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Jennifer

byD4v1D©

Jenny fue por casi un año nuestra amiga. Desde primer año de universidad nos convertimos en inseparables, Jenny y nosotros los cuatro amigos. Pedro, Salvador, José Miguel y yo, David, lo éramos desde el colegio y de cuatro nos convertimos en cinco.

El primero que la conoció fue Pedro, nuestro Don Juan, en una fiesta de novatos de medicina en marzo. Él era estudiante de primer año, ella no, sólo venía acompañando a una amiga. El la encontró presa fácil, todas lo eran para él, una chica bonita, sola, aburrida, con ansias de algo más, de un poco de excitación en su vida. Un par de bailes, un par de tragos, ofrecerle llevarla a su casa en su auto, un beso de despedida aparcados a la sombra de un árbol en la calle oscura cerca de su casa, un beso que se convirtió en varios más.

Como nos contaría después:

—La mina, una colorina, estaba medio borracha y caliente, le di un par de besos en la boca, le metí la mano debajo de la polera y del sostén y le empecé a tocar las tetas. Se volvió loca, gemía y me decía qué rico.

—¿Y qué pasó después?— le pedíamos nosotros que vivíamos algunas veces a través de él.

—Me la agarré ahí mismo en el auto, a media cuadra de su casa, bajo las narices de sus papás. Creo que era virgen porque me dejó una manchita de sangre en el asiento.

—¿Y qué vas a hacer ahora?— le insistíamos.

—¿Yo con ella?, nada. Hay muchas mujeres dando vuelta por ahí.

Pedro era el más atractivo de los cuatro, al menos las mujeres opinaban así, era increíblemente seguro de sí mismo lo que le confería una personalidad carismática, moreno de ojos claros, pelo negro ondulado, alto, delgado, musculoso, siempre líder, sacó el mejor puntaje en la prueba de admisión universitaria y entró a estudiar medicina. Había perdido la virginidad a los 14 años y había tenido muchas parejas, pero no le interesaba tener relaciones estables de pareja, más bien su objetivo era agarrarse al máximo número de chicas que pudiera, ya que como decía él —polvo que no te pegas, es polvo que se pierde. —Nuestras novias no eran su objetivo, pero claramente veíamos el efecto que él tenía sobre ellas. No podíamos dejar de darnos cuenta cuando preguntaban inocentemente — ¿y va a estar Pedro? —o cosas parecidas.

Salvador tenía su gracia también, era músico aficionado, de pelo castaño claro, bajo pero fornido, también había querido estudiar medicina, era la esperanza de sus padres, pero no le dio el puntaje y terminó en biología. Aunque estaba frustrado, nos contaba que le gustaba la carrera. Por supuesto que envidiaba a Pedro, no tanto por sus conquistas que nos relataba con lujo de detalles, sino que porque estudiaba medicina. En el departamento de las relaciones con el sexo opuesto no le iba mal, un músico tiene sus armas y era inevitable que sacara su guitarra en alguna fogata o encuentro, y cautivara a más de una. Había tenido un par de novias en la enseñanza secundaria y tampoco era virgen.

José Miguel era el huaso. Siempre le había gustado el campo, los caballos y pensábamos que iba a estudiar agronomía, pero tampoco le dio el puntaje y terminó estudiando para técnico agrícola, en un instituto técnico. Era un gran jinete y un gran atleta. De pelo castaño, ojos color miel, flaco y bien definido. Era de personalidad extrovertida y amistosa, aunque no se le conocían novias, pero varias chicas dejaron en claro que estaban dispuestas a serlo. Era el consentido de su abuelo que siempre le pasaba plata y lo había llevado de putas caras desde adolescente. Al parecer se había hecho aficionado. Además, en el campo de su abuelo y a varios kilómetros a la redonda era el rey de las muchachas campesinas del sector.

Yo era el nerd secreto del grupo. Me gustaba leer, pero a diferencia de Pedro, que leía muchos libros de texto, yo leía novelas de fantasía. Trataba de disimular, siendo parte del grupo y escondiendo mi amor por la ciencia ficción. A veces después de juntarme con mis amigos corría ansioso a casa a leer un libro. Era alto como Pedro, pero mucho más flaco, sin gran musculatura, ni muy atleta. Yo creía que era el menos atractivo de los cuatro, un poco narigón y de mentón menos prominente, tenía menos rasgos típicamente masculinos como una manzana de Adán casi inexistente, era el más lampiño y la voz más aguda. Sin embargo, mi mejor característica que me otorgaba algo atractivo para los demás es que era probablemente el más inteligente del grupo: entré a Ingeniería sin problemas, y no me saqué el mejor puntaje porque no tenía necesidad ya que no era tan dirigido ni ambicioso como Pedro. Él me generaba a mí y en realidad a todos una gran competitividad. Nunca había tenido sexo con una chica y era mi gran secreto, ya que por un malentendido los demás estaba seguros que en el último veraneo había triunfado una noche en la playa. Por supuesto no tuve ninguna intención de desengañarlos.

Los cuatro vivíamos con nuestros padres e íbamos a la universidad en la misma ciudad, pero todos queríamos emanciparnos de alguna forma. No nos llevábamos mal con nuestros padres, excepto José Miguel quien tenía planeado irse a vivir a la casa de su abuelo al corto tiempo, el resto sólo queríamos sentirnos mayores y más libres. Aunque yo era más cercano con Pedro, había planificado arrendar algo con Salvador, porque Pedro había heredado un pequeño departamento tipo "studio" que servía para una sola persona y estaba esperando que se venciera el plazo de los arrendatarios actuales. En cambio con Salvador teníamos que pagarnos el arriendo y eso significaba trabajar además de estudiar: de mesero, ayudante en la universidad, o lo que fuera.

Pero siguiendo con Jenny, después de Pedro y sin saberlo, la conoció Salvador a través de su hermana que resultó ser amiga de ella, habían coincidido en el colegio, y se habían reencontrado en la universidad. En un café fue la presentación, Salvador, su hermana y Jenny. Salvador la terminó invitando a salir, y aunque no pasó nada con ella en esa primera cita quedaron de juntarse otra vez. Ese viernes la pasamos a buscar Salvador, José Miguel y yo. Pedro iba con una nueva chica en otro auto, y todos habíamos de llegar al mismo bar con música en vivo. Cuando Jenny se subió al auto, en el asiento delantero al lado de Salvador quien conducía, me impresionó su belleza. Tenía el pelo rojo intenso y abundante, pecas, ojos verdes, una figura delgada pero curvilínea, con una diminuta cintura y con pecho y trasero del tamaño justo. Venía vestida con vestido ajustado y corto, sin ser muy atrevido, el clásico "little black dress", pero verde oscuro, que contrastaba con su piel clara y pelo rojizo. Nos saludó distraídamente y se puso a hablar con Salvador. Se veía feliz en su cita y hablaba del grupo que tocaría esa noche. Yo la escuchaba y trataba de hablarle desde atrás. Me enteré que su mamá era una americana que se había casado con un chileno y era profesora del Nido de Águilas, por eso el nombre gringo, y que Jennifer era estudiante de psicología de primer año.

Cuando llegamos al bar, entró feliz y triunfante de la mano de Salvador, con paso saltarín. Cuando vio a Pedro se detuvo en seco y su rostro cambió.

Pedro la saludó con soltura.

—¿Por qué no me llamaste? Tu número no tenía teléfono— le respondió ella con tono acusador.

—Me debo haber esquivado al dictártelo— le respondió muy suelto él.

—¿Y por qué no me llamaste?— le insistió.

—Porque empecé a salir con Sandra— le dijo él mientras atraía a su pareja hacia donde conversaban.

—Ni te preocupes— le dijo Sandra con una sonrisa amistosa, —no eres tú, es él.

Y continuó —Estos chicos no creen en las relaciones de pareja estables. Espero no te haya prometido nada.

—En realidad no lo hizo— contestó Jenny, —solo creí que había una conexión.

—Y la hubo y muy intensa, de la que no me arrepiento, y espero que tú tampoco— le dijo él.

—Yo tampoco— le respondió sonriendo tímidamente ella.

—Bueno, ahora que todo está arreglado, vamos a divertirnos— concluyó Pedro, alejándose a la pista de baile con Sandra.

Salvador la miraba curioso y enojado al mismo tiempo. Su historia con Pedro era larga, en que éste le ganaba el quien vive con las chicas. De hecho, una vez Pedro se había acostado con una chica que Salvador había perseguido por largo tiempo. Tuvieron un altercado al respecto y Pedro le dijo que había pensado que la chica estaba libre. Terminaron abrazados diciendo cuanto se querían como si fueran hermanos y prometiéndose que respetarían los límites de cada uno en cuanto a mujeres.

Ahora claramente Jenny ya no era material de novia para Salvador, eran las sobras de Pedro y a sus ojos se había desvalorizado. No es como si la empezó a tratar mal pero tampoco era lo mismo que cuando veníamos en el auto.

Yo estaba clarísimo que era la misma pelirroja del auto que Pedro nos había relatado. Y eso la hacía más atractiva, sólo habían pasado unos meses desde su primera vez, pero ya era más experimentada que yo.

A mí me faltaba mi primera vez y sólo había llegado a un toqueteo intenso con una novia, toqueteos que me dejaban y la dejaban en un estado de máxima excitación, pero nunca me dio la pasada para ir más allá. Sin embargo, que una chica fuera más experimentada que yo era aún más excitante para mí; yo no tenía el fetiche de quitarle la virginidad, si no al revés.

Me quedó claro que para Salvador ahora Jenny era mercadería de segunda. Y mientras hacia mi análisis sociológico, José Miguel se me adelantó y comenzó a hablarle, puesto que Salvador no la estaba tratando con mucho interés. El huaso ladino tenía su encanto y ella comenzó a sonreír de nuevo. Terminaron bailando juntos y dándose besos en la pista de baile.

La semana siguiente hicimos un asado en la casa de Pedro y fuimos todos, incluyendo varias muchachas entre las que estaba Jenny. Después de varias cervezas y otros tragos, estábamos todos bastante entonados y Salvador y José Miguel comenzaron una competencia verbal, en que Jenny era el premio sin saberlo.

—Este huasito se las trae, ni me di cuenta y estaba dándole besos a mi acompañante— dijo Salvador.

—Si prestaras más atención a quien invitas no te hubiera pasado— respondió José Miguel.

—Hola, estoy aquí— dijo Jenny —y yo le doy besos a quien quiera.

—¿Y das algo más?— preguntó Salvador.

—Depende de quién lo pide— contestó ella, con una sonrisa pícara.

—Yo lo pido— dijo Salvador.

—Y yo— dijo José Miguel.

Ella se rio y dijo —no vaya a ser que se cumplan sus deseos.

Siguieron así toda la noche y en algún minuto desaparecieron los tres y no los vi más esa noche.

Después supe que habían hecho de todo, como dijo José Miguel —todas las colorinas son calientes.

—Sí, la mina le estaba chupando la corneta a Salvador y yo se lo estaba metiendo por atrás a lo perrito, de repente me corrí y se fue para adentro por el culo— dijo José Miguel y siguió —no te imaginas como gemía la mina.

—Nos miramos con José Miguel y nos dimos un "high five", fue increíble, me fui en su cara— terminó Salvador.

En muchas ocasiones posteriores ella estuvo con nosotros, en fiestas o bares o asados, pero ya no era el objeto sexual de antes, aunque algo quedaba. Salvador y yo nos habíamos ido a vivir a un departamento con dos cuartos, un buen living y una gran terraza que se convirtió en el cuartel central del grupo. Pedro finalmente tenía su "studio" y José Miguel ahora vivía con su abuelo. Respecto a Jenny los muchachos habían perdido interés, ya habían estado con ella y había otras presas dando vueltas por ahí. Y como dijo ella riendo en una ocasión —chicos, ya me los tiré una vez, no me impresionaron demasiado, ahora podemos ser amigos. Sin embargo, el hecho de que hubieran estado con ella generaba un cierto grado de confianza y soltura.

Y amigos fuimos, era una más del grupo. Se vestía con jeans sueltos y una polera grande y veíamos un partido de fútbol en la TV de nuestro living y bebíamos cerveza. Ella era un chico más, excepto para mí. Yo no quería una noche con ella, yo quería que fuera mi pareja.

Pasó mucho tiempo, hasta segundo año de universidad, y entre nosotros dos surgió una verdadera amistad. Muchas veces se quedaba en nuestro departamento conversando hasta tarde. Hablábamos mucho de la vida, de qué queríamos hacer cuando termináramos la universidad.

Salvador era fanático de la teoría de la evolución y la desafiaba con interpretaciones darwinianas de la vida y de cómo la psicología se complicaba tratando de explicar cosas como el deseo sexual y la elección de pareja que desde Darwin eran tan simples. Ella se enfrascaba con él en intensos debates y lo acusaba de reduccionista. Yo para no quedar fuera hablaba de los misterios del universo y de cómo cuando miraba el sol veía poesía, compuesta de fisiones y fusiones de átomos de helio y de hidrógeno y de fotones que viajaban a través del espacio y llegaban a nuestros ojos y nuestra piel. Y por supuesto de mi afición por Einstein. Hablaba de hipotéticos viajeros interestelares que volvían a la tierra y sus hijos eran mayores que ellos.

Eran conversaciones muy serias y vitales y de a poco la fui conquistando con, como dijo ella después, mi inteligencia y profundidad.

Un día que nos habíamos quedado solos en el living me dijo —sabes, al principio no me fijé mucho en ti, no eras muy extrovertido y pensé que tu timidez era desprecio, pero ahora me doy cuenta que eres el más interesante de los cuatro.

—Y yo creo que tú eres la chica más interesante que he conocido —le dije mientras me acercaba con mi boca a su cara.

Nos dimos un beso en la boca e inmediatamente pensé "por fin voy a perder la virginidad", mientras mi respiración se entrecortaba y sentía una erección. Pero no pasó nada ese día. Ni los siguientes.

Como me dijo ella —quiero que esto sea de verdad así que vámonos despacio.

Y despacio nos fuimos. Llevábamos una semana oficialmente cuando me dejó apretarme contra su pecho sobre el sofá que compartíamos con Salvador. Nos besamos y restregué mi cuerpo sobre ella, tirando en seco. Cuando traté de meterle mano bajo la camisa detuvo mi mano con la de ella y me dijo —no, por favor.

Nunca íbamos a mi habitación, solo estábamos en el living sobre el sofá y muchas veces llegaba Salvador y se sentaba con nosotros a conversar. Ahora que Jenny era mi novia, mantenía una relación ligeramente seductora con ella, haciendo chistes de doble sentido o poniendo otros temas vinculados al sexo y diciéndole lo bella que estaba. De alguna manera el que fuéramos novios le hacía entrar en competencia conmigo y a ella le encantaba la atención.

—Hoy vimos un poco de psicología, —decía él—pero de la buena, psicología evolucionista. Hablamos acerca de unos experimentos sobre sexualidad, en que una mujer contratada, tuvo sexo con varios hombres, y sólo llegó al orgasmo con el más atractivo. Esto último evaluado objetivamente por varios observadores.

—¿Y cómo interpretan eso los evolucionistas? —pregunté yo.

—Que la mujer está eligiendo sin darse cuenta, programada por sus genes, al hombre más atractivo porque los elementos físicos que constituyen la atracción están vinculados a supervivencia y requiere a un superviviente para que sea el padre de sus hijos.

—Pero podría ser simplemente que el tipo más atractivo la calienta más y no tenga ninguna intención de que sea el padre de sus hijos. Me suena a que es de esas explicaciones armadas justo para darle la razón a la teoría. —responde Jenny.

—En todo caso la evidencia dice que si David y yo estuviéramos tirando contigo, te vendrías conmigo y no con él. —se rio Salvador mientras me guiñaba un ojo.

—Ni lo sueñes —respondimos ambos al unísono.

Yo me preocupaba de estar con ella cuando sabía que él no vendría, para evitar el coqueteo y para tener oportunidad de avanzar en su seducción. O íbamos a su casa, donde estaba generalmente su mamá como chaperona y nos dejaba solos en el living o la terraza cuando hacia buen tiempo, pero Jenny no podía subir a su cuarto conmigo. Su mamá estaba convencida de que era virgen y Jenny no tenía intención de corregirla. También estaban sus hermanos menores para interrumpir nuestras sesiones de besuqueos.

Pasó un mes antes de que pudiera meterle mano bajo la camisa y fue una recompensa al esfuerzo sostenido, a una campaña cuidadosamente planificada en que iba ganando terreno poco a poco hasta lograr el objetivo. Vi sus pezones rosados, erguidos y largos, con unas areolas grandes, lo que me sorprendió y excitó ya que abarcaban casi un cuarto de sus pechos, algo que sólo había visto en documentales sobre África. Cuando traté de llevarlos a mi boca me paró una vez más.

—¿Por qué?— le pregunté.

—Ya sabes, quiero irme despacio— me dijo.

—Con mis amigos no te fuiste despacio— le dije.

—Sí, pero mira en lo que terminó, por eso quiero que sea diferente contigo, quiero que nos tomemos el tiempo que sea necesario como si yo nunca lo hubiera hecho— me dijo, con una cara de súplica.

—Yo entiendo pero me frustro mucho, siento mis bolas hinchadas cada vez que nos vemos y termino haciéndome la paja cuando vuelvo a mi casa— le contesté.

—Para mí también es difícil y yo también me la corro pensando en ti— me dijo sonriendo.

Sentía que ella tenía un poder sobre mí, la llave para acceder a su cuerpo, y me daba cuenta de la enorme asimetría de poder entre nosotros, yo era el que quería entrar, ella la que tenía el poder de concederme mi deseo, o no.

Una vez me contó que siempre fue muy activa sexualmente, en la soledad de su habitación se masturbaba desde los 12 años diariamente, que en el colegio tenía muchos pretendientes con los que nunca tuvo sexo pero se besaba y restregaba con ellos en las fiestas y paseos. Y que en ese período entre que perdió la virginidad con Pedro y comenzamos nuestra relación se había acostado con 18 hombres y dos mujeres. Que no era lesbiana pero que estaba en una fase de experimentación donde sentía que todo estaba permitido. Que había descubierto que le gustaba mucho el sexo, quizás demasiado, y que no le importaba que no fuera con amor, incluso le gustaba más. Lo había hecho con Salvador y con José Miguel pero también en otra ocasión con Pedro y una chica con la que él estaba saliendo. Pedro sólo había querido metérselo por el culo, no había soportado que José Miguel lo hubiera hecho y él no.

Pasó otro mes antes de que me dejara chuparle los pechos y meterle la mano bajo el pantalón. Sentir sus pelos y luego sentir esa hendidura mojada y caliente y muy suave podía ser el paraíso. Ella también me tocaba por sobre el pantalón y yo me bajaba el cierre para que me pudiera tocar. Nos masturbábamos mutuamente con las manos bajos los respectivos pantalones pero sin desnudarnos. A esas alturas nos encerrábamos en mi cuarto porque Salvador andaba constantemente paseando por ahí. Creo que no soportaba ver a Jenny, que llegaba muy arreglada a nuestro departamento con pantalones y camisa muy ajustada, y no poder echarle mano. Siempre estaba con sus bromas de índole sexual.

—Jenny, hoy estás insoportablemente rica— le podía decir, —me voy a pajear pensando en ti.

O en otra ocasión —si te aburres con este tipo, mi puerta está sin llave y yo esperándote en mi cama.

Ella le sonreía y le decía maliciosamente y riendo —ya pasé por ahí y no creo que valga repetir con algo tan chico.

—No tanto como tu novio— le respondía él riéndose como si tuvieran un secreto entre ellos.

Yo me reía y dejaba que siguieran con sus intercambios. Total, ella era mía.

Finalmente después de otro mes le pude sacar los pantalones y calzones, de encaje negros semitransparente, y pude ver su vulva, una tira de pelos rojos depilada tipo "landing strip" y labios rosados y no muy prominentes. Separó las piernas y me dijo —chúpame la zorra.

Casi me vine con esa petición que era casi una orden. Nunca lo había hecho pero siempre había querido, de hecho cuando hablaba con mis amigos de quince años el sueño de ellos era que una mina les chupara el pene, el mío era lamerle el sexo a una mujer. Mientras me masturbaba, me imaginaba el sabor, el olor, la sensación de hundirme entre sus piernas y quedar con la cara entera mojada, de sentir sus temblores y quejidos y hacerla llegar al orgasmo. A mis amigos les parecía asqueroso.

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