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Historia de Una Sinfonía

byeusebiocruz©

Había llegado el clímax, el momento de mayor vigor. Cada músico tocaba su instrumento con fuerza y al dejarse llevar perdían su precisión. La mujer tocaba el piano con fuerza y el piano respondía suave y con todo su vigor y sus brazos se deslizaban. Todos sus músculos tensos. Su debilidad no fue nada. La música majestuosa y uniforme en el aire, ningún alma hablando. Ella seguía fundiéndose con las teclas y la intensidad se acrecentaba. El auditorio ya no prestaba atención, la música los había hipnotizado y todos eran parte de la pieza.

Doce horas antes.

Sara estaba sola. Sentada a la mesa de su cocina verde. Su departamento era pequeño. Tanto que su piano no cabía. El piano era su vida. Tuvo que comprar un pequeño teclado. Estaba oyendo jazz, rompiendo con la costumbre de oír a Mozart por las tardes mientras toma el café. El tiempo pasaba siempre de la manera más caprichosa. A veces se le perdían días sentada oyendo música, o en la bodega de José. Hacían tres o cuatro meses le fue diagnosticada miastenia a Sara. Una enfermedad de progresiva pérdida de la fuerza en todos los músculos. Los medicamentos eran caros y la terapia deprimente. Sara le dio vuelta a su vida. Se mudo de con sus padres, abandonó su trabajo y se dedicó a disfrutar sus días.

Por esos días. Conoció a este hombre solitario que tenía los rasgos del profundo pensar y de la intensa introversión. Lo conoció comiendo comida china. El lugar estaba lleno y él se sentó en la mesa de Sara. José le dijo ser pintor. Sara no le dijo que era pianista. Eran dos seres tan frágiles. No dejaron de mirarse mientras comían. Ambos tenían la sinceridad de niños. Los ojos de Sara eran grandes y negros como su cabello. José tenía la barba a medio rasurar y su apariencia reflejaba indiferencia. Al salir caminaron calles y calles. A veces hablando, a veces disfrutando la compañía.

Llegaron a la bodega al anochecer. José encendió las luces y de pronto apareció este paraíso ante los ojos de Sara. Ambos diminutos parados en la entrada de la bodega. El techo era inmenso. Había madera tirada. Lienzos, y manchas de pintura por todos lados. Varios cuadros de gran tamaño reposando en las paredes. El verde predominaba a la vista. José abrió una botella de vino y hablaron toda la noche sentados en una sábana al centro de la inmensa bodega.

En los días siguientes Sara mudó su piano y algunas de sus cosas a la bodega. Pasaba las tardes tocando mientras José pintaba o simplemente la admiraba varios metros atrás. El eco era tremendo y el piano llenaba la habitación. Ella tocaba hasta que no podía moverse, y José la ayudaba a recobrarse. A veces amanecía y ellos no salían de la bodega. Pasaban los días admirándose. Por largos ratos se miraban sin hablar, en el suelo.

Sara tocaba el piano y a veces pintaban juntos, se empapaban las manos de pintura y pintaban el lienzo con las manos juntas, él detrás de ella. Se pintaban el cuerpo y a veces reían abrazados. El tiempo no pasaba ahí dentro.

José se ausentaba en las mañanas para darle de comer a su perro. Ella pasaba la mañana en la mesa y en silencio. Tomaba el café que siempre le daba un poco de fuerza y la debilidad de la mañana pasaba. José llegaba pocas horas después con comida y frecuentemente la encontraba en el suelo. Siempre tuvo miedo de encontrarla sin vida. Al llegar la abrazaba y a veces lloraba en su hombro al sentir el débil abrazo de ella.

El amor surgió desde aquella vez en el restaurante. Su entrega era como la de ningún ser humano. El pensaba en ella y ella pensaba en él y no había nada que importara.

Los días pasaban tibios y callados, a veces vigorosos y agitados; pero, siempre coloridos por su sonrisa. Su sonrisa bella y cálida no desapareció de su cara en los días siguientes.

Uno de esos días Sara volvió. Estuvo en su departamento día y noche sola. José pasó días enteros llorando y pintó las cosas más horribles. Destruyó el piano, pensó en quitarse la vida. No podía vivir sin los ojos negros de Sara. Sin el cabello negro de Sara. Sin el cuerpo débil y hermoso de Sara. Sin los labios pálidos y delgados. El sonido del piano en su cabeza era veneno.

Sara perdió los ánimos por una semana. Pasó los días en cama sin oír música.

Un día el teléfono sonó. Sara se levantó de la cama --Bueno -- Era un director de orquesta. Solicitaba que tocara el piano una sola noche en el auditorio más grande de la ciudad. La pieza era conocida por Sara y dominada a la perfección --miércoles a las ocho --Se cerró el trato. Se puso su mejor vestido y sacó un disco viejo de Beethoven. Bailó al compás de la música con los ojos cerrados.

Sara estaba sola. Sentada a la mesa de su cocina verde. Estaba oyendo jazz, rompiendo con la costumbre de oír a Mozart por las tardes mientras toma el café.

Tomó el teléfono --José, te necesito --

Ese día se vieron en la bodega. Ella traía un vestido verde que colgaba de la manera más bella. Llegaba exacto a sus rodillas. Sus hombros estaban descubiertos y su cabello recogido, aunque varios mechones escaparon por un lado. Se veía increíble. José estaba vestido de gala. No se pidieron ninguna explicación, pero no dejaron de mirarse. Ella sonrió.

Caminaron lentos hacia la sábana en la que pasaban los días sentados. Ella se había descalzado metros atrás. El la miraba a los ojos. Ella miraba hacia el frente. Se soltaron las manos. Ella se quitó el vestido fácilmente y se deslizó rápido hacia el suelo. José la admiraba de pie. Ambos estaban desnudos frente a frente y sin hablar.

Sara era perfecta. Su cuello y sus hombros bajaban armoniosamente hacia los brazos y sus clavículas enmarcaban su yugular. Su piel lisa y siempre pálida. La sonrisa más bella del mundo. Sus senos eran pequeños y redondos, perfectos. Sus pezones oscuros. Su abdomen liso y su ombligo en la mitad de su cintura. Sus caderas no eran muy anchas. Su vello púbico era abundante. Sus piernas juntas. Sus tobillos diminutos y femeninos. Sus pies delgados, su boca perfecta. Ningún rastro de maquillaje. Una mujer.

José dio un paso y el cuerpo de Sara se estremeció. La tomó de la cabeza colocando sus manos ligeras sobre sus oídos. Se besaron, se besaron y la sonrisa no desapareció de su rostro. Los cuerpos se unieron, las piernas se acomodaron. Estaban sentados. Ella le daba la espalda. Él olía su cabello. Ambos con los ojos siempre cerrados. Las manos de José aferradas a las de Sara. Sara apretando sus manos con la respiración agitada. Más débil con cada beso de José en la mejilla.

El tiempo se detuvo. Fresco. Tibio. Sara se inclinó un poco hacia delante. De pronto él se dio cuenta de que ella lo miraba. Lo miraba. Lo miraba por sobre su hombro derecho. Se quedaron ahí. Mirándose. Y ella le decía sin hablar que la tocara, que besara el hombro que está a punto de besar y sobre el que respira y profana con su aliento. Que la vuelve loca. Que la hace tan débil. Que lo ama. José besó lentamente el hombro. Se quedó ahí por un tiempo y volvió a mirarla. Respiró sobre su cabello y bajó a su nuca y respiró por toda su espina dorsal. Los segundos no pasaban. Besó su nuca y la parte posterior de su cuello y bajó a la espalda con besos. Regresó. Sara entregada y con los ojos cerrados. Sus manos aferradas a las de él entre las piernas de Sara. Besó su hombro derecho y toco sus senos y al contacto Sara separó sus labios. Acomodó los pezones en los dedos nacientes. Respiraban el unísono con sus cuerpos juntos, abrazados con fuerza. Las manos de él sobre el cuerpo de ella. Las condujo a su vientre y entre sus piernas. Tocó su pecho, su cuello y su cara mientras se besaban agitados y con la boca abierta y los ojos cerrados. Y la masturbaba con la otra mano. La mano se perdió en la oscuridad de sus muslos. Ambos fueron uno.

Sara tuvo un orgasmo y cayó rendida. Quedó entre los brazos de José. Olió el perfume de su cabello y su cuello por horas.

Pasó el tiempo y despertó lentamente. Se miraron. Ambos sonrieron y se abrazaron. Sara se levantó y se vistió rápidamente mientras José la admiraba desnudo desde la sábana. Ella caminó con el vestido verde y los tacones sobre el suelo retumbaban en las paredes. Lentamente. Y antes de llegar al portón grande y azul, por primera vez desde la noche en la que se conocieron Sara le dijo te amo. Su sonrisa nunca se borró --te amo --Las palabras se repitieron en la mente de José hasta que no se diera cuenta de que ya no estaba Sara y estaba solo. Duró para siempre en su mente.

Casi ahí, casi ahí. La música crecía y cada vez llenaba más el inmenso auditorio y la urgencia insaciable del desenlace golpeaba. Todo el auditorio era de ella y vivía al ritmo de la música. El momento estaba a punto de llegar y la atención de todos fue a la mujer y al piano. El esfuerzo era inhumano. El dolor era mitigado cada segundo por la vibración de los incesantes acordes. Sus brazos parecían hacer pedazos las teclas, su espalda ancha se arqueó tensa, sus hombros se juntaron, su cabello cubrió completamente su rostro y de pronto el gran sonido, el gran acorde. Paz, espera. Su cabeza calló sobre las teclas y su espalda perdió su contracción, su cuerpo cedió. El acorde fue el exacto y cayó en el compás exacto. La sinfonía había terminado. Nadie habló. Los instrumentos fueron colocados en reposo al unísono. La paz predominó. Y ella permaneció inconsciente sobre el piano. Llegaron los paramédicos.

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