El Viaje de Negocios

byPlinio_el_Viejo©

En ese instante alcanzaste tu también el orgasmo y te doblaste contra mi pecho, mientras los músculos de tu vientre me exprimían aún más.

-¿Estás de acuerdo?- preguntaste de pronto.

Sin tener muy claro con que tenía que estar de acuerdo, respondí con la única forma que podía hacerlo: -Claro, lo que tu digas, mi amor-

Al poco rato descubrimos que estábamos muertos de hambre, por lo que pedimos un suculento desayuno, huevos fritos con tocineta, salchichas, pan tostado, mermelada, jugo de naranja. En fin, todo lo que se nos ocurrió.

Mientras el camarero traía la comida, fuiste al baño a lavarte, pero apenas salió el mesonero, regresaste a la cama con alegría, preparada para comer. Y vaya que a ti te gusta comer.

Pusiste todas las bandejas en el medio de la cama y te sentaste con las piernas cruzadas esperándome. La visión de tu cuerpo desnudo, con sólo una bandeja de comida medio tapándote, me pareció tan extraordinaria, que no pude menos que pensar en qué podía haber hecho yo para merecer este premio.

Luego de comer y retirar las bandejas de la cama, nos pusimos cómodos en la cama (¡claro!) y me contaste todo:

-Me desperté muy temprano, era oscuro todavía- dijiste -y me moría de ganas de despertarte para hacerte el amor otra vez. Me angustiaba que ya nos íbamos y que no te iba a tener de nuevo, pero me daba lástima despertarte tan temprano. Me puse a pensar en todo lo que quería hacerte y que no podía llegar a mi casa así. Entonces me acordé que habíamos dicho que las negociaciones podían durar un poco más y que en vez de regresar hoy, podía ser que lo hiciéramos mañana. Así pues, tomé la decisión de quedarnos-

-¿Sin preguntarme a mi?-

-Esperé a que fuese la hora apropiada para llamar a nuestras oficinas y me comuniqué con mi secretaria- continuaste contándome ignorando mi interrupción -Gracias a Dios allá son 2 horas más tarde. Así que le dije que cambiara los pasajes para mañana y que avisara en tu casa. Luego llamé a mi mamá y le dije lo mismo, que llegaría un día mas tarde. Finalmente volví a llamar a mi secretaria para confirmar que todo estaba ok. Una vez que supe que sí, regresé a la cama... y allí estabas tú, desnudo... y con esa evidente elevación en la sábana...-

Mientras conversabas, te habías cambiado de posición y ahora tenías la cabeza recostada de mi muslo derecho, mirándome. O más bien, mirando otra cosa.

Luego acercaste la cara y acomodándote a pocos centímetros de mi, empezaste a examinarme. No era precisamente mi momento más glorioso, pues haciendo un poquitín de frío en la habitación y hablando como estábamos de cualquier tontería, estaba pues... en completo reposo. Más que en completo reposo, digamos que estaba casi oculto.

Y así, lo tomaste con la mano y empezaste a examinarlo con curiosidad infantil. Halaste hacia abajo el prepucio y descubriste la cabeza. Luego palpaste mis bolitas. Abrí un poco las piernas para que pudieses juguetear conmigo.

-¿Te molesta?- preguntaste. Al contestar que no, seguiste con tus exploraciones, que debo decir, al contrario de molestarme, me agradaban mucho, lo que empezaba poco a poco a reflejarse en el tamaño de miembro.

Luego me tomaste en la boca. -¡Que agradable calorcito!- te dije, riendo.

Me acomodé mejor en la cama para disfrutar de esta nueva etapa de "exploraciones". Sentí como me apretabas con la lengua contra el cielo de la boca y cómo respondía a ese abrazo con un mayor volumen. Luego lo sacaste y agarrándolo con la mano, lo examinaste de nuevo. Estaba mojado y ya un poco rojo, y por supuesto, crecía visiblemente.

-Me encanta cómo lo hago crecer- dijiste

Seguiste con las caricias, bien con la mano, bien con la lengua o con toda la boca, lo que enviaba oleadas de placer por todo mi cuerpo.

Pero entonces, decidí compartir ese mismo placer contigo y busqué tu cuerpo. Primero te acaricié con la mano, deslizándola por tu monte de Venus y acariciándote el vello púbico. Luego dejé que mis dedos recorrieran toda tu ingle, deslizándolos suavemente, unos por los lados de la vulva, otros por encima de ésta, sin dejar que entraran.

Mientras, tu seguías ocupado de mi miembro, ya en toda su extensión y volumen, acariciándomelo con las manos y la lengua, que se deslizaba a todo lo largo. Era increíblemente agradable, pero lo máximo era cuando te lo introducías a la boca y hacías una vagina con ésta y las manos y subiendo y bajando la cabeza, me masturbabas despacio.

Yo acomodé un poco el cuerpo de nuevo y empecé a buscarte con la boca. Primero recorrí el pliegue entre la pierna y el vientre con la lengua, sin dejar que mis manos descuidaran tu vulva. Subí y bajé mi cabeza varias veces, llegando lo más atrás que podía entre tus piernas y hasta tus nalgas.

Luego, finalmente, hice un poco de presión hacia los lados con los dedos, lo que te abrió para mi, y deslicé la lengua a lo largo de tu raja. Estabas toda mojada y era evidente que eso era lo que esperabas, pues empujaste las caderas hacia mi, pero no cedí en mi jugueteo y aún no te acaricié profundamente. Comencé a mover la lengua a ambos lados, como un pequeño vibrador, dejando que la punta acariciase los labios tus menores, empezando donde se juntan atrás, cerca del ano y subiendo luego poco a poco hacia el clítoris. Yo sabía que esa era el santo grial, pero también que cuanto más se tarda en llegar, mayor es el deseo. Así pues que me tardé tanto como pude, pero poco a poco se me iba acabando la voluntad, el efecto de tu boca en mi miembro, y vaya que lo hacías bien, empezaba a nublar mi entendimiento.

Así pues, te busqué. Con los dedos te abrí un poco más y sentí entonces claramente la presencia de tu botoncito, suave, escondido en medio de tantos pliegues. Y me apliqué a acariciarlo con la lengua, mientras que un dedo se introducía en tu cuerpo para buscar tu punto G.

Sin embargo, ya empezaba a ser tarde. Comencé a sentir como se aproximaba mi orgasmo y como empezaba a perder el control, por lo que te pedí que pararas para cambiar de posición y entrar nuevamente en tu cuerpo.

Paraste un momento de mamármelo y me dijiste que no, que lo querías así. Por un segundo me sorprendí, no es una reacción muy frecuente en las mujeres, o por lo menos es lo que he percibido, pero por mí no había problema y dejando solo mis manos en tu cuerpo, me concentré en el orgasmo que se aproximada. Traté de pedirte que no fueras a sacarlo de tu boca en último momento, pero ya no tuve tiempo.

Tus dedos empezaron a hurgar en mi puerta trasera, lo que me causó aún mayor placer y conforme se acoplaron los movimientos de tu boca y tus dedos, se disparó una ola de placer en mi interior que sin dejarme pensar hizo que me arqueara de delicia. Mis músculos se tensaron y desde el fondo de mi cuerpo y salió un chorro de semen que explotó en tu boca. Un segundo después otro y luego otro más. Haciéndote eco de mi ruego silencioso sentí como te las arreglabas para tragártelo todo, sosteniéndolo profundamente dentro de tu boca, una mano detrás de mi y la otra sosteniéndome firmemente.

Apenas pude recobrar el control de mi cuerpo, me dediqué de nuevo a ti y con ayuda de las manos y la lengua, recomencé mi trabajo en tu cuerpo. Mi lengua recorrió todo lo largo de la parte interna de la vulva, primero por la parte de afuera y luego por la de adentro, siempre sin dejar de acariciarte por dentro con los dedos. Luego, volví sobre el clítoris a aplicando mis labios sobre él traté de chuparlo para sacarlo aún más afuera. No sé si tuve éxito en la empresa, pero me pareció que estaba más grande que antes y así me daba más espacio de maniobra con la lengua.

Pocos momentos después, sentí como te tocaba a ti llegar al orgasmo. Gemías y a decías cosas incoherentes, mientras yo redoblaba mis caricias. Finalmente te estremeciste y cerraste las piernas alrededor de mi cabeza, mientras los músculos de tu vagina empezaron a apretar mis dedos rítmicamente. No paré de moverme, sino que seguí lamiéndote, a pesar que me empujabas para que no lo hiciera y durante unos segundos seguí allí, prolongando tu orgasmo.

Tu me decías: -YAAAA PAAAAARAAAA- pero cada vez que te pasaba la lengua por el clítoris un nuevo estremecimiento recorría tu cuerpo.

Finalmente sentí que no podías más y sólo fue entonces cuando dejé de chuparte y dejé que mis dedos salieran de tu cuerpo. Asi comenzaste a relajarte y los espasmos se fueron alejando poco a poco hasta hacerse imperceptibles.

Y entonces me volteé hacia arriba, acostándome entre tus piernas y buscando tu boca. Me miraste sorprendida, pero no te hice caso y mis labios buscaron los tuyos, que se abrieron para recibirme. Fue un beso prolongado, dulce, sabroso. Que me trasmitía el amor que se establecía poco a poco en nuestros corazones.

Y entonces me di cuenta que todavía estaba lo suficientemente duro para penetrarte. No es que me hubiese "faltado" nada, solo que quería estar dentro de ti y apoyándome en codos y rodillas, sin dejar tu boca ni un instante, logré mi objetivo.

No estaba en mi mejor momento, pero tu estabas también tan mojada que fácilmente logré penetrarte. Sentí como te ponías rígida.

Un -Oooohhhhh- de placer fue tu respuesta. Y cuando comencé a moverme despacio apartaste la cara para verme.

-¿Más?- preguntaste.

No te respondí. Sabía que no tenía mucho fuelle y quería ver si te llevaba una vez más al paraíso y tu respuesta me dijo que si. En unos segundos volviste a ponerte rígida y sentí como alcanzabas un nuevo orgasmo suave, pero orgasmo al fin.

Quedándome entonces inmóvil acostado sobre ti, dejé que mi lanza descansara, retirándose rápidamente de tu guarida.

-No, no te vayas- me pediste. Pero no había nada que hacer, había sido un último esfuerzo heroico.

A comienzos de la noche ya no podía con mi alma. Habíamos hecho el amor en todas las formas y posiciones, en ambos cuartos, en el sofá, en el baño y siguiendo un antojo mío, parados frente a la ventana abierta, para que algún espectador impensado nos viera (siempre había soñado con hacerlo en público, pero nunca me había atrevido).

Ya la paloma casi ni se paraba y me dolía un poco, creo que la piel estaba desgastada. Y no solo la paloma, me dolían músculos que no sabía que tenía y que había tenido que usar para hacerte el amor de pié, con una pierna "pa'llá" y otra "pa'ca". En el momento nos reímos mucho, pero luego los calambres nos volvieron locos. El caso era que tardábamos tanto en llegar al orgasmo que probábamos todo lo que se nos ocurría, recuerdo algunas posiciones ricas, como por ejemplo cuando te acostaste boca abajo en el brazo del sofá. La cabeza en el asiento y las piernas colgando hacia fuera. Parado al lado del sofá, te tomé por detrás, agarrándote por las caderas. El brazo del sofá estaba a la altura perfecta, lo que me permitió una penetración tan profunda que pensé que te iba a romper algo por dentro. De hecho al principio te quejaste un poco, pero luego como siempre, la "acción" hacía que se te olvidara el dolor o simplemente tus órganos internos simplemente se reacomodaban.

Otra posición que me gustó mucho fue contigo boca arriba y tus piernas en mis hombros. Al empujar, te doblaba como un fuelle, jejeje. Además, podía verte la cara desde una distancia lo suficientemente lejos como para verla completa y lo suficientemente cerca como para apreciar los detalles, cómo te ibas poniendo roja, cómo se te inflaba la nariz por el esfuerzo, cuándo ya no podías mirarme más, sino que cerrabas los ojos y te concentrabas en el placer.

Pero siempre volvías... y yo te preguntaba -¿Otra vez?, ya no puedo más- pero siempre podía. A duras penas, pero podía.

Finalmente llegó la noche y el descanso. Dormimos profundamente.

4to. día

Cuando me desperté en la mañana, estabas ya "en funciones". A pesar de que habíamos dormido en la misma cama, no te sentí levantarte. Debo reconocer que estaba "muerto" y me dolía hasta el apellido.

Tu ya habías arreglado tus maletas y estabas ya vestida, por lo que interpreté que las 24 horas de locura ya habían pasado y, efectivamente allí estabas, con la eficiencia de siempre, organizando todo.

En toda la mañana no hablamos ni una palabra de lo que había sucedido entre los dos. Sentí que habías pasado una cortina sobre esas horas y cada vez que insinuaba algo, simplemente lo dejabas pasar.

En la sala de espera del aeropuerto me quedaba viéndote por largos períodos de tiempo, pero no me mirabas. Aunque cuando yo me sumergía en la lectura de mi libro, sentía como si tu hicieses lo mismo, es decir, verme a mi.

No era deseo lo que sentía. Te lo juro que lo había gastado todo. El remedio había funcionado, pero estaba totalmente enamorado de ti. Y sabía que ibas a regresar a tu pareja y te perdería para siempre.

En el aeropuerto, apenas tuve tiempo de despedirme propiamente; habías recibido una llamada del taxista, que ya te estaba esperando. Te vi irte y me quedé pensando que tu estrategia para que me olvidara de ti había fracasado.

En el mundo, 2017

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