visitarlas, y aunque no perdí totalmente contacto con mi tío, apenas nos veíamos una vez al año.

Después de sus funerales, a los que asistió la mayor parte de los vecinos importantes de la zona, junto con numerosos campesinos, su abogado me entregó las llaves de la casa que mi tío tenía en la ciudad, y quedamos de juntarnos a conversar sobre el futuro. Al día siguiente me informó, brevemente de la situación de la herencia, y me entregó el listado de los bienes dejados por el difunto.

Lo más importante eran las tierras. Surgió, entonces, el problema de qué hacer con ellas. Obviamente, o las vendía, tratando de obtener el mejor precio posible, o las explotaba, continuando con la tradición que había iniciado mi tío. El deseo de salir de la espantosa rutina en la que estaba sumido me hizo decidir continuar con el trabajo en el campo. En resumen, me trasladé a la pequeña hacienda, para hacerme cargo de su explotación.

Cuando llegué me encontré con una organización ordenada, a cargo de Pedro, un administrador muy eficiente, a quién yo conocía de años antes, y en quién sabía que podía confiar. Bastó unas pocas horas para que me pusiera al tanto de la situación, y yo le dije que continuara como antes, dirigiendo las faenas, y que tendríamos una reunión diaria, para ver como marchaban las cosas. Quería saber, y controlar en forma indirecta, pero evitarme las jornadas agotadoras del trabajo de campo.

Quedaba por resolver el problema del personal doméstico. La casona era enorme, antigua, llena de pasillos, y en forma de U, con un patio central, como se acostumbraba a construir a fines del siglo XIX y comienzos del XX en el campo chileno. Obviamente, yo no podía hacerme cargo solo de su cuidado, de cocinar y lavar ropa, en fin, todos los detalles domésticos. Pedro sugirió que contratara a lo menos un par de mujeres, que hicieran las labores domésticas. Así fue como llegaron Eloísa y su hija Susana a vivir a las casas.

Eloísa era una mujer regordeta, de unos 35 años, morena, cara redonda y ojos almendrados, mientras que su hija Susana era delgada, morena también, aunque algo más clara que su madre, pelo negro lustroso y que caía hasta sus hombros formando amplias ondas. Sus piernas eran hermosas, y remataban en un trasero muy bien formado, que daban ganas de pellizcar. Los senos, no muy grandes, eran redondos y se apreciaban firmes a través del vestido de algodón que cubría su cuerpo. Ojos negros profundos y almendrados, una boca pequeña y mejillas sonrosadas se destacaban en su cara, que sin ser de gran belleza, formaban un conjunto armónico, muy agradable a la vista. Según supe, hacía menos de un mes que había cumplido los 18 años.

Madre e hija eran buenas trabajadoras, y en pocos días limpiaron la casa completa. La comida, sin ser excelente, era buena, y se componía de los típicos platos campesinos. Todos los días Eloísa amasaba y preparaba un exquisito pan, que cocía en el horno de barro ubicado frente a la cocina. Todos los días me despertaba el agradable aroma del pan recién hecho. Mi vida transcurría en un estado de absoluta calma.

Sin embargo, Susana estaba, de una u otra forma, presente en mis pensamientos. Desde el primer día había imaginado lo que sería “comerse” esa frutita silvestre. Una tarde de verano, al regresar de una de mis vueltas, entré a la cocina. No estaba ninguna de las dos mujeres, y la puerta que comunicaba con el patio trasero estaba abierta. Al asomarme pude ver, a unos pocos metros de distancia, a Eloísa y Susana, doblabas en una especie de tonel de madera, lavando juntas un pesado cobertor. Me acerqué, sin hablar, y ya junto a ellas, les hable. Ambas se volvieron.

Eloísa estaba parcialmente mojada, pero Susana se había empapado. Su vestido de algodón estaba adherido a su piel, y por ser muy claro, se había hecho casi transparente. Sus senos eran claramente visibles, y el agua fría tenía sus pezones erectos. La falda de su vestido se había pegado a sus muslos, y sus bikinis blancos dejaban translucir su pilosidad pubiana. Su madre le gritó: “Cuidado niña, que se ve todo”, y ella, roja de vergüenza, se cubrió el busto con las manos, y entró corriendo a la casa. Yo me reí, mientras sentía que mi verga se endurecía.

Unos días después, a media mañana entré a la cocina, para tomar un café. Eloísa le pidió a Susana que me lo sirviera, y yo me senté a la mesita de cocina. Cuando Susana llegó junto a mí con la taza de humeante café, y se detuvo a mi lado, deslicé mi mano bajo su falda y agarré su trasero. Ella se revolvió, y me dijo “Ya, pues, patrón, déjeme...!”, y enrojeció, pero también rió, y fue coreada por Eloísa, quién acotó que tendría que cuidarse de mi, porque tenía las manos muy largas.

Estos incidentes habían logrado que, por las noches, al acostarme, sintiese enormes deseos de coger a esa chica, y tomarla, aunque fuese a la fuerza. Más de una vez me masturbé, pensando en ella...

Pero lo peor vino días después. Una mañana me levanté más temprano que de costumbre, y rodeando la casa, me dirigí hacia la parte posterior de la cocina. Cuando estaba frente al dormitorio que ocupaban Susana y su madre pude vislumbrar, como una estrella fugaz, a Susana, desplazándose de un lado a otro de la pieza. No había cortinas que entorpecieran la visión, y ella no pareció darse cuenta de mi presencia. Luego la vi, de costado, frente a la ventana, desnudándose para vestir su ropa del día. Rápidamente me acerqué a la ventana, procurando no ser visto. Eloísa estaba de espaldas, de modo que no podía verme. Observé con cuidado a la chica. Tenía el camisón en la mano, mientras conversaba con su madre. No podía escuchar lo que decían, y no me importaba. Su cuerpo desnudo se veía perfecto, con sus senos bien firmes, y su triángulo de Venus destacando, negro, entre muslos que se veían muy blancos a la luz del amanecer. Lentamente se vistió, mientras seguía hablando. Cuando concluyó, yo estaba muy excitado, sentía que mis piernas temblaban. Procurando no hacer ruido, me alejé de la ventana, retrocediendo. Todo el día estuve pensando en Susana, deseándola intensamente. Pero no podía imaginarme un método adecuado para conseguirla, sin comprometerme demasiado, porque no quería un romance con ella, sólo ansiaba su cuerpo.

El domingo de esa semana (¿o fue el de la siguiente?), aprovechando la calma de la tarde, pensé en darme un chapuzón en el río, nadar un rato, y tomar sol. Me fui hasta la playita más cercana a las casa, provisto de una toalla grande, dispuesto a relajarme. La playita se encontraba al fondo de una especie de bolsón, por donde pasaba un brazo del río en tiempo de invierno, pero que en verano está seco. Esto hace que no sea posible ver lo que ocurre en la playita más que desde un pequeño ángulo desde el otro lado del río. Estaba totalmente escondida. Por esta razón no pude darme cuenta que había alguien en ella hasta que llegué a escasos metros. Era Susana, que se bañaba desnuda.

Tenía el pelo cubierto por la espuma del shampoo, y los hilitos de agua jabonosa la obligaban a cerrar los ojos. El ruido de la corriente del río ahogaba todos los demás sonidos, y no me escuchó aproximarme. Me oculté tras unos matorrales, y agazapado, me fui acercando a la playita, hasta quedar a unos tres metros de ella. Se veía exquisita, con los ojos cerrados, los brazos levantados, masajeando su pelo. La curva de sus senos se veía magnífica, y el agua fría y la fresca brisa habían erguido sus pezones oscuros, que se destacaban orgullosos. Los muslos separados, para equilibrar su cuerpo, parecían dos columnas que sostenían su nido de amor. De pronto, se inclinó hacia delante, y giró, dándome la espalda, exponiendo su concha hacia mí. Comenzó a sacar el shampoo de su pelo, inclinada hacia adelante. Luego avanzó hacia aguas más profundas, y se sumergió. Me quedé expectante, deseando que volviese a mostrarse, anhelando verla. Al cabo de unos segundos, emergió, se volvió hacia la playita, y pude verla en todo su esplendor. Era realmente estupenda. Sin poderlo evitar, comencé a masturbarme.

De pronto, un leve ruido, ahogado por el sonido del río, me hizo volverme, y apenas a tiempo pude ocultarme. Era Eloísa, que venía a buscar a su hija. Se sentó en la orilla del río, y esperó que Susana terminara con su baño, tirando pequeñas piedras al agua. Lentamente comencé a retroceder, disgustado por la interrupción, y sintiéndome extremadamente caliente, enojado con Eloísa. ¿Para qué diablos tenía que haber ido a buscarla?

**********

Parte de mi rutina era recorrer, cada día, los distintos lugares donde se realizaban las faenas que demandaban las vides, y conversaba con Pedro sobre las mismas. Por esa razón me ausentaba de la casa todas las mañanas, regresando cerca del mediodía, para almorzar. Pero un día regresé más temprano que de costumbre, y entré directamente a mi alcoba. Al llegar a la puerta sorprendí a Susana revisando el cajón de mi mesita de noche, y escondiendo algo en sus ropas. Como siempre guardaba algo de dinero en él, de inmediato sospeché que se trataba de un robo. Entré en silencio, y la cogí, con firmeza de su hombro izquierdo, y la obligué a girar hacia mí. Sorprendida, dio un salto, sus ojos negros reflejaron el miedo, y luego rompió a llorar, cubriéndose la cara con las manos.

“¡Ladrona de mierda!” - le grité - “¡En lugar de robar, debieras trabajar para ganártelo!”

Ella no contestó, y redobló sus sollozos. Sin piedad, decidí continuar acosándola. En el fondo, vislumbré una posibilidad de obtener mucho de ella, si la asustaba lo suficiente. Violentamente, la cogí del pelo, que llevaba suelto, y la arrastré a la cocina, donde se encontraba su madre, cocinando. Cuando entramos, Eloísa nos miró, con cara de espanto. Dada la distancia desde el dormitorio hasta la cocina, no había escuchado el incidente. Al ver a Susana llorando desesperadamente, y a mí con cara de ira, literalmente, no supo qué hacer, y también comenzó a llorar. En medio de sus sollozos, me preguntó qué había ocurrido, y yo le expliqué la situación, agregando que llamaría a la policía, para entregar a la ladrona. Ambas lloraron mucho, y suplicaron que les diese otra oportunidad, pero yo me negué, y a cada rato tomaba el teléfono, y simulaba intentar marcar. Finalmente Eloísa se echó al suelo, y abrazó mis rodillas, y me lloró que no lo hiciera.

"Péguele, hágale lo que quiera, pero no la mande presa, patrón, por favor" - sollozó. - "Enciérrela, si quiere, pero no me la quite, que es lo único que tengo".

Por un momento, me sentí enternecido, y estuve a punto de renunciar a mis planes. Pero miré a la chica, me la imaginé desnuda, suplicante, humillada a mis pies, rogándome que hiciera con ella lo que quisiera, pero que no la denunciara. El deseo recorrió mi cuerpo, y sentí mi herramienta endurecerse dentro del limitado espacio de mis "jeans". Susana se unió a su madre, y se arrodilló a mis pies. Sus brazos rodearon mis piernas, y sus lágrimas humedecieron mis pantalones a la altura de las rodillas. Su llanto de niña era conmovedor, y nuevamente sentí deseos de renunciar a todo castigo, pero otra vez, mi lado oscuro se opuso.

“Está bien. Por ahora la voy a encerrar en uno de los cuartos de la otra ala”, - refiriéndome a aquella donde estaba mi dormitorio, - “y más tarde veré que hago con ella. Pero esto no puede quedar así”. Cogí a Susana del brazo, y a pesar de sus súplicas, la obligué a caminar hasta un cuarto, con barrotes en las ventanas, como se acostumbraba en la época en que se construyó la casona, y la encerré con llave, echándomela luego al bolsillo.

Salí de la casa, y no regresé hasta cerca de las dos de la tarde. Pasé directo a la cocina, donde Eloísa me sirvió el almuerzo, muy suculento y abundante. A cada minuto me miraba, pero no se atrevía a preguntarme por el futuro de su hija. Al rato, le dije que le llevara algo de comer, y que se asegurara de encerrarla, trayéndome la llave de vuelta. Largo rato después regresó, y se notaba que había llorado mucho. Recién entonces, tímidamente, me preguntó qué ocurriría con Susana. La miré con atención, y le dije que aún me parecía que entregarla a la policía era lo más cuerdo. Me suplicó que la castigara, que le pegara, en fin, cualquier cosa, pero no la entregara a la policía. Ella sabía que lo más probable era que fuese golpeada, vejada y violada varias veces durante los primeros día de reclusión, y que luego, en la cárcel, tendría que lidiar con verdaderas criminales. La perdería para siempre.

Le pregunté qué pensaba Susana, y se puso a llorar. Le ordené que me acompañara a conversar con ella, y salí, con ella tras de mí, sumisa como perrito callejero. Cuando abrí la puerta del cuarto, me percaté que Susana estaba sentada en el suelo, junto a la cama, con la cara oculta entre las manos. Tenía las rodillas dobladas contra el pecho, y su ropa interior blanca era claramente visible. Eloísa ni siquiera lo notó, y permaneció en silencio, llorando, junto a la puerta. Tras un rato de conversación, dejé que me “convencieran” que un fuerte castigo físico, unos veinte golpes con una vara gruesa, sería suficiente. Llegado a este acuerdo, convinimos que, para evitar llamar la atención de otros trabajadores, el castigo se le proporcionaría en la noche, cuando todos se hubiesen ido a sus casas, y nadie más quedara en la casona.

*********

Esperé la noche con cierta ansiedad, aunque no podía dejarlo translucir. No quería que Eloísa se diera cuenta de mi estado, así es que me refugié en la pequeña oficina, acompañado de una botella de buen vino tinto, porque no quería correr el riesgo de pasarme de revoluciones. Hubiese sido lamentable que no pudiese llevar a cabo mis planes porque el alcohol me lo impedía. Cerca de las nueve cené, y ordené a Eloísa encerrarse en su cuarto, y no salir de él, oyese lo que oyese. Para asegurarme que no tuviese acceso al ala de los dormitorios, cerré la puerta con doble llave, lo que nunca se hacía, o por lo menos, desde que yo estaba en esas tierras.

Entré al cuarto donde estaba la chica encerrada, premunido de una fuerte vara de sauce, liviana y flexible, pero capaz de cortar la carne con un golpe bien dado, mi grueso cinturón de cuero de cerdo, con una gran hebilla metálica en su extremo, y una serie de cuerdas delgadas, pero muy resistentes. Cuado me vio con los instrumentos para su castigo, Susana ahogó un grito ronco, y sus ojos mostraron mucho miedo. Cogí una silla, la puse frente a ella y me dejé caer en ella. La chica temblaba, y me suplicó:

“No, patrón, por favor...le juro que nunca más...no me pegue, por favor, no me pegue”.

La miré fríamente. “Lindo asunto, que por favor, no llame a la policía, que por favor, no te pegue, y sin embargo, ni siquiera el dinero me devolviste.” Bajó la cabeza, enrojeció y sollozó, haciendo ademán de sacarlo de su seno, pero yo la detuve con un gesto. “Ya hablaremos del dinero”, le dije. Hice silbar la vara en el aire, y ella tembló, sollozando con más fuerza. “Párate”, le ordené. Ella vaciló, pero luego se incorporó lentamente, manteniendo la cabeza baja. Me acerqué a ella, y até uno de los trozos de cuerda a una de sus muñecas, y luego hice lo propio con la otra, mientras la chica seguía llorando con fuerza. Sin hacer caso de sus lamentos, la hice girar, enfrentando el lecho, y la empujé, haciéndola caer sobre él. Luego, calmadamente, até las cuerdas a la estructura metálica sobre la que estaba montado el colchón, dejando muy poca posibilidad de movimiento. Luego, tomándome mi tiempo, la cogí por los muslos, y la arrastré, hasta dejar sus caderas apoyadas en el borde, lo que la obligaba a apoyar las rodillas en el suelo. Até cuerdas en torno a sus rodillas, y las tensé, obligándola a separar un poco las piernas.

Asustada, me preguntó para qué hacía eso, y le contesté que para que no pudiera escabullir el castigo. Me puse frente a ella, y le ordené mirarme. Lo hizo, y pude leer el temor en sus ojos. Le propuse escoger entre veinte golpes con la vara, o cincuenta azotes con el cinturón de cuero. Escogió el cinturón, y regresando a su parte posterior, alcé su falda, bajé sus bikinis hasta la rodilla y ella gritó que no, por favor, que le daba vergüenza.

Entre dientes gruñí que no le daba vergüenza robarme, y preparé el cinturón, para luego azotar con fuerza su redondo culito. Gritó de dolor, y yo me detuve. Tras una pausa de un par de segundos, le propiné el segundo golpe. Nuevo grito, y un “Por favor, patrón, no me pegue más”. Gruesas ronchas de color rojo fuerte cruzaban de lado a lado su redondo y terso trasero, y mi verga hacía presión dentro de mis pantalones. Me detuve, nuevamente, y me alejé un poco, para tener una mejor visión de su concha, absolutamente despejada. Ella se revolvió sobre la cama, y la falda me ocultó sus encantos.

Me acerqué a ella, desabotoné la pretina, corrí el cierre, y de un fuerte tirón, la hice descender hasta sus rodillas dobladas. Ahora estaba desnuda de la cintura para abajo. Di la vuelta y me senté cerca de ella. La hice mirarme, y le dije que si no quería que la golpeara con el cinturón, podría emplear la vara. “Pero te voy a sacar sangre, y no te vas a poder sentar en varios días”, le dije. Otra vez empezó a llorar, y me pidió que no le pegara más, que haría lo que yo quisiera. ¡Era lo que yo estaba esperando oir! ¡Por fin la tenía donde yo quería! La empujé de lado, haciéndola levantar parte del torso, y metí la mano en su escote, cogiendo, con fuerza una de sus tetas. La masajeé, sin decir palabra por unos segundos, y jugué con el pezón, apretándolo con suavidad, y hundiéndolo en la masa mamaria, hasta que se endureció. La chica gimió, pero estaba roja de vergüenza, mordiéndose los labios. “¿Cualquier cosa?”, le pregunté.

No me contestó, pero escondió la cara contra la cama. Me tendí a su lado, con mi cabeza apoyada junto a sus muslos. Con lentitud recorrí la cara posterior de uno de sus muslos, luego la del otro, y progresivamente abarcaba la cara interna, cada vez más cerca de su concha. Ella se revolvió, inquieta, pero no dejó escapar ningún sonido. Su respiración se hizo entrecortada, y su ritmo aumentó. Pude sentir el fuerte latido de sus arterias del muslo contra mis dedos. Deslicé mis dedos sobre su vulva una y otra vez, lentamente, y volví a preguntar “¿cualquier cosa?”.

Al no obtener respuesta, deslicé un dedo entre ambos labios mayores hacia adelante, buscando el clítoris. Sus muslos se pusieron rígidos, e intentó cerrarlos, pero las cuerdas se lo impidieron. Volvió a llorar, y la vi esconder la cara en la cama. Observando sus reacciones, continué sobajeando su clítoris, lenta, muy lentamente, hasta que comenzó a efectuar movimientos convulsivos. Me pareció oírla gemir, y le pregunté qué sentía. Me contestó que se sentía “muy rara”, y no encontró palabras para explicarlo. Eran sensaciones nuevas para ella, que no conocía mi remotamente.

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