OVNI

bybrunorivera©

Mi nombre es Diján y soy piloto de la Fuerza Aérea de la República de Gorania. Fui reclutado en la universidad, y debido a lo avanzado que voy en mi carrera de ingeniería, me salvé de ser conscripto como soldado raso. Fue fácil la transición a los sistemas electrónicos de los aviones de combate, pero pronto me interesó el vuelo mismo. Además, si aprendía a controlar un jet supersónico, tendría garantizado un ascenso. Ya mis resultados en vuelos simulados eran muy prometedores, pero poco antes de hacer mi vuelo práctico para la certificación, comenzó una guerra por una disputa territorial con un país vecino, la República de Kishavia. Aún así, obtuve mi ascenso a teniente gracias a la emergencia nacional y me certifiqué en pleno combate. Mientras un camión nos llevó al aeródromo desde donde operaría mi escuadrón, mis camaradas y yo estudiábamos los manuales a toda prisa. Memorizábamos controles y fórmulas y hasta hacíamos mímicas de maniobras difíciles. En tiempos de paz, parecerían cómicas estas actividades. Pero estamos en guerra, ahora va en serio.

Al llegar al hangar, nos formamos como lo exige la disciplina militar mientras el coronel nos asignaba los aviones. Los jets no eran muy nuevos, pero sí potentes, y al principio, gozaron de buen mantenimiento. Durante las primeras misiones, solamente nos identificábamos por el nombre del escuadrón y un número; yo era Aguila 14. El personal no comisionado nos fue entregando uniformes, cascos, máscaras para oxígeno y demás equipo. Usualmente, sólo había espacio para una pistola automática con 15 balas de 9 milímetros, entre mapas, raciones de emergencia y botiquines para primeros auxilios.

Pronto sonó la sirena y corrimos hacia nuestros aviones para encenderlos y despegar a toda prisa. La primera misión fue sencilla: apoyo aéreo a un pelotón que quedó rodeado por vehículos blindados y fuego de artillería. El enemigo estaba pobremente preparado para un ataque aéreo y fue barrido con proyectiles de aire a tierra y algún fuego de ametralladora. Lo difícil fue abrirles una ruta para escapar, ya que había patrullas enemigas que atacaban usando tácticas de guerrilla y existía el riesgo de alcanzar a nuestros muchachos al tratar de defenderlos con nuestras ametralladoras y bombas. Por lo apresurado de nuestro primer despliegue, el combustible no nos duró y tuvimos que regresar a la base. Uno de los nuestros recibió un impacto, pero aterrizó a salvo, así que no perdimos un solo piloto. Nada mal para un escuadrón de principiantes.

El coronel repasó las grabaciones de la misión y señaló serias fallas, especialmente al pobre piloto que fue alcanzado por un cañonazo. Aún así, nuestro ánimo estaba elevado. Esto duró casi una semana, ya que casi no nos activaron, y cuando sí lo hacían, era para vuelos de reconocimiento y ni siquiera tuvimos que disparar. Lamentablemente, al interpretar el alto mando las tomas aéreas y demás información, determinó que se cernía un serio peligro sobre el Escuadrón Aguila. Kishavia había puesto en marcha un abarcador programa de rearme y surgió un gran reto a nuestro dominio de los aires a lo largo de la frontera en disputa. Está de más decir que la superioridad aérea era una pieza crucial para que nuestro gobierno tome control de la franja de terreno en cuestión, así la movilización terrestre sería más eficaz.

Lo que más temíamos ocurrió por fin: Los primeros escuadrones enemigos comenzaron a ser avistados, y fue preciso echar mano de toda nuestra pericia y hasta de cada truquito sucio que pudiésemos utilizar para contraatacar a la aviación opositora. Ahora se separarían a los "niños" de los "hombres" en combate aéreo de igual a igual. Yo me destaqué por maniobrar más cerca de los enemigos que el resto de mi escuadrón, y así usar mayormente ametralladoras, ya que el proyectil de aire a aire parece fácil, pero apuntarlos toma demasiado tiempo para que la computadora de a bordo se asegure del objetivo, y mientras tanto, quedamos vulnerables a un ataque por sorpresa. Lo realmente difícil del combate tan de cerca es el riesgo de chocar unos con otros, así que hay que hacer giros bruscos para evadir a toda prisa. Yo preferí el proyectil para cuando lográbamos contacto por radar con el enemigo antes de tenerlo cerca, y ese lapso, en vuelo supersónico, es de pocos segundos; después de eso, cunde el pandemonio, con aviones de cualquier bando cruzándose unos entre otros a toda velocidad. Así se perdía a la mayor parte del escuadrón, especialmente novatos, miedosos y aviadores que creyeron que tendrían privilegios sobre el soldado promedio.

Mi habilidad me ganó un puesto como segundo al mando, no sólo por volar mejor y matar más enemigos que cualquier otro, incluso el coronel, sino por mi conocimiento un poco más profundo acerca de las máquinas de guerra aliadas y enemigas. Cuando yo no estaba en el aire, compartí mucho con el personal del hangar, y hasta hice modificaciones a mi avión. Otros pilotos me consultaban sus problemas, especialmente en vuelo, y mientras un avión enemigo no me estuviese asediando, daba indicaciones de cómo manipular la computadora de a bordo para corregir algunas fallas, debidas a un disparo o desperfectos mecánicos. Entonces nos ganamos nuevos apodos, según el estilo muy particular de volar de cada piloto: el mío fue As, Comodín, o Naipe Loco. Había que cambiarlo con frecuencia para despistar al enemigo que pudiera estar sintonizando nuestras frecuencias, o al menos, hacerle creer que somos más y así atemorizarlos.

En medio de una batalla aérea, sucedió algo insólito: un super-avión, tenía que ser del espacio exterior, se movió sorprendentemente aprisa en nuestro espacio aéreo, atacando a aviones de ambos bandos. Mi coronel fue derribado y parlamenté desesperadamente con el comandante del escuadrón enemigo para un cese al fuego y así enfrentar una amenaza mayor. El accedió a la tregua y concertamos un plan: los aviones que quedábamos en vuelo nos alejamos y formamos una falange, como una especie de pelotón de fusilamiento, para disparar nuestros proyectiles contra el artefacto.

- 3...

- 2...

- 1...

- ¡Fuego!

La mayoría de los proyectiles se desvió y los pocos que penetraron eran incapaces de causar daño significativo. Entonces, la máquina infernal nos persiguió y fue derribando cada avión, a veces, más de uno a la vez. Yo traté de acercarme para uno de mis ataques característicos, pero mis controles se pusieron pesados. Tecleé instrucciones para que la computadora me compensara, y apenas logré mantenerme en vuelo. Disparé, pero si proyectiles no hacían mella en su estructura tan impenetrable, no podía esperar mucho de meras balas. De algún modo, la nave alienígena me impactó, y más bien, me empujó con una suavidad inesperada. Pero el daño ya estaba hecho: mi computadora de a bordo se apagó y los controles se pusieron verdaderamente imposibles. Las fuerzas internas me impedían alcanzar la palanca para disparar el asiento expulsor, y además, podía impulsarme directamente hacia el suelo, por lo mareado y desorientado que me sentí. Cuando logré planear, ya quedaba demasiado cerca del suelo y solamente tuve tiempo para un aterrizaje forzoso. Ni me atreví a sacar el tren de aterrizaje, porque cualquier irregularidad inesperada en el terreno volcaría al avión. El impacto fue severo, pero mi cinturón de seguridad y mi casco y hasta mi máscara de oxígeno me protegieron de lesiones graves. Pero las contusiones que el frenaje brusco me produjo me impidieron moverme por algunos minutos. Entonces, mi miedo era que el combustible estallara y me incinerara. Así que saqué mi pistola y tiroteé el vidrio de mi cabina para romperlo y salir mucho antes. Si las patrullas enemigas no alcanzaron a escuchar el alboroto de mi avión al estrellarse, no se inmutarían al oír mis disparos. El traje me protegió de cortarme con los fragmentos de vidrio y metales, pero no del dolor de caer sobre piedras al perder el equilibrio. Lloré a lágrima viva, porque ya sentí que moriría de todos modos. Vagabundeé bajo el sol candente y encontré algunos de los aparatos voladores que venían conmigo durante el percance. Nadie más sobrevivió. Me apropié de equipo fácil de cargar, como raciones, mapas, vendajes y balas para mi pistola. Hasta descubrí que uno de los aviones venía equipado con un kit de conversión para desplegar un proyectil desde tierra, pero eso no sería de utilidad para mí. También tomé un fusil de asalto que otro piloto logró acomodar en su cabina.

Los mapas enemigos eran bastante difíciles de interpretar, y lo único que me revelaban era que me interné bastante dentro de las líneas enemigas. A medida que yo avanzara hacia mis líneas, la posibilidad de toparme con algún soldado enemigo aumentaba. Insistí en marchar durante la noche, por temor a ser capturado o asesinado, pero el sueño y el hambre me lo hicieron duro. Me escondía lo mejor que podía para descansar, y entonces, las pesadillas acerca de todo el incidente no me permitieron reponerme. Al llegar el día siguiente, me daba cuenta de que desandaba durante la noche lo poco que logré avanzar el día anterior, pero seguí y hasta me permití andar en círculos. Solamente me interesaba hallar algo qué comer o beber.

Al atardecer, mi peor miedo se confirmó: un grupo pequeño de soldados de Kishavia andaba por los alrededores. Me di cuenta de que, en tierra, solamente soy un cobarde, porque yo no iba a enfrentarme solo a un puñado de hombres con sus fusiles en mejores condiciones que el que yo cargaba. Me fui escurriendo entre rocas y arbustos para no ser visto, pero una voz me recalcó lo infructuoso de mi esfuerzo. Alguien gritó:

- ¡Enemigo a la vista!

Y se desató el tiroteo más bestial y caótico que yo hubiese presenciado, aún peor que contra aquella nave espacial. Pero noté que no me alcanzaba uno solo de los disparos, y pronto entendí el por qué: una patrulla de mi país se enfrascó con los enemigos. Quise moverme hacia los míos, pero nuestros enemigos se interponían, así que no di señales de siquiera estar allí. Escalé un poco para lograr mejor visibilidad y vi que ambas patrullas se aniquilaban mutuamente. Otra vez, me quedé como único testigo de otra batalla feroz. Ni siquiera saqueé los cadáveres, por temor a que uno estuviera vivo y me tratara de matar. Por poco se me escapa, pero observé a una mujer soldado, muy joven y hasta bonita, con uniforme e insignia del ejército kishavio, su rango era sargento. Iba huyendo, incluso más aprisa que yo. Me descuidé y resbalé de mi punto de observación hasta el piso. Ella se sorprendió al oír el ruido de mi caída, pero se aventuró a investigar. Cuando me vio, no pudo reconocer mi uniforme, porque yo me fui arrancando insignias para usarlas como vendajes improvisados y mi uniforme ya estaba descolorido. Aún así, comprendió que yo la aventajaría en rango y se cuadró para saludarme, con mucho nerviosismo:

- ¡Sargento Marjena, del 127 de reconocimiento, señor!

Rápidamente discurrí una versión kishavia de mi propio nombre para identificarme:

- ¡Aquí Teniente D'Jeng, del Escuadrón Gato Montés! En descanso, sargento.

Este era el nombre del escuadrón junto al cual di la batalla contra la aquella nave extraterrestre. La sargento dio un suspiro de alivio pero seguía intranquila. Me recomendó:

- Permiso para movernos de aquí, señor. Los goranios podrían regresar en cualquier momento.

- Concedido.

Pasamos a otra colina, la cual quedaba más cerca de mis líneas, pero no le hice comentario. Preferí confiar en su sentido de orientación. Le ofrecí una de mis raciones en forma de galleta y me dijo que ya tenía las suyas. Comimos en silencio, y al anochecer, me indicó un buen escondite para pasar la noche. Le dije:

- Buenas noches, Sargento Marjena. Gracias y felicitaciones, es usted una excelente soldado de reconocimiento.

- Ni lo mencione, teniente. Buenas noches.

Me imaginé que lo tomó como una burla pero lo dije con sinceridad. Pero tampoco quise iniciar un debate, porque el cansancio no me lo permitió. Dormí un poquito mejor, pero al desvelarme, me olvidaba que tenía una nueva compañera de viaje y su presencia me sorprendía una y otra vez. Controlé mi reacción lo mejor que pude, y oriné aprisa, o sencillamente, me volteé para dormir de nuevo. Ni siquiera tuve ánimo de sacar mi pistola para eliminarla, y además, era tan bella que me pareció inofensiva, siendo ella del bando contrario.

Al siguiente día, ella me fue conduciendo de acuerdo con los mapas que yo recogí anteriormente, pero me di cuenta de que no nos dirigíamos hacia sus líneas. Al inquirir acerca de una ruta tan errada, ella me ripostó:

- No me dirijo hacia mis líneas, señor.

- ¿Entonces?

- Voy hacia Betalia.

- ¿Un país neutral? ¿Por qué?

- Porque no voy a pelear más. Es más, nunca tomé un arma y no lo pienso hacer. Los de su clase lo deberían saber mejor que nadie, después de todo, oficiales como usted mismo me otorgaron este rango sin disparar ni un tiro.

Mi rostro reflejaba millones de preguntas, pero mis labios no atinaban a formular ni la primera. Aún así, ella prosiguió con su explicación:

- Usted bien sabe que a una mujer atractiva no la enviarían como carne de cañón. En papeles, me asignaban éstas y otras misiones más arriesgadas, pero en la práctica, yo podía quedar exenta si los complazco con ciertos favores...

- ¿Sexuales...?

- ¿No lo sabía? Usted no me engaña. Mire, teniente, yo me voy como desertora o como sea. Si quiere detenerme, solamente lo conseguirá matándome por la espalda, porque no le voy a hacer más favores, ni a usted ni a nadie, así sea al presidente, así que adelante, fusíleme... Prefiero morir que...

- No se preocupe, no la voy a detener. Yo tampoco puedo más...

- ¿Con la guerra?

- No, con mi engaño. Mi nombre verdadero es Diján...

- ¡Oh, Dios...! ¡Usted es goranio! Ahora me matará como trofeo de guerra...

- ¡De ninguna manera! La necesito para sobrevivir, y huir hacia un país neutral suena mucho mejor de lo que yo creía hasta este momento.

- Y usted, ¿qué atrocidades tuvo que soportar? No pueden ser peores que las que yo tuve que sentir en carne propia, cómo soldados de todos los rangos satisfacían sus bajos instintos en mi cuerpo, ¡como si eso fuese mi contribución a tan gloriosa guerra!

La joven perdió la compostura y comenzó a llorar amargamente. Por impulso, la quise abrazar, y ella me empujó violentamente, haciendo que me diese cuenta de que tocarla fue un grave error, después de todo por lo cual ella tuvo que pasar... la traté de calmar:

- Mire, señorita, perdóneme, no lo volveré a hacer. Por favor, no se aleje. Yo iré donde usted diga y haré lo que me pida, pero por favor, no llore más. Le garantizo que yo nunca me aprovecharé de usted.

Detuvo su marcha pero no paraba de llorar. Le hice señas para que nos ocultáramos mejor hasta que ella se pudiese serenar. Cuando lo hizo, se movió entre los cadáveres y sustrajo algunas cosas, y me indicó la ruta hacia un riachuelo, dónde refrescarnos y poder ocultar nuestro rastro. Pero oímos otras unidades militares, sin saber a qué bando pertenecían. Ella me dijo:

- Si son de su bando, será mejor que me mate ahora. Si son del mío, sabe que tendré que matarlo.

- Entiendo. Ambos sabemos que los prisioneros de guerra lo pasan demasiado mal.

- En cualquier caso, prefiero que me mate usted antes de que me descubran, especialmente los míos...

- Está bien, pero por ahora, ocultémonos.

Nos sumergimos donde la corriente era un poco turbulenta, y así, la silueta de nuestros cuerpos no se distinguía. Tuvimos que aferrarnos a las rocas y a nuestros mutuos cuerpos para no ser arrastrados por la corriente, y el miedo nos hizo gritar a veces, pero el sonido del agua disimuló un poco nuestras voces. La patrulla pasó de largo y seguimos por una orilla menos peligrosa. Ella mencionó otra vez:

- Teniente, lo he pensado mejor, y si no podemos escapar, lo mejor será que nos matemos mutuamente...

Sentí mucho dolor en mi corazón, pero reconocí que tenía razón. Hasta me convenció de que ensayáramos cómo nos dispararíamos mutuamente, y ni siquiera desconfiaba si mi pistola estuviese cargada durante los ensayos. Yo me conmoví mucho y bajé mi arma y ella me increpó:

- ¡Teniente, no se me acobarde! Yo lo necesito para que se acabe mi sufrimiento, de un modo u otro. Por favor...

Me miraba con lágrimas en sus ojos pero insistía en mantener en alto su pistola. Repitió:

- Ayúdeme con esto...

No pude más y la abracé. Luchó contra mí, pero no con tanta brusquedad, y se fue derrumbando por tanta pesadumbre. Lloramos juntos y la oprimí más fuerte contra mi pecho. Ella, por fin, dejó de resistirse y correspondió a mi abrazo. Hasta buscó mis mejillas barbudas para besarme. Le acepté algunas caricias y moví mis labios para que los suyos aterrizaran sobre algo más blando que mi vello facial. Fundimos nuestras bocas y hasta su lengua se aventuró a entrar en contacto con la mía. Mi pene despertó al contacto y me empecé a desvestir. Ella también se despojó de su uniforme y me lancé en picada sobre sus hermosamente redondas tetas. A ella no la detuvo el trauma de tantos otros que la violaron anteriormente y me dio la bienvenida a su cuerpo. Para no irritarla con mis manos o mi barba, usé mi lengua o los labios en forma de piquito, y con un toque tan sutil, logré recorrer su bellísimo cuerpo hasta llegar a su clítoris y darle un orgasmo que despejó cualquier mal recuerdo que a ella le quedara. Fui a sacar un condón de mi uniforme pero ella se me adelantó, diciendo:

- Toma el mío. Los llevamos para proteger el cañón de nuestros rifles al cruzar cuerpos de agua.

La besé en la boca una vez más mientras le ayudaba a que me lo pusiera. El toque de sus manos, aunque ásperas por la travesía, me estimularon a mantener mi erección y la penetré fácilmente. Bombeé lentamente al principio, pero ella me apuró, por si alguien se acercaba. Cuando presintió mi eyaculación, contrajo sus músculos vaginales y así compartió mi clímax. Inmediatamente, nos zambullimos para dejar que la corriente se llevara el preservativo junto con nuestras secreciones. Buscamos otro escondite para descansar. Al darnos las buenas noches, le pregunté:

- Perdóname, te hice revivir lo que otros tantos te hicieron...

- No, en lo absoluto. Tú has sido el primero, el primero que me lo hace con amor, el único que me ha amado. Ahora comprendo por qué no te atreviste a hacer el ejercicio.

- Sí; yo nunca haría cosa alguna que te haga daño.

- ¿Ni porque soy tu enemiga?

- Ya estamos muy por encima de todo eso, hasta de la guerra. Tú y yo somos más que generales y presidentes, juntos ya hemos ganado esta guerra.

- ¡Te amo!

- ¡Yo te amo a ti!

Por primera vez, no hubo pesadillas. Pero sí hubo un estrépito increíble: era la nave que se había estrellado cerca de nosotros. Tomé a Marjena por un brazo y la hice correr hacia la zona de impacto. Tuvimos que abandonar la seguridad relativa del riachuelo y regresar a terreno pedregoso. Identifiqué una ranura por la cual pudimos pasar a su interior, y por primera vez, vi de cerca a la única aeronave que me había podido derrotar.

Mucho de lo electrónico aún funcionaba, aunque muy errática e impredeciblemente. No todo aparecía escrito en idioma alienígena, sino que las computadoras habían estado aprendiendo nuestro idioma. Se oían altavoces con comunicaciones radiales de ambos bandos en conflicto, además de emisoras civiles con noticias de la guerra. En ciertas pantallas, se alternaban imágenes de radar de diversas regiones de ambos países. Lo más indescifrable eran los teclados, esos estaban marcados con símbolos puramente extraterrestres. Me tardé varios días comparando unos símbolos con otros y viendo su efecto en las pantallas. Al parecer, su sistema de propulsión ya no servía para más, así que los botones no hacían más que cambiar canales de audio o video.

Marjena ya no mostraba aquella paranoia que la aquejaba, y oprimía botones como si fuese un enorme juego de vodeo. Ella fue quien averiguó cómo un tripulante se aseaba en esta astronave. Yo logré controlar puertas y ventanas y hasta logré que se sellara la grieta por donde entramos. Aún así, no nos asfixiamos allí adentro, ya que también averiguamos cómo encender el acondicionador de aire. Cuando se acabaron las raciones, nos aventuramos a salir para recoger frutas y vegetales silvestres. Hasta la nave nos indicó veredas en sus mapas donde las patrullas de cada bando no llegarían hasta nosotros. Poco a poco, empezaron a aparecer diagramas que explicaban qué reparaciones necesitaba la nave para funcionar nuevamente. Al principio, mi amiga y yo hacíamos labores demasiado sencillas y sin consecuencia, y empecé a frustrarme de lo poco que habíamos logrado. Pero ella lo veía filosóficamente, diciendo:

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