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En Cámara Lenta P. 05

byInSlowMotion©

Tiendo a perderme en las cosas hermosas. Flores en el viento, aves efímeras, metales oxidados... Cuando algo es hermoso, lo veo como suspendido en la eternidad. El tiempo me da tiempo para observarlo y admirarlo. Me han dicho que es parte de ser artista.

En mi adolescencia, descubrí a la mujer. Para alguien que ve las cosas bellas con lujo de detalles, no podía existir nada más fascinante. Junto con la mujer, descubrí el amor, y algo más tarde, despertó en mí la curiosidad por el sexo.

Esta no es una historia erótica común; no esperen encontrar fantasías inverosímiles, ni sexo al por mayor, ni siquiera vulgaridad (es preferencia personal). Este es el relato real de mi primer amor, Celeste; son mis experiencias cándidas y reales de colegio y adolescencia: la primera mirada, el primer roce, la primera desnudez, los primeros orgasmos, cada pensamiento y sensación grabados en mis recuerdos. Compartiré no sólo mis anécdotas, sino también mis pensamientos e incluso mis sensaciones. Cada momento, por más inocente que parezca, será contado en detalle, para ser saboreado poco a poco, tal como lo viví yo en esos años en que cada sensación era nueva. Mi nombre es Damián, y esta es mi historia, en cámara lenta.

Nota: Los nombres de personas y lugares han sido cambiados para proteger las identidades de los involucrados.


* * *



RECONCILIACIÓN

Celeste nunca fue demasiado caprichosa. Se había criado en el seno de una familia humilde y trabajadora. Su madre era un ama de casa todo terreno, apasionada tanto por el tejido y las telenovelas, que por pasatiempos más rudos, como la mueblería y la jardinería. Su padre era autoritario, pero justo; esperaba lo mejor de cada persona, y a cambio sabía dar lo mejor de sí mismo. Celeste, mayor de tres hermanas, tomó lo mejor de ambos, y fue una de las mujeres más íntegras que he conocido.

Estábamos a punto de cumplir un año de novios; un año de recuerdos, de conversaciones, de travesuras y de romance. Había sido también un año de besos y placeres secretos, de jugueteos sexuales cada vez más atrevidos. Nunca nos habíamos atrevido a quitarnos la ropa ni a tocarnos de verdad, pero tarde o temprano lo haríamos. Estaba completamente seguro de ello.

Es por eso que la primera gran disputa que tuvimos me descolocó de tal manera. Celeste me había acusado de haberla dejado plantada en una de nuestras citas, a la salida de un parque a una hora del centro de la ciudad. Me había esperado hasta el atardecer. La verdad era que ella simplemente había anotado mal la fecha en su agenda, pero me tomó días enteros convencerla. Temí que terminaría conmigo.

Sin embargo, tras un tiempo, aclaramos nuestro malentendido. Celeste no era de aquellas chicas que venden su perdón a cambio de joyas y regalos; ella simplemente reconoció su error, y me pidió perdón entre lágrimas. Sabía lo que habíamos estado a punto de arriesgar, incluso de perder, y lo valoraba tanto como yo.

El asunto aclarado, nos reconciliamos con una multitud de besos emocionados, la tan esperada salida al parque, y una comida familiar en su casa. Casi había valido la pena pelearnos, por lo dulce de las reconciliación. Sin embargo, lo mejor aún estaba por venir.

* * *



Esa noche, cuando finalmente estuvimos de vuelta en su habitación, juntos en su cama por primera vez en más de dos semanas, me moría de ganas por besarla y abrazarla libremente, y tal vez más; pero apenas tuve tiempo de tocar a Celeste, cuando se levantó abruptamente, quedándose de pie al centro de la habitación.

"Mi amor," declaró, "quiero pedirte disculpas. Te juzgué mal."

"Ya lo aclaramos. Ven conmigo ya... ¿o acaso no extrañas que te abrace y te llene de besos?"

Celeste bajó la mirada, sonriendo torpemente. Estuvo a punto de volver a la cama, pero afortunadamente, se detuvo. Allí, en esa pose de pintura renacentista, parecía la auténtica reencarnación de Venus; el contraste entre la humildad de sus gestos y la perfección de su cuerpo era pura poesía. Sólo el pijama rosado la delataba como una jovencita inocente de carne y hueso.

"Es que... Quiero pedirte disculpas... de una forma especial."

Y al oír esas palabras, mis sentidos volvieron a abrirse como no lo habían hecho en mucho tiempo, y el tiempo pareció frenarse, señal inequívoca de que sería un momento inolvidable.

"No sé si esto te guste..." murmuró.

Noté sus dedos jugar con su camiseta durante lo que pareció una eternidad. Finalmente, la levantó hasta que topó con su pechos, y se detuvo para mirarme. Se estaba desnudando para mí... Contemplé fascinado su ombligo, y su cintura, levemente abultada, lo justo para mí. El camino de sus curvas continuaba hacia abajo, se perdía bajo su pantalón, culminando en la fuente de su placer, en algún lugar bajo ese pijama.

Mi mirada finalmente volvió a encontrarse con la de Celeste, y en silencio le di ánimos para continuar. Así lo hizo. La camisa se deslizó lentamente por la curvatura de sus pechos, revelando, centímetro a centímetro, el encaje de un sostén blanco, y --ohh-- la irresistible piel de un seno y luego del otro. Casi sentía que podía tocarlos, que podía besarlos, y sin embargo estaban tan lejos.

Una vez descubiertos sus hombros, Celeste dejó su camisa sobre la cama y esperó, tal vez a alguna reacción mía. La contemplé pasmado. Su cuerpo menudo y apetitoso era digno de una pintura del Renacimiento. Intenté imaginar los incontables caminos que podrían seguir mis besos por esa piel expuesta, intenté imaginar las aventuras que podrían tener mis dedos recorriendo valles y colinas, acariciando y apretando. Y digo intenté, porque aún quedaban dos áreas desconocidas, dos grandes secretos hasta ahora ocultos por un elegante pero innecesario sostén. Los había recorrido incontables veces con mis dedos, pero no con mi mirada.

"¿Sigo?", me preguntó mientras mis ojos la recorrían sin cesar.

"Sí."

Celeste se volvió de espaldas hacia mi. Quitó primero las tiras de su sostén, dejándolas caer a los lados de sus brazos. Luego, deshizo su broche lentamente y con grandes gestos -- como si me estuviera enseñando, para poder hacerlo yo en futuras ocasiones. Finalmente, dejó caer el sostén junto a su camisa, y se volteó hacia mí -- ambos secretos habían sido revelados, expuestos a la luz y a mis ojos. No se veían demasiado grandes, pero mis manos sabían que lo eran. La redondez de sus pechos era casi perfecta, distorsionada sólo por la gravedad. Sus pezones se alzaban expectantes, proyectando largas sombras que se perdían en la curvatura de los pechos de Celeste. Estaban coronados por areolas modestas, color rosa oscuro, del tamaño exacto de un beso.

"¿Sigo?", preguntó nuevamente.

"Sigue" le dije.

Se sentó en la cama para quitarse sus pantalones. No pude quitar mis ojos de sus pechos, fascinado al ver la forma en que se deformaban siguiendo sus movimientos. Me sentía muy afortunado de poder verla así, al natural.

Una vez que sus pantalones quedaron en la cama, junto a sus demás prendas, Celeste hizo ademán de levantarse, pero lo reconsideró, y decidió quitarse su calzón de immediato. Tal vez la idea de modelar en ropa interior no le agradaba. Me gustaba que fuera así, no demasiado atrevida, sólo lo suficiente.

Finalmente, mi amada se alzó ante mí, completamente desnuda, cabeza baja. Mis ojos recorrieron detenidamente sus rincones secretos: sus pezones, ya conocidos, aún hinchados, el pequeño triángulo de cabellos negros al pie de sus caderas, la perfección de sus muslos blanquecinos. Ése era mi territorio, mi propio trozo del universo al que sólo yo tenía acceso mediante la confianza de Celeste; mi territorio, cuya única frontera yacía en una pila al pie de la cama.

"¿Te gusto?", me preguntó.

"Mucho."

Mi amada subió a la cama, cuidadosa de no pisarme. Caminó a cuatro patas sobre mí, lentamente, sus pechos balanceándose de lado a lado, hasta llegar a besar mis labios. Mis brazos intentaron abrigar su cuerpo desprotegido, pero mis manos no pudieron evitar desviarse lentamente por la curvatura de su espalda y la estrechez de su cintura. Los roces de nuestros labios me daban aliento para continuar mi exploración. Celeste dejó que mis manos llegaran a acariciar la sedosa piel de sus nalgas sólo por un segundo, y luego se retiró bruscamente. Quedó erguida de rodillas sobre mis piernas, sujetando mis manos a los lados de mi cabeza.

La observé extrañado. Y, sí... excitado. Los pechos inmaculados de Celeste no dejaban de robar mi atención cada vez que se presentaban ante mis ojos. Sin embargo, cuando finalmente pude volver mi vista al rostro de Celeste, su mirada seria y enfocada, supe que ella tenía algo interesante en mente.

Sus labios volvieron a los míos, entregándome un profundo suspiro envuelto en un beso sensual, enérgico y desbordante, una entrega ciega y completa de sus labios, su lengua y su cuerpo. Ese tipo de beso era inconfundible, y tenía un claro significado: Celeste lo usaba como afrodisíaco. Me besaba de esa forma cada vez que despertaba necesitada en medio de la noche y necesitaba mis atenciones para satisfacer sus ansias; cada vez que nos reencontrábamos en la cama después de semanas enteras de separación y sentía ganas de recuperar el tiempo perdido; cada vez que deseaba que una noche común y corriente se hiciera apasionada. Ella sabía que ese beso era capaz de endurecerme al instante.

¿Por qué Celeste querría despertar mi excitación? No hace falta decir que me encontraba listo hace mucho, y el beso no hizo sino alimentar mi deseo aún más. Pero Celeste había querido asegurarse... ¿Qué se tramaba? Mi mente enloqueció intentando imaginar lo que me aguardaba. Incluso si nos limitábamos a los frotamientos de siempre, incluso si debía conservar mi ropa puesta... el hacerlo con Celeste desnuda, el sentirla más cerca que nunca, el frotar mi pierna directamente contra su sexo descubierto hasta sentir su humedad bañando mi muslo, sería una delicia incalculable para mis sentidos. O tal vez Celeste me tenía preparado algo más atrevido que de costumbre. Y si... ¿Y si ese día, ese mismo momento, fuera a ser nuestra primera vez? Sabía que no estábamos listos, que era demasiado pronto... Pero, ¿y si me equivocaba? Tal vez sólo estábamos a segundos de unir nuestros cuerpos...

Mis manos no podían evitar forcejear débilmente con las de Celeste mientras me consumían las fantasías. Ella finalmente se apiadó de mi impaciencia, me quitó de encima las sábanas con un gesto ceremonioso, y deshizo los botones de mi camisa, exponiendo mi piel a la leve brisa de su habitación. Tras dejar un beso ligero en mi pecho, volvió a alzarse sobre mí para observar mi cuerpo descubierto. Sus ojos intentaron mantenerse fijos en los míos, o al menos en mi pecho descubierto, pero escaparon varias veces hacia el bulto que resaltaba bajo mi pijama. ¿Qué iba a hacer Celeste al respecto? La espera era insoportable...

Luego de mucho dudar, Celeste me preguntó:

"¿Me dejas verlo?"

Era una forma incómoda de decirlo, pero no habían muchas otras. Asentí con la cabeza. Celeste ya me había mostrado todo su cuerpo; era justo que ella viera el mio. Después de todo, nos pertenecíamos el uno al otro. Al verla aún dudando, tomé la iniciativa y descendí mi pantalón, junto con mi ropa interior, hasta que mi miembro surgió desde dentro.

Celeste intentó aparentar naturalidad, pero no pudo evitar ruborizarse un poco. Esa rigidez implacable, esas pequeñas sacudidas constantes, esa humedad a flor de piel, no eran cosa de todos los días, pero ella me había tentado mucho esa noche, y mi cuerpo había respondido desplegando mi masculinidad en su mayor dimensión.

"Mi amor, ¿puedo...?" comenzó a decir Celeste; no supe a qué se refería. "Puedo... No sé cómo decirlo. Bueno, sí, pero..."

Su timidez era adorable. Así era mi Celeste. Al verla así, desnuda y a punto de atreverse a hacerme quién sabe qué, al verla tan distinta, era reconfortante ver que seguía siendo la misma.

"Puedes... ¿qué?"

Fuera lo que fuera, quería que lo hiciera; no obstante, también quería que lo dijera. Celeste nunca había pronunciado una sola palabra sexual.

"No. Déjame a mí" interrumpió Celeste. "Lo voy a hacer... Y si no te gusta, o no quieres, me avisas, ¿ya?"

"No hay problema."

Tras una última mirada llena de ternura, un "te amo" y un beso al aire, Celeste... lo hizo.

Su mano derecha envolvió la base de mi pene con una suavidad de la que sólo ella era capaz. En el temblor de sus dedos sentí la lucha interna de mi Celeste, la batalla entre su inseguridad y sus ganas de experimentar. Me acarició con curiosidad. Cada caricia me aliviaba y me desesperaba más. La necesitaba tanto en ese momento.

Pero tocarme, acariciarme, no fue todo lo que hizo. Lo que hizo luego sobrepasó todas mis expectativas. Lo que hizo fue acercar sus labios... y comenzar a besarme, allí, por toda la longitud de mi erección ardiente y latente. Fueron docenas y docenas de besitos suaves. Era pura tortura; no hacían sino multiplicar mis ansias, en vez de satisfacerlas. Estuve tentado a rogarle que me tocara ya, estuve tentado a tocarme yo mismo ante la mirada de Celeste; sin embargo, la sensación era, de por sí, irresistible, y no tuve remedio sino cerrar los ojos y aguantar, hasta que de pronto, los besos se detuvieron.

"Ya sabes," me dijo, "avísame si quieres que me detenga."

El instante siguiente fue una explosión de sensaciones.

Abrí los ojos para ver los labios de Celeste envolviendo la punta de mi pene -- apenas podía creer lo que veían mis ojos. Las sensaciones llegaron todas de golpe: la calidez de su boca, la humedad de su lengua, la brisa de su respiración, el deleite celestial que me producía su succión. Fue tan intensa la marejada de placer que mi cuerpo entero se remeció, y un gemido incontenible me dejó sin aliento.

"¿Tan rápido?", me preguntó Celeste.

"No, aún falta mucho" contesté, avergonzado. Se notaba que era su primera vez.

"T... ¿te gusta?"

"Sí."

"Avísame cuando... tú sabes" me dijo. "Que no se te olvide avisarme."

Volví a sentir la boca de Celeste. En esos pocos segundos que no la tuve, la extrañé más que a nada en el mundo. Era caliente, mojada, cambiante, voraz; era todo lo que necesitaba sentir en ese momento; era el complemento más perfecto para mi glande inflamado y anhelante.

Celeste fue probando un sinnúmero de técnicas. Lamió suavemente la parte inferior; me rodeó con su lengua; chupó de arriba hacia abajo, con sus labios topando constantemente con mi parte más sensible. Probó haciéndolo con sutileza y con firmeza, con relajo y con pasión. Incluso intentó, en algún momento, tomarme hasta lo más profundo de su garganta, mas no llegó lejos. Sin embargo, cada nuevo experimento, sin excepción, me abría a una nueva dimensión de deleite. Estaba en trance, flotando más allá de la estratósfera, sintiendo que el mundo entero comenzaba y terminaba entre mis piernas.

"¡No te muevas tanto!" rió Celeste, devolviéndome a la realidad.

"Hmmm, no puedo evitarlo. Me... me excitas muchísimo."

Me acercaba al final, y no sabía cómo reaccionar. ¿Debía realmente avisarle a Celeste? ¿O tal vez arruinaría el momento al hacerlo? Mi mano la empujó suavemente, intentando detenerla. Faltaba tan, tan poco. Sentí que estallaría entre sus labios, que inundaría su boca, si recibía una sola caricia más. Sin embargo, no ocurrió; Celeste adivinó mis intenciones a tiempo.

"Vas a... ¿Te falta poco?" preguntó.

Asentí con la cabeza.

Ella lo tenía todo preparado. De algún lugar, sacó una toalla de baño, envolvió en ella mi miembro, y con un sofisticado vaivén de arriba hacia abajo, de atrás hacia adelante, comenzó a conducirme hacia el gran final.

Mientras me masturbaba, Celeste se fue deslizando poco a poco a lo largo de mi cuerpo, hasta que sus pechos quedaron descansando sobre mi ombligo. Su cabeza se acomodó en mi pecho. Pude sentir su respiración en uno de mis pezones... justo antes de que lo tomara en su boca. Ahh. El mero roce de esos labios electrizó toda mi piel. Le siguió la lengua, abrasadora y refrescante a la vez, y una succión tan intensa que me hizo perder el control de mis sentidos. Un gemido inesperado escapó de mis labios, haciendo trizas el silencio de la noche.

Celeste sonrió satisfecha. Le gustaba hacerme reaccionar, le hacía sentir orgullosa. Su boca pasó a mi otro pezón, su mano se aceleró, sus pezones se deslizaron ligeramente sobre mi piel, su lengua trazó mil pinceladas furiosas sobre mi área sensible, seguida por un beso hambriento, desenfrenado. Parecía obsesionada con sobrepasarme de placer, como si quisiera fijar un récord. Me estimulaba de tantas formas que apenas era capaz de poner atención a una a la vez: sus pechos rozando mi vientre, en mi pecho su boca entera comiéndome sin piedad, su mano guiando la toalla a lo largo de mi virilidad...

Pronto, se hizo demasiado. El orgasmo me golpeó como un tren a plena marcha. Mi cuerpo salió propulsado hacia adelante y mis ojos se llenaron de estrellas. Me sujeté de la espalda de Celeste como si temiera salir volando. Explosiones de placer sacudían cada rincón de mi cuerpo y convergían en ardientes descargas, derramadas entre las delicadas manos de mi amada. Recibí en los labios un beso apresurado -- Celeste no quería perderse mi momento de arrebato. No tuve energías para responder al asalto de su lengua. Sólo me dejé golpear por las sensaciones, una y otra vez, por una eternidad.

Lo primero que percibí al volver a la realidad fueron los tibios pechos de Celeste oprimiendo mis pulmones al respirar. Abrí mis ojos y encontré los suyos, serenos y complacidos. Probé sus labios, que aún conservaban el aroma de mi sexo. La abracé con todas mis fuerzas. Sentí mi dureza regresar al instante, mi piel erizándose al contacto con la suya.

"¿Tienes idea de lo que me provocas?" le pregunté a Celeste.

"Creo que ahora sí" dijo, tras darme un rápido apretón.

Celeste finalmente me quitó la toalla de encima y terminó de limpiarme, con mucha suavidad, para no causarme molestia alguna. Mi erección se había rehusado a desaparecer -- cosa que pareció confundir a Celeste.

"¿Te gustó?" preguntó, al terminar.

"Mucho. Quedas perdonada."

"Gracias, amor mío."

Casi quise pedirle que volviera a hacerlo. Puede sonar paradójico, pero el regalo de Celeste había sido tan intenso, tan colmante, que, lejos de dejarme satisfecho, sólo me había provocado mayor deseo. El tener a Celeste desnuda junto a mí me incentivaba aún más. Estuve a punto de tomarla entre mis brazos, llenarla de besos desenfrenados y... entrar en ella. Nunca lo había deseado con tanta impaciencia. Sentía que mi cuerpo era atraído al suyo por fuerzas más allá de mi control, o casi.

Lo único que me impidió hacer gesto alguno fue el amor que sentía hacia Celeste. Ese mismo amor que era la fuente de mi atracción más salvaje, era también lo que me motivaba a cuidarla, a no tomar riesgos, a asegurarme de que cada momento con ella fuera especial y esperado.

Mi amada finalmente comenzó a vestirse, y la imité. La contemplé sin cesar, sin poder creer lo hermosa y sexy que era en su esplendor natural.

Celeste dudó al momento de volver a colocarse su camiseta y pantalones. Finalmente, volvió a la cama sin ellos -- sólo con su ropa interior. Seguramente tenía otros planes.

"Mi amor... ¿Quedaste satisfecho?"

"Más o menos."

"Entonces... ¿ya no te quedan ganas?"

Celeste tenía la mirada fija en mi miembro, aún rígido.

"Oh. Bueno, quizás..."

"Es que... Me gustó mucho verte... desnudo. Y me encantó verte reaccionar a mis besos y a mis caricias. Me hizo sentir..."

Celeste calló, casi avergonzada.

"¿Cómo te hizo sentir?"

Yo sabía la respuesta: estaba excitadísima. Lo supe por sus movimientos felinos, sus caricias intranquilas, el calor que emanaba su cuerpo, y el inconfundible perfume de sus flujos humedeciendo su calzón. Parecía increíble que el sólo acariciarme hubiera despertado a tal punto su líbido, pero no pasé demasiado tiempo cuestionándolo. Celeste había esperado dos semanas enteras.

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