Ladrón de Sexo

byoscarsalatino©

© Oscar D. Salatino

1

Después de un vuelo que se había prolongado más de lo debido para superar un frente de tormenta en medio del atlántico, la comisario de a bordo Mariela Cortés, de veintisiete años de edad y de nacionalidad colombiana se sentía tan agotada que apenas podía mantenerse en pie cuando llegó al departamento que rentaba en el centro de la ciudad.

A pesar del contratiempo nada podía empañar la satisfacción que continuaba experimentando por su reciente promoción, un logro realmente importante para una persona de su edad.

El haber alcanzado esa posición en un tiempo considerado récord -cinco años menos que el promedio- la hacía sentirse tan bien que se le pasó por alto que de las dos cerraduras de la puerta de entrada sólo una de ellas tenía echada llave.

Tras dejar su maleta junto a la mesa de la entrada comenzó a quitarse la ropa mientras se dirigía hacia el cuarto de baño ubicado al final del pasillo, e ignorando la vigilancia a que era sometida terminó de desnudarse después de abrir las llaves de la ducha.

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Las cortinas del living se agitaron, aunque brevemente, cuando el hombre que se cubría el rostro con una máscara abandonó su escondite. Después de un breve vistazo por la puerta entreabierta del cuarto de baño enfiló sus silenciosos pasos hacia la alcoba.

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Con el cansancio a punto de hacerle flaquear las rodillas Mariela Cortés dio por terminada su ducha. Al mirarse en el espejo se encontró con el que muchos definirían como un rostro atractivo en el cual no habían terminado de borrarse las líneas de tensión causadas por demasiadas horas de vuelo.

Aunque para infundir seguridad a los pasajeros se veía obligada a sonreír constantemente, sólo aquellos que se ganan la vida desempeñándose a miles de metros de altura son capaces de comprender ese terror que vive instalado en sus huesos hasta mucho tiempo después de que los aviones aterrizan.

Una sonrisa desvaída se dibujó en sus labios mientras se echaba una bata sobre los hombros, y aunque se sentía famélica y la sed parecía devorarla, en lo único en que podía pensar en esos momentos era en acostarse y dormir durante los dos días que tenía libres antes de volver a embarcar esa vez hacia el lejano oriente.

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El aroma de una loción masculina desconocida activó el primer nivel de alerta --el de la sospecha- pero Mariela lo desechó rápidamente pensando que el agotamiento le estaba jugando una muy mala pasada.

El segundo nivel --el de la intriga- se activó cuando sus ojos se toparon con los dos pañuelos de seda que pendían del respaldo metálico de su cama, pero el tercero --el del pedido de auxilio- ni siquiera llegó a activarse porque la repentina aparición del encapuchado emergiendo del guardarropas hizo que Mariela se desvaneciera antes de caer entre sus brazos.

2

El despertar fue gradual y confuso con algo así como una especie de mareo que demoró la correcta percepción de la situación en la que se encontraba.

La tarde estaba dejando paso a las primeras sombras de la noche y fue muy poco lo que alcanzó a distinguir en la búsqueda de pistas que pudieran ayudarla a comprender un poco más qué era realmente lo que estaba sucediendo.

Todavía se sentía algo confusa cuando por el rabillo del ojo izquierdo alcanzó a distinguir lo que le pareció un movimiento. Al volverse descubrió que sus muñecas estaban amarradas con esos pañuelos de seda que habían activado su nivel de alerta número dos. Para ese entonces, la casi completa oscuridad le añadía un tinte de siniestralidad a lo que a todas luces era una amenazadora e inconfundible silueta masculina.

La respiración pareció congelarse en su pecho cuando él encendió la lámpara de la mesa de noche. El súbito resplandor acuchilló las pupilas de Mariela encegueciéndola un instante antes de que su mente decidiera rechazar la realidad haciéndola sumir en un nuevo desvanecimiento.

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Algunos días más tarde cuando su vida había regresado a la normalidad, Mariela trató de revivir cada instante de esa atípica tarde pero nunca pudo determinar con exactitud si la había despertado el ronco murmullo de su captor o la sensación de encontrarse prisionera en lo que parecía un capullo de seda.

-No temas, no te haré daño, estoy aquí para cumplir tus fantasías--le susurró él en forma repetida como si estuviera recitándole un mantra. Aunque deseaba con todas sus fuerzas de que se tratara simplemente de una pesadilla, Mariela sabía que lo que estaba sucediendo era real. Mucho más de lo que se atrevía a aceptar, a pesar de las cientos o quizás miles de veces que había fantaseado con ser violada mientras practicaba sus cada vez más frecuentes sesiones de sexo solitario.

Abstraída en sus propios pensamientos el repentino movimiento del hombre la tomó por sorpresa y ni siquiera pudo gritar --su garganta estaba cerrada por el terror- cuando le desgarró la bata como si fuera de papel.

Todo parecía estar en su contra y presentía que nada ni nadie podría salvarla de lo que se perfilaba como la más oscura humillación de su vida, cuando aunque algo retrasado, el cuarto nivel de alerta --el de la lucha por la supervivencia- se activó haciendo que disparara sus pies hacia el desprotegido vientre del desconocido. Aunque no con la fuerza y a la altura adecuada para causarle daño real.

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Como claro exponente de la generación de las mujeres de los 80 -como se dio en llamarlas por aquellos que renegaban de la independencia femenina- Mariela había antepuesto su carrera profesional a su vida personal y a pesar de que disfrutaba mucho de todo lo relacionado con el sexo, sentía que no tenía tiempo para tomárselo tan en serio como le hubiera gustado, y en realidad le gustaba mucho

Había hecho sus primeras armas en el sexo el verano anterior a cumplir sus quince años. En esa época acostumbraba a pasar las vacaciones con sus primos, dos chicos y una chica, hermanos entre ellos. El lugar elegido era indefectiblemente la casa de los abuelos paternos ubicada sobre la costa del mar caribe, un lugar de ensueño en la que todo, desde el cálido mar hasta la suavidad de las serranías invitaba a la libertad de los sentidos, sobre todo a los relacionados con las urgencias hormonales.

Mariela perdió la virginidad a manos --por decirlo así- de su primo Federico la segunda noche de estadía, mientras a su lado, casi codo con codo, Nicolás se ocupaba de satisfacer los deseos de su hermana. Más tarde, para la segunda ronda de juegos hubo cambio de parejas y esa vez fue Nicolás quién se ocupó de terminar la perforación --tenía la verga más gruesa- iniciada por su hermano Federico, mientras éste se ocupaba de rectificar la abertura trasera de su hermana.

Fueron casi dos meses de ensueño con sexo a diario -¡Gloriosa Juventud!- y con la alternativa de cambios de parejas en las que todo quedaba librado a la imaginación.

######

El torpe intento de agresión por parte de Mariela fue neutralizado fácilmente por el enmascarado, que resultó ser tan fuerte que le bastó una mano para mantener sus piernas inmovilizadas.

-¡Suéltame ya hijo de puta o te juro que te mataré! --gritó ella fuera de sí, recibiendo por respuesta una carcajada que la hizo enfurecer todavía más.

-¡Te prometo que...!

El golpe la tomó por sorpresa.

-¡Hijo de...!

La fuerza del segundo golpe fue suficiente para provocarle un corte en el labio.

-¿Cómo te atreves? --lo interpeló Mariela hecha una furia.

Esa vez fue la boca del hombre aplastando la suya lo que la hizo callar. La gruesa lengua disparándose dentro de su boca consiguió que su libido finalmente la traicionara.

«Menta, tiene aliento a menta --pensó sorprendida de que su propia lengua respondiera a la de ese desconocido que seguramente se proponía penetrarla por todos los orificios de su cuerpo.

¡Si tiene la verga tan gruesa como la lengua me va a destrozar! --concluyó rápidamente.

A pesar de la excitación se mostró dispuesta a resistirse a cualquier precio e intentó golpearlo una vez más, pero antes de que siquiera pudiera moverse él la sujetó por los tobillos.

-¿Quieres que te viole o prefieres que te haga el amor?, elige --la conminó con una voz sonora y mucho más profunda que antes- porque si lo que quieres es que te cause daño no tienes más que pedírmelo y te complaceré, pero no es eso lo que yo quiero.

Mariela dejó escapar un suspiro que marcó lo que podría considerarse su entrega física, aunque no la mental.

-Estoy esperando tu respuesta --susurró el enmascarado retorciéndole un pezón.

-¡Duele! --protestó ella.

Él volvió a reír, sólo que esa vez lo hizo en silencio.

-¿Qué me dices? -le preguntó una vez más.

-No sé de qué me hablas --le respondió Mariela con la mente muy lejos de allí.

-¿Prefieres que te viole o quieres que te haga el amor?

Mariela trató de buscar la mirada oculta tras esa horrible máscara.

Él no pareció amilanarse ante su abierta actitud de desafío, es más movió la cabeza en forma aprobatoria, ya que el juego se estaba desarrollando en la forma en que más le gustaba.

-Está bien, se hará como tú lo quieras, pero después no me pidas que me detenga --le advirtió apagando la luz antes de tenderse a su lado.

Mariela maldijo una vez más a su estúpida libido mientras respondía al beso de su captor, porque una vez más el misterio de lo desconocido había potenciado el deseo sexual de una mujer.

######

Germán «trabajó» a Mariela en la forma lenta y cuidadosa que lo hace el experto utilizando la lengua como un estilete que punzaba en los sitios más sensibles de su cuerpo dejando a su paso un reguero de saliva ardiente, pero evitando deliberadamente los pezones, la vulva y el ano que dilataba con ese dedo que en ningún momento dejó de entrar y salir de su cuerpo con una cadencia que la hacía sentir que se derretía ¿DE AMOR? por el encapuchado.

Recién cuando estuvo seguro de que Mariela Cortés comenzaba a entregarse en forma incondicional decidió someterla a la prueba definitiva que confirmaría su dominio sobre ella.

######

Mariela no había terminado de recuperarse del último orgasmo cuando su captor le soltó las manos y tras voltearla le colocó una almohada bajo el vientre.

El mensaje resultaba tan claro que no necesitó que él le aclarara lo que haría a continuación, porque nunca, ni siquiera en sus mas alocadas fantasías hombre alguno la había excitado tanto como ese violador hijo de puta que se disponía a meterle su gruesa verga por el culo, y lo peor de todo era que estaba dispuesta a soportar lo que fuera para demostrarle que no podría doblegarla. ¿O SÍ?

-Despacio, métemela despacio o me vas a destrozar --susurró alzando las caderas para ir a su encuentro.

¿Y su propósito de resistírsele dónde había quedado?

######

Durante el resto de ese día y a lo largo del siguiente Mariela Cortés tuvo la oportunidad de probarse a si misma su fuerza de voluntad, porque aunque terminó afónica de tanto gemir y sollozar no le dio el gusto al ¿violador? de reconocer que le estaba procurando el mejor sexo de su vida.

######

El hombre de la máscara se marchó después de asegurarse que no quedaba ninguna prueba de su presencia, al menos a la vista.

Mariela dormía profundamente sobre su costado derecho, tal como había quedado después de que él le perforara el culo por cuarta vez en esas últimas treinta y seis horas.

Tras besarla suavemente se marchó tan silenciosamente como había llegado.

######

Germán Villalobos sonreía satisfecho mientras se alejaba de la casa de Mariela Cortés conduciendo su deportivo último modelo.

La «conquista» había resultado tan excitante como lo había imaginado seis semanas antes al verla ataviada con su uniforme de auxiliar en el vuelo que lo había llevado hasta el país centroamericano donde la empresa para la que trabajaba acababa de abrir una nueva planta de producción.

Verla y desearla se habían aunado en un solo pensamiento y dejando de lado sus otros asuntos había utilizado cada minuto de la decena de horas de viaje que tenía por delante para planificar detalladamente cada punto de lo que él consideraba su «misión» redentora.

Germán Villalobos no ignoraba que estaba enfermo, aunque su enfermedad no fuera más peligrosa para él que para aquellas a las que acercaba con las oscuras intenciones sexuales que terminaban siendo tan bien recibidas.

3

-¿Cómo está Germán? -preguntó la psiquiatra poniéndose de pie y estrechándole la mano mientras sonreía de esa manera tan particular que a él le gustaba tanto.

-Bien Mercedes, gracias -respondió él sonriéndole a su vez.

-¿El diván o el sillón? -preguntó ella con ese gesto que le marcaba hoyuelos en las mejillas

-El diván --decidió Germán mientras trataba de pensar en otra cosa que no fuera en la mujer sentada cerca suyo para que no resultaran tan evidentes los efectos que ella le causaba.

Mercedes Montalbán contaba con poco más de treinta años, una figura envidiable y facciones casi angelicales. Utilizaba lentes de armazón metálico y llevaba el cabello color azabache peinado en una melena corta que le llegaba casi a los hombros. Usualmente vestía sobrios conjuntos de falda y chaqueta, los que hacían destacar sus redondeadas caderas y las esbeltas líneas de sus piernas.

Todo una tentación para ese ladrón de sexo que todos llevamos dentro y mucho más para Germán Villalobos que aún continuaba dudando si debía dejarse llevar por el instinto e incluirla en su «lista de espera». Era hora de volver a pensar en el tema.

-¿Volvió a aparecer la jaqueca? -preguntó Mercedes ignorante de los maquiavélicos pensamientos de su paciente.

-Sí -respondió él.

-¿Cuándo?

-Hoy por la mañana.

-¿Tan intensa como siempre?

-Sí.

-¿Estuvo pensando en su hermana?

-No.

-¿Entonces?

-No sé, apareció súbitamente y aún continúa -respondió Germán mientras se tocaba las sienes con las puntas de los dedos, porque el recuerdo de los sucesos vividos más de veinte años antes volvía a filtrarse una y otra vez en su mente.

######

«Aunque era una salida no planificada, la familia de Germán decidió aprovechar los todavía cálidos días del recién iniciado otoño para salir de campamento hacia la zona de los lagos. El paraje era algo fuera de lo común, no sólo por la belleza del entorno, sino también por la escasa cantidad de viajeros que se animaban a llegar hasta allí.

La duración de las excursiones estaba dada por los tiempos de viaje y esa vez tenían planeado pasar por lo menos una semana lejos de los sonidos de la civilización y aunque generalmente llevaban provisiones para toda la estadía, esa vez alguien se había olvidado de cargar una de las cajas en el auto y al tercer día sus padres tuvieron que ir hasta el pueblo más cercano en busca de comida.

Germán (15) y Sofía (19) se quedaron para intentar pescar alguna de las esquivas truchas que abundaban en el riachuelo cuando fueron rodeados por tres hombres con los rostros cubiertos por máscaras de esquiadores.

Antes de que alguno de los adolescentes pudiera reaccionar fueron sujetados por dos de los encapuchados mientras el tercero comenzaba a revolver el contenido de la carpa y las mochilas en busca de dinero u objetos de valor.

En esa oportunidad, y para desgracia de los adolescentes, sus padres se habían llevado todo el dinero consigo y lo que hubiera quedado en algo tan frecuente como un robo terminó convirtiéndose en un suceso siniestro que marcó para siempre la vida de los hermanos, pero sobre todo la de Germán, que nada pudo hacer para evitar el abuso sexual contra su hermana.

Sin escape posible Sofía fue sometida por los tres depravados que hicieron oídos sordos a sus súplicas. Para cuando se dieron por satisfechos hacía rato que el piadoso manto de la inconsciencia se había abatido sobre ella, por lo que ni siquiera llegó a enterarse de que antes de marcharse los delincuentes la habían amarrado con su hermano

######

El fuerte dolor repercutió como un eco en la parte posterior de su cabeza mientras comenzaba a despertar.

Aunque en forma algo lenta pudo tomar conciencia del entorno, pero nada podría haberlo preparado para encontrarse con la cara de su hermana a pocos centímetros de la suya y mucho menos para hacerlo con su cuerpo desnudo apretado contra el suyo... también desnudo.

Germán sintió que el corazón amenazaba con detenérsele cuando al intentar liberarse de las ataduras sintió que la punta de su pene rozaba la vulva de Sofía, que tenía los ojos vendados y respiraba pesadamente.

Germán luchó por soltarse una y otra vez, pero el exiguo espacio acabó atentando en su contra y cada nuevo intento significó un roce más intenso entre su sexo y el de su hermana, hasta que...

######

Aún sumida en un sueño inquieto Sofía se sobresaltó al sentirse penetrada.

Las cuerdas se le clavaron profundamente en las muñecas cuando intentó escapar del cerco de esos brazos que la inmovilizaban.

-¡Basta por favor, no me cojan más! --susurró ignorando la identidad del que confundía con su violador.

-Perdóname pero no puedo evitarlo --trató de disculparse su hermano menor.

-¿Germán? -preguntó Sofía con voz quebrada.

-Sí --respondió él comenzando a mover las caderas instintivamente en esa cadencia tan antigua como la humanidad misma.

-¡Oh Dios! --gimió Sofía al darse cuenta del giro del destino que los había colocado en una situación sin retorno.

A pesar de todo, el instinto pudo más que los prejuicios, el razonamiento y el temor a lo prohibido, porque Sofía continuó lloriqueando mientras copulaba con su hermano en lo que consideró un intento de exorcizar la humillación recibida.

Cuando todo terminó aunaron sus esfuerzos para liberarse, y esa vez sí lo consiguieron.

Para las primeras horas de la tarde cuando sus padres regresaron al campamento con las provisiones los hermanos habían conseguido capturar tres enormes truchas y aunque sus vidas habían cambiado para siempre, ninguno de los dos volvió a hacer mención de lo sucedido entre ellos.

4

El suceso que marcara casi definitivamente la vida sexual de Germán lo llevó a buscar experiencias en un «mundo» completamente desconocido y fue un hecho meramente circunstancial el que determinó que la primera víctima de la recientemente adquirida afición de ladrón de sexo fuera la nueva profesora de inglés de la secundaria en la que él cursaba el último año del bachillerato.

Sus miradas se habían cruzado por primera vez durante unas milésimas de segundos a la puerta de la escuela, luego ella había desaparecido como llevada por un torbellino, aunque en realidad no había hecho otra cosa que subirse a un taxi que no tardó casi nada en desaparecer en medio del intenso tráfico céntrico del mediodía.

Una semana más tarde volvió a verla, sólo que esa vez fue en el aula y acompañada por la rectora del establecimiento. ¿Si eso no era una señal, entonces qué era?

######

A los veintitrés años de edad Lila Gutiérrez dejaba tras de sí una vida de caprichos y malacrianzas, además de siete años de danza y cuatro de equitación, verdaderos crisoles de físicos esbeltos y sumamente gráciles como el suyo.

Hija única de una médica y un ingeniero era la menor de una familia donde abundaban los tíos, las tías y los primos que no tenían nada mejor que hacer que consentir a la más pequeña del linaje. Decir entonces que había sido malacostumbrada estaba bastante cerca de la verdad, pero reconocer que era una persona de carácter resultaba una definición mucho más realista y también mucho más compleja.

El que por ese entonces pretendiera dar clases en una escuela secundaria obedecía más a su deseo de independencia que a la necesidad de ganarse la vida, porque contaba con un fondo fiduciario legado por sus abuelos maternos que le garantizaban una renta mensual lo suficientemente elevada como para no preocuparse de los asuntos que tienen a mal traer a la mayoría de los mortales.

Si quisiera catalogársela tomando como referencia los cánones comunes de belleza femenina, podría decirse que era bella en conjunto y extremadamente sensual en ciertos aspectos en particular, esto se explica más o menos así: aunque de labios llenos y bien delineados su boca resultaba algo grande, pero a la vez proporcionada con respecto a su mediana y apenas respingada nariz, que aunque salpicada con media docena de pecas no desentonaba con sus orejas pequeñas. Llevaba el pelo renegrido largo hasta los hombros en un peinado descuidado pero asombrosamente prolijo. Por otra parte sus pequeños hombros eran la percha perfecta para los pechos medianos, firmes y bien plantados en un torso en el que no sobraba ni un gramo de carne, aunque su mayor activo era, sin dudarlo, su trasero firme, musculoso, y casi Davinciano por lo perfecto.

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