tagControl de la MenteLa rata - capítulo 03

La rata - capítulo 03

byegosumquisum©

Tus oídos retumban con cada latido de tu corazón. Sientes que te quemas por dentro. Tu sangre, excitada, escurre por una de tus pantorrillas, quizá con más parsimonia de la que exige el torrente interno. Jadeas. La mezcla de saliva y aire se agolpa en tu garganta, que, también excitada, se resiste a aceptar la bocanada. Tu piel, ardiente como arena del desierto, no siente ya más que su propia temperatura. Ni siquiera parpadeas cuando unos ligeros pies pasan a toda velocidad cerca de tu rostro.

No sientes los cantos pelados ni el calor de la tierra seca bajo tus palmas.

Te levantas y sigues corriendo.

✽ ✽ ✽



El amo único que adoras ronca.

Hace ya largo rato que tus brazos se cansaron de sostener el pesado libro que, sin mucho interés, tu docto poseedor ojeaba.

Permaneces quieta, casi como un maniquí, con la diferencia de que tú sí respiras, aunque sea con parsimonia para evitar que el libro se mueva.

Fijas la mirada en la pared que se levanta detrás del sofá en que descansa tu solo y sabio dueño. Anhelas perderte en el ficticio vacío que la pintura blanca sobre el muro de piedra te permite imaginar; pero no puedes —y sabes que no puedes—, así que te resignas a sostener el libro. El cosquilleo del adormecimiento muscular recorre tus extremidades, primero como si jugase y luego con sádico deleite. Dentro de ti, fortalecida desde no sabes dónde, una sensación diminuta comienza a hincharse, a engrandecerse, ávida de someter cada espacio, cada recoveco, por mínimo que sea, de tu seno, tus entrañas, de tu ser delicado de alado y obediente mensajero. Te has hartado. Estás harta.

Una duda se gesta en el interior de tu cabeza. ¿Por qué eres incapaz de soltar el libro? Estás cansada, te duelen los brazos y las piernas se te han engarrotado de tanto estar de pie, ¿por qué, entonces, seguir sosteniendo el chingado libro?

«Prueba» --te alientas internamente--. «prueba a soltarlo. Atrévete. ¿Qué pasa? Bájalo de menos, que la sangre corra tantito. O Respira hondo. ¡Eso! Respira hondo... y déjalo caer. Si no va a pasar nada ¿o sí? A ver lo que pasa, suéltalo. Nada más es un momento. Ándale. ¿No que muy cansada? Pinche teatrera. Bájalo o suéltalo o haz algo, ¿o qué? ¿Te vas a quedar así todo el pinche día?».

Puedes escucharte, sin siquiera separar los labios ni mover la lengua, ni expulsar el aire con algo que no sea tu nariz, puedes escuchar tu voz que te reta, se mofa de ti, tú te mofas de ti misma. Que a ver si estás de veras tan harta, que vayas a sentarte si tan sacalepunta —¿tú te has dicho eso?—, que no vales verga, como dice el amo.

Finalmente dejas escapar un gemido de angustia. El libro, o tu misma voz, aún es difícil precisar, ha vencido y ahora está en el suelo. Tu verdadero y sabio poseedor sigue dormido. Con trémula cautela te agachas para recogerlo. Una oleada de dolor, semejante a una descarga eléctrica te recorre los brazos y te hace engurruñar los dedos. Dentro de ti sabes que puedes dejar el libro ahí, el amo ha meses que no lo toca y ha dicho que lo escogió porque es grueso y pesado, y ha tenido ganas de ver si todavía puedes ser útil para algo. Ha dicho que no te castigará, y nunca te ha mentido antes.

Respiras con cierto alivio mientras consideras, con los brazos extendidos hacia el libro, si debes recogerlo. Te preguntas qué haría el amo, qué desearía el amo; pero eres incapaz de penetrar en sus pensamientos, ni siquiera te atreves a predecir sus deseos. Recuerdas que has estado a su servicio desde hace ya bastante tiempo, aunque no sabes a ciencia cierta si han sido años o poco menos, ¿o poco más?

«¿Importa, acaso?» --de nuevo tú misma.

Como si una fuerza superior te transportase a otro tiempo, puedes ver al dueño que adoras y cuya palabra es la única verdad que deseas conocer, de pie, con una risa sardónica en el rostro. Él mueve los labios, sabes que te ordena que hacer; pero no escuchas ninguna orden. La complacencia en su rostro es evidente, aumenta. Una de sus manos soba su vientre, desciende a la altura del pubis, con cuidado abre la bragueta de sus pantalones negros y saca su falo enhiesto. Con rítmica calma manipula su órgano, lo aferra con delicadeza, el movimiento de su muñeca fluye con suavidad; ambos, tú y él, saborean cada tensión y distensión. Puedes ver como los dedos que rodean el cuerpo hinchado del pene, lo aprietan con un característico cariño.

—¿Conociste muchas vergas antes, Nere putita?

Escuchas la pregunta; sin embargo, adviertes que los labios aún se mueven y el silencio, guasón como de costumbre, es el único que sale de la boca en movimiento.

—¿Qué haces? —escuchas la voz amodorrada de tu único y verdadero amo.

De súbito te enderezas, sobas uno de tus brazos mientras lo miras devolverse al sueño.

—¿Qué haces? —inquiere nuevamente.

—Aquí... —respondes sumisa. Te quedas contemplando su rostro tranquilo, no terminas la frase.

Inhalas con fuerza y aguantas la respiración por un instante. Miras hacia donde está el libro. Exhalas despacio. Te pones en cuclillas, ases el libro y vuelves a erguirte.

Piensas que mereces un castigo.

Abres el libro en cualquier página y lo sostienes abierto delante de tu único y verdadero amo.

Escuchas los ronquidos mientras miras la pared que se levanta detrás del sofá.

✽ ✽ ✽



Estás exhausta.

Tu cuerpo delgado parece brillar, una leve capa de sudor te cubre como si fueras una delicada figura de plata.

Debajo de ti, una muchacha morena chupa con furia tus pezones erectos. Tu pecho de mujer que jamás dejó de ser niña parece rehusar las hambrientas intentonas de los carnosos labios de la hembra, que, tirada boca arriba, se apoya en los codos para alcanzar tus pequeñas tetas.

Sentado frente a ustedes, el amo único de sus mentes y cuerpos las mira mientras acaricia con cariño su miembro desnudo. De tu garganta apenas salen unos chillidos como de roedor. Estás quieta, como una figura de plata, y por tus muslos se escurre un líquido tibio, oloroso. Tu rostro encendido hace gestos, mezcla de pesar y placer. Lloras mientras entornas los ojos, los tuerces hacia arriba o bizqueas.

Una tensión eléctrica recorre tu frágil cuerpo.

El poseedor de tu existencia derrama su semilla en tu rostro. Una explosión incendia tus entrañas y chillas, te retuerces, escupes el alma mientras la morena te muerde los pezones erectos. Tus brazos se acalambran, lo mismo que tus piernas. Tu pecho es un atabal furioso, tu cabeza es éter.

—Suficiente --ordena el amo de tu ser con notoria displicencia.

La mujer que está debajo de ti se recuesta.

Te dejas caer sobre ella.

Jadeas.

El único amo del que eres devota se compone la vestimenta, suspira y te dedica una mirada cargada de pesar.

—Duerme --manda--. Duerme profundamente.

La voz te acurruca y cierra tus párpados. No adviertes que la mujer morena, sobre la que yaces boca abajo, te imita cual reflexión en el espejo.

—Escucha y obedece --continúa la docta voz--: regresa al momento en que me entregaste el control de tu inconsciente. Está ahí, quizá borroso y distante, o, por el contrario, nítido y cercano, no importa; permanece dentro de ti, tráelo de vuelta, vívelo una vez más. Recupera la esencia de quien eras. Cuando te ordene despertar, mantendrás esa esencia, ya no se irá, sino que estará presente, como antes, una vez más te dará forma. Una vez que despiertes, tendrás consciencia propia, pero cuando alguien chasquee los dedos tres veces consecutivas, caerás en un sueño profundo y tu inconsciente obedecerá cuanto se le diga. ¿Entiendes y aceptas?

Ambas exhalan una afirmación casi imperceptible.

—Despierta ya.

La modorra te abandona con tremenda lentitud. La piel suave y el muelle abdomen que conforman tu colchón despiden un aroma familiar. Miras a la morena que, a su vez, reconoce tu rostro.

Advierten su cercanía y la exposición de sus cuerpos.

Gritan.

El pervertido imbécil que las mira suelta una carcajada. Te incorporas, tu expresión delata asco y espanto. Miras a tu hermana, su anonadamiento le impide ponerse de pie. Las carcajadas retumban en tus oídos. Miras ahora el semblante guasón del infame bruto que se deleita con tu sorpresa. Elevas el brazo, la mano abierta. ¡Chas! El tronido invade tu cabeza. Das un paso hacia atrás, tu mano preparada. ¡Chas! Tu visión se nubla. ¡Chas! Tu mano castiga su mejilla al tiempo que sus dedos chasquean por tercera vez.

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