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La ventana indiscreta

byaristurman©

Apenas llegó el invierno, mi esposa Elena y yo decidimos escapar del aburrido frío para pasar unos días soleados en el Caribe.

El condominio que habíamos alquilado era excelente, con una hermosa vista del océano y con muchos lugares donde relajarse y pasarla muy bien. Compartíamos la terraza de nuestra habitación con nuestros vecinos, lo cual nos quitaba un poco de intimidad, pero todo lo demás era tan perfecto que le restamos importancia a ese asunto.

Mientras desarmábamos las valijas y ordenábamos nuestras ropas, no pudimos evitar oír algunos placenteros gemidos provenientes de la habitación vecina.

Ambos nos asomamos discretamente por la ventana y vimos que se trataba de un corpulento hombre negro, en contraste con su compañera, que era una mujer rubia muy pálida y pequeña. Ambos estaban desnudos en la cama, sus cuerpos entrelazados, mientras ella gemía suavemente con las embestidas de su amante.

Un rato más tarde salimos a caminar por la playa. Cuando regresamos nos encontramos con nuestro vecino, ahora sentado en la terraza disfrutando de su soledad, quien nos saludó efusivamente y se presentó. A mi me tendió una enorme mano en un fuerte apretón y mi sorpresa fue mayor cuando tomó a Elena por la cintura y la atrajo hacia él en un abrazo, besando ambas mejillas de mi esposa. Cuando se separó de ella pude notar una gran erección a través de sus livianos pantalones de playa.

Me felicitó por la esposa que tenía, mientras pude notar que la miraba de arriba abajo, desnudándola con la mirada; era evidente que al tipo le atraían las mujeres blancas.

Le pregunté por su esposa, pensando en la pequeña rubia que se había cogido durante la tarde, y me sorprendí un poco cuando respondió que ella había regresado a su casa un par de días antes para atender una emergencia familiar.

Presintiendo que Elena se encontraba un poco molesta por la desfachatez del tipo, me excusé diciendo que debíamos completar unos trámites del ingreso al hotel, y así nos despedimos.

Durante la cena Elena parecía algo perturbada, le pregunté si no le había molestado la familiaridad con la que nuestro vecino negro, un perfecto extraño, la había abrazado y besado, pero ella respondió que solamente era una persona amigable. También le pregunté si había notado su excitación, o mejor dicho, su inocultable erección, pero lo negó y cambió de tema.

Más tarde, mientras hacíamos una romántica caminata por la playa, volví a insistir con nuestro vecino, preguntándole si no se imaginaba en el lugar de la pequeña rubia que habíamos visto a la tarde. Elena se sonrió y me respondió que estaba muy satisfecha con nuestra relación de pareja y que teníamos una perfecta vida sexual, por lo tanto no necesitaba fantasear con un enorme y fornido negro.

El primer día había sido bastante largo y agotador, así que regresamos a la habitación y caímos rápidamente rendidos en un profundo sueño.

A la mañana siguiente desperté solo; Elena me había dejado una nota diciendo que pasaría un buen rato en el spa y el centro de belleza del hotel.

Mientras disfrutaba un excelente desayuno en el balcón, no pude evitar oír jadeos de placer que provenían desde la habitación de nuestro vecino; mi curiosidad pudo más y ya que estaba solo decidí espiar discretamente por su ventana entreabierta.

El enorme negro estaba de pie en el centro de la habitación, mientras, arrodillada frente a él, una mujer rubia pero distinta a la anterior le succionaba la verga más grande del planeta.

Sus largos cabellos dorados ocultaban su rostro. Apenas una tanga negra cubría su escultural cuerpo y sus turgentes pechos se agitaban bajo una breve camiseta de algodón, mientras se inclinaba hacia adelante, recorriendo con sus carnosos labios la punta de la enorme verga.

Comenzó a tragarla hasta la mitad de su increíble tamaño, mientras el hombre le sostenía la cabeza por la nuca. Entonces le dijo que se relajara y empujó hasta que su humanidad desapareció por completo dentro de su boca. Ella pareció atragantarse, pero siguió lamiendo y succionando, provocando gemidos de placer a su amante.

Después de unos minutos volvió a tomarla por la nuca y, arqueando la espalda en un grito gutural, derramó lo que parecía ser varios litros de semen en la garganta de ella.

La mujer intentó tragarlo todo, pero luego giró su rostro hacia abajo y dejó caer una buena cantidad de liquido sobre la alfombra. Recién en ese momento me di cuenta de que esa diosa sexual era mi propia esposa. No podía creer lo que veía. No podía entenderlo.

El hombre la levantó del suelo tomándola por su delicada cintura y la arrojó sobre la cama, arrancándole la diminuta tanga negra en el mismo movimiento. Ahora solamente quedaban sus pechos cubiertos por la camiseta, mientras su depilada entrepierna se abría para dar una visión única: sus delicados labios vaginales se abrían completamente humedecidos. Sin demasiados preliminares, el gigantesco negro se ubicó entre las piernas abiertas que le ofrecía mi esposa y comenzó a frotar su enorme verga sobre esa hermosa concha que tanto me excita.

Me quedé paralizado, mientras escuchaba a mi hasta hoy fiel esposa suplicarle al negro que se la metiera, gimiendo sensualmente y provocándolo con una mirada plena de lujuria.

El animal no perdió tiempo y en una primera embestida se la enterró hasta la mitad, provocándole un terrible alarido de dolor, que enseguida pareció transformarse en un gemido de placer.

Se quedó quieto durante unos segundos, dándole tiempo a que Elena sintiera como iba dilatándose su estrecha concha, para finalmente deslizarse hacia adelante y penetrarla completamente, mientras ella continuaba gimiendo y sollozando.

Creo que mi esposa alcanzó al menos un par de orgasmos antes de que la enorme verga la llenara por completo.

El negro se retiró y volvió a embestirla con más fuerza todavía, arrancándole más gritos de dolor y gemidos de placer.

La sometió a esa tortura rítmica durante un buen rato, sonriendo mientras observaba como Elena gritaba y le pedía que no se detuviera, hasta que finalmente volvió a derramarse, llenándole la delicada concha con su semen. Apenas se la sacó, mi esposa se abalanzó para chupársela nuevamente, lamiendo su propia esencia de la casi fláccida herramienta del negro, que, para mi asombro y desesperación, volvió casi instantáneamente a endurecerse otra vez.

Hizo voltear a Elena sobre sus manos y rodillas, ubicándose luego detrás de ella, para penetrarla en una sola brutal embestida, aprovechando la dilatación de su ya enrojecida y húmeda vagina. Mi esposa volvió a gritar por la sorpresiva y salvaje intrusión, dando un salto hacia adelante tratando de escapar, pero el hombre la inmovilizó tomándola por los hombros, mientras se retiraba totalmente y volvía a penetrarla con brutalidad. Poco le importaban los desgarradores gritos que Elena dejaba escapar ante semejante despliegue de potencia. Repitió los bruscos movimientos durante largo rato, metiendo su verga hasta el fondo para retirarse completamente y penetrarla una y otra vez. Finalmente la liberó del abrazo, dejando a mi esposa totalmente abatida y permitiéndole así hundir la cabeza en la almohada, mientras seguía gimiendo, gritando y rogando que no dejara de cogerla de esa manera con esa enorme verga.

El negro sonrió y la tomó por los cabellos, montándola otra vez brutalmente, mientras le daba sonoras palmadas en el trasero. Desde mi posición podía ver reflejado en un espejo el hermoso rostro de Elena, que denotaba dolor y placer a la vez. También podía ver su delicada y ahora enrojecida concha mientras era salvajemente maltratada por esa gigantesca verga que entraba y salía con tan brutales embestidas.

El incansable negro era un verdadero animal y parecía que podría seguir cogiéndola durante días enteros. Luego de arrancarle al menos tres muy audibles orgasmos, observé que se inclinaba sobre ella y le susurraba algo al oído. Elena sonrió lascivamente y asintió con la cabeza.

Entonces el negro retiró lentamente su dura verga, mientras ella gemía suavemente de placer y se levantó de la cama, regresando unos instantes después con un tubo de gel lubricante.

Comprendí que entonces iba a metérsela por el culo, ese redondo, firme y perfecto culo de mi escultural esposa, vedado hasta para mí, porque se quejaba del dolor que le provocaba el tamaño de mi verga durante mis intentos de tener sexo anal.

Ahora ese negro desconocido iba a penetrar ese hermoso y deseable trasero, terminando con su virginidad, de la cual yo jamás había podido disfrutar.

Seguía sin poder creer lo que estaba sucediendo, mientras observaba al nuevo amante de Elena meterle uno y hasta dos dedos en su estrecho y delicado ano, lubricándola con una buena cantidad de gel y preparando la necesaria dilatación para una buena sesión de sodomía.

Elena seguía boca abajo, los ojos cerrados, respirando en forma entrecortada y gimiendo suavemente con cada movimiento de los dedos que la invadían.

Finalmente me preparé para presenciar lo inevitable: un enorme negro desconocido, con una verga descomunal iba a sodomizar a hasta hoy fiel esposa por primera vez en su vida, con su propio consentimiento y sin saber que yo la estaba observando a escondidas.

El tipo se lubricó también la cabeza de su gigantesca pija y lo observé ubicarse nuevamente detrás de las redondeadas y bronceadas caderas de Elena, para guiar su increíble herramienta hacia la estrecha abertura anal de mi esposa. Ella pareció sorprendida cuando sintió la penetración, luego su bello rostro se contrajo en una expresión de dolor, apretando los dientes y cerrando los ojos, mientras estrujaba las sábanas y se aferraba al borde de la cama, pero enseguida noté que sus jadeos nuevamente se transformaban en gemidos de un intenso placer.

El negro la estaba penetrando muy despacio, permitiéndole a Elena dilatarse lo suficiente como para recibir semejante tamaño de verga. Noté que también deslizaba un par de dedos hacia los abiertos y lubricados labios vaginales, acariciándole el clítoris y logrando que mi esposa se relajara y comenzara a gemir sensualmente, pidiéndole que no dejara de tocarla y cogerla de esa manera. Entonces el negro la tomó firmemente por las caderas e inició un frenético y brutal ritmo de bombeo, arrancándole a Elena otra vez unos increíbles gritos de placer, a medida que era invadida profundamente por el incansable animal. Los observé durante un buen rato hasta que no pude soportarlo más y me retiré a nuestra habitación, donde me masturbé frenéticamente mientras escuchaba los gritos y suplicantes gemidos de mi amada esposa, disfrutando un orgasmo tras otro, mientras la sodomizaba esa dura y gigantesca verga negra de nuestro vecino.

Elena finalmente regresó cerca del mediodía, sonriendo absolutamente relajada y radiante, contando por supuesto una buena historia sobre el excelente tratamiento que había recibido durante toda la mañana en el spa.

Estoy seguro de que ella sabía que yo había sido testigo de la situación que había vivido, pero ninguno de los dos jamás volvió a hablar sobre el tema.

Lo peor de todo, es que me pidió si podíamos prolongar unos días más nuestras vacaciones en aquel lugar (para ella) tan paradisíaco.

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