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En Cámara Lenta P. 03

byInSlowMotion©

Tiendo a perderme en las cosas hermosas. Flores en el viento, aves efímeras, metales oxidados... Cuando algo es hermoso, lo veo como suspendido en la eternidad. El tiempo me da tiempo para observarlo y admirarlo. Me han dicho que es parte de ser artista.

En mi adolescencia, descubrí a la mujer. Para alguien que ve las cosas bellas con lujo de detalles, no podía existir nada más fascinante. Junto con la mujer, descubrí el amor, y algo más tarde, despertó en mí la curiosidad por el sexo.

Esta no es una historia erótica común; no esperen encontrar fantasías inverosímiles, ni sexo al por mayor, ni siquiera vulgaridad (es preferencia personal). Este es el relato real de mi primer amor, Celeste; son mis experiencias cándidas y reales de colegio y adolescencia: la primera mirada, el primer roce, la primera desnudez, los primeros orgasmos, cada pensamiento y sensación grabados en mis recuerdos. Compartiré no sólo mis anécdotas, sino también mis pensamientos e incluso mis sensaciones. Cada momento, por más inocente que parezca, será contado en detalle, para ser saboreado poco a poco, tal como lo viví yo en esos años en que cada sensación era nueva. Mi nombre es Damián, y esta es mi historia, en cámara lenta.

Nota: Los nombres de personas y lugares han sido cambiados para proteger las identidades de los involucrados.


* * *



CON LA ROPA PUESTA

"Me encantan tus besos, amor mío."

Habían sido varios minutos, tal vez casi media hora, de recorrer cada centímetro del cuello de mi Celeste con mis labios. En cada rincón iba dejando un beso único y dedicado especialmente a ese punto de su piel. Ya conocía ese cuello de memoria. Podía recorrerlo con los ojos de mi imaginación donde y cuando quisiera.

Sabía además cómo provocar a Celeste: un trazo húmedo de mi lengua, seguido por la brisa fresca de mi respiración, alternado con cientos de breves pellizcos de mis labios. Esa ere la fórmula para provocarle suspiros tan profundos que se sentían correr a lo largo de todo su cuerpo. Sabía, además, medirme, dejar lo mejor para el final. Siempre comenzaba con caricias superficiales e inocentes, mi lengua involucrándose lo mínimo necesario para mantenerla expectante, hasta que su paciencia llegaba a su límite, y sus manos acariciaban mi nuca pidiendo ese beso especial.

Conocía a Celeste más que nunca desde esa noche en que descubrí su secreto. Estaba seguro de que había dado con la técnica perfecta para hacerla arder de deseo como aquella vez. Cuando me quedaba a dormir en su casa, con frecuencia terminaba agasajando a Celeste con mis besos hasta sentirla ardiente e impaciente, y luego del "buenas noches", me quedaba despierto y vigilante hasta altas horas de la noche, para ver si Celeste volvía a entregarse a sus ansias.

Lamentablemente, nunca volvió a ocurrir. Simplemente se quedaba dormida, abrazando mi cuerpo. Estaba comenzando a perder la esperanza de que mi novia fuera tan caliente como yo. Tal vez no era costumbre para ella masturbarse, tal vez estaba arrepentida de haberse dejado llevar aquella vez, tal vez no le había gustado. Y si era así... mucho menos querría hacerlo alguna vez conmigo.

* * *



Aparte de los besos en su cuello, que ya no daban resultado, se me había hecho costumbre darle a Celeste un masaje en la espalda de vez en cuando. Dependiendo de mi suerte, habían ocasiones en que debía limitarme a hacerlo por sobre su camiseta, otras en que podía hacerlo por debajo, en contacto directo con su piel, y unas pocas en que Celeste incluso desabrochaba su sostén para mí, permitiéndome sentir toda la suavidad de su piel en mis manos. Esa noche, no lo hizo; sin embargo, no fue impedimento para se convirtiera en otra ocasión inolvidable.

El primer toque de mis manos seimpre era cuidadoso, con las puntas de los dedos - los toques leves le daban cosquillas a Celeste, pero yo simplemente no podía hacerlo de otra forma. Su cuerpo era un tesoro de la naturaleza y sentía que debía tratarlo como tal. Recorrer su cuerpo y llenar mis manos enteras con su piel era un deleite sagrado, y más aún lo era ver su rostro sereno mientras mis manos amasaban sus curvas.

No obstante, debo confesar que la sensación de su piel rindiéndose ante mis manos me producía más que ternura. Me aceleraba el corazón, me daba escalofríos en las manos, despertaba rincones vergonzosos de mi imaginación, y estimulaba ciertos otros rincones de mi cuerpo. Nunca estuve seguro de si era correcto o no experimentar esas sensaciones ante un acto aparentemente inocente, pero es que el tener mis manos sobre un cuerpo de mujer, escultura viviente de la perfección, era más de lo que podía resistir.

Una vez que me acostumbraba a las sensaciones, mis masajes siempre eran lentos y pausados, a tal punto que Celeste siempre se dormía antes de que yo pudiera terminar. Esa noche, sin embargo, fue diferente. Tuve tiempo de recorrer varias veces cada rincón de su espalda, y pese a lo detallista y minucioso de mis caricias, ella permaneció despierta. Al dar por terminado el masaje, se volteó hacia mí. Quedamos frente a frente en la cama. Me ofreció una mirada anhelante... y me besó apasionadamente.

Cerré los ojos y me dispuse a disfrutar sus labios el mayor tiempo posible, antes de que se volvieran a separar de los míos. Sin embargo, noté prontamente que éste no era de aquellos besos con fecha de expiración. Al intentar alejarme de su boca, la suya me siguió, y sus brazos me tomaron prisionero. Celeste no quería dejarme escapar.

El beso tenía el ímpetu de un incendio descontrolado; sin importar si lo alimentaba, o si intentaba combatirlo, cada gesto lo hacía más intenso y más tormentoso. Su lengua no dudó en hundirse en lo más profundo de mi boca buscando la mía y sacándola de su escondite. Sus caricias eran temblorosas y a la vez enérgicas; sus movimientos parecían querer traspasar mi piel y mis huesos; sus pechos -grandes y abundantes, a pesar de las apariencias- se oprimían contra mi pecho con tal fuerza que los latidos de mi corazón retumbaban en ellos.

"Dime si quieres que me detenga" me dijo, interrumpiendo el beso sólo por un segundo. Luego, volvió al ataque.

Nunca había visto a Celeste así, tan... cariñosa. Me esforcé en retribuir sus efusivas caricias, pero al mismo tiempo, intenté mantener una distancia segura. Mi entrepierna ocultaba una dureza secreta, indeseada, y no podía permitir que Celeste la notara. Por más que hubiera querido hundirme en las sensaciones, no dejaba de hacerme preguntas. ¿Acaso era sólo un beso más, un poco más afectuoso de lo normal? ¿O acaso me estaba demostrando los mismos deseos irrefrenables que yo constantemente trataba de ocultar?

Mi corazón se detuvo cuando, en un intento por acercarse más a mí, una de sus piernas se abrió espacio entre las mías, y se apoyó de lleno en mi erección.

Me había descubierto. Ya no cabía duda. Ya no podía negarlo. La deseaba, y ahora ella lo sabía.

"Estás..." murmuró Celeste, nunca atreviéndose a completar la frase.

Más avergonzado que nunca, me alejé bruscamente. ¿Cómo explicarle que, por más que lo había intentado, no había podido controlarme?

"Perdón", me limité a decir. "No es lo que tú crees."

"No, no importa", repitió varias veces, "no importa. Está bien."

"Pero..."

"Me amas, ¿o no?"

Tuve un largo momento de indecisión. Estuve a punto de intentar huir. Sin embargo, terminé por decir, sin mucho convencimiento:

"Es normal que sienta esto por mi novia, ¿no?"

Celeste asintió.

"Te amo" me susurró. Era lo que siempre decía cuando no se le ocurría nada más con qué llenar el silencio.

Volví a envolverla con mis brazos, lentamente, y casi sin querer, hice ademán de empujarla hacia mí, y ella volvió a mi encuentro.

Esta vez, lo esperaba. Estaba preparado; mis sentidos, atentos; mi cuerpo, anhelante. Sentí el calor de su cuerpo abrigándome al aproximarse. Oí el ruido del botón de mi pantalón encontrándose con el cierre del suyo, y supe que estábamos más cerca que nunca, el núcleo de mi deseo topando directamente con el suyo, separados sólo por un par de centímetros de tela. La sensación fue dulce, reconfortante, mezcla imposible de serenidad e impaciencia. Oí su respiración y la mía, irregulares y entrecortadas. Oí el desliz de sus dedos en mi espalda, el áspero roce de su jeans contra el mío. Y absolutamente nada más - en el silencio de la noche, sólo existíamos nosotros.

Nos miramos a los ojos. Su mirada era la misma que esa noche en que yo había despertado sus pasiones. Ella realmente me deseaba, de la misma forma que yo a ella.

La besé tímidamente antes de que tuviera oportunidad de arrepentirse, y en un instante volvió a encenderse la pasión en nuestros besos. Poco a poco nuestros cuerpos se unieron a la danza de nuestras lenguas, subiendo y bajando al unísono, guiados por algún instinto primigenio. Quise preguntarle qué quería, qué deseaba, qué tenía que hacer, pero no hizo falta una sola palabra. En el fondo, comprendí que nuestros cuerpos ya actuaban por voluntad propia, y que ninguno de nosotros sabía realmente lo que quería. Simplemente nos queríamos el uno al otro.

El muslo de Celeste no dejó ni por un segundo de frotarme allí donde tanto lo necesitaba. Y Celeste necesitaba lo mismo. Entre nuestros movimientos, la sentí apartar brevemente sus rodillas, para que mi pierna aprovechara de deslizarse entre las suyas. Me acerqué con cuidado hasta presionar firmemente mi muslo contra su hendidura. Celeste detuvo sus besos, y cada uno de sus movimientos, para poder sentirme tocándola por primera vez en su punto más sensible.

Y -ahh- qué deliciosa sensación. Podía sentir los surcos de su pantalón, la calidez de su entrepierna, y el latido de su sexo inflamado; podía sentir a Celeste, viva, real y tan deseosa como yo. La dulce Celeste, mi ángel inocente, mi princesa de cuento de hadas, tenía un lado erótico después de todo, y me lo demostraba con la misma ternura de siempre.

Aparté mi rostro lo suficiente para sururrarle "te amo". Luego, me apresuré en devolverle cada beso y cada caricia. Tenía el deber de demostrarle que ella aún era mi princesa y mi ideal. La besé y acaricié su rostro con amor, y también con pasión. Y en un intento de calmar su deseo, comencé a frotar mi pierna sobre su sexo suavemente, como ella me lo hacía a mí.

"No, así no" reaccionó Celeste.

La estaba frotando de lado a lado - error de principiante. Su mano se posó en mi muslo, y me indicó que me moviera de adelante hacia atrás. Al hacerlo, sorpresa: Celeste me abrazó al instante y entregó a mi boca su lengua entera. Le gustaba así. Realmente le gustaba.

Aproveché de deslizar mis manos por su espalda, empujándola suavemente contra mi cuerpo. Nuestras lenguas unidas dictaban el movimiento de nuestros cuerpos, el roce leve de nuestras caderas. Llevado por el deseo, comencé a empujar contra la pierna de Celeste al ritmo de sus caricias, ahora sin miedo de dejarle notar las pruebas de mi excitación. Ella a su vez no dudaba en empujar con más fuerza contra mi pierna, como intentando traspasar la ropa que nos separaba.

El breve, casi imperceptible "mhmm" de Celeste me sacó de mis pensamientos. Un gemido de placer, un auténtico gemido de placer. La voz de Celeste estaba delatando nuestro íntimo acto. La sentí separarse brevemente de mis labios y respirar hondo, tal vez en un intento por controlarse y ser más discreta. Aproveché la ocasión para tomarla de la cintura y redoblar los roces de mi muslo contra su entrepierna. De menos a más, cada vez más y más... Era casi un juego para mí; no podía dejar que se controlara, necesitaba hacerla sentir sobrepasada de sensaciones. Celeste intentó brevemente hacer lo mismo conmigo, pero resultó ser incapaz de concentrarse en ambas cosas, y eligió dejarse llevar por el placer que yo le entregaba. No me importó que ella dejara de estimularme; sólo quería hacerle sentir cosas, contemplar todas aquellas nuevas reacciones de su cuerpo, y eventualmente, si todo salía bien, tal vez provocarle la más intensa de todas.

Sentí sus besos húmedos y temblorosos progresar por mi mejilla hasta intentar llegar mi cuello. Experimenté con distintos roces, distintos ritmos, distintas direcciones, y de vez en cuando alguno dejaba a Celeste sin aliento; sus manos se aferraban a mi espalda, sus labios quedaban inmóviles sobre mi piel, y la sentía exhalar un profundo suspiro a pocos milímetros de mi oído. A medida que Celeste perdía sus inhibiciones, pasó a ser ella quien, con sus caderas, dictaba el ritmo de nuestro vaivén, mientras yo solamente me limitaba a mantener mi pierna firmemente apegada a su sexo. Ya no era yo quien la estimulaba a ella, sino ella quien se daba placer conmigo - y pese a estar completamente vestidos, pese a la oscuridad de la noche y pese a nuestra inexperiencia, el sentir a Celeste entregándose a su deseo era lo más excitante en el universo entero.

Intentando sentirla más, descubrirla más, deslicé mis manos bajo su camiseta, y rocé la tela de su sostén. Allí estaban, las dos curvas que completaban tan bien su figura, y algo me decía que era el momento perfecto para conocerlas más de cerca. Y así era: Celeste, sin dejar de mecer sus caderas, insertó una mano por el collar de su camisa, y levantó su sostén con un solo gesto. Tardé unos segundos en reponerme de mi asombro. Celeste deseaba mis manos en sus pechos, y me había dejado el camino libre. Casi no podía creerlo.

Mis dedos se posaron como mariposas, sin hacer presión alguna, en cinco puntos a lo largo del contorno de su seno. Nunca había tocado nada tan suave, tan delicado, tan sensible a mi tacto. Comencé un recorrido pausado y paciente, dispuesto a conocer cada rincó-

Ohh.

Celeste había puesto fin a mis planes. Su mano impaciente empujó la mía de lleno contra ella, y lo sentí... todo. Piel flexible, cálida y turgente, adaptándose a la forma de mi mano y llenándola por completo. En la palma de mi mano, se refugiaba un pezón endurecido. Nuestras formas calzaban a la perfección.

Celeste movió mi mano en círculos sobre su seno, abriendo y cerrando mis dedos con los suyos. Su piel respondió a cada movimiento, su pezón me acarició, y sentí el sexo de Celeste presionarse con más fuerza sobre mi pierna. Realmente le gustaba. Me fijé en su rostro: ojos bien cerrados, labios entreabiertos, expresión perdida en un trance que se hacía más profundo con cada caricia mía en sus pechos, cada apretón, y con cada roce de mi pierna entre las suyas.

"Le gusta", pensé, "le excita."

Dejé que las palabras hicieran eco en mi mente por unos segundos, adicto a la emoción que me provocaban.

De pronto, sentí cómo el cuerpo de Celeste se hacía más rígido y el movimiento de sus caderas se volvía más desesperado. Intuyendo que el final se acercaba, busqué su rostro, con manos frenéticas, mientras me aseguraba de no dejar de frotarla ni por un solo instante. Finalmente, encontré sus labios, conseguí robarle un beso breve, y súbitamente, como si mi beso hubiera sido la llave de las puertas de su clímax, Celeste contuvo la respiración, sus brazos me envolvieron, sus piernas se cerraron con fuerza sobre la mía, hundió su cabeza en mi hombro... y no aguantó más.

"Mh- Nnnhhhhhhhhh..."

Mi cuerpo acalló su voz extasiada. Un. Dos. Tres, cuatro... múltiples estremecimientos, breves y sencillos, recorrieron el cuerpo de Celeste durante casi un minuto entero. Las contracciones rítmicas de su vulva se hicieron sentir en mi pierna, tal ligeras como el latido de una vena a flor de piel. Seguí acariciándola, de adelante hacia atrás, con pasión y ternura, hasta que la sentí relajarse y dejar reposar todo el peso de su cuerpo en mis brazos.

Tras su orgasmo, el primer orgasmo que yo le daba, Celeste permaneció abrazada a mí, regularizando de a poco su respiración. Su pezón, antes firme y punzante, se había vuelto blando y flexible entre mis dedos. Yo aún me frotaba contra su pierna, lentamente, a pesar de que sabía que no alcanzaría a llegar al final como ella.

"Te quiero" le dije, concluyendo nuestro encuentro íntimo.

Celeste no dijo nada. Mi pierna intentó estimularla un par de veces más, pero eso no hizo sino provocárle escalofríos y gemidos de protesta.

"Mmm... Aún estás sensible."

Incapaz de soportar más caricias, Celeste me echó hacia atrás y nuestros cuerpos volvieron a separarse. Me vi obligado a guardarme mis ansias insatisfechas, pero estaba dispuesto a remediar eso apenas tuviera un momento de privacidad. Mientras tanto, al contemplar el rostro de mi novia, sonrojado y sudoroso, las imágenes y sensaciones de nuestra intimidad no dejaban de repetirse. Habían quedado fusionadas para siempre la Celeste infantil y romántica, con la Celeste irresistible y ardiente.

"Gracias, mi amor" le susurré. No era para menos.

"Gracias a ti."

La besé en la frente, y acaricié su cabeza hasta que nos quedamos dormidos uno junto al otro.

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