Pasto

byPorko©

Entre otras cosas, vivíamos la peor crisis económica nacional de la historia, en la que casi el cincuenta por ciento del país era pobre o estaba a punto de serlo. Podías ver familias enteras comiendo directamente de las bolsas de basura en la puerta de tu casa. Podías ver incluso mujeres, de rasgos delicados, arrastrando carros con cartón durante noches heladas, mendigos defecando en las esquinas, cosas así. La mayoría de ellos eran ex clase media. Una buena parte ya se había vuelto loco, quiero decir, hablaban solos o se quedaban simplemente parados, mirando un punto fijo por horas.

Eran cientos y estaban por todos lados, pero por algún motivo, todos actuaban como si realmente no estuvieran ahí.

Tenía pensado irme a vivir a Europa. No porque la estuviera pasando económicamente mal, sino por el contexto social. Todo se estaba yendo a la mierda, en todo sentido. Pasarla mal solo era una cuestión de tiempo. Yo había iniciado los trámites de mi doble nacionalidad casi tres años atrás, así que solo me faltaba juntar unos tres o cuatro mil dólares para el pasaje y los primeros meses. Durante ese tiempo había estado en contacto de un amigo que estaba desarrollando sitios de contenido adulto en Internet desde hacia varios meses y luego de hablar con él al respecto entendí que sería altamente redituable dedicarle algún tiempo, por lo que postergué un poco más mi viaje.

Todo lo que tenia que hacer era pasar entre unas y dos horas diarias seleccionando, en mi casa, entre 200 o 300 fotos de modelos desnudas y llenando algunos cuantos formularios. Pagaban en dólares y aquí, el precio del dólar estaba por las nubes. No tenía horarios, ni jefes ni nada por el estilo.

Los cheques comenzaron a llegar y en menos de dos meses logré mudarme a un departamento grande en el centro de la ciudad. Ganaba quince o veinte veces el sueldo de un obrero en un mes. No tenia que hablar con personas. No tenía horarios ni presiones. Ni siquiera tenía que salir de mi casa. Para mí, era el trabajo perfecto.

Comencé a comprar todo tipo de cosas que no necesita ni deseaba, como maquinas de café express, un micro cine, un auto, muebles, ropa. Cosas así. Incluso en el supermercado ya no miraba los precios sino los productos. Lo que me parecía interesante lo llevaba.

Para esa fecha el sistema financiero seguía destruido y era imposible depositar dinero en los bancos. (los bancos estaban reteniendo indefinidamente el dinero de todo aquel que lo tenía depositado). Así que no tenía otra opción que esconderlo en algún hueco de mi casa. Previamente ponía todo el dinero sobre la cama para ordenarlo en grupos de a mil. Los apilaba prolijamente y me quedaba mirando detenidamente el dinero, esperando la magia. Pero no había mucha magia en esos billetes. Ponía entre mis dedos uno de 100 dólares y leía el numero de serie. Luego lo ponía con los demás. Eran billetes ásperos al tacto. Muy secos. Casi todos tenían un olor particular, algo entre vómito y madera. Un aroma desagradable. Tenía dos cajas llenas de dinero al contado. Billetes grandes. Era extraño, siempre había pensado que terminaría viviendo en la pobreza, las cual si bien no la deseaba, no me producía tanto miedo si es que era el precio de salir del sistema laboral clásico donde debías estar agradecido de donar ocho o diez horas de tu vida cada día de tu vida a cambio a lo suficiente para sobrevivir.

No sabía exactamente cuanto más duraría mi suerte, pero hasta el momento tenía suficiente dinero para pasar los próximos cinco o seis años sin trabajar. Mientras tanto, el país se derrumbaba.

Solía disfrutar de las tardes de octubre en las que interminables filas de desocupados, armados de palos y banderas, marchaban camino a las protestas frente al Congreso Nacional. Podía verlos detalladamente desde mi balcón en el piso octavo mientras tomaba un té. Normalmente todos vestían pantalones jeans y camisas blancas con el cuello desabotonado. Mayormente eran hombres y mujeres de contextura chica y cabello muy negro y brillante.

Me apoyaba en la baranda del balcón sobre ambos brazos, mirando hacia abajo, sabiendo que jamás lograrían nada a su favor. Alguien ya había tirado los dados por ellos mucho tiempo atrás. Ellos simplemente marchaban, pero realmente a nadie le importaba en absoluto su causa. De hecho, a nadie le importaba ninguna causa salvo la propia.

Cuando me aburría, solía preparar la bañera y me quedaba ahí hasta que el agua se enfriaba. Escuchaba bossanova, leía a Raymond Carver y recibía cheques gordos por debajo de la puerta. Eso era todo y nada a la vez. Solía preguntarme que estaría haciendo si me hubiera ido a Europa. Pensé en sus calles y el aire frió. Tarde o temprano terminaría viviendo ahí. Eso era seguro.

Una tarde pensé en producir material porno para exportar. No porque lo necesitase, sino porque me aburría mucho. Tenía los contactos. Era dinero fácil. Tenía todo a mano, salvo las modelos. Pensé en fotografiar a alguna de las mujeres desocupadas que iban a las marchas, las cuales, supuse, por unos pocos dólares estarían dispuestas a posar desnudas. Me senté en la vereda con la idea de encontrar alguna de buen cuerpo. Desde abajo todo se veía mucho más caótico, el ruido de las bocinas era insoportable. A su paso, estaban cortando el tráfico de la zona más importante de la ciudad. Las miré con atención, salvo unos pocos casos, todas ellas estaban lejos de ser sexualmente atractivas para el norteamericano promedio.

Poco después publiqué en un diario local una serie de avisos buscando modelos para una revista erótica:

Revista Erótica Busca

Modelos de 18 a 22 años.

Enviar c.v. c/foto a c.c. 7 suc 2

Ninguna respuesta. Finalmente llamé a una amiga con la que había tenido algunos affairs tiempo atrás. Ella era de mis pocas fans, tenía guardados todos mis relatos y cartas en una carpeta, solía decir que algún día costarían varios miles de dólares. Vicky solía necesitar dinero para drogas y lo obtenía a cambio de sexo con algunos peces gordos locales. La llamé:

—Soy yo. —le dije.

—Josh? Como estás! —Dijo Vicky. Había reconocido mi voz de inmediato, era un buen síntoma.

—Cabrón, no llamás jamás! —Dijo

—Vos tampoco me llamás —me apuré a decir.

—Quedaste en darme tu teléfono nuevo. Te acordás? Dijiste que ibas a llamar para dármelo. —Pude escuchar una música espantosa de fondo. Sonaba como rock Argentino.

—Tenés para anotar?

—Esperá. —Escuche como buscaba algo con que escribir.

—Anotá: 492, 39, 42.

—dos nueve cuatro dos?

—No, tres nueve cuatro dos.

—Esperá que bajo la música. Hey, bajáme la música man! —Escuché decir a Vicky.

La música desapareció. Escuche un ruido, como si arrastrase el teléfono por la mesa al volver a levantarlo.

—Listo, ahora me escuchas bien?

—Escuchame, quiero hacerte rica y famosa. Que decís? —pregunté

—A si? Sabía que llegaría ese día. —Dijo riendo.

—Me gustaría que poses desnuda para una revista erótica sueca.

Escuché una risa tonta y luego silencio.

—Es en serio?

—Seguro. Te voy a llevar a la cima. —En realidad no había ninguna revista sueca, pero era una forma mas simple de explicarle la idea.

—Solo tenes que posar, y no hay nada de sexo. Y te pienso pagar por hacerlo.

—Josh, no se si estas hablando de verdad o no. Pero necesito el dinero, así que contá conmigo. Escuché un ruido fuerte proveniente de la calle. Parecía como un choque.

—Esperá un segundo que creo que hubo un accidente afuera. Dejé el teléfono y fui a subir la persiana. Tuve especial cuidado de no subirla por completo porque solía quedarse trabada. Me asomé por la ventana, apoyándome en el marco. Pude ver gente corriendo desde todas las direcciones. Alguien gritaba “ambulancia” Vi dos personas tiradas ridículamente en el piso. En posturas graciosas. Solo una de ellas se movía un poco. Estaba boca arriba con ambos brazos a los lados y una de sus manos acariciaba muy lentamente su lado izquierdo, a la altura del pecho. Escuché como mi vecina del piso de arriba levantaba la persiana. Logré ver parte de una moto debajo de la parte delantera de un taxi. Alguien caminaba agarrándose la cabeza con ambas manos. La gente seguía llegando al lugar. Volví al teléfono.

—Vicky? Aca estoy, hubo un choque aca abajo.

—Un choque?

—Si, con una moto.

—Que tipo de choque?

—No se bien, un taxi y una moto creo.

—Con quien estas? Estas con alguien, no? —Pregunté

—No, con un boludo. Ya sabés. —dijo ella.

Poco después de cortar escuché como se acercaba una ambulancia.

Su sirena era aguda y penetrante. Estuve a punto a volver a mirar pero decidí dejarlo y preparar café.

Quedamos en encontramos con Vicky en una plaza cercana al hotel en el que haríamos las tomas. Estacioné el auto en la esquina de la plaza. Era un frío y ventoso atardecer de primavera. Llegué quince minutos antes. Miré hacia ambos lados pero no pude ver a Vicky. Noté que el pasto de la plaza estaba llamativamente largo y descuidado. Tenía la impresión de que el aire era levemente azul. Entonces vi un hombre viejo junto a una bicicleta muy pesada y fea. Estaba apoyado en una pared llena de graffitis. Solo estaba ahí, mirando hacia delante. Parecía un vagabundo. Algunos minutos después lo vi sacarse una boina y un enjambre de pelo blanco largo se formo en su cabeza. Entonces se colocó de nuevo la boina.

Prendí la radio del auto. Escuché unos minutos de sinfónica mientras miraba el pasto batirse con el viento. No podía imaginar algo más triste y estéril que eso: una plaza descuidada en medio de un país en llamas. Volví a mirar al vagabundo, ahora estaba sentado en uno de los bancos. Se había quitado uno de sus zapatos y lo estaba agitando, como si quisiera quitar alguna pequeña piedra de su interior.

Sentí unos golpecitos en la ventana del acompañante. Era ella.

Apenas subió al auto note que usaba un perfume fuerte de invierno,

Aunque ya estábamos casi en verano.

—Viste como esta de descuidada esta plaza? –le dije.

—Man, donde vivís? El país se esta yendo a la mierda y vos te fijas en eso? No hay guita para nada, menos para cortar el pasto de mierda ese. Entonces me dio un beso suave en el costado derecho de la boca.

Llegamos al hotel y, mientras yo preparaba la cámara, Vicky fue al baño. Poco después salió desnuda y fumando un cigarrillo de marihuana.

—Ya te explique que las tomas las hago mientras te vas desnudando. Vestiste de nuevo por favor.

Se quedó parada junto a la puerta, con el cigarrillo en la mano, mirando uno de sus zapatos que estaba junto a la cama.

—Mi papá se quedó sin trabajo. No tenemos un mango en casa.

No sabía exactamente que decir. Pensé en su padre: un tipo de barrio, empleado de un mismo taller mecánico durante diez o veinte años. Una esposa y dos hijas. Eso era todo. Una vez me había dicho algo sobre autos, algo sobre válvulas o algo parecido a eso. No había entendido absolutamente nada de lo que decía. Me estaba recomendando comprar un aceite especial de Shell en el caso de que algún día comprara un auto. Ahora tenía uno, pero simplemente lo usaba. Nunca tuve interés algún en ver que hay debajo del capot. Si había algún problema, simplemente lo llevaba a un mecánico. Eso era todo. Pero tenía que escucharlo, era un experto en motores de autos. Así todo, ahora él tampoco tenia trabajo. Nadie tenía trabajo. Hubiera querido sentirme mal por eso, pero no me producía nada. No sabia que decirle.

—Mirá, yo sé que dentro de muy poco todo esto se tiene que arreglar. —Dije. Aunque sabía que al menos había dos grandes mentiras en esa frase.

—Pero quedate tranquila, porque si tu viejo si anima a posar desnudo con sus amigos del taller le puedo dar trabajo. —Dije bromeando.

—Que asco! —dijo Vicky. Mientras reía apoyada en el marco de la puerta del baño.

La miré. Había un cierto aire a Marylin Monroe en sus gestos. Pero no dejaba de ser una mala imitación. También noté que Vicky ya no tenía el cuerpo que solía tener. Estaba levemente más gorda y mal depilada, quiero decir, pude ver ciertas partes irritadas en su entrepierna.

—Te gusto? —me Dijo.

—Lo importante es que les gustes a los productores norteamericanos.

—No eran de Suecia?

—La revista es sueca, pero los productores están en USA. dije rápidamente.

—Pero te gusto o no? —insistió.

Seguro, tenés clase zorra.

—Mirá el culo que tengo, man. —me dijo. Entonces me dio la espalda y se agacho separando levemente las piernas, mientras se tomaba ágilmente de los tobillos con ambas manos. Pude ver claramente su orificio anal y parte de la vagina.

—Esta cola será tapa de playboy! —–Dijo Vicky.

—Alguna vez viste una tapa de playboy? No hay fotos de culos. —Dije.

Mi humor habia cambiado, sabia que ya no habria set, no me servirían las fotos. Acerque mi mano izquierda y le acaricié una nalga. Después le rocé la concha con el dedo índice, era suave y gomosa. Fue un contacto casi científico. Todo lo sexy que alguna vez vi en Vicky se habia ido ahora. Entonces miré con más atención: Tenía un curioso orificio anal color marrón claro y un minúsculo, casi imperceptible, resto de papel higiénico pegado. Preferí no decirle nada.

Nos sentamos en la cama. De alguna manea Vicky entendió que no habría fotos esa noche y no preguntó nada al respecto.

—Vamos al jakuzzy? –pregunté.

—No, no me quiero mojar el pelo —dijo ella. —Su humor también habia cambiado y ambos teníamos ganas de no estar ahí juntos.

Camino a su casa, había un McDonald’s. El cartel podía verse a cientos de metros.

—Querés que paremos a comer algo? —Pregunté. —Ahí? —No man, eso no es comida. —Dijo Vicky. La llevé a su casa y le di algo de dinero por haber venido.

Retomé por la avenida y, dos minutos después estaba estacionando justo debajo de una enorme M dorada, bajé del auto y pude sentir el frió viento de la noche en mi cara. Caminé entre otros autos pero me detuve cuando escuché un ruido cerca de la vereda, me acerqué y vi que provenía de un gato blanco y marrón que aparentemente habia sido atropellado hacia algunos pocos minutos. Me agaché e intente acariciarlo sobre el lomo. Vi su mirada fija y las pupilas completamente dilatadas. No podía hacer mucho, asi que solo acaricié su lomo suavemente, casi con la punta de los dedos, mientras miraba un delgado hilo de sangre al costado de su boca entreabierta. Sentía un espantoso burbujeo dentro de mi estomago con cada uno de sus gemidos de dolor. Eran tan suaves y profundos, que jamás logré olvidarlos. Especialmente el último.

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