tagExibicionista & VoyeurEn Cámara Lenta P. 02

En Cámara Lenta P. 02

byInSlowMotion©

Tiendo a perderme en las cosas hermosas. Flores en el viento, aves efímeras, metales oxidados... Cuando algo es hermoso, lo veo como suspendido en la eternidad. El tiempo me da tiempo para observarlo y admirarlo. Me han dicho que es parte de ser artista.

En mi adolescencia, descubrí a la mujer. Para alguien que ve las cosas bellas con lujo de detalles, no podía existir nada más fascinante. Junto con la mujer, descubrí el amor, y algo más tarde, despertó en mí la curiosidad por el sexo.

Esta no es una historia erótica común; no esperen encontrar fantasías inverosímiles, ni sexo al por mayor, ni siquiera vulgaridad (es preferencia personal). Este es el relato real de mi primer amor, Celeste; son mis experiencias cándidas y reales de colegio y adolescencia: la primera mirada, el primer roce, la primera desnudez, los primeros orgasmos, cada pensamiento y sensación grabados en mis recuerdos. Compartiré no sólo mis anécdotas, sino también mis pensamientos e incluso mis sensaciones. Cada momento, por más inocente que parezca, será contado en detalle, para ser saboreado poco a poco, tal como lo viví yo en esos años en que cada sensación era nueva. Mi nombre es Damián, y esta es mi historia, en cámara lenta.

Nota: Los nombres de personas y lugares han sido cambiados para proteger las identidades de los involucrados.


* * *



EL SECRETO DE CELESTE

A Celeste y a mi nos gustaba reunirnos en la colina más alta de la ciudad, y ver caer el atardecer sobre los diminutos edificios.

"Qué lindo." murmuró, apoyando su cabeza sobre mi hombro.

No supe qué hacer al respecto.

"Damián," me dijo, "¿sabes qué día es hoy?"

"¿Miércoles?" bromeé, ante la expresión indignada de Celeste. "Si sé qué día es... Hoy se cumple un año desde que nos hablamos por primera vez."

Celeste y yo habíamos sido inseparables desde ese día, e incluso celebrábamos pequeños "aniversarios" el día 10 de cada mes.

"¡Sííí!" exclamó con su adorable vocecita de ratón, acomodándose nuevamente en mi hombro.

"Oye. Tal vez ya te diste cuenta, pero... te amo."

Se lo dije sin preámbulos ni ceremonias, con la simplicidad y candidez que siempre habíamos compartido.

"Ya sé." contestó Celeste, inmutable. La sentí suspirar.

"Celeste... ¿Quieres... ser mi novia?"

Celeste bajó la mirada, con una gran sonrisa en sus labios.

"Ya era hora de que preguntaras..."

Tras decir eso, me miró a los ojos y me besó por primera vez.

* * *



Tardamos un año en pasar de desconocidos a novios, siendo que muchas parejas no se toman ni una semana. ¿Personalmente? No lo hubiese cambiado por nada. Fue perfecto, idílico, el conquistarla tan de a poco, paso a paso, día a día. Teníamos poco en común, pero ella era mi mujer ideal, tal como la soñaba incluso antes de conocerla. Podía contemplarla por horas cuando se sentaba junto a alguna ventana y se perdía en sus pensamientos. Adoraba su actitud ante la vida, una perfecta y sensata neutralidad. Sin embargo, su lado romántico era desde lejos lo más hermoso que guardaba en su pequeño cuerpo de chica tímida. Me llamaba "mi amor", pronunciando cada palabra con sentimiento; me abrazaba por horas enteras, y yo a ella; me besaba como si no quisiera dejarme ir jamás.

Un lector atento notará que "algo" faltaba en tan maravillosa relación. En efecto, nada de lo que hacíamos juntos tenía el más mínimo tinte sexual. La idea del sexo parecía muy distante. Cualquiera diría que la idea del impulso carnal era totalmente ajena a nosotros. En realidad, nunca lo hablamos, pero creo que ambos intentábamos no "contaminar" nuestra perfecta relación, al menos no hasta el momento indicado. Parecíamos creer que la magia de una luna de miel activaría mágicamente nuestras pasiones, hasta ese día dormidas.

Para ser sincero, mis pasiones estaban muy despiertas. Cada vez que me abrazaba, el sentir su cuerpo tan cerca me producía una reacción inevitable, y me veía obligado a adoptar posiciones incómodas para que Celeste no la notara. Sus besos me enloquecían, y soñaba con sentirlos en todo mi cuerpo. Pasé muchas noches calmando en solitario las ansias que me ella me provocaba, y fantaseando con desvelar el misterio de su piel, de la que hasta ahora no había visto sino cabeza, cuello y manos. Mi imaginación no siempre lograba desnudarla del todo, pero mis dedos podían deslizarse allí donde mi mirada no alcanzaba a llegar.

Lamentablemente, no siempre me era posible dar rienda suelta a mis fantasías. En ocasiones, visitaba a Celeste a la casa de sus padres, y nos quedábamos charlando o jugando juegos de mesa hasta altas horas de la noche. Ella vivía lejos, por lo que pasada cierta hora, ya no me era posible coger el metro de regreso a casa, y la única opción era quedarme a dormir allí, en su casa... y en su cama.

* * *



Descubrí su secreto un día de aquellos, luego de una tarde en el mall y una noche de ver televisión con su familia.

"Te extraño mucho cuando no duermes conmigo." fue lo primero que me dijo cuando entré bajo las sábanas y la abracé.

Contemplé su rostro y acaricié sus mejillas. Sus ojos eran más grandes de lo ideal; sus facciones, más redondeadas; su nariz, más gruesa; pero su rostro era el más bello de todos. Pasé mi dedo por sus labios, con los ojos cerrados, redescubriéndolos.

"A mí me cuesta creerlo. No sé qué hago en la cama de una mujer tan hermosa" le dije.

De immediato me besó con fuerza, sujetando mi cabeza con sus manos para que no fuera a huir. Lo hacía cada vez que se quedaba sin palabras. Vencí su resistencia y aprisioné su pecho bajo el mío, sus labios bajo los míos, disfrutando el placer de sentirla tan cerca. Me gustaba tenerla a mi merced, poder detener mis besos y saber que ella pediría más y buscaría mis labios en donde fuera que los escondiese.

Me gustaba jugar con su labio inferior. Una vez que lo atrapaba entre los míos, deslizaba mi lengua suavemente de un extremo al otro, manteniendo mi boca levemente abierta. Otras veces nos dábamos casi besos; acercábamos nuestros labios lo más posible sin tocarlos, y con movimientos muy lentos y coordinados, simulábamos un apasionado beso. Nuestros labios sólo se rozaban por casualidad. Aún más tentadores eran nuestros duelos. Estando frente a frente, lo más cerca posible, con nuestros labios entreabiertos, nos dedicábamos a lanzarnos pequeños roces y lengüetazos, hasta que el perdedor perdía la paciencia y le daba al ganador un beso de verdad.

Pero ese día había más que besar. Eran mediados de primavera, y Celeste ya no dormía sino con una camiseta y pantalones de pijama. Libre de los cuellos de tortuga de meses anteriores, su cuello se hallaba completamente expuesto.

"¿Me dejas besarte allí?", le pregunté.

No esperé respuesta. Fui en busca del ese nuevo territorio, desviando mis besos por la comisura de los labios de Celeste, las mejillas, el borde inferior de su oído, para luego hacerlos descender lentamente por su cuello. Celeste respondió con suspiros breves y entrecortados. Nunca antes se había puesto así. ¿Sería posible que mis besos hubieran despertado en su interior los mismos deseos que ella me provocaba a mí?

Dejé de lado esa idea, incapaz de creerlo, y continué mimando su cuello. Con cada beso, mi mente hiperactiva absorbía trillones de sensaciones deliciosas y memorizaba para siempre la piel de mi amada. Me aseguré de que cada beso fuera distinto, desde roces más leves que el más suave cosquilleo, hasta largas caricias de mis labios abiertos, e incluso algunos en que mi lengua hacía una rápida aparición, recogiendo el sabor, el perfume y el sudor de mi novia.

Una vez que llegué a la base de su cuello, su camiseta me impidió proseguir, por lo que simplemente me retiré y le ofrecí un último beso en los labios. La noté ruborizada, con los ojos abiertos de par en par y sus labios brillando de humedad; temí que no le hubiera gustado. Me limité a desearle buenas noches, apagar la luz y acomodarme en mi lado de la cama.

"Buenas noches, mi amor" fue lo último que le oí decir.

* * *



No había logrado aún dormir cuando me sobresaltó un chasquido, como el de un elástico volviendo a su lugar, como el de ropa interior desplazada. En seguida oí el sonido de tela deslizándose contra piel, muy lentamente. Los movimientos de Celeste eran apenas perceptibles. Yo no moví un solo músculo. Mi mano, apoyada en su hombro izquierdo, me informaba de sus sutiles ajetreos. Eventualmente Celeste logró zafarse de aquello, y se acomodó en una posición bastante peculiar, con la pierna derecha levantada y la otra recostada. Oí uñas deslizándose paulatinamente sobre piel desnuda, atravesando tela, y terminando su camino en algún lugar entre las piernas abiertas de Celeste.

Contuve mi respiración, a la espera de nuevos movimientos. Mis ojos no veían, pero en mi mente estaba ella en el mismo pijama de siempre, con las piernas abiertas y una mano escondida en su entrepierna. No... No podía ser eso, ¿o sí? Mi Celeste no hacía esas cosas...

Durante la siguiente eternidad, sólo percibí la respiración profunda y controlada de Celeste, una respiración distinta de lo normal, como cargada con un frenesí desconocido. Finalmente, cuando pensaba que no lograría sentir nada, noté que la cama temblaba ligeramente, con un ritmo constante, acompañada de la fricción de unos dedos aventureros sobre una superficie húmeda. Celeste realmente estaba masturbándose. Ni siquiera yo habría podido imaginarlo alguna vez, y el que lo estuviese haciendo junto a mí llevaba mi deseo a límites insospechados. Mi pene era acero ardiente latiendo en mis pantalones. Una gota de humedad delataba mi excitación. Me invadieron ganas incontenibles de tocarme, como ella lo hacía, y compartir sus deleites privados...

Fui testigo de una creciente progresión de maravillas. El placer con frecuencia sobrepasaba a Celeste, y por momentos, sus caderas no podían evitar ir al encuentro de sus dedos, meciendo el colchón con sacudidas rítmicas. Le tomaba unos segundos a mi novia darse cuenta y cesar sus movimientos por temor a despertarme. A medida que Celeste aumentaba su ritmo, ocurría cada vez más seguido que se le olvidaba respirar; a esto le seguía el "ah-ah-ah-ahhh" tembloroso de su voz recuperando el aliento al mismo tiempo que intentaba mantenerse silenciosa. En ocasiones, Celeste retiraba los dedos de su intimidad, y los llevaba a su boca, renovando su humedad. El recorrido de sus dedos de ida y vuelta esparcía en el aire un olor muy sutil, pero absolutamente embriagador, que me hacía desear seguirlo hasta su fuente y devorar todo rastro del dulce néctar. Celeste se esforzó en todo momento por permanecer discreta, pero de a poco, el placer fue debilitando sus inhibiciones.

Su hombro izquierdo, nunca separándose de mi mano, delató su acto más atrevido, cuando su mano izquierda emprendió el camino desde sus caderas, pasando bajo su camiseta y desplazando su sostén. Sentí sus músculos tensarse y relajarse una y otra vez, adivinando su mano sobre uno de sus pechos, apretándolo con fuerza desde la base hasta la cúspide, torciendo levemente su pezón como buscando meticulosamente el ángulo preciso, el punto exacto-

De pronto, sentí cerrarse sus piernas de golpe y su cuerpo se hizo rígido. Supe entonces que un poderoso orgasmo estaba remeciendo a mi amada. Tensando cada músculo de su cuerpo, Celeste se esforzó por contener una convulsión tras otra, pero no fue suficiente. Se detuvo el tiempo mientras yo estudiaba cada estertor de Celeste, siguiendo sus olas de placer con cada uno de mis sentidos. Las sentí nacer una por una una, desde su explosión en el punto de encuentro de su sexo y sus dedos, oculto bajo el calor de sus ropas, hasta el eco que repercutía en cada extremo de su cuerpo, por un lado en sus hombros, proyectados hacia adelante, y por otro lado en los dedos de sus pies, que se aferraban a la sábana.

Poco pudo hacer Celeste para ocultar su clímax; si no hubiera estado despierto ya, sin duda las sacudidas me hubieran despertado.

Le tomó varios minutos recobrar el aliento, con suspiros lentos y pausados. Sus dedos emergieron poco a poco desde los rincones más preciados de su cuerpo, se volvió hacia mí, y finalmente, su mano derecha, principal responsable de ese orgasmo, se abrió camino hacia mi espalda, y me abrazó con fuerza. Sus caderas se me acercaron hasta que el calor que aún emanaba desde entre su sexo llegó a tocar el mío. Permanecí tan quieto como una estatua, incapaz de arruinar tan especial ocasión, pero por dentro mi cuerpo reaccionaba al de Celeste como fuego ante el aceite. Celeste, mi Celeste, el objeto de mi más puro amor, era en ese instante también la fuente de mis deseos más intensos. Habría podido jurar que una sola caricia suya en el lugar indicado era capaz de hacerme acabar al instante, y me pareció un verdadero suplicio el tener que mantener a Celeste inconsciente del efecto que ella había tenido en mí. Sin embargo, permanecí firme en mi papel de pacífico durmiente. Celeste tenía el sueño ligero; hubiera sido demasiado arriesgado intentar cualquier cosa. Es por eso que simplemente me esforcé en soportar el llamado de mi deseo mientras mi novia se entregaba al sopor. Por más que se repitieron las escenas de esa noche en mis pensamientos, fui estoico y no hice movimiento alguno que pudiera delatarme. Y lo fui por una sola razón: para que esa noche pudiera volver a repetirse.

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