El Castigo

byculpeo©

Recordé que por lo general los hombres de campo de nuestra tierra son, sexualmente, como animales, se montan, se desocupan y ya, sin importar lo que sienten las mujeres, verdaderos seres de segunda categoría. Me imaginé que así habría sido su vida sexual, lo que explicaría sus reacciones. Ese pensamiento aumentó mi excitación, y sentí que la presión de mi verga dura y húmeda aumentaba. Di vuelta en torno a la cama, y me senté junto a sus muslos. Con una mano separé los labios, mientras con la otra introducía lentamente un dedo en su vagina. Sus muslos se apretaron convulsivamente, y en la medida que mi dedo jugaba con sus partes privadas, los tirones a las cuerdas que sujetaban sus piernas aumentaban.

Di vueltas, nuevamente, en torno a la cama, y me senté junto a ella. Era un calmado juego del gato con el ratón. Cogí su rostro con mi mano, y la obligué a mirarme. Le pregunté si le gustaba este “castigo”, y sólo se mordió los labios, nerviosamente.

Riéndome, solté una de sus muñecas, y la hice girar levemente. Luego, inclinándome, desaté la pierna del mismo lado, y la hice poner de espaldas. Subí su camisa, arrastrando, de paso, el brassiere, pese a sus protestas. La hice callar con un gesto de amenaza. Le pregunté, otra vez, si prefería los golpes, y me contestó que no. La ordené, entonces, no moverse, y comencé a acariciar sus senos, jugando con los pezones, hasta que se pusieron firmes y protuberantes. Mi lengua trazó círculos en torno de ellos, y con los labios los tiré suavemente. Sentía su cara apretada contra mi pecho, y su aliento cálido pasaba a través de mi camisa. Mi excitación aumentó, y la dureza de mi verga se hizo insoportable, casi dolorosa. Con lentitud, jugando con sus sensaciones, bajé mi mano por su costado, pasando por su cadera, para luego tomar por asalto su vientre. Encogió la pierna libre, tratando de detener mi mano invasora, pero yo la deslicé hacia al centro, recorriendo la cara interna del muslo que tenía levantado, hasta alcanzar su concha, y masajearla suavemente. Suspiró, e inconscientemente, apretó su cara más contra mi pecho.

Le dije, con suavidad, que bajara la pierna, y las mantuviera separadas, y ella obedeció, pero, casi inmediatamente juntó los muslos, atrapando mi mano. Encorvé los dedos, entrando lentamente entre sus labios mayores, y luego deslizándolos sobre su clítoris. Gritó ahogadamente, y me pidió que no continuara, pero la humedad de su concha la contradecía. Sin sacar mi mano de su vulva, giré sobre la cama, y me dejé caer por el lado opuesto. Separé sus piernas con algo de fuerza, aunque opuso menos resistencia que la que yo esperaba, y hundí mi cara entre sus muslos. Mordí suavemente su monte de Venus, y ella encogió las rodillas, al tiempo que apretaba mi cabeza con los muslos.

Esto me daba libre acceso a su clítoris, y mi lengua lo toreó son suavidad, con un movimiento de avance y retroceso. Arrastró su cuerpo en dirección a mi rostro, y me apretó más fuerte. Puse mis manos bajo sus glúteos, y la levanté levemente, introduciendo mi lengua, al mismo tiempo, en su concha. Por un par de minutos estuve haciendo movimientos de mete-saca, hasta que sus manos se aferraron a mi nuca, y ella gimió. La humedad de sus genitales aumentaba, y se movía convulsivamente. Sus gemidos se hicieron casi continuos. Se estaba corriendo, y al parecer eso la avergonzaba, porque ocultó su rostro entre las manos. Continué con mis movimientos de lengua hasta que pareció calmarse.

Me separé de ella, y solté mis pantalones, dejándolos caer. Saqué mis zapatos, y luego mis pantalones y la ropa interior. Me deshice de ellos con movimientos bruscos. Rápidamente mi camisa siguió al resto de la ropa. Ella miró mi verga, y cerró los ojos. No soy especialmente superdotado, pero tiene un tamaño más que adecuado para sus fines. Apoyé mi rodilla entre las suyas, y descendí entre sus muslos. El extremo del capullo se apoyó sobre su concha, y con la mano lo ayudé a deslizarse sobre su clítoris.

Se mordió los labios, nerviosamente, y tras unos pocos movimientos míos, su respuesta fue apretar mis caderas con sus muslos, y levantarlos levemente. Situé el capullo a la entrada de su vagina, y empujé suavemente. Se deslizó con facilidad aunque sentía que su coño apretado cedía con lentitud. Observé su cara. Tenía los ojos cerrados, y se mordía los labios con ansiedad. Su rostro se contraía, sus cejas se arqueaban. Luego gimió, y se puso a llorar ahogadamente. Me retiré lentamente, y comencé a deslizar mi verga sobre su clítoris, hasta que dejó de llorar, y se mordió nuevamente los labios, gimiendo.

Otra vez comencé a entrar en su coño con suavidad, y esta vez no lloró. Levanté sus muslos un poco más, y proseguí mi avance, pero encontré un poco más de resistencia, y ella se quejó de dolor. Me detuve, retrocedí, y continué avanzando, más lentamente aún. Se quejó, y me pidió detenerme, pero no le hice caso, y la penetré completamente. Dio un grito ahogado, y se puso, nuevamente, a llorar. Me detuve, apretando sus caderas hacia mi cuerpo, dejando reposar mis bolas contra sus glúteos. Pasó un par de minutos, y ella dejó de llorar. Me empecé a mover lentamente, mientras mis manos acariciaban sus pechos. Sus pezones estaban muy duros y erguidos. De pronto sentí que ella se apretaba contra mí, y trataba de imitar mis movimientos. Aceleré el ritmo, y ella me acompañó, y comenzamos a follar con intensidad. Ella gemía suavemente, mientras me aferraba con fuerza. Finalmente explotó en un orgasmo que la hizo gritar agudamente. Yo me retuve, no quería acabar aún.

Cuando ella se calmó, me retiré lentamente, y la hice girar, poniéndola boca abajo. Por un momento pensé en penetrar su culito, pero lo pensé mejor, y me dije que esa podría ser la segunda parte de su “castigo”, y que podría dejarla para más adelante. Por lo pronto, sólo penetraría su vagina desde atrás. Deslicé mi herramienta sobre su clítoris desde atrás hacia adelante, varias veces, hasta que su cuerpo, inconscientemente, respondió, arqueándose y apretándose contra mi vientre. Continué con este movimiento hasta que volvió a gemir. Solo entonces la penetré, y dejé descansar mi verga en fondo de su vagina, sintiendo la resistencia del cuello uterino. Me detuve por unos minutos, pues sentía que me había aproximado demasiado. Luego, reinicié mis movimientos de atrás adelante, primero lentamente, y luego cada vez más rápidos. Ella se acomodó a mi ritmo, y en segundos estábamos follando como locos.

La tensión en mí aumentaba y aumentaba...Iba a explotar...Puse mi brazo bajo su vientre, de cadera a cadera, y la levanté levemente, y empujé con todas mis fuerzas. Finalmente, me pareció que mis bolas iban a estallar en mil pedazos, y sentí que chorro tras chorro de mi semilla salía a estrellarse contra el fondo de su vagina. Susana se me apretó con fiereza, empujándome con sus caderas. Lentamente fuimos aflojando la presión, y quedamos yaciendo, respirando ambos entrecortadamente, yo sobre ella, mi cara junto a la suya. Sus ojos estaban cerrados, y había lágrimas en sus pestañas.

Transcurridos unos minutos, salí de ella, y me dejé caer a su lado. Ella no se movió. Por unos minutos pensé qué le diría a continuación. La chica era un muy buen polvo, y tenía que sacarle provecho. Tratando de ordenar mis ideas, me levanté, para buscar cigarrillos en mi camisa. Entonces me percaté que tenía sangre en el extremo de mi pene. Me volví hacia ella, y le pregunté si era virgen antes que yo la tomara, y me contestó, bajando la cabeza, que sí, que yo había sido el primero en verla desnuda y penetrar en ella. Bueno, no con estas palabras, pero esa era la idea. Le pregunté que por qué no me lo había dicho, y me contestó: “¿Acaso me hubiera perdonado por eso?”. La verdad, no supe qué contestar, pero, en mi fuero interno, sabía que nada me habría detenido.

Encendí el cigarrillo, y me senté junto a ella. Fumé en silencio, contemplándola con interés, y sopesando cuidadosamente sus encantos. Sus facciones eran delicadas para una campesina, casi diríamos bonita, pero su cuerpo era notable. Sus senos, sin ser grandes, eran redondos y firmes, cintura estrecha, y caderas redondas. Los muslos bien formados, se continuaban con pantorillas finamente delineadas. Solo sus manos de mujer trabajadora, y sus pies algo toscos, modificados por el calzado de mala calidad denunciaban su condición de campesina. De pronto ella notó que la observaba, y se puso roja de vergüenza...Le impedí cubrirse, pese a su resistencia, y le dije que tendría que acostumbrarse.

Finalmente, me vestí en silencio, y antes de salir del cuarto la miré fijamente, y le dije:

“Ahora te voy a encerrar, y te quedarás aquí hasta mañana. Entonces conversaremos, y veremos qué pasa a continuación. Te vas a quedar con el dinero, pero lo tendrás que pagar hasta el último peso”.

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