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En Cámara Lenta P. 01

byInSlowMotion©

Tiendo a perderme en las cosas hermosas. Flores en el viento, aves efímeras, metales oxidados... Cuando algo es hermoso, lo veo como suspendido en la eternidad. El tiempo me da tiempo para observarlo y admirarlo. Me han dicho que es parte de ser artista.

En mi adolescencia, descubrí a la mujer. Para alguien que ve las cosas bellas con lujo de detalles, no podía existir nada más fascinante. Junto con la mujer, descubrí el amor, y algo más tarde, despertó en mí la curiosidad por el sexo.

Esta no es una historia erótica común; no esperen encontrar fantasías inverosímiles, ni sexo al por mayor, ni siquiera vulgaridad (es preferencia personal). Este es el relato real de mi primer amor, Celeste; son mis experiencias cándidas y reales de colegio y adolescencia: la primera mirada, el primer roce, la primera desnudez, los primeros orgasmos, cada pensamiento y sensación grabados en mis recuerdos. Compartiré no sólo mis anécdotas, sino también mis pensamientos e incluso mis sensaciones. Cada momento, por más inocente que parezca, será contado en detalle, para ser saboreado poco a poco, tal como lo viví yo en esos años en que cada sensación era nueva. Mi nombre es Damián, y esta es mi historia, en cámara lenta.

Nota: Los nombres de personas y lugares han sido cambiados para proteger las identidades de los involucrados.


* * *



EL RETRATO CLANDESTINO

En mi colegio era difícil guardar secretos. Uno de ellos era mi creciente afecto por Celeste, la chica que solía sentarse justo detrás de mí, y que habría de convertirse en el amor de mi vida. De alguna forma, el curso entero estaba al tanto de nuestros sentimientos... a excepción de Celeste y yo. Pero esta historia no es sobre ella.

Mi gusto por el arte, y mi naciente habilidad para dibujar, también son cosas que hubiera querido mantener en secreto, pero con una profesora de arte como la mía, se me hizo imposible. Cuando, en mi último año de enseñanza media, me dio como tarea realizar un bosquejo de un rostro humano, le entregué un sencillo retrato a lápiz de mi hermana, y su reacción fue... peculiar.

Sin mirarme o decirme palabra alguna, salió de la sala y se dirigió al cuarto adyacente. La oí cuchichear con alguien. Cuando volvió, levantó mi dibujo en el aire ante la vista de todos mis compañeros, y anunció que mi dibujo sería parte de la próxima exposición de arte de los 4tos medios. No lo pude evitar. Pasó tan rápido.

Deprimido ante la vergonzosa situación en la que me había metido (¡debí haber dibujado un simple muñeco de palitos!), no noté que mi compañera Analía venía acercándose a mí hasta que se sentó a mi lado y me saludó. Era una de las chicas que me habían hecho preguntas sexuales en años anteriores - y casi todas lo habían hecho alguna vez, ya que aparentemente mi indiferencia les divertía.

Me paralizó por un momento el ver a Analía tan de cerca, el darme cuenta de lo profundos y cristalinos que eran sus ojos, y de cómo sus pecas no hacían sino adornarlos. Era un rostro digno de ser saboreado a besos. Y sin embargo, cuando mis compañeros varones comparaban a las chicas entre sí, Analía solía estar entre las menos deseadas; ¿es que acaso nunca la habían visto realmente?

Recuerdo su belleza con mucha más claridad de lo que recuerdo nuestra conversación - algo sobre retratarla, a la salida del colegio. También recuerdo que se despidió de mí con un apretado abrazo en el que uno de sus cálidos pechos se frotó contra mi hombro. La reacción de mi pene fue instantánea. Mi mirada anhelante siguió a Analía mientras volvía a su puesto al otro lado del salón, intentando adivinar sus curvas bajo su uniforme. Esa chica acababa de cautivarme.

Comencé a pensar en lo que me esperaba al final de la jornada. Sólo sería un simple retrato, uno de tantos... pero por otro lado, iba a tener la oportunidad de mirar y admirar a Analía por el tiempo que quisiera. Capturaría para siempre el tesoro de su belleza desconocida. La conservaría en mi memoria para alimentar mi imaginación en noches solitarias.

Tal vez muchos pensarían que no valía la pena conformarse con mirar. Claro, es cierto que nada supera a los otros sentidos: oír, oler, tocar... saborear. Sin embargo, hasta entonces simplemente no se me habían ocurrido esas fantasías, y observar me parecía placer suficiente. Aún hoy podría pasarme horas contemplando el cuerpo de una mujer antes de hacer el más mínimo contacto con su piel.

* * *



Volviendo a los eventos de aquel día, no es fácil para un adolescente excitado soportar una mañana entera de clases - las fantasías aparecían más rápido de lo que podía controlarlas. Y no siempre quería controlarlas: en cada una estaba la promesa de desentrañar el misterio tras ese uniforme escolar, tras la camisa, tras el sostén. Los pechos que me tocaron eran distintos de cualquier otro que yo hubiera visto en libros de anatomía y películas; esos pechos eran de Analía; eran únicos. La volví a ver en Educación Física, sus brincos dejando entrever la blanca piel de sus caderas bajo su uniforme, el sudor en su cuello evocando la humedad de un beso, su trasero deformándose con cada salto. Rogué tantas veces para que nadie notara mi inevitable erección.

A la hora de almuerzo, mientras hacía fila junto a un par de amigos, Analía surgió desde el principio de la fila, y me hizo señas. No quise desperdiciar la oportunidad de adelantarme en la fila - y por supuesto, de saber qué tenía en mente mi compañera. No hicimos más que hablar de la comida de la cafetería y fijar nuestro punto de reunión para más tarde. Me fijé en sus expresiones faciales: energética, graciosa, hasta incluso traviesa. Al separarnos, me dejó con un húmedo beso en la mejilla, y una caricia descuidada que comenzó en mi pecho y terminó en mi ombligo. No quise tomarlo demasiado en serio; ella simplemente era así, de piel. Sin embargo, mis fantasías se desataron, imaginando que la caricia continuaba hasta más abajo, y se multiplicaba por todo mi cuerpo, imaginando que el beso se repetía una y otra vez, en lugares cada vez más íntimos y ocultos.

Siempre he tenido una poderosa imaginación, pero en ese entonces lo era aún más; las caricias imaginarias electrizaron mi piel al pasar, y los besos imaginarios avivaban el deseo que ardía entre mis piernas. En un arranque de realidad, noté que había dejado mi almuerzo a medias, y mis compañeros ya se retiraban de la cafetería, mientras yo permanecía fijo en mi asiento, con el corazón acelerado y los dedos acariciando un cuerpo imaginario. No podía seguir así.

Las clases siguientes fueron monótonas, pero me dieron tiempo para recobrar mi cordura. Dejar correr mi imaginación en el colegio, a mitad del día, estaba resultando ser una pésima idea. ¿Qué había sido capaz de nublar de tal forma mi juicio? ¿Mis hormonas adolescentes? ¿O tal vez, sólo Analía?

Al sonar la campana, me levanté con lentitud, decidido a no apresurarme demasiado a llegar al punto de reunión. Lo último que quería era dejar que Analía se diera cuenta del poder que ejercía sobre mis sentidos. Ella, sin embargo, ya me esperaba a la entrada de la sala.

"¡Damián! No se te ha olvidado nuestra cita, ¿o sí?"

"No, claro que no. ¿Te espero en el estacionamiento, o...?"

"Oh, no seas tonto, ¡vamos juntos!"

Analía tomó mi mano firmemente, y me arrastró con pasos apresurados hasta el estacionamiento del colegio. Era una estrecha calle gris y solitaria, muy distinto del resto del colegio. Los autos se agrupaban a un extremo; del otro extremo, se encontraba un taller, en donde aparentemente se almacenaban los asientos y mesas que sobraban en las salas.

"Aquí no pasa mucha gente", dijo.

"Sí, es tranquilo por aquí."

Tomamos una silla para cada uno, y nos colocamos frente a frente. Analía volvió a hipnotizarme momentáneamente al cruzar sus piernas, dejando entrever rincones secretos de sus muslos bajo su falda - sin embargo, el lugar más interesante permaneció oculto. Mientras ella se acomodaba, abrí mi bloc y di inicio al dibujo.

"Y bien, ¿cómo quieres que pose tu modelo?" preguntó, haciendo poses y caras exageradas.

"Hmm. ¿Te parece un retrato de perfil de 3/4? Podrías inclinar un poco la cabeza y..."

"Ah, no sé de qué me estás hablando. ¿Por qué no me muestras?"

Torpemente, con mis manos, incliné su rostro en la posición deseada. Su piel se sentía más suave que la seda.

"Quédate así. Y sonríe."

No hizo falta decirlo, a ella nunca le faltaba una sonrisa. Iniciamos una profunda conversación sobre nuestras vidas. Analía era más que una chica coqueta; resultó tener un interés por aprovechar la brevedad de la vida y dejar un legado trascendente. Cada momento en su vida debía ser digno de permanecer en el recuerdo, según dijo.

A medida que colocaba las líneas de su rostro sobre el papel, me iba pareciendo cada vez más cercano a la perfección.

"¿Me encuentras bonita?", preguntó de pronto.

Su pregunta fue muy abrupta. No recuerdo si le respondí. Probablemente evadí la pregunta, pensando tal vez en permanecer fiel a Celeste - al menos de palabra, ya que claramente no le había sido fiel de pensamiento. Sólo sé que mi reacción fue algo nerviosa, y no pude contestar nada que se pareciera a un "sí", pero no importó; la alegre personalidad de Analía siempre impidió que la conversación se tornara seria o incómoda.

Tenía ya delineados sus ojos y sus labios, su adorable expresión fielmente reflejada en el dibujo, cuando le escuché algo sobre el calor que sentía, y noté que sus manos acababan de desabrochar el primer botón de su camisa. Ese gesto rompió la barrera entre la fantasía y la realidad. Supe en ese momento que algo especial se avecinaba.

De todas formas, fingí no notarlo. Quería ver qué más hacía, no quería arriesgarme a detenerla. Casi sin querer, comencé a concentrarme en su pelo, en donde mis trazos se hicieron más rítmicos y suaves - de arriba hacia abajo, una y otra vez, variando el ángulo. Hasta entonces, no había notado lo mucho que el dibujo podía asemejarse a... aquello.

Levanté la vista un momento para notar que Analía ya había deshecho el segundo botón. Ya podía entrever el broche de su sostén.

"¿Te molesta?", me preguntó.

Logré murmurar un "no" indiferente. Por supuesto que no me molestaba; cada parte de su cuerpo no hacía sino deslumbrarme.

"¿Te gusta?", articuló tímidamente; "¿Quieres ver más?"

Sólo la miré a los ojos. Se le veía dudosa, casi insegura.

"Sigue, si quieres", le dije.

Analía miró a su alrededor discretamente; quedaban un par de personas hurgueteando en sus autos, pero nadie se acercaba hacia nosotros, y de todas formas ella se encontraba de espaldas a la entrada; yo era el único que podía verla desnudar su pecho; los tesoros de su piel eran sólo para mí.

Los botones de Analía siguieron abriéndose hasta su ombligo, revelando centímetro a centímetro la hermosura de su desnudez. Pecas cubrían su escote y se perdían al llegar a sus pechos. Éstos eran algo más voluminosos de lo que pensé, pero no mucho más. Su sostén era algo más grande de lo necesario. Blanco, con elaborados patrones. Dejé que mis ojos se adentraran entre ellos, intentando deducir las formas que aún permanecían ocultas, imaginando que eran mis manos las que recorrían la superficie de la tela hasta encontrar la delicada protuberancia de un pezón.

Analía simplemente observó satisfecha, en silencio. Tal vez le parecía halagador; después de todo, ella no era de aquellas que recibían cumplidos y silbidos por donde fuera. Quién sabe - tal vez ella intuía que yo estaba entre los pocos que apreciaban su especial belleza.

"No se te ocurra poner esto en el dibujo", bromeó, apuntando a su piel expuesta. "¿A ver el dibujo?"

Dudé en mostrárselo; desde hacía ya varios minutos, me había visto obligado a usar el bloc de dibujo para ocultar mi miembro, duro e hinchado.

"Oye, Damián... ¿Qué te produce esto?", preguntó Analía, ante mi hesitación.

"Me... bueno, me fascina lo que veo". Debí haber tardado un siglo en pronunciar esas palabras.

"¿Te excita? ¿Te pone duro?". Ah, Analía, tan directa como siempre. "Ya pues, muéstrame el dibujo, quiero ver cómo está quedando."

"Hmm... Cuando esté listo."

"Ay, Damián, quiero verlo ahora..."

Permanecí firme. No podía dejar que notara mi erección.

"¿Hay algo que yo pueda hacer para convencerte de que me lo muestres?"

Analía sabía manipularme.

"Es posible, pero no creo que lo vayas a hacer" le contesté.

"¿Pero qué te gustaría que hiciera?" preguntó, deslizando sus dedos por su escote.

"Tú sabes lo que quiero."

"No, no sé" musitó con fingida inocencia.

"¿Es necesario que lo diga?"

"Si no me lo dices no voy a saber qué quieres que haga..."

"Ya mostraste mucho de ti. No creo que quieras mostrar más."

Analía suspiró, algo hastiada. Cerró su camisa, aunque sin volver a abotonarla.

"Damián... Yo vivo con tres hermanos y una hermana. Nos vestimos juntos, nos bañamos juntos en la piscina desde que éramos chicos, y estamos acostumbrados."

Hizo una pausa para permitirme digerir lo que me acababa de decir.

"¿Lo ves?" continuó. "No soy reservada con mi cuerpo como crees. Claro está, no voy a dejar que cualquier persona lo toque... Pero verlo es distinto. Tú eres artista, yo sé que lo vas a encontrar bello."

Asentí. Analía era bastante convincente.

"¿Entonces, Damián?" preguntó. "¿Me vas a mostrar cómo vas con el dibujo?"

"Está bien."

"¿Y qué quieres a cambio?"

Lo pensé por un momento. Nunca había pensado que le diría algo así a una chica. Sin embargo, lo dije.

"Quítate el sostén."

Analía me guiñó el ojo. Estaba dispuesta.

"Muestra tú primero."

Se lo mostré, y mi excitación quedó en evidencia. Crucé mis piernas, pero el bulto seguía siendo visible en mis delgados pantalones de uniforme escolar. Analía, algo cohibida, enfocó sus ojos en el dibujo, aunque desviando su mirada hacia mí un par de veces; lo había notado, era obvio.

"Vas... bien", murmuró con una sonrisa tímida.

Me faltaba aún establecer las sombras. Las sombras le dan volumen e identidad a un rostro; sin ellas, muchos rostros son irreconocibles. Sin embargo, mis ojos se seguían alejando del rostro de Analía y se deslizaban por la abertura de su camisa. Analía lo notaba, era evidente, y acariciaba su piel por donde mis ojos pasaban. Cuando me volví hacia el dibujo y comencé a sombrear su frente, la vi lanzar una mirada hacia atrás para cerciorarse de que no hubiera nadie cerca.

"Es mi turno", me dijo. "Atento."

En un abrir y cerrar de ojos, Analía volvió a mirar hacia atrás, levantó su sostén, y volvió a ponerlo en su lugar. Logré capturar el momento: la blanca piel emergiendo de entre las telas, la leve sacudida de los pechos al ser desvelados tan bruscamente, los diminutos pezones levantados hacia mí. En esa fracción de segundo, mi mirada se llenó de Analía, de su piel pálida, irregular y tangible, de su sonrisa cómplice y su alma traviesa.

"Ya es tarde", anunció de pronto, ya abotonándose la camisa, "Me dio frío. ¿Vámonos?"

"Aún no termino el dibujo, me falta poco." Aún no terminaba de devorarla con mi mirada.

"¿A ver? Ah, pero puedes terminar eso más tarde, no me necesitas."

"Sí, supongo."

Sin esperar respuesta, Analía se puso un suéter, concluyendo para siempre nuestros jugueteos. Caminamos juntos hacia el autobús.

"Y bien, ¿te gustó?", me preguntó.

Me limité a sonreír.

"Me da un poquito de vergüenza lo que hice... Pero estuvo bien, ¿cierto?"

"Creo que sí, aunque realmente no me lo esperaba. ¿Por qué lo hiciste?"

"¿Por amor al arte?" rió. "No sé, en realidad. Pero fue divertido verte así, ver... lo que yo te causaba." Analía bajó la mirada, ocultando una risita nerviosa.

Prometí terminar el dibujo en base a los bosquejos de hoy. No volvimos a mencionar sus provocaciones, pero no dejamos de intercambiar miradas cómplices hasta que nos despedimos.

* * *



Llegué a casa colmado de deseo. Creo que no había nadie más en casa, pero no estoy seguro. Dejé mis materiales de dibujo a un lado, me deshice de mis pantalones, y me recosté en mi cama, dispuesto a satisfacer la excitación que había acumulado durante el día, y especialmente durante el viaje a casa. En mi imaginación, el recuerdo de la voz de Analía diciendo "¿Quieres ver más?" se transformaba en "¿Quieres tocar más?", y eventualmente en suspiros de placer. Ahora podía imaginarla completamente desnuda. Abrí mi camisa y bajé mis calzoncillos, al mismo tiempo que la Analía de mis fantasías se desnudaba por completo. La punta de mi pene resplandecía de humedad, testimonio de las interminables horas de excitación que había soportado hoy.

La vi encima de mí, más cerca que nunca, mi mente ampliando sus sensuales facciones, simulando su respiración, recordando su calor. Mi mano, al primer empujón, se convirtió en la ardiente intimidad de Analía, deslizándose a lo largo de mi pene hasta envolverlo. No pude esperar ni un minuto más. Mi Analía imaginaria desató su pasión, acariciando mi miembro de arriba hacia abajo tan rápido como era posible. Suspiré profundamente imaginando su respiración agitándose. Acaricié mi torso expuesto, como lo haría ella, con manos suaves y sedosas, con curvas juguetonas y exploradoras, con uñas y dedos. La visualicé subiendo y bajando por mi cuerpo, apegándose cada vez más a mí, confiándome poco a poco el peso de su hermosura, hasta que nuestros cuerpos quedaron frotándose el uno al otro por completo, de los hombros a las caderas, de los muslos a los pies. Finalmente logré sentir sus pechos, reproducciones exactas de los que vi esa tarde, pequeños y turgentes; los sentí apretados con fuerza contra mi pecho desnudo, sentí sus pezones endurecidos trazando caminos de arriba hacia abajo, rozando de vez en cuando los míos; los sentí calientes, vivos y reales, y no aguanté más.

Sentí mi pene inflarse entre mis dedos por un segundo, como un globo a punto de reventar, para enseguida liberar un prolongado torrente. No pude evitar cerrar los ojos y gemir cuando la oleada de placer sacudió mi cuerpo e incluso mi cama entera. Necesitaba esto, pensé aliviado, lo necesitaba tanto. Las contracciones que le siguieron fueron tan violentas, desorientadoras, y tan explosivas como la anterior. Sin embargo, por más que deseaba perderme en las sensaciones, algo en mí me hizo abrir los ojos, y entre un espasmo y otro, noté algo desastroso: mi dibujo había quedado manchado de semen, y gruesas gotas estaban trazando surcos a lo largo de mi último bosquejo.

Mi primera reacción fue levantarme al instante de la cama en busca del rollo de papel higiénico que guardo en mi escritorio; lamentablemente, mis rodillas me traicionaron, temblorosas y débiles por aquel orgasmo que no se detenía, y caí al suelo, presa de una convulsión tras otra. No intenté volver a levantarme, no me sentía capaz; sólo permanecí allí en el suelo, masturbándome furiosamente, un amasijo de piel temblorosa y suspirante, salpicando el suelo con gotas blancas. Una parte distante de mí lamentó la pérdida del dibujo, mientras el resto de mi se rendía ante los estertores del orgasmo más intenso de mi breve existencia.

La frialdad del suelo me devolvió a la realidad. De a poco, me fui reencontrando con mis sentidos. El aire olía a sexo y sudor. Tomé conciencia de mi flácido pene descansando sobre el semen derramado. Mi mano derecha, ya sin fuerzas, también se encontraba cubierta del húmedo líquido. Me sentía algo... sucio.

Parecía difícil creer lo que acababa de hacer. Hasta ese día, yo nunca me había consideraba una persona muy sexual, al menos no de la forma en que parecían serlo mis compañeros. Abandonar toda seriedad y dejarme dominar por mis deseos era algo nuevo para mí. También lo era fantasear con otra mujer; casi siempre era Celeste a quien imaginaba conmigo. Pero, por otro lado, ¿acaso no es común experimentar dudas y vergüenza tras un arranque de pasión? La única diferencia era que el mío había sido... a solas.

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