El hallazgo inesperado

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- Bueno. -- respondí al fin. --Puede que alguna vez haya tenido algún sueño extraño, como todo el mundo pero, de ahí a llevarlo a la práctica...

- Pero si estás lubricando. -- dijo ella mientras pasaba el pulgar por el extremo de mi glande. -- No seas embustero.

Lo que decía era cierto. Yo ya había notado que mi órgano sexual había comenzado a segregar ese fluido pegajoso y transparente, similar a la baba de caracol, que aparece cuando el grado de excitación es muy alto. Por lo tanto, resultaba completamente inútil que tratara de aparentar que aquella situación me disgustaba. Por si esto fuera poco para acabar de convencerme a ceder a aquella tentación, Erika se puso en la piel de ese pequeño diablillo que se aparece de repente a nuestro lado, incitándonos a que nos dejemos llevar por nuestros instintos.

- Si quieres, te quitaré las esposas ahora mismo y follaremos hasta quedar exhaustos pero, ten en cuenta, que estarías haciendo lo mismo de siempre con una persona distinta. En cambio, yo te ofrezco descubrir otro modo de disfrutar de tú cuerpo y, te aseguro que para mí, será un verdadero placer iniciarte en esta nueva experiencia. Como ves, la elección es solo tuya. Yo no voy a obligarte ha hacer nada que no quieras. ¿Qué me dices?

Durante un instante estuve sopesando los pros y contras de acceder a tan poco habitual desafío. He de admitir que estaba más cachondo de lo que nunca hubiera podido imaginar y la perspectiva de poder continuar manteniéndome en aquel estado me resultaba cada vez más tentadora. Por otro lado, Erika me estaba dando la oportunidad de descubrir una nueva forma de placer y, si la rechazaba, tal vez no volvería a presentárseme una ocasión como aquella. Si realmente deseaba probarlo, aquel era el momento. - Acepto. -- contesté en cuanto hube tomado una decisión. -- Me pongo en tus manos.

- Muy bien. A partir de este momento considérate mí esclavo. -- dijo ella con aire triunfal.- ¡Así que ponte de rodillas, cerdo!

Aquella fue la primera orden que me dio y el inicio de mi adiestramiento como sumiso. Que tipo de pruebas tendría pensadas para mí, que enseñanzas iba a inculcarme o que correctivos me aplicaría cuando la decepcionara o la desobedeciera, estaban aún por descubrir.

En cuanto hube acatado sus deseos, mi nueva Ama se colocó frente a mí y puso uno de sus pies sobre mis geniales.

- Te explicaré un poco como funciona esto. -- dijo mientras la suela de su zapato presionaba ligeramente mis huevos. -- No deberás hablar a no ser que yo te pregunte. Y, en ese caso, deberás responder con un "sí, mi señora" o un "no, mi señora" a las cuestiones que te formule. ¿Lo has entendido?

- Sí, mi señora. -- respondí lo más humildemente que pude.

- Bien. -- concedió mientras retiraba el pie de mis partes pudendas.

Dio la vuelta por detrás de mí y, por un momento, desapareció de mi vista. Oí como abría un cajón y, a continuación, un nítido tintineo acompañado por el <<tac, tac>> de sus tacones acercándose.

- También tengo que hablarte de la palabra de seguridad. -- continuó mientras me colocaba un collar de perro alrededor del cuello y lo sujetaba después con una correa. -- Si en algún momento te ves incapaz de continuar, por el motivo que sea, tan solo tendrás que pronunciar el nombre de "Víctor" y yo me detendré inmediatamente.

Hizo una pausa y, tirando con fuerza de la correa, llevó mi cabeza hacia atrás antes de añadir, colocando su cara frente a la mía:

- Pero a eso solo recurren los esclavos más inútiles. Y, aunque das la impresión ser una putilla bastante enclenque, no creo que llegues a decepcionarme hasta ese punto.

Cuando la oí decir aquellas últimas palabras, me lo tomé como un desafío. Un reto personal que se unía a toda la amalgama de sensaciones, a menudo contradictorias, que me embargaban de pies a cabeza. Si yo recurría a aquella palabra, sería como si ella hubiera ganado el juego al haber superado mi resistencia. Y, aunque todo aquello era nuevo para mí, tenía la intención de no permitir que eso ocurriera.

- Muy bien, bastardo. ¡En pie! -- ordenó tirando de la correa hacia arriba. -- Aún no has hecho nada para ganarte el privilegio de estar en mi dormitorio, así que voy a llevarte a un lugar mucho más apropiado para una zorrita como tú.

Me sacó de la habitación y me condujo por el pasillo hasta una puerta que estaba situada al fondo y que no había abierto cuando me estuvo enseñando la casa. Antes no me había fijado pero, aquella puerta en cuestión, tenía una cerradura. Ella la abrió con la llave y me llevó a través de unas escaleras estrechas, hasta una especie de desván. La estancia estaba completamente a oscuras, si exceptuamos la luz que llegaba del piso de abajo por el hueco de la escalera. Pero me hubiera dado igual por que una vez arriba, mi Ama me colocó una especie de casquete de piel que me cubría toda la cabeza hasta la altura de la nariz. A continuación, volvió a tirar de la correa y me hizo avanzar a ciegas unos pasos.

- Quieto ahí. No te muevas, puerco. -- me exigió de súbito.

Se puso detrás de mí y me separó ligeramente las piernas empujándolas con sus pies. Después, tiró de mis manos hacía arriba y enganchó las esposas a una cuerda o cadena que debía de estar sujeta al techo y que me obligaba a mantener mis brazos hacia atrás. Por último, cogió la correa que estaba unida al colar de mí cuello y la fijó de algún modo en algún punto del suelo.

- Ahora, esperarás aquí como una perrita obediente mientras yo voy a cambiarme. ¿Ha quedado claro?

- Sí. -- respondí de forma automática.

- Sí, ¿qué? -- interrogó dándome un tirón de huevos tan fuerte que me hizo sentir escalofríos.

- Sí..., sí, mi señora. -- me corregí con prontitud.

- Que no se vuelva a repetir, guarra, o tendré que enfadarme de verdad.

Después oí como se alejaba, bajaba las escaleras y cerraba la puerta con llave, tras lo cual vino el silencio y la oscuridad.

La postura en la que me había dejado resultaba muy incómoda, además de humillante, ya que no podía realizar ningún movimiento sin que alguna parte de mi cuerpo se tensara a causa de las ataduras. No sabía por cuanto tiempo iban a aguantar mis piernas el peso de mi tronco inclinado hacía adelante sin flexionarse y temía no ser capaz de soportarlo por mucho rato.

Durante ese tiempo que permanecí solo; que no fue poco; tomé conciencia de mi recién estrenada condición y de cómo debía esforzarme en complacer a mí Ama si no quería ser el objeto de su ira. La excitación que me invadía iba en aumento a cada momento que pasaba y, si mi señora hubiera tardado un poco más en regresar, creo que me habría dado un ataque.

Escuche el sonido de la puerta al abrirse y sentí un gran alivio que enseguida fue sustituido por la expectación ante las nuevas pruebas que me esperaban. Oí como sus tacones se desplazaban por la habitación de un sitio a otro sin apenas atreverme a respirar y, tras unos momentos de suspense, se acercó a mí y confirmó su presencia dándome un sonoro cachete en las nalgas.

- Bien, esclavo. -- dijo mientras me pellizcaba los pezones. -- Yo ya estoy lista. Ahora es tú turno, voy a ponerte el que será tú uniforme de esta noche.

Me colocó lo que parecía ser un corsé elástico o algo similar. Después me hizo levantar los pies uno por uno, lo que hizo que mi equilibrio fuera muy precario durante unos instantes, y me enfundó un par de medias que sujetó al corsé mediante los portaligas que este llevaba adosados. Para rematar, me calzó unos zapatos de tacón que aumentaron mi estatura considerablemente.

- Ahora tú aspecto está mucho más acorde con lo que eres en realidad. Las putas como tú, deberíais estar siempre listas en previsión de que vuestros servicios sean reclamados. -- dijo en cuanto hubo acabado de vestirme. -- Pero basta de charla. Es el momento de comenzar tú educación.

Me colocó unas pinzas en los pezones y las unió con lo que supuse que sería una cadena al notar su frío contacto cuando tocó mi piel. Seguidamente, suspendió un peso de ella, con lo que mis apéndices pectorales se estiraron hacia debajo de un modo ostensible. Después se puso detrás de mí y, mientras tiraba de mis testículos, me ató con fuerza el escroto con un grueso cordel, de modo que mis huevos quedaron muy apretados además de expuestos. También colgó algo de ellos en cuanto hubo acabado de anudarlos y, entonces, mi polla comenzó a sufrir una especie de espasmos que yo era incapaz de controlar.

Mi Ama me dejó de esta guisa durante un momento, como si quisiera que me recreara un rato con sus enseñanzas pero, de improviso, sentí un fuerte dolor en mis nalgas que fue acompañado por un seco chasquido. Y después otro, y otro, y otro más, hasta que no pude evitar emitir un ligero gemido.

- ¡Silencio, perro! -- dijo mi Ama en tono malhumorado. -- No quiero oírte emitir ningún sonido. Temprano empiezas a quejarte.

Pero dejó de castigarme el culo y, en cambio, pasó a trabajarme los huevos fustigándolos con suavidad. Cuando consideró que ya habían recibido bastante, comenzó a azotarme aleatoriamente por todo el cuerpo de manera que yo no tenía modo de saber donde iba a recibir la próxima descarga. Conforme pasaba el tiempo, iba imprimiendo mayor fuerza a sus golpes pero, cuando ya me tenía a punto de implorarle clemencia, se detuvo de repente y comenzó a pasarme el extremo de la fusta por la punta del pene. La fue perfilando muy suavemente, rozándola apenas, con movimientos delicados para, a continuación, comenzar a aplicar sobre ella unos ligeros golpes que hicieron que se empinara de manera descomunal. En el momento en que se puso tan erecto que yo creía que me iba a explotar, la golpeó con fuerza justo en el glande y no pude reprimir un ahogado grito.

- ¡Serás cabrón!- bramó indignada mientras tiraba con rabia de la cadena que mantenía unidas mis tetillas. - ¿¡Como tengo que decirte que te calles!? No estás siendo un buen alumno, así que voy a tener que castigarte de un modo más severo.

Volví a oír sus pasos que se alejaban para volver al poco rato.

- ¿Te gusta chillar? -- la oí decir a mis espaldas. --Pues chilla como una zorra si eso es lo que quieres. Pero ten en cuenta que cuanto más lo hagas, con más dureza te castigaré.

Y, sin más dilación, comenzó a azotarme el culo con un objeto duro y plano similar a una paleta.

El primer golpe ya hizo que me desplazara hacia delante con violencia, de modo que los pesos que tenía colgados de mis partes más sensibles comenzaron a oscilar como si de péndulos se tratara. A medida que se fueron sucediendo los porrazos, aquel balanceo fue "in creccendo", aumentando la tensión que tenían que soportar las zonas de mi cuerpo unidas a ellos. Por lo tanto, en un par de ocasiones, dejé escapar un par de gemidos que me había sido imposible reprimir y, casi de inmediato, pude constatar las amenazas de mi Ama. Me propinó dos tremendos azotes, tan fuertes, que casi hicieron que me saltaran las lágrimas. Así que me mordí los labios para no volver a cometer la misma falta y aguante estoicamente el resto de aquella tunda que, por fortuna, no duró mucho más.

- Espero que hayas aprendido la lección. -- apuntó mi Ama, satisfecha del trabajo que había realizado. -- Supongo que ya se te habrán quitado las ganas de desobedecerme. ¿Verdad que sí, zorrita?

- Sí, sí, mi señora. -- contesté entre jadeos.

- En ese caso te daré un poco más de libertad. Pero espero que no me decepciones. ¿No lo harás, verdad?

- No, mi señora.

Retiró los pesos que me había colocado y, después, soltó las ataduras que mantenían inmovilizados mi cuello y mis brazos pero sin quitarme las esposas. Por fin podía erguirme después de todo aquel tiempo y noté que mi espalda estaba un poco agarrotada, aunque aquella molestia desapareció al poco tiempo.

- Ahora, de rodillas. ¡Vamos! -- ordenó con tono autoritario.

En cuanto hube adoptado aquella pose de sumisión y respeto, mi Ama me quitó desde atrás el casquete que había impedido mi visión durante todo aquel tiempo y, por primera vez, pude tener una idea clara de mí entorno.

Vi que me encontraba en una especie de bajo cubierta de planta rectangular bastante amplio. La luz que lo iluminaba provenía de unos inmensos cirios que, colocados sobre unos candeleros de forja ricamente decorados, estaban repartidos por toda la sala. De las enormes vigas de madera del inclinado techo colgaban, aquí y allá, toda una serie de cuerdas, cadenas y otros utensilios sujetos mediante argollas. También pude ver un potro, un cepo y una cruz de san Andrés, además de varios estantes y armarios repartidos en una de las paredes laterales. No me atreví a girar la cabeza para ver que otras sorpresas podía depararme aquella estancia, por miedo a ofender a mi señora. Pero, de todos modos, aquella opinión fue pronto confirmada por el fuerte golpe de fusta que me fue endosado en la espalda.

- ¿Qué estás mirando? ¡La vista al suelo, esclavo! -- oí decir con furia.

Obedecí de inmediato e hice que mi mirada quedara fija en el piso de tarima. Mi Ama se colocó frente a mí y, sin osar levantar la vista, pude observar el reluciente brillo de unas botas de tacón inmenso y color negro.

- Veo que cada vez obedeces con mayor rapidez pero, no te equivoques, todavía te queda mucho por aprender. Así que, no te emociones. Y, hablando de emocionarse...

Comenzó a dar golpecitos con la fusta en mi polla erecta y esta empezó a dar pequeños saltos cada vez que entraba en contacto con aquel instrumento.

- ¿¡Qué es esto!?- preguntó con enojo.

- ¿Una erección, mí señora? -- respondí con timidez.

- Precisamente. Y... ¿se puede saber qué haces empalmado como un vulgar perro en celo? -- volvió a interrogar mientras que con sus ojos observaba mi miembro viril con expresión de repugnancia. - ¡Vamos, contesta!

- No lo sé, mí señora.

- Pues por lo menos ya sabes reconocer tú estupidez y tú ignorancia. Pero eso no es excusa para que des rienda suelta a tus instintos de calentorra.

Puso su pie sobre mí sexo y lo fue aplastando gradualmente contra el suelo, lo que provocó que se pusiera más duro todavía.

- La primera lección ha consistido en que aprendieras a guardar silencio. Con la segunda, voy a enseñarte a mantener la debida compostura ante tú Ama.

Y, tras pronunciar estas palabras, levantó el pie de encima de mis carnes y, tras girar sobre si misma, se apartó de mi lado.

Aproveché aquella oportunidad para poder contemplar furtivamente a mi Ama con un rápido vistazo, consciente de que se enojaría, y mucho, si me descubría haciéndolo. Se había recogido el pelo en una coleta y llevaba puesto una especie de corpiño muy ajustado, además de unos guantes largos y un tanga que dejaba al descubierto sus hermosas y firmes nalgas. Todo ello, del mismo negro brillante que las botas que ya me había hecho probar y que, ahora, pude comprobar que eran muy altas; tanto que le llegaban por encima de las rodillas. Tras haber realizado aquel disimulado y rápido examen, volví a clavar mis ojos en el suelo avergonzado, como un niño después de haber cometido una travesura, y pude escuchar como mi dueña trasteaba en busca de algo con lo que hacerme entrar en razón.

Al regresar, colocó frete a mí una especie de bandeja metálica, plana y alargada, y vació sobre ella una ingente cantidad de hielo picado que tenía preparado en una cubitera. En cuanto lo hubo distribuido con el pie de manera uniforme, colocó una toalla encima y me ordenó reposar mis partes sobre ella.

- Veamos si esto es suficiente para calmar tus ardores. -- razonó en voz alta.

Me fue un poco difícil tumbarme a larga al tener las manos esposadas a la espalda pero, finalmente, tras unos torpes y dubitativos movimientos que me hicieron sentir muy ridículo, pude cumplir con los deseos de mi Ama.

En un principio no noté nada pero, a medida que el hielo se fue derritiendo y la toalla se fue empapando, aquel frío helado comenzó a actuar sobre mí zona inguinal haciendo que mí miembro viril se estremeciera por el brusco contraste térmico. Permanecí así tumbado durante bastante rato y, entre tanto, mi señora me azotaba las nalgas con la fusta de cuando en cuando. Percibí con claridad el momento en que mí verga se rindió y comenzó a encogerse, del mismo modo en que la haría un caracol si se sintiera amenazado y, la verdad, supuso un respiro sentir como se relajaban aquellas carnes que habían permanecido tan tensas durante mucho tiempo.

Aquella sensación de alivio tuvo su reflejo en mi rostro y, mi nueva expresión, no pasó desapercibida a los escrutadores ojos que me habían estado observando en todo momento pues, de forma súbita, sentí que mi Ama tiraba de la correa hacia arriba con movimiento firme.

- ¡En pie, esclavo! -- ordenó con una voz que denotaba impaciencia. -- Quiero ver si ya estás presentable.

Me incorporé precipitadamente y, tan rápido quise obedecer el mandato de mí propietaria que, casi pierdo el equilibrio al no estar acostumbrado a utilizar tacones.

- ¡Ten más cuidado, zorra! -- me reprendió reforzando sus palabras aplicándome un sonoro azote en las posaderas. -- Únicamente yo tengo derecho a lastimarte.

Una vez recuperada la compostura después de aquel humillante traspiés, mis genitales fueron sometidos a un minucioso examen para comprobar si el tratamiento que se les había aplicado había producido el efecto deseado. Aquella parte de mi cuerpo; ahora fría, húmeda y arrugada; presentaba un aspecto deprimente. Pero eso no pareció disgustar a mi señora, más bien al contrario, a juzgar por el gesto de satisfacción que se dibujó en su semblante.

- Ese es el modo correcto en que debes presentar tú ridículo palillito cada vez que estés ante mí. -- expuso con desprecio. -- Hazte a la idea de que esta ha sido la última vez en que has osado empinarla sin mi permiso. Habida cuenta de tú escasa voluntad, no creo que seas capaz de mantener la debida presencia, ni tan siquiera, por un minuto. Pero no te preocupes, como muestra de mí buen talante, voy a ayudarte a cumplir con este sencillo cometido.

Tomó una especie de cilindro metálico alargado, que ya tenía dispuesto, y lo puso ante mis ojos.

- Esto servirá para que no caigas en la tentación de ignorar mis palabras.

Y dicho esto, abrió por la mitad aquel curioso instrumento gracias a un mecanismo de bisagra longitudinal que tenía incorporado. La parte interna estaba salpicada de unas diminutas púas de no más de dos milímetros de largo y, solo con verlo, ya fui capaz de adivinar a qué parte de mi anatomía estaba destinado. No tardé en comprobar el efecto que producían aquellas picudas protuberancias sobre mí polla cuando mi Ama me lo ajustó asegurándolo con un pasador, también longitudinal, situado en el lado opuesto de la bisagra. Ahora, cualquier conato de erección sería recibido por un aluvión de pinchazos, que aumentarían de intensidad en función del grado de crecimiento de mi pene.

- Bien. No perdamos más tiempo y veamos si, al menos, sirves para dar placer a tú Ama.

Tiró de mi por la correa y me hizo dar la vuelta en redondo, de modo que pude ver lo que había en el resto de la habitación mientras la seguía con paso inseguro.

Una gran alfombra se extendía sobre el suelo y, sobre ella, un diván de moderno diseño con estructura de aluminio y respaldo ondulado forrado en piel, parecía ser nuestro destino. Frente aquel objeto de mobiliario había situada una jaula de hierro con forma cúbica de, aproximadamente, un metro de lado, que confería a aquel rincón un aspecto inquietante.

En cuanto estuvimos junto al diván, mi señora me ordenó ponerme de rodillas con la barbilla apoyada en el mullido acolchado, procurando mantener mis posaderas bien elevadas. A continuación, roció mis nalgas con un buen chorro de líquido aceitoso y comenzó a realizar un concienzudo masaje que contribuyó a aliviar considerablemente el escozor que sufría mi castigada piel. En un momento dado, me extrajo las bolas que durante horas habían permanecido en mí interior, tirando con suavidad del cordón que las mantenía unidas. Lo hizo sin prisas, muy lentamente, de modo que fueran abandonando mí cuerpo una por una. Y fue entonces, cuando aquel instrumento represor que enfundaba mí órgano sexual cumplió por primera vez con su cometido.

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