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Mi Amigo y Mi Esposa 02

byaristurman©

Habían pasado unos pocos días desde que Carlos había sodomizado a mi esposa Lorena en nuestra propia cama. Ella me confesó que todavía le ardía y le dolía bastante su delicada y redondeada cola, pero que lo había disfrutado muchísimo y no podía esperar a volver a experimentar esa sensación otra vez.

El sábado siguiente yo estaba libre y pasé a buscarla por el gimnasio donde ella entrenaba. Volvimos a casa caminando y sin darnos cuenta, pasamos frente al taller de Carlos, quien nos reconoció a lo lejos y nos llamó sonriendo con cara de satisfacción.

A mí apenas me saludó con un gesto de cabeza, mientras abrazaba a Lorena, le palpaba el culo con ambas manos y le comía la boca en un beso interminable.

Ella no se resistió demasiado y se dejó llevar.

Carlos nos condujo hasta el fondo del local, que a esa hora ya estaba vacío, empujando a Lorena contra el capot de uno de los automóviles en reparación.

Ella pareció un poco sorprendida, pero enseguida pude notar una expresión de deseo y calentura en su hermoso rostro. Carlos no dijo nada más, se acercó a mi esposa y le sostuvo la cabeza hacia abajo aferrándola del cuello, mientras con la otra mano libre le deslizaba las calzas de gimnasia hasta las rodillas.

Se quedó con la boca abierta mientras observaba la diminuta tanga blanca de Lorena enterrada entre sus redondos y firmes glúteos. Al instante comenzó a pegarle fuertes palmadas sobre esa perfecta cola, mientras Lorena dejaba escapar gemidos y algunos quejidos de dolor, aunque me parecía que lo estaba disfrutando.

Mientras sucedía esto, yo me había ubicado a un costado de ellos, tocándome la verga ya endurecida por la visión de mi esposa siendo humillada y sometida por aquel animal.

Cuando se cansó de darle cachetadas a la cola, Carlos tomó una de las tiras de la tanga y la desgarró, arrancándola en jirones del cuerpo de Lorena. Antes de guardárselos como un recuerdo en un bolsillo, olfateó la esencia de mi esposa en ellos.

Le separó las piernas con uno de sus pies y hundió un par de sus enormes dedos en la humedecida concha de Lorena, que lanzó un grito de sorpresa y no tanto de dolor, ya que parecía estar bastante lubricada con sus propios fluidos.

Carlos también notó ese detalle, porque me miró sonriente diciéndome:

- Parece que la putita de tu mujercita estaba esperando que la cogiera otra vez.

- Podrías ser amable y pedirme que me la coja, dale, no la hagas sufrir con la espera.

Miré a Lorena, apoyada sobre el auto con su culo al aire, ya sin tener defensa, entregada a los deseos de ese bruto... ella me pidió con una mirada suplicante que yo accediera, podía notar en sus ojos el deseo incontenible que tenía de ser otra vez violada brutalmente.

- Dale Carlos, por favor, quiero que te cojas a mi esposa.

Se desprendió sus pantalones y otra vez vi asomarse la enorme verga con la cual había sodomizado a Lorena, ya la tenía rígida y lista para darle otra cogida memorable.

El hijo de puta me miraba sonriendo burlonamente, mientras apoyaba una pesada mano sobre la espalda de mi esposa para inmovilizarla y le restregaba el glande por la profunda raja.

Lorena presintió que iba a sodomizarla sin preliminares ni lubricación, así que giró su cabeza y le pidió que no lo hiciera, porque todavía le dolía mucho desde la primera vez. A cambio, le ofrecía darle todo el placer de su delicada concha, ya brillante y bien humedecida y lubricada debido a tanta excitación.

Carlos lanzó una sonora carcajada, mientras le daba un par de fuertes nalgadas con su enorme mano abierta, diciéndole a Lorena que iba a romperle el culo cuando se le antojara, sin importarle el dolor que pudiera causarle. Mi esposa volvió a suplicarle que no lo hiciera, insistiendo en ofrecerle sus abiertos labios vaginales a cambio.

El animal seguía riéndose, cuando de repente tomó a Lorena por los hombros y de una sola embestida la penetró con su dura verga hasta el fondo de su dilatada y humedecida concha, arrancándole un aullido de dolor ante tan brutal intrusión.

Enseguida se retiró completamente, dejándome ver esa enorme pija lubricada por los fluidos de mi esposa, para luego iniciar un perverso juego de mete y saca, provocando cada vez que entraba, alaridos incontrolables de dolor por parte de Lorena.

Comenzó a darle un ritmo increíble a la tremenda cogida que estaba disfrutando, sonriendo cada vez que mi mujer se quejaba de dolor.

Extrañamente, noté que Lorena no lo estaba disfrutando esta vez, solamente la oía gemir entrecortadamente y parecía sufrir en lugar de gozar.

La tortura a la que estaba siendo sometida duró un buen rato todavía, hasta que Carlos llevó su cabeza hacia atrás y aulló como un perro, dando a entender que estaba empezando a gozar de un placentero orgasmo.

De repente tuvo una especie de convulsiones, demostrando que estaba vaciando toda su carga de semen en el fondo de Lorena. Ella seguía muy callada.

Carlos finalmente acabó su goce, besando la nuca de mi mujer, susurrándole al oído que era una putita increíble, "su" putita a partir de ahora. Luego se retiró muy despacio, como si intentara prolongar su goce, hasta que pude ver su enorme pija todavía bastante rígida.

No me quedaban dudas, el tipo era un animal que podía coger durante horas sin cansarse.

Le dijo a Lorena que todavía no estaba satisfecho y que le iba a dar por el culo como la primera vez, hasta que se le terminara el estado de erección y la calentura. El llanto y las súplicas de mi esposa parecieron tener efecto, ya que no insistió por el momento y dijo entonces que pasaría por nuestra casa en los próximos días para obtener lo que quería.

- Flaco, parece que te gusta ser cornudo y mirón además, me dijo entre carcajadas.

- Tu mujer es mi putita de ahora en adelante y me la voy a coger cuando yo quiera.

Me acerqué a Lorena, que todavía seguía apoyada sobre el capot. Le acaricié la cola y muy despacio le separé los redondeados y suaves glúteos. Sus labios vaginales se veían inflamados y enrojecidos, totalmente dilatados y dejando salir el semen de Carlos, deslizándose por sus piernas hasta el suelo. Cuando mis dedos tocaron delicadamente su clítoris, Lorena me detuvo con un quejido, diciendo que le dolía mucho.

La ayudé a vestirse, ya que Carlos no permitió que se limpiara los restos que le había dejado dentro de su cuerpo.

Nos despidió fríamente, advirtiéndome que mi esposa debería estar siempre lista a su disposición y que comenzaría a compartirla con sus amigos cuando quisiera.

Despacio nos dirigimos a casa. Lorena caminaba con alguna dificultad y me dijo que le ardía y dolía demasiado. Al llegar la ayudé a desvestirse y a bañarse, cuando entonces se largó a llorar y me pidió perdón, diciendo que había disfrutado como una perra a pesar del dolor y que realmente Carlos la había convertido en su puta, ya que no podía dejar de pensar en esa verga enorme que la cogía tan bien y en el maltrato humillante que le daba durante esas salvajes sesiones de sexo.

La dejé sola para que se relajara y me fui a nuestra habitación, donde me hice una terrible paja mientras recordaba la escena de mi mujer bajo las embestidas de mi amigo y pensaba que esta situación parecía estar yéndose irremediablemente de nuestras manos.

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