La Pianista

bylurrea©

Cuando las pasiones van más allá de lo esperado.

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Sentada en la terraza de su suite, en el 25° piso del hotel 5 estrellas que su asistente y secretaria le había elegido para esa gira a ese país, contemplaba la hermosa cordillera nevada. Realmente ese espectáculo visual la relajaba, después de las 11 horas de vuelo desde Sydney, en la que había dado su último concierto. En una semana más daría su único concierto, para lo cual debía comenzar con sus ensayos de cuatro horas diarias, ya que esta vez interpretaría conciertos para piano de Brahms lo que suponía hacerlo con la orquesta sinfónica, razón por la cual había viajado con una semana de anticipación. Esperaba no tener las dificultades que había tenido en Australia, donde debió enfrentarse con la personalidad del director que pretendió en algún momento, criticar una entrada que realizó ella en unas de sus piezas musicales preferidas, que según él, había estado media corchea tardía.

Tomó una revista de gran formato que le habían hecho llegar para que se interiorizara respecto del país. Era una costumbre que tenía cada vez que viajaba a un país. La hojeó mientras bebía un jugo de frutas. Las fotos eran impresionantes, mostraban un país de grandes contrastes: en la zona norte estaba uno de los desiertos más inhóspitos de la tierra, y en el sur, unos enormes lagos, rodeados de volcanes nevados. Realmente este país era increíble. Siguió mirando las fotos absorta, sin percatarse que desde el interior de la sala en la que estaba instalado un piano de gran tamaño para sus prácticas privadas diarias, y que colindaba con el enorme dormitorio, alguien la miraba.

Carol, su secretaria y asistente de más de tres años, contemplaba a la hermosa mujer de 25 años, que representaba no más de 22. La bata que vestía, se había abierto, dejando a la vista una larga pierna y un redondo y firme muslo. Su pelo corto apenas tapaba su oreja, destacando un rostro de pómulos levantados y ojos negros rasgados. Yuca Kimara, de origen vietnamita, era en este momento, una de las pianistas más destacadas de la música clásica. Especialista en Brahms y Beethoven, era aclamada en todos los centros culturales del mundo y había sido invitada a este país latinoamericano, por primera vez.

Pero no era eso lo que llamaba la atención de Carol, mientras la miraba, sabía lo que Yuca valía desde el punto artístico; lo supo el día mismo en que la escuchó por primera vez en la Opera de Paris. Allí, después de la presentación se la había presentado un amigo, y cuando Yuca supo que Carol era graduada en economía y administración, le pidió que fuera su asistente. La pianista andaba buscando hacía mucho tiempo, una secretaria, pero más que eso, una persona que le sirviera de compañía y de confidente. Una persona que tuviera la reserva suficiente para que se encargara de todos sus caprichos y gustos, los que Carol, al poco tiempo que entró a trabajar para ella, se dio cuenta que sí eran muy especiales.

Yuca, poseedora de un temperamento fogoso, que no sólo se expresaba en la fuerza que daba a sus interpretaciones, especialmente de Brahms, necesitaba encausarlo fuera de la sala de concierto también. Y eso había sido lo que más había impactado a Carol, ya que se dio cuenta al poco tiempo, que Yuca en sus relaciones con los hombres, mostraba rasgos que lindaban con la ninfomanía. En las habituales fiestas que las instituciones encargadas de los conciertos preparaban en su honor después de cada presentación, Yuca mostraba de inmediato simpatía por uno o dos de los invitados, y Carol tenía que encargarse de que alguno de esos personajes terminara de alguna manera en su suite en el hotel donde se hospedaba, cuando no eran ambos, por lo que debía adecuar los horarios compatibles con los ensayos que diariamente realizaba Yuca. Hubo ocasiones en que atendió a uno en la mañana temprano y al otro por la noche. Pero, en muchas oportunidades, en que ninguno de los invitados fueron de su agrado en los países que visitaba, Carol se vio en la necesidad de contactarse con empresas que ofrecían scorts masculinos, para que la acompañaran a comer después de sus presentaciones, los que por supuesto, terminaban en la cama con Yuca.

La personalidad avasalladora de Yuca, era tan fuerte que Carol se había entregado totalmente a lo que ella le mandaba. Sentía que no podía negarse a nada de lo que le pedía. A su lado se sentía como una adolescente. Aunque tenían la misma edad, era evidente que Yuca ejercía una especie de liderazgo sobre ella y aunque hubiera querido a veces negarse a sus caprichos, no era capaz de llevarle la contra. Y no porque se impusiera por ser su jefa; Yuca tenía una manera de pedírselo, que toda su voluntad flaqueaba cada vez que se acercaba a ella y se lo pedía como en un susurro. Se sentía como un conejillo encandilada cada vez que ella le solicitaba algo. Su rostro y su sonrisa la envolvían y eran los momentos en que si Yuca le hubiera pedido que se lanzara por el balcón, lo hubiera hecho sin dudar un minuto.

Carol era una enamorada de la música. Lo había sido desde pequeña. Había tratado de tocar el violín cuando pequeña, pero la muerte de su padre a temprana edad, le impidió continuar con las clases, y eso había quedado atrapado en el pasado, junto a sus anhelos de ser alguien en la música. Por eso, cuando escuchó a Yuca por primera vez, creyó que su corazón se le saldría del pecho y cuando ella le pidió que trabajara para ella, fue la culminación para ella. El poder estar día a día escuchando sus ensayos, verla en sus presentaciones en público, era como vivir en el sueño que siempre tuvo de niña. Si no podía vivir para la música, viviría con la música que Yuca representaba. Carol era heterosexual, pero si no lo hubiera sido, se habría enamorado de Yuca. Estaba segura de ello.

Todo ese ambiente musical que rodeaba a Yuca, también la envolvía a ella; al poco tiempo de ser su asistente y secretaria, Carol se dio cuenta que había otro aspecto de la personalidad de Yuca, que nunca pensó que compartiría y de la manera en que comenzó a darse. Yuca siempre estaba rodeada de hombres. Su hermosura y su sensualidad parecían envolverla en un halo y especialmente a los hombres que entraban en su cercanía. Y Carol caía en esa vorágine de sensualidad que se creaba en las fiestas que se realizaban en honor de Yuca y había aprendido a vivirlas intensamente.

Por sus constantes viajes por el mundo, Carol durante todo el tiempo que llevaba con Yuca, nunca había podido desarrollar ninguna relación estable con los hombres que había conocido. Y tenía que conformarse con encuentros que sólo la satisfacían sexualmente, dejándola siempre con una sensación de vacío, como la que deja la masturbación. Así se sentía. Pero, cuando contemplaba cómo Yuca enfrentaba la vida, le era difícil de entenderla. Para ella, era lo habitual, lo deseado. Los hombres no tenían otro sentido: estaban para satisfacerla. Para ella no tenían más sentido que la satisfacción que sus consoladores le producían, y que acostumbraba a llevar en su equipaje. En algunos momentos de confidencia, ella así se lo había manifestado y Carol la quedaba mirando como si fuera un ser de otro planeta.

Y Yuca, al momento de tener relaciones íntimas, lo era. Poco después de un año de convivir con ella, le había confidenciado que ningún tipo de placer sexual estaba prohibido para ella. Incluso en un momento le pidió que estuviera en la habitación mientras hacía el amor con un hombre que recién había conocido. Carol en un primer momento, rechazó la idea; pero, como siempre lo haría a partir de ese momento, la convenció que lo hiciera oculta, y que ella se lo agradecería, ya que ambas disfrutarían de ese momento mágico, le dijo. Nuevamente la coneja encandilada por la luz, dijo que sí.

Oculta en la penumbra de la sala contigua al dormitorio, Carol fue testigo en esa primera ocasión, de cómo Yuca era capaz de desarrollar una intensidad y pasión, casi mayor que la que mostraba en sus conciertos. Los vio entrar. Él, un tipo de mediana edad, un poco más bajo que Yuca, de pelo canoso, fue prácticamente empujado contra la cama mientras Yuca lo iba desnudando, sin que el tipo ofreciera la menor resistencia. En ese momento Carol, observó la expresión de Yuca: se la imaginó como una pantera dispuesta a devorar a su presa, era una mantis, dispuesta a descabezar a su pareja. Era Yuca, bajo un nuevo ropaje que ella desconocía, que apenas había vislumbrado en el poco tiempo que llevaba con ella. Una Yuca que movía febrilmente sus manos tratando de que ese hombre mostrara su torso, sus brazos, su vientre hasta que pudo asir con ambas manos el corto pero grueso miembro, que ahora se mostraba firme y tieso entre sus dedos, esos dedos que comenzaron a moverse con la misma suavidad con que lo hacía sobre el teclado del piano. Las luces indirectas de los costados de la habitación de Yuca, le permitían a Carol observar los rostros de ambos: de asombro por parte de él, de tener a esa hermosa mujer que hacía un par de horas atrás lo hacía estremecer intelectualmente ante la maravillosa ejecución del concierto para piano N° 1 de Brahms, y este instante en que lo hacía estremecer físicamente, mientras sus manos se movían de arriba abajo acariciando su miembro viril. La mente de ese hombre era un remolino, al igual que la de Carol, mientras Yuca corría los breteles de su traje largo, que se deslizaba hacia abajo, ante la atenta mirada de él, que trataba de absorber y memorizar cada trozo de ese cuerpo que se mostraba ante él.

Carol miraba desde atrás el cuerpo sensual y mórbido de Yuca, que se movía felinamente sobre el hombre. Al levantar su rodilla sobre la cama, Carol pudo observar los labios mojados de su vulva que se apoyaron sobre el grueso glande, para lentamente bajar envolviéndolo. Carol sintió una enorme excitación en su propia vulva, viendo cómo ese grueso miembro abría los delicados pétalos carnosos de Yuca y se perdía en su interior, y no pudo evitar llevar sus dedos a su propia vulva, tratando de imitar la penetración que estaba contemplando frente a ella.

En ese momento conoció a la otra Yuca, sensual, caliente y que expresaba con su cuerpo toda esa pasión que consumía su cuerpo. La escucho gemir, gritar, mientras se movía violentamente sobre el hombre. Ella no estaba haciendo el amor, ella culeaba, ella mandaba, ella forzaba la penetración. Carol, en ese momento, deseó haber tenido una cámara para grabar los movimientos de Yuca y la expresión de asombro del hombre, que sólo atinaba a mantenerse firme. En los 10 minutos que duró, Carol la vio acabar al menos dos veces a Yuca. Era toda una hazaña para el hombre, haber podido responder como lo había hecho y vio con pesar cuando empezaba a sentir la contracción de su verga, ante la inminencia de su propio orgasmo, como si la hubiera notado, Yuca se había desmontado y le había agarrado el miembro y lo había mantenido vertical en su puño, mientras su verga lanzaba chorros de semen que cayeron sobre su vientre.

Carol pudo observar el desenfado de Yuca, cuando reptó sobre la cama, para apoyar su espalda en el cabezal de la cama, mientras tomaba una copa de champagne que tenía sobre la mesita de noche y contemplaba satisfecha su obra. El hombre yacía desnudo, bañado en su propio semen y la miraba, como pidiendo alguna explicación, la que no llegó y nunca llegaría.

Así había comenzado a conocer el lado B de Yuca. Pero, ¿quién era ella para juzgarla?

****

A partir de ese episodio, Carol se dio cuenta, que no sólo estaba allí para ayudar a Yuca a administrar sus dineros, coordinar sus giras internacionales, sino que tenía que atender toda su vida privada hasta en los menores detalles. Era su madre, su amiga, su confidente, su guardaespaldas. Debía cuidar cómo se daban sus relaciones interpersonales. Incluso, en aquellas ocasiones en que Yuca le pedía que le consiguiera una pareja ocasional. Allí era en donde continuaba el trabajo fino de Carol, ya que debía preocuparse de que esos tipos, contratados con ese sólo objeto, no pretendieran algo más, como quedarse más horas de las contratadas. Sabía que Yuca, después de saciar su apetito sexual, simplemente no quería saber más de ellos, por lo que Carol tenía que hacerse cargo de los platos rotos y de la cuenta también y especialmente, debía hacerlo con todo el sigilo posible evitando cualquier escándalo o la presencia de periodistas caza noticias.

Ahora miraba a Yuca, y tampoco podía convencerse de que aparte de su apetito sexual, ella fuera capaz de comer como lo hacía, sin que subiera un gramo. En los tres años que llevaba con ella, había subido un kilogramo. ¡Un kilógramo, y mantenía la misma talla con que la conoció! ¡Ella, en cambio, tenía que hacer el doble de la gimnasia que hacía Yuca y comer como un canario! La figura espectacular de Yuca, la dejaba pasmada, de la misma manera que dejaba lelos a los hombres que la rondaban después de cada presentación. De casi 1,70 de estatura, algo inusual para una asiática, poseedora de un cuerpo de curvas generosas, acostumbraba a presentarse con vestidos que ensalzaban sus pechos generosos, su trasero levantado y sus muslos espectaculares: Breteles que nacían desde la cintura, dejando su espalda al descubierto, y con faldas que dejaban toda la pierna al descubierto, generaban una reacción inmediata expresada en murmullos de todo tipo de connotación en la gente cuando aparecía en escenario, que se acallaba tan pronto comenzaba su interpretación. La envidia de las mujeres y el deseo de los hombres se mezclaban en igual medida, especialmente en aquellos momentos en que Yuca llevada por la intensidad de la música, movía la pierna que atacaba el pedal del piano, convirtiéndola en el centro de la atención, hasta que nuevamente la melodía borraba el efecto visual y la música acallaba esas pasiones.

(Esta historia continúa)

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