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Jennifer

byD4v1D©

—Ya, pero ¿se tira a otros hombres?

—No, es sólo coquetear. —Le mentí para no quedar mal.

—¿Y si yo coqueteo con ella, no te afecta que sea con tu amigo?

—No, si sólo es un flirteo amistoso, como ya lo haces, igual que Salva y JM. Total la conocieron antes que yo. —Seguí mintiendo.

—¿Me prometes que no te vas a enojar?, te lo digo porque sabiendo lo que sé voy a ir con todo, total tengo tu permiso, ¿o no?

—Claro. —dije, atrapado en mis mentiras, mientras pensaba "por favor no me la quites ni me hagas quedar mal".

Y continué, para aclarar: —En todo caso ustedes están fuera de los límites permitidos.

—O sea, hay riesgo de que pase algo más que el flirteo. —afirmó.

—Lo único que sé es que si algo pasara no puede ser con ustedes mis amigos.

—Ya estoy caliente pensando en ella —me dijo.

En eso empezaron a llegar el resto. Pedro se fue a buscar a Ana María. Era una chica atractiva, de pelo y ojos oscuros, algo punk, ojos con delineador negro, con un aro en una de las aletas y vestida entera de negro. Jenny llegó al último. Venía vestida con su clásica polera gris grande de mangas largas que no dejaba ver su cuerpo, pantalones de mezclilla ajustados y zapatillas blancas de caña alta.

Las chicas se quedaron conversando en el sofá, mientras los cuatro amigos jugábamos en la mesa de comedor. Los seis tomamos mucho, primero unos cortos de tequila y después cerveza Corona. La mesa estaba llena de botellas vacías.

Para jugar poníamos un límite de dinero razonable por noche con el que comprábamos fichas y después el ganador cobraba las fichas al "banco". Empecé ganando pero a medida que fui tomando se me fue nublando el juicio y perdí contra José Miguel casi todas mis fichas. Mi última mano estaba buenísima: un trio y un par. Pedro empezó a liderar y aumentar la apuesta, parecía que también tenía buena mano, hasta que no pude igualarlo porque me quedé sin fichas.

—Me voy a tener que ir —dije, entregando las cartas hacia abajo.

—Espera, apuesta otra cosa, te doy crédito. —Pedro estaba entusiasmado con ganar en grande.

—No te vayas a endeudar por un juego de póquer —intervino Jenny.

—Pero puede ser otra cosa, por ejemplo, te apuesto la polera de tu novia.

Hubo un silencio en la mesa hasta que Jenny se rio y dijo —no es algo que pueda apostar David, yo tendría que estar de acuerdo, ¿no te parece? Creo que mi polera vale por la de Ana María, no por fichas.

Hubo otro silencio incomodo que rompió Ana María —polera por polera.

—Pero no se pueden poner otra cosa encima hasta que nos vayamos —dijo Pedro.

Hubo asentimiento, ya que la casa estaba tibia a pesar del invierno.

—Amor, espero que tengas una buena mano, si no te mato —dijo Jenny.

—Y yo igual —dijo Ana María, mirando a Pedro.

Recogí mis cartas y las di vuelta. Pedro sonrió y dio vuelta las suyas: cuatro cartas iguales.

Jenny se ruborizó y lentamente se sacó la polera. Debajo traía una camiseta blanca de tiras al hombro, que se transparentaba algo y dejaba vislumbrar en parte el color y sus pezones orgullosos se asomaban contra la tela. Todos la miramos fijamente, centrados en su pecho, y parecía que sus pezones más se erguían frente a nuestra mirada.

—Bueno, pueden continuar con su juego, lo que es yo me voy a la cocina a prepararme un trago ¿Alguien quiere? —dijo Jenny.

—Yo voy contigo —dijo Ana María.

—¿Seguimos? —preguntó Pedro.

—No me quedan fichas —contesté.

—Bueno, apuesta otra prenda.

Excitado por la idea dije —tendría que preguntarle a Jenny —Y me paré para ir a la cocina.

Las encontré riendo y comentando —viste la cara de embelesados, los hombres son capaces de cualquier cosa por un par de tetas.

—Y las mujeres también, el gusto por las tetas es universal —contestó Ana María.

—Hablando de lo cual, ¿están dispuestas a apostar otra prenda? —les pregunté.

—Depende de cuál prenda y además ¿qué ganamos nosotras con ello?

Era una buena pregunta y pensé un rato antes de contestar.

—Ganan el poder exhibirse en un contexto permitido, ganan en darnos a sus respectivos novios lo que queremos y siempre nos podrán cobrar de alguna forma que estoy seguro se les va a ocurrir más adelante.

—Está bueno lo de cobrar después —dijo Ana María, dirigiéndose al comedor.

Ana María apostó por Pedro su camisa negra y Jenny sus pantalones por mí.

La siguiente mano la gano José Miguel y ambas tuvieron que desvestirse. Ana María llevaba un sostén, también negro, y Jenny unas pantaletas a rayas verdes y amarillas, de esas simples de algodón. Las dos se veían muy bien pero Jenny estaba para tirarse encima ahora ya.

—¿La última mano? —pregunto José Miguel, quien nos había dado duro toda la tarde en el póquer y se estaba quedando con todas las fichas y además con ver a nuestras novias semi desnudas.

—Yo no me saco ninguna prenda más —dijo Jenny.

—Entonces apostemos otra cosa —elaboró Pedro, —como un beso en la boca entre ellas dos si tú o Salvador ganan la próxima mano.

—Ok, pero no puede ser un piquito en la boca y ya, tiene que ser un beso que dure tres minutos al menos —dijo José Miguel.

—Está bien —dijeron las chicas.

Jugamos la siguiente mano y creo que todos queríamos que ganara él. Yo entregué mis cartas sin siquiera mirarlas, los otros dos hicieron lo mismo y José Miguel se declaró triunfante.

Las chicas se miraron, se acercaron y se dieron primero un beso con los labios juntos, pero luego Jenny abrió su boca y trató de meter su lengua en la boca de Ana María. De a poco se fueron entregando una a la otra y el beso se volvió más apasionado, la respiración entrecortada, se comían la boca de la otra, hasta que cada una abrazó a la otra, se juntaron sus cuerpos y comenzaron a restregarse suavemente. Pasaron los tres minutos y mucho más y nadie dijo nada. Ana María metió la mano bajo la camiseta de Jenny y puso su mano sobre su pecho. De repente Jenny se separó de ella y preguntó por el tiempo. El juego se había acabado. Todos suspiramos.

—Ahora, a cobrar y caro —dijo Ana María—Pedro, mañana me vas a llevar a comer a Chez Renard.

Era un restaurante francés carísimo. Ninguno de nosotros había ido nunca.

—Ufff —exclamó Pedro—de verdad que salió caro, pero voy a recobrar de una u otra forma.

—Jenny, fue un verdadero placer verte de nuevo, verte de verdad —se despidió, coqueto, Pedro.

—Y también para mí, verte viéndome.

—Un abrazo amigo —me dijo Pedro¬— gracias por la disposición positiva para un espectáculo tan bueno; ¡que se repita!

También José Miguel se despidió efusivamente de ambos y al final se acercó Ana María quien nos abrazó y a Jenny la tomó de la mano, la llevó a la puerta y bajo el umbral le dio un beso en la boca y le dijo —nos vemos luego, pero a solas.

Con Salvador entrecruzamos una mirada cómplice, ya que los otros dos amigos iban bajando.

—Mierda, que caliente quedé —dijo Salvador— me gusto volver a verle las tetas a Jenny y sobre todo verlas darse ese beso con tantas ganas. Me fijé que no te molestaste nada, más bien estabas entusiasmado.

—Sí, estuvo bueno —le conteste, sin mayor elaboración.

Nos fuimos a acostar y me contó que se había excitado mucho con lo que había ocurrido en la noche, le había gustado exhibirse ante los otros y que le miraran las tetas y le había gustado besar a Ana María pero que cuando la empezó a tocar decidió que era suficiente.

Luego me contó escuetamente de su noche anterior con el profesor de baile. Básicamente habían tenido sexo en todas las posiciones y por todas las "vías" posibles. Él había sido muy atlético y resistente y la había dejado muy cansada, pero que no tenía ganas de seguir con él. Había sido una diversión de una sola vez.

Luego me tocó y notó mi erección.

—Parece que te gusta escuchar esto.

—Sí —dije, con una voz temblorosa—me encanta la idea que tengas un amante—le confesé.

—Anda a probar lo que no pudiste ayer —me dijo, mientras empujaba mi cabeza hacia su sexo.

Me deslicé bajo las sábanas y finalmente pude probar su zorrita pelada. Se sentía muy suave y era una delicia lamerla, además de que estaba jugosa producto de la excitación con los juegos de esta noche.

Un día fuimos Jenny y yo a un bar. Ella iba vestida con una mini, medias al muslo de esas que tienen una franja de encaje elástico en la parte alta para que no se bajen, botas largas y una polera de manga larga ajustada. Como era su costumbre en las salidas nocturnas iba sin sostén y se podían adivinar sus pezones cuando salimos al frío. Estaba muy atractiva y me gustaba cuando usaba ese tipo de medias con falda mini, porque al sentarse se veía el encaje. Lo del profe de baile había quedado atrás y no había habido más eventos extra noviazgo que yo supiera aunque también sabía que ella podía no contarme. En el bar nos sentamos en una de esas mesas al costado de la pista de baile en que caben cuatro personas y tienen una banqueta semicircular. Nos tomamos unos tragos y conversábamos animadamente cuando se nos acercó un tipo, se veía algo mayor que nosotros, quizás de unos 28 años que nos ofreció hacer un truco de magia. Yo pensé que era de esos magos que piden propina después de su acto. Era rubio, de ojos azules, bien parecido, con una sonrisa amplia y una barba de dos días al estilo Clint Eastwood. Sacó unas cartas y le pidió a Jenny que sacara una, la viera y luego la devolviera al mazo y lo barajara. Luego tomó el mazo y le dijo a Jenny —tienes algo asomando debajo de tu pierna.

Miramos donde nos mostraba, era en el asiento entre las piernas de ella, en el borde de la mini y arriba de donde terminaban sus medias, y ahí había una carta de naipes.

—Permiso, voy a ver si es la carta que estamos buscando. —Y metió su mano atrevidamente entre las piernas de mi novia y le preguntó si era la carta que había sacado antes.

—¡No lo puedo creer! Es increíble, ¿cómo la adivinaste y cómo la dejaste ahí sin que me diera cuenta? —decía Jenny extasiada con el truco y riendo por el atrevimiento que tuvo de tocarle las piernas

Él se rio y se sentó a su lado —déjame mostrarte otro.

Siguió con trucos de cartas y monedas y cajas de fósforo. El tipo era realmente bueno, además de encantador y muy conversador. Yo me preguntaba cuándo nos iba a pedir la propina e ir a otra mesa.

De pronto pidió un trago y nos preguntó —¿Los puedo acompañar?

Jenny le dijo que sí enseguida y él nos confesó que usaba la magia para conocer gente, pero que no trabajaba en eso. Realmente era consultor de empresas. Nos invitó a más tragos y pidió una botella de champaña y unas tapas a la mesa. Nosotros habíamos acordado no gastar más porque no nos quedaba plata pero él no tenía problemas en gastar.

—¿Conocen el análisis del cubo? —nos preguntó.

—No.

—Piensen en un cubo en el desierto, una escalera y un caballo.

—Ya —dijo Jenny.

—Dime cómo es.

—Es un cubo grande, transparente y apoyado en el suelo arenoso del desierto.

—¿Y la escalera?

—Es de madera, está apoyada en el cubo, llega hasta arriba.

—¿Y el caballo?

—Es bello, de piel dorada y melena dorada, orgulloso e independiente.

—¿Y tú? —me preguntó.

—Mi cubo es pequeño de esos con los que juegan los niños con las letras del abecedario, la escalera es de juguete, de esas blancas de plástico que vienen en los carros de bomberos y el caballo es un unicornio. —Contesté jugando a darle una respuesta enredada.

—¿Un unicornio macho o hembra?

—Macho.

Se sonrió y procedió a interpretarnos nuestras respuestas.

—No es que esto sea psicología basada en la evidencia, pero es una forma de conocerse: el cubo son ustedes, Jenny tiene una autoestima grande y es una persona transparente y bien terrenal. David tiene problemas de autoestima y no se toma en serio a sí mismo porque es un juguete.

—La escalera son sus amigos, Jenny es fuerte para sus amigos y se apoyan en ella y ellos pueden influir en su forma de pensar. Para David los amigos no son en serio, por lo de juguete, y sirven para las emergencias, por lo de bomberos. —Continuó.

—El caballo es el novio ideal, para Jenny es un hombre dorado, que puede significar que es rico o brillante o simplemente rubio, y para David un macho que no existe.

—Claro, la validez de este supuesto test está super comprobada —dije un poco enojado.

—Amor, no te enojes, es sólo un divertimento, es una forma de romper el hielo y hacer que la gente se examine y piense acerca de sí misma. Deberías pensar por qué contestaste lo que contestaste. Tienes que reconocer que fue media nerd tu respuesta —intervino Jenny.

Él se rio y dijo —Exactamente, sirve para entablar conversaciones.

Sentía que se estaba levantando a mi novia frente a mí y no sabía bien que hacer. Si era agresivo quedaba mal y si era pasivo quedaba mal. Decidí que lo mejor era irnos y así remover al enemigo de las cercanías de Jenny. Le dije a Jenny si quería irse y me contestó con voz amurrada —acabamos de llegar y todavía queda la mitad de la champaña.

Así que seguimos conversando y cuando empezó el baile él fue más rápido que yo y le pidió a Jenny si quería bailar y ambos me miraron a mí con signo de interrogación. Yo no tuve nada más que hacer y les sonreí y les mostré mi pulgar apuntando hacia arriba.

En la pista los veía hablar y reír mientras bailaban, pasaron varios bailes sin que volvieran a la mesa, y cuando empezó un reggaeton la tomó de la cintura, se puso detrás de ella y ella se inclinó hacia delante y comenzaron a bailar chocando sus cuerpos, la pubis de él apretando contra el trasero de mi novia, en una especie de acto sexual público y colectivo. Me puse nervioso cuando le vi la cara a ella, desafiante y al mismo tiempo como abandonada a las sensaciones, una cara que no reconocí. Después de un rato se fueron al bar a pedir otro trago y a lo lejos podía ver como él le tocaba el brazo mientras hablaban, se le acercaba y susurraba al oído y ella reía coquetamente. Ella volvió a nuestra mesa, él se quedó en el bar mirando con una sonrisa que no logré descifrar, y ella me dijo —amor, creo que esta noche no vuelvo a casa contigo.

La inquietud mezclada con excitación que había sentido toda la noche me hizo sentido y tuve una erección instantánea mientras escuchaba esa frase escalofriante.

Me fui solo a casa, me acosté y pensé que no iba a poder soportar más pero al mismo tiempo que la amaba con locura. No me masturbé.

De repente desperté en la noche y sentí que ella abría la puerta de la pieza y me dijo —amor, te traje un regalo. Ponte de espaldas y déjame limpiecita.

Se sentó a horcajadas sobre mi cara y corrió su calzón. Empecé a lamerle la zorra y sentí que estaba inusualmente jugosa y de sabor raro. Me di cuenta inmediatamente que era semen por lo viscoso, pero como estaba tan encendido con ganas seguí lamiendo sin detenerme. A pesar de lo degradante que suena, era súper excitante hacerlo, era la máxima transgresión. Una vez que me tragué todo el semen seguí con su clítoris y ella tuvo su clímax al poco rato. Una vez más habíamos pasado de un límite, esta vez era que él había eyaculado en su vagina sin condón.

Unos meses después, nos juntamos todos a ver un partido de fútbol en la TV de nuestra casa. La chica de Pedro no podía ir y José Miguel y Salvador seguían sin novia, así que estábamos solo los cinco, Pedro, Jenny yo sentados en el sofá y José Miguel nuestra izquierda y Salvador a nuestra derecha, ambos en los dos sillones. Hacía calor y al poco rato todos estábamos en pantalones y polera; Jenny en falda sin medias y una polera. Ella estaba apoyada en mí y tenía sus pies descalzos sobre las piernas de Pedro, quien le hacía un suave masaje.

—Te ves muy rica desde aquí —le dijo Pedro, mientras miraba sus piernas y yo me imaginaba que podía ver un poco bajo su falda desde su posición. Miré más allá de Pedro y vi que José Miguel que estaba a la izquierda de Pedro también la miraba interesadamente.

—Salvador, te estás perdiendo un espectáculo desde allá —dijo José Miguel a Salvador, quien estaba a mi derecha, y sólo podía ver la cabeza y hombros de Jenny.

—Córtenla, pendejos —dijo Jenny riéndose mientras cerraba sus piernas.

Todos nos reímos pero yo sentí una ligera sensación en mi pene por el contenido erótico de la situación. La breve vibración fue suficiente para que Jenny disimuladamente me tocara la entre pierna y luego me mirara con curiosidad.

—Parece que te gustó la idea que me vieran bajo la falda —me susurró al oído. Y luego haciéndose la distraída movió su trasero hacia abajo lo que hizo que su falda subiera por sus piernas y quedara casi como una mini.

—Amor por qué no me traes otra cerveza —me pidió.

—Sí, para todos y el tequila también —dijo Salvador.

Fui a la cocina y me ocupé de las cervezas, el tequila (quedaba poco), el limón, la sal, los vasos de corto, la bandeja, y finalmente volví al living. José Miguel se había cambiado a mi puesto, tenía a Jenny con la cabeza apoyada en regazo y me dijo —el que se fue molesto, perdió su puesto.

—¿Y eso que tiene que ver? No me fui molesto.

—No importa pero rima —se rio. Y todos nos reímos por lo absurdo de sus palabras.

Me senté en el sillón ya que Jenny no estaba para nada reclamando que yo volviera. Él le hacía cariño en el pelo, mientras Pedro seguía tocándole los pies. Ella seguía con la falda arrugada y desde mi nueva posición podía ver claramente el calzón blanco de encaje que traía puesto. Se vislumbraba apenas su vello púbico rojo que había vuelto a crecer después del encuentro con el profesor.

Me fijé que ella tenía la cara distinta, los labios hinchados apenas separados, las pupilas dilatadas y podía ver que su pecho subir y bajar con una respiración entrecortada. Aunque traía sostén, no era con relleno, por lo que se podía ver el perfil de sus pezones contra su polera. Había subido su cabeza que en vez de estar sobre los muslos de José Miguel ahora estaba directamente sobre su bragueta.

Al rato se acabó el tequila y todos queríamos seguir tomando.

—Hagamos una matita para ver quien baja al almacén de la esquina a comprar —dijo Salvador. Todos pusimos las manos al medio y mostramos si la mano estaba con la palma hacia arriba o hacia abajo. Yo era el único con la palma hacia arriba.

—Jajaja —se reían por mi mala suerte.

—Fíjate que si no hay tequila en el almacén hay que ir a la botillería —me dijo Salvador.

Bajé apurado porque no quería perderme el partido ni dejar a Jenny en ese estado con mis amigos. Por supuesto no había tequila en el almacén y tuve que caminar las 15 cuadras hasta la botillería maldiciendo mi mala suerte.

Volví cansado después de 30 cuadras. No había encontrado ningún maldito taxi.

Cuando entré al departamento todos miraban el fútbol y me aplaudieron efusivamente por traer el tequila. Jenny no estaba en el living y supuse que había ido al baño. Al poco rato volvió y me di cuenta que estaba sin sostén. No quise decirle nada en ese momento, pero me llamó la atención. Quizás qué había pasado en le intertanto.

En el sofá estaban ahora mis tres amigos y ella dijo —me quitaron mi lugar, no es justo —mientras se lanzaba encima de ellos. De alguna forma yo estaba mirando desde afuera el juego: mi novia de nuevo con la falda arriba, sin sostén y sobre mis amigos. Cada uno le hacía cariño en el pelo o la espalda o las pantorrillas mientras me miraban con una sonrisa culpable.

—Acaparadores —les dije, con una sonrisa pero no sabiendo bien qué debía hacer. No estaba dispuesto a ponerle fin si Jenny no lo hacía.

Repartí los tequilas y entre todos nos bajamos la botella, como queriendo estar borrachos y así no ser responsables de lo que íbamos a hacer.

José Miguel, quien estaba bajo las piernas de Jenny, subió con su mano y le acarició la parte de atrás de las rodillas mientras me miraba con cara de interrogación. Yo simplemente le cerré un ojo y él siguió con su mano hasta llegar a la mitad de sus muslos. Ella torció la cabeza y me miró hacia atrás, sus ojos llenos de deseo, y volví a cerrar un ojo. De repente me paré decidido a no quedar como espectador, me arrodillé frente a ella, me miró y comencé a besarla mientras estaba sobre las piernas de mis amigos. Nadie se acordaba del fútbol. Miré la mano de José Miguel y ya estaba bajo la falda. Pedro, al medio, empezó a subirle la polera y le dijo ¬—date vuelta. Ella obedeció y de repente pudimos ver sus deliciosas tetas al aire. Yo atrapé un pezón con mi boca, Pedro otro, Salvador le besaba la boca mientras José Miguel le bajaba los calzones.

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