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El Juguete de mi Hermana

byelgrancochino©

El día que todo empezó, leía un libro tumbado sobre la cama del hotel. La puerta del balcón estaba abierta y la brisa veraniega que venía de la playa de al lado acariciaba plácidamente mi cuerpo. Era de noche y la temperatura había bajado lo suficiente como para volverse agradable e invitar al sueño. Pero, por desgracia, no podía dormir. Aquellas vacaciones, gracias a que papá había preferido dejar de hacer horas extra, tenía que compartir habitación con mi hermana Juana y no me quedaba otro remedio que esperar a que ella saliese del baño para poder apagar la luz.

Nunca me llevé muy bien con ella, al menos, no todo lo bien que parece que se llevan el resto de hermanos. Juana es la mayor de los, cinco años y tres meses exactamente, y podría decirse que siempre me vio como si fuese uno más de sus juguetes. ¿Quién querría jugar con muñecas si pudiese hacerlo con algo mucho más realista? Ese era su lema porque no dudó nunca en hacer conmigo todo lo que una niña hubiese hecho con una Barbie.

Tuvieron que pasar muchos años para que la situación cambiase. Cuando me di cuenta de lo que me estaba haciendo y me cansé de ser un simple instrumento a su servicio, me rebelé. Ojalá no lo hubiese hecho porque el guantazo que me dio todavía hoy me duele y no me sirvió para evitar ver como mis uñas eran pintadas de color rosa. Pero, a pesar de mi fracaso, aquel fue el germen que dio paso a una guerra fraticida que sólo se suavizó, me avergüenza tener que reconocerlo, cuando ella dejó de interesarse por las muñecas.

En aquellos días en los que teníamos que compartir habitación de hotel, nuestra relación se había vuelto más cordial. Ya éramos mayorcitos los dos y, como cada uno tiraba por su lado, no nos estorbábamos. Ella, que acababa de terminar la carrera, estaba más preocupada por buscarse un novio que sustituyese al que había dejado hacía unos pocos meses y yo, como había acabado el bachillerato bastante justo, tenía como máxima preocupación en mi vida aprobar un módulo de formación profesional ya que, si no lo hacia, mi padre me mataba. Así que, con preocupaciones como ésas, mucho tiempo para pelearnos no teníamos ninguno de los dos.

Al fin se oyó como la puerta del baño se abría. Hice una marca en el libro para no perder el punto y lo dejé sobre la mesa.

-¿Has visto dónde he puesto mis bragas?

Aquella pregunta me pilló desprevenido y, sin saber por qué, me fijé en ella. Tal y como me había imaginado durante una fracción de segundo, Juana había salido completamente desnuda del baño. Tuve que tragar saliva. Hacía años que no la veía de esa manera y, por mucho que me pese, tengo que reconocer que estaba bastante buena. Mi hermana es alta, unos cinco centímetros más que yo, y delgada pero tiene un buen par de tetas y un buen culo. Aquel día, el pelo, húmedo por la reciente ducha, le llegaba hasta los hombros cubriéndole por completo sus pequeñas orejas. Me pareció guapa y, para mi vergüenza, no pude dejar de mirarla.

-Si sigues mirándome así, vas a soñar conmigo. - dijo mi hermana mientras buscaba las bragas en una maleta.

Aquello hizo que me pusiera tan rojo como un tomate.

-No te miraba. - Le contesté intentando aparentar indiferencia ante sus palabras.- No eres tan guapa como para que pierda mi tiempo en eso.

Ella, con las bragas que buscaba en las manos, me miró de una forma rara, con las cejas alzadas y con una expresión que parecía algo escéptica. Le sostuve la mirada tres segundos y, luego, ella se agachó, separó un poco sus piernas y pasó su pie por uno de los agujeros de las bragas dejando que, por unos instantes, pudiese ver la obertura de su vulva. Aquello fue demasiado para mí, en pocos milisegundos mi pene se puso tan duro como un roca y tuve que darme la vuelta para disimular y evitar los pensamientos enfermizos que venían a mi mente. Mi hermana, que estoy seguro de que se dio cuenta de todo lo que pasó, se acostó en su cama también.

- Buenas noches, hermanito. -- Me deseó socarronamente cuando apagó la luz.- No sueñes conmigo.

- Buenas noches.- Le contesté con la imagen de ella desnuda todavía en mi cabeza.

Aquella noche me costó dormirme ya que no podía quitarme de la cabeza la imagen de mi hermana desnuda. Nunca antes había tenido ningún tipo de pensamiento lujurioso en el que saliese ella pero, aquella noche, los tuve todos. Cuando logré dormirme, supongo que soñé muchas cosas pero, de esa vez, sólo recuerdo una.

Estaba tumbado en la cama del hotel y podía oír como mi hermana respiraba dormida en la cama de al lado. Me levanté sin saber por que lo hacía y me acerqué hasta ella. Pude ver como el pecho de Juana subía y bajaba lentamente cubierto por una finísima sabana blanca. Estaba preciosa, recuerdo que pensé, y movido por alguna fuerza ajena a mi voluntad, bajé la sábana hasta los pies de la cama. Tuve que coger aire. Aquello era demasiado nuevo para mí. Me arrodillé ante la cama para poder respirar el olor de mi hermana y un ligero aroma a albaricoque fue lo que captaron mis fosas nasales. Acerqué mi cara a uno de sus senos y disfrute de ese olor mucho más intenso. ¿Y si la tocaba? Quería hacerlo pero el sentido común me decía que ni loco lo hiciese.

No tuve tiempo de tomar una decisión porque mi mano cobró vida propia y acerqué un dedo al pezón de Juana. Era pequeñito y suave y, poco a poco, se puso duro. Mi respiración se agitó y, con mucho cuidado, estiré el brazo hasta que pude tocar el otro pezón. También se puso duro y deslicé la misma mano por su pecho, por el esternón, por el estomago, por el ombligo y por el vientre hasta llegar a la suave mata de pelillos de su pubis.

¿Debía seguir? Podía despertarse, pero en aquel sueño no me importó. Dos de mis dedos continuaron el camino deslizándose por la obertura de mi hermana. La recorrí entera, de arriba abajo hasta que llegue a su agujero. Sin pensármelo le metí dos dedos dentro, que se empaparon con su suavidad. Menuda delicia era aquello. Los saqué y me los acerqué a la nariz traspasando los fluidos de mi hermana que habían quedado en ellos a la piel de mi nariz.

Aquello me volvió loco y, en mi locura, me decidí a penetrar a mi hermana. Mis calzoncillos habían desaparecido y, misteriosamente, pude apreciar que mi polla había crecido unos centímetros más de lo habitual. Sin importarme que mi hermana se pudiese despertar, me tumbé sobre ella, agarré mi pene y, con un movimiento certero, se lo metí hasta el fondo. Por desgracia, no pude disfrutar del placer de penetrar a mi hermana porque, sintiéndome muy desgraciado, me desperté en ese momento.

Estaba empapado en sudor y volvía a tener los calzoncillos en su sitio. Tenía mucho calor y mi pene, completamente tieso y un poco más pequeño, se asomaba ligeramente por el borde de la tela.

-Vaya, vaya, vaya, cómo has crecido hermanito.

Tardé unos segundos en reconocer esa voz, y de repente, me di cuenta de que mi hermana estaba allí, mirando fijamente mi paquete. Llevaba puesto el bikini y, sin preocuparse por nada, se sentó en mi cama y apoyó su mano sobre mi bulto. Aquello me sorprendió mucho y mi estómago se encogió. No hice nada para evitarlo. No sabía por qué pero me había quedado sin voluntad. Ella aprovechó para masajear mis partes un poco, intentando descubrir cómo eran.

-Has crecido mucho desde la ultima vez.- dijo ella en un susurro; como si hablase para sí misma.

Tocó unos segundos más, absorta en lo que hacía y se levantó dejando que todo volviese a la normalidad.

-Me voy a la playa, hasta luego.

Cogió la colchoneta que tenía apoyada en la pared y se fue. Yo, en cambio, me quedé allí, quieto y estupefacto. ¡Mi hermana me había tocado la polla! No me lo podía creer. Si no hubiera sido porque estaba seguro de que no dormía, hubiese pensado que aun soñaba. Casi sin pensar, metí mi mano bajo los calzoncillos y empecé a tocarme. Todo lo que me había pasado en las últimas horas era demasiado complejo como para pensarlo y decidí vaciar mi mente resolviendo el problema más terrenal que tenía entre las piernas. Me di dos o tres meneos y, sin falta de nada más, pringué los calzoncillos con mi semen.

Aquella mañana mientras desayunaba no pude dejar de pensar en aquello. Por la noche, había visto a mi hermana desnuda y, por primera vez en toda mi vida, me había quedado embobado mirándola. Por si fuera poco, encima parecía que ella se exhibía y yo había soñado que la magreaba mientras dormía. Pero lo peor de todo fue lo de la mañana. ¡Mi propia hermana me había magreado la polla! Me dolía tener que admitirlo pero, por primera vez en mi vida, mi hermana me ponía. Lo que no sabía era lo que pretendía mi hermana con todo aquello. ¡Tenía novio! ¿Por qué coño iba toquetearme a mí?

Cansado de pensar, me fui a la playa, al fin y al cabo, estaba de vacaciones. Llegué y todo estaba lleno de toallas con tías buenísimas tostándose las tetas. Dejé mi toalla cerca de la orilla y aproveché para sonreír a la chica de la toalla de al lado. Me había propuesto ligar en esas vacaciones y no iba a desaprovechar esa oportunidad.

Por casualidad, me di cuenta de que mi hermana estaba tumbada unos cuantos metros más allá de esa chica, así que me acerqué a saludarla. Tenía el cuerpo embadurnado de crema solar y su piel brillaba por el sol. Estaba preciosa. Un repentino cosquilleo en la entrepierna fue lo que empecé a sentir y, preocupado por que la gente se diese cuenta, dejé de fijarme en el cuerpo de mi hermana.

-Hola.

-Ah, hola hermanito ¿Cómo estás?

-Bien, iba a bañarme ahora.- Me miró de arriba abajo.

-No, no; ni se te ocurra. Tienes que ponerte crema. Ven, siéntate y deja que yo te unte la espalda.

Mientras ella se sentaba sobre la toalla, intenté balbucear alguna excusa pero no sirvió de nada y tuve que hacer lo que ella quería. Me senté delante de ella y me echó un churretazo de leche solar en la mano.

-Úntate tú por delante.

Acto seguido, estrujó el bote sobre mi espalda y se puso a hacer dibujitos con el chorrito de la crema solar. Cuando se cansó de jugar, posó sus manos sobre mi espalda y un escalofrío recorrió mi cuerpo. No es que sus manos fueran especialmente suaves, o especialmente diestras haciendo aquello. No sé qué era pero el roce de sus dedos turbaba mis pensamientos. Me encantaba lo que me estaba haciendo y, sin darme cuenta, dejé de restregarme yo mismo la crema y me quedé quieto disfrutando de aquello. Perdí la noción del tiempo y sólo la recuperé cuando sentí el cálido aliento de mi hermana en mi oreja.

-¿Tienes algún problema hermanito?- me susurró.

La polla se me endureció de golpe y mi cara se puso tan roja como un tomate. Su voz era muy sensual. Se levantó de la toalla y de la manera más normal del mundo, como si ese tipo de cosas raras las hiciese todos los días, me dijo:

-Cuando termines con la crema, te espero en el agua.

No le contesté, me quedé mirando la arena que había entre mis pies y escuchando como se alejaba. Cuando mi cuerpo se relajó, no me atreví a acompañarla. Así que, sin terminar de ponerme crema, me levanté, le hice señas de que me marchaba y me volví al hotel donde, por segunda vez en un día, me corrí en menos de tres meneos.

El resto del día, lo dedicamos a hacer turismo toda la familia junta. Sin hacer nada extraño, paseamos, fotografiamos monumentos y compramos souvenirs baratos. Aquellas vacaciones estaban siendo muy extrañas. No podía entender nada de lo que ocurría. Por primera vez en toda mi vida mi hermana me ponía y, por primera vez también, Juana me metía mano. ¿Qué sería lo próximo? No me lo podía ni imaginar.

Al atardecer, cuando volvimos al hotel, Juana quiso ser la primera en ducharse y yo me quedé tumbado sobre la cama disfrutando de la brisa veraniega. Estaba tan cansado de todo lo que habíamos hecho que empezaba a quedarme dormido.

- Oscar, tráeme una toalla que aquí no hay.

Con algo de desgana y con algo de sueño, me levanté de la cama y busqué una toalla en las maletas. Cogí la primera que pillé y me acerqué hasta el baño. Supongo que por estar dormido, ni me acorde de llamar y entré directamente sin preguntar. Lo que vi allí me dejó atónito. ¡Mi hermana estaba desnuda! ¡En el baño! Estaba claro que el sueño no me dejaba razonar mucho y, sin pararme a pensar lo que estaba haciendo, me quedé embobado mirando el cuerpo de mi hermana. Estaba buenísima. El vapor del agua envolvía su cuerpo y sus firmes pechos, su terso vientre y su, camuflada por el vello, vulva. Desde la ducha, ella me miraba con la mano extendida para recoger la toalla y con media sonrisita dibujada en la boca. Cuando asimilé lo que estaba haciendo, le di la toalla corriendo, balbuceé unas disculpas y salí de allí muerto de vergüenza.

Me tumbé sobre la cama e intenté no pensar en lo que había pasado. Quería quitarme la imagen de mi hermana desnuda de la cabeza. Pero no podía. No podía olvidar el precioso cuerpo de mi hermana desnudo. ¿Qué clase de hermano era? No podía estar pensando en eso ¡Era incesto! Y yo un pervertido. Metí la cabeza debajo de la almohada y mordí la sábana que cubría la cama para aliviar mi frustración. Pero en lugar de arreglar algo, lo empeoré todo. Tumbado boca abajo sobre la cama obligaba a mi pene a frotarse contra el colchón y eso no ayudaba a ahuyentar mis malos pensamientos.

-¿Qué haces hermanito?- preguntó mi hermana desde la puerta.

Me incorporé sobre la cama de nuevo y volví a quedarme boquiabierto delante de ella. Había salido del baño desnuda y estaba ahí, en el marco de la puerta, mirándome con la misma sonrisita extraña con la que llevaba mirándome desde la noche anterior. ¿Qué coño pretendía?

-¿Te pongo nervioso?- dijo mientras se iba acercando a mí

- No -- balbuceé- ¿Por qué ibas a hacerlo?

- No sabría decirte ¿Será por que hay algo vivo entre tus piernas?

Inconcientemente, miré entre mis piernas y, en cuanto vi lo que había, me tapé corriendo. Ella se rió, mi gesto le hizo gracia.

- No seas tímido hermanito, es algo normal, les pasa a muchos chicos.

- ya lo sé- le dije algo molesto por que me tratara como a un crío al que le dan una clase sobre sexualidad.

- En ese caso, déjame ver lo que tienes ahí.

Y sin decir nada más, agarró mis manos con las suyas y las separó de mi entrepierna. Yo, completamente hipnotizado por lo que pasaba, me dejé hacer. Un suspiro de placer se me escapó cuando mi hermana posó su mano sobre mi bulto. ¡Qué gustito! Con la otra mano, me empujó en el pecho para que me recostase sobre la cama y, sin ningún recato, desabrochó mis bermudas y me las quitó. Lo mismo hizo con mis calzoncillos dejándome completamente desnudo de cintura para abajo. Mi polla, que apuntaba como una flecha hacia mi cara, babeaba esperma de excitación. Mi hermana agarró mis testículos y los acarició con una mano.

- ¡Qué suaves son!- dijo para sí misma -- Me pregunto a qué sabrán.

Y tal y como lo dijo, lo comprobó. Se agachó entre mis piernas y pude notar como una suave y húmeda lengua se deslizaba por mi escroto. ¡Qué delicia! Pronto, se sumaron a la caricia sus labios también y pude notar como toda la boca de mi hermana se afanaba en llenar mis testículos de saliva. En un momento dado, intentó metérselos en la boca, pero la tenía demasiado pequeña como para que entrasen y desistió para no hacerme daño. Aquello me estaba encantando.

Su boca abandonó mis testículos y empezó a subir por el tallo de mi pene, deslizándose lentamente y asegurándose de que cada uno de los milímetros de mi piel recibía su dosis de saliva. Era todo un gustazo que se multiplicó por mil cuando su boca alcanzó mi glande. Con toda la delicadeza de la que fue capaz, mi hermana depositó un dulce beso en la puntita de mi pene y pude ver, cuando se separaba, como se formaba un filo hilo de esperma entre mi miembro y su boca. La visión de eso me puso burro.

Quise levantarme para hacerle algo a ella yo también, pero mi hermana volvió a empujarme para que permaneciese tumbado.

-Quédate quieto.

Le hice caso y pude sentir como mi pene, poco a poco, se deslizaba dentro de su boca. Centímetro a centímetro notaba como su lengua lo rozaba y como se hundía en las profundidades de su garganta. ¡Qué placer! Aquello era mucho mejor que matarse a pajas.

Se la sacó y lamió la saliva que quedaba en mi glande hasta que estuvo más o menos limpio para volver a metérsela de nuevo hasta el fondo. Volví a notar sus labios y volví a notar su lengua. Me encantaba la suavidad con la que lo estaba haciendo y un suspiro de placer se escapó de mi boca.

Volvió a sacársela pero, esta vez, no lo hizo del todo. Mi glande permaneció dentro de su boca donde pude notar como su lengua daba vueltas en torno a él. Pronto empezó a masturbarlo con sus labios, que lo rozaban frenéticamente. Un enorme gemido de placer se me escapó cuando, sin previo aviso, se tragó mi pene hasta el fondo y empezó a sacudir mi capullo con su garganta. ¡Qué gusto! Mi hermana era toda una profesional y yo empezaba a envidiar a su novio.

Pero la diversión no se acabó ahí. Cuando yo estaba a punto de correrme dentro de su boca, mi hermana súbitamente paró.

- Incorpórate- me ordenó agarrándome de la camiseta y obligándome a sentarme sobre la cama.- Ahora te toca a ti.

Ella se puso de pie delante de mí y apretó mi cabeza contra su entrepierna. Hizo tanta fuerza que mi nariz se introdujo entre sus suaves labios de abajo. Me encantó su olor. Era una mezcla entre el olor del champú de albaricoque y el olor de los fluidos típicos de las mujeres. Moví mi cabeza para llegar mejor y estiré mi lengua tímidamente para acariciar su piel. Apenas tenía vello y todo era muy suave. La introduje dentro de su obertura y la deslicé buscando el agujerito de su vagina. Al final lo encontré y empujé todo lo que pude para meter al máximo mi lengua ahí. ¡Qué delicia!

-Ya no aguanto más

Fue la respuesta de mi hermana a lo que había hecho. Volvió a empujarme sobre la cama y se sentó sobre mis caderas.

- Dime hermanito ¿Lo has hecho alguna vez?

- No -- respondí algo avergonzado.

- Pues prepárate que hoy es tu día de suerte.

Y sin decir nada más, agarró mi pene de nuevo, lo apuntó hacia su agujero y se empaló ella sola. ¡Qué gusto! Fue una sensación indescriptible que mejoró mucho más cuando ella empezó a cabalgar sobre mí. Se movía como una fiera sobre una cama elástica. Me sentí en el paraíso y no quería que aquello se terminase nunca. Podía sentir como mi pene se deslizaba dentro de ella a una velocidad vertiginosa y eso provocaba en mi bajo vientre descargas continuadas de placer. No me pude contener y yo mismo comencé a menear mis caderas imprimiendo más fuerza a nuestro vaivén. Aquello era bestial, mi cadera chocaba cada vez más fuerte contra su entrepierna y nuestros disimulados suspiros empezaron a convertirse en gemidos peligrosamente audibles. Las descargas de placer aumentaron y, en pocos segundos, se volvieron una sola. Y, sin poder remediarlo, llegué al orgasmo. ¡Menudo placer! Nunca antes me había corrido tanto.

Mi hermana siguió cabalgando sobre mí pero, desgraciadamente, mi pene se puso flácido y no pudo seguir. Rápidamente, mi hermana se levantó un poco y empezó a masturbarse sobre mí. Llevó un ritmo frenético hasta que finalmente, también llegó al orgasmo. Después, se tumbó a mi lado y reposó unos minutos. Lo último que dijo fue:

- Hermanito, me debes una.

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