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En Cámara Lenta P. 06

byInSlowMotion©

Celeste volvió tarde a su casa un día, trayendo un bolso de viaje repleto de artículos.

"¡Celeste! ¿Qué son estas horas de llegar?" exclamó ese día su padre, medio en serio, medio en broma.

"Ay, no me vas a creer" dijo, casi sin aliento. "¡Mi amor!" exclamó, al verme. "No pude avisarte que me iba a demorar, mi celular se quedó sin batería."

"¿Qué es eso que traes ahí, hijita?"

"Remedios."

Y abrió el bolso, dejando caer sus contenidos sobre la mesa del comedor. Quedaron esparcidos cientos de envases de píldoras, sin cajas, y unas cuantas botellas de jarabe. Cayó también una bolsa negra, pero Celeste la retiró de inmediato y volvió a esconderla.

"Mira, papá, éste es el mismo que compras para tu diabetes. Y este es para la presión, ¿te acuerdas que también te hacía falta? Y éstos..."

"¿Pero de dónde sacaste todo esto? ¿Asaltaste un hospital? Cele, hija mía, hay gente enferma que los necesita..."

"¡Ay, no, papá! Te explico..."

No recuerdo los detalles exactos, pero una tal Caro, amiga de Celeste, que trabajaba en un hospital, había descubierto cajas enteras de remedios a pocos meses de su fecha de vencimiento. Según su supervisora, iban a ser tirados a la basura porque el hospital iba a ser reabastecido por completo en unos días más. Es por esto que Caro, con el apoyo de su supervisora, había invitado a sus amigas a llevarse todos los remedios que pudieran.

"¿Ves, papá, que no era nada malo? Ahora sólo acuérdate de tomarte tus remedios, y los que no uses, regálaselos a mis abuelos, que siempre necesitan. Y fíjate siempre en las fechas de vencimiento."

* * *



Esa noche, como ya era costumbre, me las arreglé para quedarme a dormir con Celeste. Habían ocasiones en que sólo veíamos una película y nos dormíamos abrazados, y otras en que nos arrancábamos las ropas y nos hacíamos el amor hasta caer rendidos. En ese entonces, no hacía seguimiento del ciclo menstrual de Celeste, por lo que asumía que estas diferencias eran fruto del azar; incluso mucho después, cuando comencé a diferenciar los "días fértiles" de los otros, siempre habían sorpresas, días "normales" en que alguna caricia mía, o alguna fantasía suya, despertaban en ella un apetito voraz.

En resumen, no siempre podía predecir las pasiones de Celeste. Sin embargo, una cosa estaba clara: cuando Celeste estaba de ánimo, podía adivinarlo en sus movimientos, en su voz y en sus besos, mucho antes de llegar a la cama. Esa tarde que pasé con ella, viéndola repartir remedios, cenar conmigo y revisar su mail, advertí los signos que sólo yo podía ver -- signos de que, esa noche, Celeste estaría dispuesta a todo.

Intenté adivinar qué nuevos experimentos sexuales me esperarían en la cama. Cada fantasía que se me ocurría se sentían completamente absurda. ¿Besar su sexo hasta hacerla acabar entre mis labios, por ejemplo? ¡Qué locura! Y sin embargo, muchas de mis fantasías se habían cumplido. Celeste y yo nos habíamos revelado nuestras pasiones íntimas, nos habíamos entregado a ellas, nos habíamos conducido el uno al otro a la cima del placer en numerosas ocasiones. Celeste me había mostrado su cuerpo desnudo, y ella había visto el mío. Me había tocado y probado por primera vez, hasta hacerme estallar entre sus manos. Un año atrás, nunca hubiera creído que realmente compartiríamos esas experiencias.

Y si era así, si cada una de mis fantasías con Celeste podía hacerse realidad, tarde o temprano... tal vez sólo era cuestión de tiempo para cumplir la mayor de todas.

"¿En qué piensas?"

La pregunta de Celeste me sobresaltó. Me di cuenta que llevaba ya varios minutos contemplando su figura desde la cama mientras ella terminaba de vaciar su bolso de viaje. Los remedios que quedaban fueron a parar a la estantería del baño, pero la bolsa negra quedó en un rincón debajo de la cama.

"Pienso que fuiste muy considerada al traer esos remedios para tu familia" contesté.

"¿Seguro? ¿Sólo en eso pensabas?"

Celeste me conocía bien.

"Si vienes a la cama, quizás te cuente en qué más estaba pensando" le contesté.

Celeste no se hizo esperar. Se deslizó junto a mí y me abrazó tiernamente.

"Te extrañé mucho" me dijo, a un centímetro de mis labios.

No me resistí, y la besé con impaciencia.

"Ya pues, ¿en qué pensabas?" dijo, interrumpiendo el beso.

"Pensaba..." comencé, tomando aliento. "Recordaba este año que pasé contigo, siendo novios, y... ¿sabes? Eres perfecta."

Celeste sonrió por un momento, pero no estaba satisfecha.

"Pensé que era otra cosa..."

"¿Cómo qué?"

"No, olvídalo, deber ser cosa mía."

Ah, Celeste y sus rodeos.

"Dímelo. No puede ser nada malo."

"Ay, no puedo decir algo así...", se ruborizaba.

Sus manos comenzaban ya a abrirse y cerrarse en mi espalda y sus piernas se retorcían. En el fondo, yo intuía lo que quería decir, lo que su cuerpo pedía.

"Mi amor," le dije, "¿te cuento otra cosa en la que estaba pensando?"

"Ya."

"Pero es sólo una fantasía, nada más."

"Cuéntame."

"Bueno, estaba recordando nuestros actos... íntimos."

Hice una pausa para observar la reacción de Celeste.

"Sigue" me dijo.

"Pensaba en lo último que hicimos; cuando estuvimos desnudos el uno frente al otro, y cuando me tomaste en tu boca haciéndome sentir cosas que nunca hubiera imaginado que sentiría..."

Celeste no apartaba sus ojos de los míos.

"Fue perfecto" continué. "Un sueño hecho realidad."

Otro beso, más emotivo que el anterior.

"Me encanta cumplir tus fantasías", dijo Celeste.

Nuestras lenguas se volvieron a encontrar y nuestras piernas se entrelazaron.

"Oye..." me susurró con complicidad. "Si alguna vez quieres cumplir algún otra fantasía, no dudes en avisarme. Soy tu novia."

"¿Segura? ¿Aunque sea... la más importante de todas?"

"Sí. Pero, ¿a cuál te refieres?"

Celeste lo sabía; lo habíamos comentado en otras ocasiones, vagamente, sin atrevernos a entrar en detalle. Esta vez, sería distinto.

"Me refiero a estar juntos por completo," dije lentamente, permitiéndole a Celeste saborear las palabras, "juntos de pies a cabeza, por fuera y por dentro."

El abrazo de nuestras piernas se hizo más cercano, nuestras caderas se aproximaron, mi miembro hinchado hizo contacto con la hendidura de Celeste a través de nuestras delgadas ropas.

"Quisiera penetrarte", le dije, frotándome contra ella en el punto exacto. "Quiero que estemos conectados, quiero que sientas en ti todo lo que me hagas sentir a mí."

La respiración de Celeste ya comenzaba a agitarse. Comencé a frotarla con mayor fuerza, alentado por sus manos intranquilas y sus suspiros entrecortados.

"Quiero recorrer tus adentros una y otra vez: recorrer la superficie de tu entrada lentamente, con caricias suaves y húmedas, y de a poco ir adentrándome, abriéndome paso en ti..."

"Ay, amor mío" murmuró, cerrando los ojos y hundiendo su cabeza en mi hombro.

"...hasta descubrir rincones que nunca antes han sido tocados -- si es que aún quedan."

Celeste estalló en risas.

"Claro que sí, mi amor... Vas a ser el primero y único en conocer esos rincones."

Satisfecho, deslicé mis manos bajo su camisa y tracé caminos con mis dedos por su espalda mientras continuaba estimulándola.

"Mmmhhh... Mmh-- Ahhh..."

Sus gemidos eran tenues, apenas audibles, pero indicaban que le faltaba poco. Mi boca se aventuró lentamente hacia su cuello. Sólo me haría falta un beso, en el lugar indicado, con la presión correcta, con la humedad justa, para-

"Y- ya, detente, es suficiente."

Celeste se apartó de mí bruscamente, dejando su cuello fuera de mi alcance, y sus piernas cerradas para que no pudiera seguir estimulándola.

"¿Qué pasa?"

"Damián" me dijo, con voz ahogada. "Tengo algo que decirte, antes de que sigamos."

"¿No tenías ganas?"

"No es eso... Déjame explicarte" me dijo. "Iba a ser una sorpresa, pero es mejor que sepas."

"Explícame."

"Es sobre la fantasía que me contaste" dijo en un suspiro. "Si quieres... Hay una forma en que la podríamos cumplir."

Mis ojos se abrieron de par en par.

"¿Te acuerdas de Karina, la amiga de Nathalie?"

"Honestamente, no."

"Bueno, ella se va de vacaciones con su familia la próxima semana, y necesita alguien que cuide su casa mientras ella no está. Y... yo me ofrecí. Sólo tengo que darle de comer a los perros, recibir el correo, y a cambio, tendría la casa para mí solita."

Celeste me tomó la mano solemnemente.

"¿Me vas a acompañar?"

Era un plan perfecto.

"Sí."

"Tienen televisor con reproductor de DVD, así que podríamos ver películas... Podemos cocinar postres ricos... Y, bueno, sus padres tienen una cama grande que se ve mucho más cómoda que ésta. Y nadie nos va a escuchar ni a interrumpir."

La contemplé sin poder creer lo que oía. Hacía sólo unos meses, mi Celeste era la novia tímida y conservadora que se tocaba en secreto cuando creía que nadie la observaba, que temía que yo no la deseara como ella a mí; la Celeste de ahora, en cambio, admitía libremente su sexualidad.

"¿Pero de verdad quieres... hacerlo?"

"Hay que ver cómo se dan las cosas."

Mi Celeste, siempre tan misteriosa.

Apoyé mi cabeza en su frente, mirándola a los ojos.

"¿Y si se dan bien las cosas?"

Ella simplemente me besó, una, varias, docenas de veces, evitando la pregunta.

"Pero, necesitaríamos comprar..." comencé.

Celeste adivinó mis pensamientos.

"No te preocupes por eso. Mira lo que traje del hospital..."

Sacó de debajo de su cama la dichosa bolsa negra, y la abrió. Dentro, habían innumerables sobres cuadrados, de aluminio brillante. Nunca había visto unos de tan cerca.

"¿Son lo que creo que son?" le pregunté, incrédulo.

"Sip. Tenían cajones enteros repletos de estas cosas."

"¿Realmente necesitamos tantos?"

"No lo sé" dijo, riendo, "pero al menos no nos van a faltar."

"¿Eso crees?" le dije en tono desafiante.

"¡Ay, las cosas que dices!"

Celeste me premió con un prolongado beso. Le respondí deslizando mis manos bajo su camiseta y recorriendo su silueta de arriba hacia abajo.

"Mi amor," declaró, bajando la mirada, "no soy tan sexy como crees. Lo que pasa es que todavía no estás acostumbrado a mi cuerpo."

"Me quedan apenas diez días para acostumbrarme. Voy a necesitar tu ayuda."

Celeste pareció comprender.

"¿Cómo te puedo ayudar?"

Acerqué mis labios a su oído para susurrarle una sola palabra.

"Desnúdate."

* * *



Nos besamos tanto esa noche, nos acariciamos tanto, de tantas formas... Era una noche especial, distinta, el comienzo de algo nuevo. En el pasado, Celeste siempre se había mostrado decorosa; en la cúspide de su lujuria, siempre dejaba una cierta incertidumbre; pese a la docilidad de su cuerpo, siempre daba la impresión que una pequeña parte de ella se resistía. Sin embargo, esa noche, era imposible encontrar en ella un solo rastro de cautela. Había sustituido la ternura de antaño por ataques desenfrenados. Su cuerpo no me ocultó nada. Sus pezones surgieron gruesos e hinchados, del tamaño de la punta de mi meñique, y permanecieron erguidos de principio a fin. Una pasión incontenible teñió cada exhalación, cada suspiro, cada gemido, contagiándome a su vez. Sin embargo, el signo más evidente era el flujo interminable que nacía en sus piernas y que nuestros revolcones fueron extendiendo a todas partes, dejando manchas superficiales por mis pantalones y haciendo resbalosa la piel de sus muslos.

Los nuevos besos, las nuevas caricias, se nos hicieron tan adictivos, que esa noche, terminamos por quedarnos dormidos sin satisfacer nuestras pasiones. Hubieron roces en nuestras zonas prohibidas, pero no nos atrevimos a romper la magia de tocarnos, sólo tocarnos. Terminamos durmiendo completamente desnudos -- a excepción de mi bóxer -- envueltos en un abrazo eterno.

* * *



Lo primero que oí al despertar fueron los suspiros agitados de Celeste llegando directo a mi oído. Imaginé que mi amada estaba siendo presa de una pesadilla, o tal vez de un sueño muy excitante. Sin embargo, noté enseguida los temblores rítmicos de la cama, y la situación se me hizo familiar. Nuevamente tenía el privilegio de sentir a Celeste masturbándose junto a mí, tal como aquella noche, hacía ya varios meses.

No la culpaba. Nuestros juegos de la noche anterior habían llevado mi excitación hasta el límite, y no era de extrañarse que a ella le hubiesen producido el mismo efecto.

"Buenos días, querida."

Mis palabras la hicieron sobresaltarse. Retiró su mano bruscamente, y se oyó el sonoro "clac" de su calzón volviendo a su lugar -- me decepcionó que ya se hubiera vuelto a vestir. Tras unos segundos de frenéticos ajetreos, Celeste resolvió esconder su mano húmeda bajo la almohada.

"Buenos días" musitó, incapaz de mirarme a los ojos.

La abracé, y la acaricié por varios minutos. Ella se dedicó a recobrar el aliento tan discretamente como pudo, con el rostro escondido en mi pecho.

"¿Cómo dormiste?" le pregunté.

Ella dudó un poco, temiendo que se notara el deseo en su voz.

"Bien, ¿y tú?"

"Muy bien. Fue una noche perfecta."

Tras un largo silencio, Celeste se apartó de mí y me miró detenidamente. Yo sabía lo que pasaba por su mente: intentaba averiguar si yo estaba consciente de que la había sorprendido masturbándose, y no podía preguntármelo sin al mismo tiempo admitirlo.

"Te amo" le dije, en un intento por tranquilizarla.

Ella tardó varios segundos en reaccionar, y su reacción fue un beso.

"Yo también te amo."

Otro beso, y unos cuantos más, bastaron para reavivar en nosotros la pasión de la noche anterior, y seguir desde donde habíamos quedado.

"Me encanta poder tocar todo tu cuerpo" me susurró, paseando sus dedos por toda mi piel.

La besé en el cuello, bajando hasta encontrarme con su delgada camiseta, y mordí suavemente el pecho más cercano. Me sorprendió sentirlo blando y cálido; Celeste no se había vuelto a poner sostén. Aproveché para buscar con su pezón con mi lengua, y acariciarlo con mis dientes.

"¡Mmmm!" gimió Celeste, mordiendo la almohada.

"Ten cuidado, no vayas a despertar a tus papás" le susurré.

"Son las siete ya, ellos deben estar en el comedor, tomando desayuno. No nos van a escuchar."

"¿Y tus hermanas, en la pieza de al lado?" sugerí, con mis dedos rodeando sus pezones.

Ella no tuvo respuesta; simplemente volvió a hundir mi cabeza en su pecho.

"¡Ahmmmff!"

Queriendo reciprocar el placer que yo le entregaba, Celeste descendió hasta besar mi pecho, y cubrió una de mis tetillas con su lengua. No dejó de lamerme con insistencia mientras sus manos se fueron aventurando cada vez más abajo.

"¿Me dejas tocar?"

Celeste siempre pedía permiso.

"Todo lo que quieras" respondí.

Celeste posó una mano justo al centro de mi bóxer, acariciando mi erección con la mayor suavidad del mundo.

"¿Me dejas quitarte tu ropa interior?"

Tomé sus manos y las guié hacia mis caderas, insertando sus pulgares bajo la banda elástica. Celeste se mostró muy sorprendida.

"¿De verdad? ¿Puedo?"

"Hazlo."

Me besó en la boca antes de comenzar, uno de esos besos entusiastas, que anuncian algo nuevo e intenso. Luego sus manos comenzaron a descender, seguidas por el resto de su cuerpo, y mi bóxer descendió hasta mis rodillas. Mi miembro, liberado, se alzó enseguida, impactando contra mi abdomen, y quedando a sólo centímetros de los labios de Celeste.

Ella no se hizo esperar. Sentí allí una tormenta de lenguas, labios, dedos, narices y mejillas, Celeste atacando mi pene con todo lo que tenía a su alcance. Mis caderas la acompañaron con vaivenes verticales, más por inercia que por voluntad propia. La sentí cambiar de posición y acomodarse, sin dejar de estimularme.

"Ahh... No te detengas" suspiré.

De pronto, volví a sentirlo: estaba en su boca. Casi no me di cuenta en qué momento ocurrió, pero allí estaba, con el tronco oprimido entre un labio y otro, y el glande entre su lengua y su paladar.

Y en un parpadeo, la gloriosa sensación desapareció, tan rápido como llegó, y la boca de Celeste fue sustituida por su mano. Mis ojos se abrieron sólo un segundo para presenciar la imagen más excitante de mi vida: Celeste, con la cabeza apoyada en mi abdomen, una mano recorriendo mi pene de arriba hacia abajo, y la otra mano bajo sus pantalones, haciendo lo propio.

Con una mirada furtiva hacia mi rostro, mi amada se dio cuenta que la observaba; había sido pillada en el acto otra vez. Retiró su mano de inmediato, cohibida. Continuó masturbándome a mí sin pronunciar palabra alguna, pero su mirada me interrogó sin cesar. "¿Mi amor, me dejas masturbarme?" me hubiera dicho, de haber sido más atrevida. "Por favor, es que no aguanto, necesito tocarme."

"Te amo", le dije.

Algo en su mente hizo "click": ese "te amo" significaba "te amo y amo lo que haces". Eran las mismas palabras que había pronunciado minutos antes, en un intento de hacerla sentir cómoda.

Sin dejar de mirarme, dejó que su mano volviera a adentrarse entre sus piernas. Se dio una caricia más, mirándome fijamente, como probando las aguas. Luego, otra, y otra, una sucesión lenta y cuidadosa. Mi pene respondió, contrayéndose en su otra mano, dejando caer una sola gota de humedad entre sus dedos. Mis ojos seguían la mano de Celeste que se movía bajo sus pantalones. Las señales de mi cuerpo le dieron confianza para acelerar su estimulación, y pronto alcanzó un ritmo intenso y agresivo.

"Mmm-- ¡AHH!... Ahh-- ahh-- ahh-- ahh--"

No se le ocurrió mejor forma de callar sus crecientes gemidos que tomarme en su boca otra vez, y chuparme en sincronía con sus frotamientos. Cerré los ojos y saboreé la textura de su lengua pasando por la parte inferior de mi pene, a la vez que sus labios estrechos rozaban una y otra vez el borde de mi glande. La sensación era tan exquisita que--

"¿Vas a acabar?" me preguntó Celeste.

Asentí.

Mi amada retiró su boca al instante. No podía acabar en su boca, no ese día. Recordé en ese momento la noche en que, tras mi insistencia, Celeste me había confesado que ésa era su fantasía número uno, y habíamos resuelto reservarla para un momento especial, a futuro.

Celeste, por su parte, mantuvo su mirada fija en mi pene latente, brillando de humedad, y, seguramente pensando en su fantasía, continuó masturbándose lentamente por varios minutos, hasta que sus dedos se cansaron.

"Te amo" me susurró, descansando su cabeza sobre mi pecho.

La abracé de inmediato, y la besé en la frente.

"Cuesta aguantarse, ¿verdad?" le dije.

"¡Uy, sí!" rió.

Busqué su mano con las mías, su mano que había tocado el centro de su placer.

"No, esa mano no" se quejó Celeste.

"¿Te da vergüenza?"

"Está mojada. No te va a gustar."

"Te apuesto a que sí. Dámela."

Logré entrelazar sus dedos húmedos con los míos, y la besé con pasión.

"No puedo esperar..." le susurré. "Quiero que seas mía."

"Ten paciencia, sólo falta una semana para que me tengas a solas. ¿Te imaginas si lo hiciéramos de verdad, si yo fuera tuya, todita tuya?"

"Eso no es 100% seguro, ¿o sí?"

"¿Ya tienes ropa lavada? Nos vamos a quedar cinco días."

La miré confundido.

"¿Crees que es momento para hablar de ropa?"

Me encontraba desnudo, sosteniendo la mano que Celeste había usado para masturbarse. ¿Cómo era posible que ella aún se preocupara de los preparativos?

"Ay, tú, siempre tan enfocado" me replicó, burlona. "Toma esto."

Acto seguido, frotó su mano mojada por todo mi rostro, llenando mis narices de su aroma íntimo. Alcancé a lamerla rápidamente, absorbiendo todos los matices de su sabor.

"Me gustas" le dije.

Su expresión fue de extrañeza.

"Mi amor..." me dijo. "¿Te dejé con ganas?"

"Sí."

"Quiero hacer un experimento."

Se levantó a revolver cosas bajo su cama, y emergió con algo en su mano. Me besó, con ese beso apasionado que siempre me excita al máximo -- y que nunca hace falta --, y se recostó sobre mi cuerpo. El contraste entre su cuerpo vestido y mi piel desnuda se sentía extraño, pero excitante.

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