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Imperio Amazonas

byvlades©

Desde la ciudad de Imperia, casi al centro, en unas de las casitas adjuntas para las funcionarias del Imperio, despierto en mi primer día de servicio en la acogedora habitación de mi nueva dueña. Los primeros rayos de sol penetran entre lonas y telares de los ventanales hasta mi desnudo cuerpo tumbado al suelo. Algo aturdido me despierto a los pies de la cama de mi dueña. Lo suficiente molesto por la incomodidad, la luz penetrante y los sonidos del esclavo sirviente al otro lado de la habitación. Mi sexo, atrapado en un aro de bronce por la base, parece reventar por una gran erección. No recuerdo la última vez que eyaculé. Pasó mucho tiempo desde el mercado de esclavos, que no recuerdo un desahogo completo. Todo ha sido estar a punto y algunos derrames accidentados. Sin embargo ayer mi nueva dueña había jugado un poco con mi miembro, pero no tubo la intención de ordeñarme. Simplemente quiso conocer su nuevo juguete y mascota esa tarde desde que fui enviado por encargo.

Fue en el mercado de esclavos cuando la conocí por primera vez. Una mujer de una treintena, esbelta con una gran melena negra, y piel blanca. Por mi pagó una buena suma por ser su mascota y a la vez por tener uno de los miembros mas grandes. Gracias a esta dotación gozo del privilegio de ser marcado como mascota. Soy esclavo animalizado para compañía y servicios sexuales. Mi animalización no tiene nada que ver con los esclavos de cuadra. Ya que estos son tomados como tiradores de carretas y diversas cargas para la agricultura. La característica de los esclavos de cuadra se basa en la fortaleza física ya que la gran mayoría son de poca utilidad sexual. Sin embargo los esclavos doméstico o sirvientes quedarían en segundo lugar si hablamos utilidad sexual. Estos esclavos son de diferentes condiciones físicas, pero son los únicos que le han enseñado a hablar, leer y escribir. El resto somos del rango de animales.

Mi desnudes habitual, al igual que todos los hombres del Imperio, solo lo cubre un collar , muñecas, tobillos metálicos y el aro genital. Solo el color los collares nos diferencia entre los hombres. Yo por ser mascota de compañía lo llevo de bronce, su sirviente dorado, y los de su cuadra tintado de negro.

El sirviente no tarda en aparecer caminando sobre sus rodillas hasta la habitación de Milena. El esclavo es algo viejo y muy delgado. Desnudo con los mismos atuendos que yo pero en dorado, rastrea hasta llegar donde estoy acostado en el suelo. El rostro del esclavo es el rostro del cansancio. Sus ojos hundidos y la mirada baja se condimenta con unos temblores al acercarse a su dueña. Adivino que mi dueña se va a levantar, y adopto mi posición habitual de espera sin apenas estirarme. Dejo mis codos al suelo y las rodillas. Intento que mi rostro bajo mire hacia su cama o las patas de la misma. El esclavo sirviente le trae una bandeja de frutas, pan y bebidas. Este se acerca y espera a que la dueña se despierte. Se pone prácticamente a mi lado. Y ambos esperamos asustados.

Milena empieza a moverse en la cama. Apenas unas sábanas tapan un escultural cuerpo sin ropas. Tengo envidia del sirviente ya que el tiene mejores vistas por estar de rodillas. Su pene está totalmente erecto apuntando su ombligo. Se que tiene miedo como yo, pero es de suponer que al igual que yo, está negado a desahogarse.

Solo el sirviente tiene el derecho de hablar. Y al final, al ver que despierta poco a poco, habla:

- Buenos días Ama Milena. Espero no haberla despertado bruscamente. Tan solo le traigo su desayuno a la cama como a usted le gusta.

Milena que apenas puede abrir los ojos, nos mira algo confusa y responde molesta:

- Vale, vale deja lo aquí y retírese!

El esclavo sirviente baja la cabeza y responde:

- Si Ama Milena, con su permiso sigo con mis deberes.

Milena se estira para luego acomodar un cojín en la cabecera. Está decidida a disfrutar del desayuno. Solo pasado un buen rato, me ve el suelo agazapado como un perro. Puedo sentir su mirada con esos ojos de miel clara. Pronto sonríe, y al suelo cae unas uvas sueltas.

- Come mi linda mascota!

Sus palabras me llevan al cielo. Llamarme lindo y apiadarse en darme unas uvas ha sido toda una gloria para mi ser. Así que gateo enérgico hasta las dos uvas, y una por una las recojo con los dientes. Quiero agradecer pero no puedo mediar palabras, así que simulo un gemido suave intentando hacerla ver de que estoy muy agradecido.

Cuando deja caer una de las manos a un lado de la cama, me doy cuenta que busca acariciar mi loma o mi cabello. Por ser esclavo mascota puedo llevar pelos en mi cabeza, ya que el resto de esclavos son rasurados por completo. Atento beso sus dedos y luego me dejo acariciar el cabello. Ella solo me rasca unos segundos y me pide que me levante.

Levantarme implica alzar las manos, pero nunca separar las rodillas del suelo. Como un perro adiestrado me alzo para enseñar mi erección. Pero ella no hace mucho caso de eso y sigue disfrutando del desayuno. Su mano algo desinteresada rasca con sus uñas semi largas mi barriga. Mi pene toca con el glande su muñeca y sin ánimo de mancharla, pequeñas y viscosas gotas transparente se pegan en ella. En ese momento mira mi erección y con la palma me da un golpe en seco a modo de castigo. Debido al golpe, mas resto de mi viscosidad caen a un metro de mi posición.

Derepente antes de que me pudiera quejar, el esclavo sirviente interrumpe en la habitación:

- Disculpe que interrumpa su desayuno, Ama Milena. Vine para avisarle de una visita.

- ¿Y quien ha venido?.

- Me dice que es de parte de la corte. Es la Consejera Etnia.

- Valla sorpresa! ¿Y que le trae por aquí a una consejera de palacio?. Será mejor que me vista y salga.

Se dice así misma.

Deja la bandeja sobre una mesa, y desnuda camina hasta unos de los baúles. En este momento la contemplo hipnotizado por cada curva de su cuerpo. Tan solo una melena negra, brillante y larga cubre su espalda. En el momento que abre un baúl puedo ver algo de su vulva carnosa sin pelos bajo la linea de su glorioso culo. Me pregunto cuando podré atenderla y demostrarle mi adiestramiento para esas tareas de darle placer o limpiarla. Pronto coge su túnica blanca, y para mi tristeza se la pone. Su ropa es generosa por ser tan corta. Esta apenas les tapa sobre los muslos, que a la hora de abrocharse un cordón como cinturón, esta es como una diminuta falda blanca con los bordes llenos de relieves de colores como adorno. Sin embargo arriba le queda sin mangas y con un pico de cuello bien adornado. Allí apenas sus pechos se notan, pero es muy elegante e ideal para los de su clase. Es la prenda de verano de una funcionaria. Las campesinas y las guerreras se las distingue por telas mas gruesas y ásperas. Las de mi dueña no son de seda como las de palacio y altos cargos, pero es de una tela fina y suave con adornos en los bordes.

El esclavo sirviente después de pasar a la visita al gran salón la ayuda a vestirse. Este sin bajar su erección se le ve algo grosero, pero no por ello no deja de hacer su trabajo de forma muy delicada. Ahora mismo disfruta calzando esos divinos pies en unas sandalias de tiras muy finas a los tobillos. Entre el dedo gordo y el resto de deditos, una linea de cuero recorre el empeine hasta sus finos tobillos y las tiras mas finas.

- Basta! Ve al recibidor y avisa a la consejera de que voy a recibirla pronto.

El esclavo abandona los cordones de sus sandalias y sale de la habitación rastreando sus rodillas ya enrojecidas.

Yo me tomo la libertad de gatear hasta su lado con la mirada hipnótica en sus pies. Entonces ella engancha la cadena en mi collar y tirando de ella, me invita a salir de su habitación.

Emocionado gateo a su lado llevado como un animal. Mi curiosidad por ver mas allá y la visita se refleja en una sonrisa en mi rostro. Orgulloso y feliz llegamos al gran salón de su casa donde lo primero que veo es al esclavo sirviente de rodillas al lado de una madura mujer con un vestido verde pastel de seda largo hasta los tobillos.

Esta se levanta y saluda cortés:

- Buenos días Maestra. Disculpe por mi tan temprana visita. Antes permítame que me presente. Soy la concejala Etnia...

Mi dueña interrumpe y devuelve un educado saludo asentando la cabeza.

- El motivo de mi visita...

- No se quede de pié... Por favor siéntese.

- Oh gracias...

Ambas se sienta en unas cómodas sillas de mimbres, una frente a la otra.

- Espero no ser brusca, pero voy ir al grano... El motivo de mi vista es un mensaje desde el palacio para ofrecerle dar clases a las infantas.

- ¿Perdón?

- No se asuste. La princesa Zeida sabedora de su gran labor de su escuela del campo, me ha pedido trasladarla a la corte.

- No entiendo...

El rostro de mi dueña es un poema de dudas. Sentada y sin soltar la cadena que se une en mi collar, escucha con los ojos muy abiertos. Yo en cambio no me atrevo a mirar mas arriba de los pies calzados de la visita. Esta calza unas planas suelas con tan solo una tela cubriendo sus dedos. El esclavo sirviente tampoco despega su vista en ellos. Se que al llegar con mi dueña pude ver algo mas de la extraña. Se que es castaña y el pelo lo lleva recogido con un difícil moño. El vestido largo y poco mas.

- Su escuela de campo tendrá otras maestras traídas de Limes, y usted será la que se encargue de la educación de las hermanas de la princesa. Su nueva escuela quedará en palacio, y una buena suma de ingresos mas el prestigio será inmediato en cuanto usted de las primeras clases.

Milena no da crédito a las palabras de Etnia. Supongo que debe de estar muy contenta por su ascenso social, pero no se, algo veo en ella que la inquieta.

- Uy disculpa! No le he ofrecido nada.

- No, no se preocupe por mi. No voy a tardar mucho en marcharme. Solo quería llevarle el mensaje en persona.

En su mano abrió un pergamino y...

- Este pergamino es su pase para entrar al palacio mañana a la salida del sol. Se lo entregarás a las guardias, y ellas las guiará a su destino.

Milena algo asustada recoge el papel que le ofrece la concejala. Al mismo tiempo esta se levanta de su asiento.

- Bueno, no le hago perder mas tiempo. Debo de marchar.

- ¿Seguro que no sea tomar algo?

Mi dueña se levanta igual.

- No, descuide. Se agradece, pero debo irme ya.

Entonces mi dueña mira al esclavo sirviente y le ordena:

- Platus, custodie a la invitada.

El esclavo besa cada zapatilla de Etnia y se adelanta rastreando sus rodillas hasta la puerta. Cuando el esclavo abre la puerta, puedo ver como una caja con puerta y ventanas aguarda apoyada en la tierra la llegada de Etnia. Milena la acompaña también a su puerta y yo por lo tanto la sigo tirado de la cadena. La caja es una elegante carroza de madera los cuales es cargado por cuatro esclavos de cuadra. Estos levanta la carroza a media altura para que Etnia entre por su puerta. Una vez dentro se sienta y los esclavos, dos adelante y dos atrás, levanta mas la carroza para acomodarse de forma de que puedan andar con la carga. Después de unas despedidas de las damas, los esclavos de Etnia andan a paso ligero por el callejón llevándosela lejos.

El mensaje ha sido corto, y mas que un ofrecimiento parece una orden de la corona. Los planes de mi dueña parecen que van a cambiar de un día para el otro. Ella muy preocupada deja que su esclavo cierre la puerta, y me lleva de la correa hasta su habitación.

Al llegar a la habitación se desata la correa de la cintura y se saca ese vestido. Su esclavo tras nuestra los recoge y los dobla con mimo sobre la cama. Un arco es lo que divide su habitación con el baño. Mi dueña suelta mi correa y camina hasta adentrarse al baño. Su esclavo doméstico me adelanta y rastrea sus rodillas hasta ella. Milena se sienta desnuda, salvo sus sandalias, sobre un levantado mármol. El esclavo Platus se lanza a sus pies para descalzarla. Ante los besa y luego desata los nudos de los finos cordones del tobillo. Yo miro el panorama agazapado de tristeza por no poder participar. Con mis codos y rodillas clavados al suelo, contemplo abandonado como su sirviente disfruta descalzándola poco a poco.

- Vamos, idiota!, no tengo todo el día.

Mi dueña al final lo reprende y este se apura.

Pronto sale el esclavo con las sandalias en su mano y los deja cerca de su baúl. Milena se levanta del mármol y se adentra en una gran bañera sin agua aún. Entonces el esclavo sale de la habitación y no tarda en entrar con dos cubos de agua. Una fría y otra calentada. Ahora andando de pié hasta que se arrodilla cuando llega a la gran bañera. Allí con cuidado los vierte casi a la vez. Milena le va diciendo cuanto y cuando.

- Trae dos cubos mas!

El esclavo rastrea sus rodillas cuando sale con los cubos vacíos, y al entrar de nuevo con los cubos llenos, anda de pie hasta la bañera. Se repite el mismo proceso.

- Vale, trae a mi mascota y luego vete a la cuadra a preparar a Mulón.

- Como ordene, Ama Milena.

El esclavo coge de mi correa y me lleva hasta el baño. Luego desengancha la correa y me deja cerca de la bañera. Así hasta que se retira.

Milena está sentada de pies hundidos en agua y la espalda sobre el borde de la bañera. En el momento que estoy tan cerca ella me acaricia el pelo...

- Vamos a darnos un baño los dos, pequeño. Súbete mirando hacia adelante.

De alegría salto a su bañera con tan suficiente espacio que apenas ella separa sus pies extendidos para yo acomodarme a gatas sobre el agua. Ya con el agua hasta los codos y medio muslo, mi trasero queda a su merced. Sus pies están bajo el agua, y si quisiera buscarlos para besárselos, tendría que sumergir mi cabeza. Pronto me doy cuenta que quiere pasarme una pastilla de jabón por mis nalgas. Lo hace con mucho cariño. Nada que ver con los trabajos de baños en el mercado de esclavos. Frota y frota sin olvidar el orificio. No se por qué, pero allí se detiene. Derepente siento su índice entrar en mi ano. Luego dos dedos. Entonces comprendo que solo busca dilatarme para posibles adornos en caso de prepararme para salir. Es habitual que los esclavos tengan su culo lleno de cualquier objeto decorativo o estimulantes, sobre todo cuando salimos a las calles. Yo hace muchas semanas que no cargo uno, ya que en el mercado de la ciudad me había librado de ello. Eso sí, varios dedos de posibles compradoras he tenido que soportar. Sin embargo Milena en cuando me eligió, solo había estimulado mi pene para conocer su tamaño real. Y ahora entra hasta tres dedos haciendo me queje de un gemido triste.

- ¿Que te pasa cariño?

Por fin saca sus dedos y me frota por los costados. Luego se hace hacia atrás, y se arrodilla detrás mía. Sus manos golpean suaves en mis muslos para separar mas las piernas. Me dejo llevar y una mano recoge el peso del saco del escroto. Masajea hábilmente hasta que tengo una sensación de desmayo. Me cuesta mucho mantener la compostura cuando sus manos acarician en mi sexo. Ella puede comprobar fácilmente lo lleno que estoy. Las grandes bolas que caen por la gravedad son de su agrado y lo masajea con mucho mimo. Luego tiene que buscar desde mi barriga mi pene firme para obligarlo hacia atrás. No se cuantas gotas pre eyaculatorias habrán caído en el agua tibia. Pero la suavidad de sus manos pasando el largo del miembro hace que esté apunto de explotar. Eso sería un error grave, y no se que castigo podría soportar. Tengo que hacer un gran esfuerzo, no puedo ensuciar su baño de semen.

- Pero si estás temblado!.

Se ríe y después de una pausa me suelta el pene y las pelotas.

- Anda date la vuelta.

Me doy la vuelta y ahora la tengo de frente con una sonrisa encantadora. Su cuerpo esta mojado a excepción de su pelo recogido en una cinta como una cola de caballo. Su mirada adorable y dulce me estudia por un instante. Luego la pastilla de jabón hace círculos en mi mejilla, espalda, pelo y brazos. Acompañado de sus silbos entonando una melodía agradable, estoy siendo bañado por completo.

Me sorprende que sea bañado directamente por mi dueña, y sobre todo compartiendo la misma agua. El caso es que poco a poco me está aclarando con agua recogida de sus palmas. Entonces ella se frota sola, ni siquiera llama a su esclavo doméstico para bañarla. Yo sigo a gatas mirando como se frota unos pechos de mediano volumen. Totalmente excitado con un pensamiento terrible. Me imagino subido sobre ella clavando mi sexo desesperado en su apretado hondo. Pero obligado a permanecer a la espera miro fascinado el movimiento de sus finos dedos en sus pechos. Ella se lava sin dejar de entonar esa melodía deliciosa que salen de sus hermosos labios silbando. En una de esta abre sus ojos y me dice...

- Sal de la bañera.

Triste y desconsolado me salgo de la bañera.

Entonces llama a Platus...

- Prepara a mi mascota para salir.

Vamos a salir. ¿Donde?, no lo se. Saldré! , y siii... estaré con ella a donde vaya. Mis pensamientos estallan en diferentes emociones. La incertidumbre, la emoción, y las ganas de ver mas a su lado. Siempre a su lado.

Desconsolado por momentos, soy guiado por Platus. En estos momentos soy consciente de que me envidia. La fuerza con la que tira de mi collar entre sus dedos me hacen pensar que igual me quiere estrangular. Se que ambos nos odiamos... Lo se...

Continuará...

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