La Enfermera Complaciente

bybrunorivera©

- Espera, te tengo una sorpresa.

Sacó de una gaveta un consolador con trabillas y se lo puso en sus caderas, apenas cubriendo su vulva. Se acostó sobre mí y me lo metió en mi vagina. Al ser artificial, lo sentí muy grande, duro y frío, pero el vaivén que la señora le imprimía me hizo aceptarlo con mucho placer, y luego comenzó a bombeármelo con fuerza. Yo pasaba de un orgasmo a otro con mucha facilidad, y luego, le dije:

- Para, por favor. Ahora es mi turno.

Se lo quitó rápida y alegremente, me lo ajustó, y luego, se acostó en la misma posición misionera en la que yo yacía, y yo procedí a penetrarla. Mis jugos vaginales lo hicieron mucho más fácil de lo que pensé y me contagié de su frenesí al ser yo la que hacía el papel de hombre sobre ella. Ella también tuvo que detener mis embestidas cuando se sació de orgasmos. Así hicimos para poder pasar los primeros días de ausencia de nuestro amado Mickey, mi Mickey, su Mickey.

Ella ejerció algunas influencias para que yo pudiera trabajar en hospicios y que yo no desperdiciara mi talento con los pacientes, y hasta me protegió de demandas y acusaciones, después de todo, mis clientes reclamaban mi toque especial. Yo le pregunté:

- ¿No te sientes celosa de que yo sea una prostituta disfrazada de enfermera?

- No, Nancy, celosa me sentiría si no hicieras esto por nuestros pacientes.

Y es que ella también "trabajó" con algunos, los más mayores, pero a veces, se encaprichaba por algunos jóvenes. Y yo, feliz.

Mi "jefa" tomó el estandarte de nuestro modo muy particular de dar "calidad de vida," y por algún tiempo, montamos un hospicio para envejecientes y otros pacientes con lesiones o condiciones degenerativas. Además, de cuido, alimentación y medicamentos, había rehabilitación física, manualidades y actividades intelectuales. Ella fue recibiendo mayor presión por parte de la comunidad por nuestro estilo de vida y no logramos una matrícula razonable. Aunque Lucy luchó valientemente por nuestro sueño, éste quedó tronchado y ella murió repentinamente, y ni siquiera pude socorrerla o ayudarla a pasar al más allá con un poco de placer, ya sea conmigo o con algún paciente. Fue sepultada junto a su amado hijo y sentí que yo moría con ella, y ahora, no habría quién me sostuviera al contemplar el sepelio. Al llegar a la casa, amarré su consolador a una almohada y lo cabalgué, y aunque llegué al clímax, me sentí culpable y solitaria.

Un día, su abogado me llamó y me dijo que, al constituirse la sociedad especial para administrar aquel hospicio, yo quedé como su única heredera. Yo no me esperaba esto. Pero al volver a trabajar con mis pacientes, volví a comprender el propósito de mi existencia, el dar un consuelo que las instituciones no están dispuestas a dar a los que sufren.

Desenlace:

Los años pasaban, y yo seguí haciendo lo que sé hacer: ser enfermera extra-complaciente, y aunque mi atractivo y vigor menguaron, me mantuve ocupada en mis causas mientras tuve fuerzas para ellas. A la larga, envejecí tanto que yo misma fui a parar a un asilo de envejecientes, ya que quedé sola, si hasta mi familia biológica me dio la espalda cuando tuve mis primeros escándalos en aquel hospital. La fortuna que tenía la fui consumiendo en cuido y medicamentos, y hasta tuve que vender la casa para pagar mis gastos, y además, yo ya no pude hacerme cargo de una propiedad tan imponente. Yo dejé una cláusula en mi última voluntad para obtener el mismo trato que yo prodigué a mis pacientes, pero los cuidadores la consideraron aberrante y la arrancaron de mi expediente y la arrojaron a un cesto para basura.

Yo me fui debilitando y perdí la esperanza de que alguien atendiera mis necesidades especiales. Las enfermeras me bañaban como lo dictaba el libro de texto, evitando a toda costa el excitar mi líbido, y mucho menos, permitirme un orgasmo. Me fui cansando de masturbarme, porque no tenía oportunidad en el baño, y cuando lo hacía acostada, los ordenanzas veían mis sábanas con verdadera repugnancia cuando las cambiaban al otro día.

Una noche, llegó un conserje sigilosamente, para que el personal no lo viera venir a donde yo estaba. Me preguntó:

- Con permiso, ¿es usted la Señora Nancy?

- Sí, ¿quién es usted?

- Mi nombre es Marcos. Trabajo en la limpieza de este hospicio.

Vagamente recordé que un conserje me sorprendió en uno de los hospitales y comenzó a chantajearme, haciendo que yo le mamara su pene o dejándome sodomizar. Esas veces, no las disfruté mucho. Le reclamé:

- ¿Qué quiere?

- Por favor, perdone mi atrevimiento, pero recibí una carta suya...

- ¿Carta? ¿Qué carta? No recuerdo haber escrito alguna.

- Pero, si aquí la tengo.

Y me la mostró. Era mi petición especial para recibir sexo durante mi estadía en el asilo. Estaba vieja, manchada y rota, pero al menos, no la pasaron por una trituradora. De hecho, era una fotocopia. Me explicó:

- Por favor, no se enoje. La carta original se estropeó demasiado, pero antes, logré copiarla. Esta tiene menos de un año.

Hizo una pausa, lleno de nerviosismo y vergüenza, y me preguntó:

- ¿Todavía quiere que alguien le haga esas cosas?

Al principio, me ofendí por su sugerencia, ya que yo había perdido mi buen humor, con el que yo protegía mi psiquis tras los bochornos que pasé cuando me descubrían en mis travesuras. Pero luego comprendí que no tenía opción, y que además, ya me hacía falta un buen sexo para vivir de nuevo. Le contesté, con un sentimiento muy parecido al amor:

- ¡Con todo mi corazón!

Entonces, metió su coche con el equipo de limpieza en la habitación y sacó condones y una crema. Le dije que, a mi edad, ya no sería necesario el condón, y yo extrañaba el sentir semen directamente en mi ser. Se bajó los pantalones y calzoncillos y se embadurnó su pene. Luego, me levantó el camisón y lamío mis pezones. Aunque mis mamas estaban demasiado caídas, yo era tan sensible ahí como si fuese todavía una jovencita. Después, me quitó mis pantaletas y lamió mi clítoris y tuve mi primer orgasmo en mucho tiempo. Finalmente, me sacó la almohada de la cabeza, se subió a mi cama, la colocó bajo mis nalgas y me penetró firme pero cuidadosamente. Comenzó con un vaivén lento, pero le dije que acelerara, para acabar antes de que nos descubrieran. Cuando lo hizo así, tuve otro orgasmo, un poco más fuerte que el anterior, y le indiqué:

- Alza mis nalgas y métemelo por el ano.

Cuando sacó su pene, tomó otro poco de crema y así pudo penetrar mi recto. Apreté su pene con todas mis fuerzas y logré otro orgasmo muy intenso mientras él descargaba todo su semen, que se fue derramando a la funda. Se desmontó y lavó toda el área lo mejor que pudo, por lo menos, la desinfectó y perfumó para que nadie percibiera el olor que dejó nuestra aventura. Acomodó mi almohada en mi cabeza de nuevo, y la consideré un trofeo muy preciado, porque sobre ella se desató toda la pasión de la siempre fui capaz, y dormí plácidamente.

A la larga, mi cuerpo se fue poniendo demasiado frágil para la penetración vaginal o anal, pero le pedí al conserje que me dejara mamarle el miembro viril, y al menos, yo podría rememorar tiempos mejores. Hasta tuvo que aprender a sacar su pene al eyacular, como en las películas porno, porque yo podría atragantarme con su semen y asfixiarme. Se limitó a restregar su pene contra mis labios, mejillas o busto, y le resultó más fácil lavar la evidencia. Pero todo acabó, con él, siendo transferido, y yo, falleciendo de un paro respiratorio durante mi sueño. Lo bueno fue que me pude reunir con Mickey y Lucy, mi familia adoptiva. Al menos, viví como una enfermera complaciente y morí como una enferma complacida.

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