El Cura y Yo Ch. 04

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Volví a darme la vuelta y me volví a tumbar boca arriba con las piernas abiertas. Julián ya no estaba bajo mi cabeza y pude oír como los dos se bajaban del altar y se colocaban a cada uno de mis lados. Julián agarró mi pene con dos dedos y lo puso de pie. Noté como los dos cuerpos se apoyaban sobre la tela y noté el tacto de algún pelillo de la barba de Ángel mal afeitado sobre mi cadera. Casi me da un infarto cuando sentí como las lenguas de los dos se posaban sobre mi glande. ¡Qué morbo! Dos tíos me la estaban lamiendo al mismo tiempo. Era espectacular. Una lengua se movía por uno de los lados de mi pene y chocaba con la otra que hacía lo mismo. Se volvían a mover y chocaban por el otro lado. Bajaban y subían a lo largo de todo mi falo, unas veces al mismo tiempo y otras no. ¡Qué placer! Se centraron en el glande Las dos lenguas se movieron muy rápidamente sobre él sin llegar a chocar. Cosquillas de placer comenzaban a invadir mi cuerpo. Mis músculos se impacientaban y lo demostraban tensándose. La saliva comenzaba a deslizarse por el tronco de mi pene y las dos lenguas continuaban moviéndose de un lado para otro. ¡Qué gusto! Ya no podía aguantar más. Todo lo que había pasado en esa iglesia ese día y lo que me estaban haciendo en ese momento era demasiado para mí. El placer se hizo insoportable, mis músculos se tensaron como nunca y un gemido se escapó de mi boca. ¡Qué orgasmo! Todavía se me pone tiesa sólo con recordarlo. No sé cuánto eyaculé, porque no lo vi, pero estoy seguro de que fue muchísimo.

Julián y Ángel continuaron lamiendo, a un ritmo menor, hasta que mi prepucio volvió a tapar mi glande y les impidió seguir con su tarea. Me senté sobre el altar y me quité el pañuelo. Al fin pude verlos, estaban completamente desnudos con el cuerpo apoyado en el altar, mirándome y sonriéndome. Les sonreí yo también y me di cuenta de que Ángel tenía algo de mi semen en la mejilla. Acerqué mi cara a la suya y, con un beso, se lo limpié

Aquella noche llegué a casa muy contento. Le di un beso a mi mujer y fui al baño a lavarme un poco. Cuando volví al salón, mi mujer había terminado de tejer la lana. Me quedé quieto, sin perder ojo de lo que había hecho. Parecía ser un jersey muy pequeño, pero no lo bastante como para ser para una muñeca. Mi corazón se aceleró como no lo había hecho en todo el día. Con una enorme sonrisa de felicidad, lo levantó para enseñármelo y me dijo algo que no olvidaré jamás.

-¡Vamos a ser padres!

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