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Premio de consolación

bybrunorivera©

Mi nombre es Raquel (o tal vez no). Soy blanca, rubia, de mediana estatura y cuerpo esbelto, con copa B (aunque tengo facciones nórdicas, mis nalgas se destacan, como muchas latinas, aunque no demasiado). Mi familia es de clase media orientada a carreras del tipo artístico y bohemio. Yo era una chica fiestera y discotequera con bastante experiencia sexual con otros jóvenes del ambiente nocturno, incluso una vez que me involucré discretamente con una lesbiana. De un modo u otro, esta actitud alegre pero inteligente me abrió las puertas a una nueva corporación de ventas. Fue una oportunidad única: coordinar un nuevo sistema por Internet, aunque proveeríamos algún apoyo telefónico con operarios en vivo, así que tuve que sentar cabeza y volverme cumplidora y puntual. Lamentablemente, otros colegas se conformaban con un horario fijo de 9am a 5pm (17:00), después de todo, no se les exigía tanta responsabilidad dentro del equipo, porque, o eran casados y/o con hijos, o no querían abandonar un estilo de vida relajado, del que yo me tuve que abstener por exigencias de mi profesión. Nos asignaron a un tal Jorge, experto en computación, que resultó ser el típico "nerd": flaco, estatura algo baja, rostro nada atractivo, corte de cabello ya pasado de moda y aunque se viste con buen gusto y es aseado, le aplica el refrán de "aunque la mona se vista de seda, mona se queda". Al principio, yo evitaba el relacionarme con él, al igual que el resto del equipo de trabajo, más allá de lo estrictamente profesional.

Imagino que me gané el puesto por mi actitud dinámica, porque de computadoras, lo único que yo sabía era usar las aplicaciones comunes de texto y oficina, y hasta usar la Internet, pero no entiendo las interioridades de la programación ni la electrónica de las máquinas; para eso, teníamos al "gurú", además de otro experto en seguridad para evitar los virus, robos de identidad y otros fraudes por Internet. También hay artistas y diseñadores gráficos, para hacer nuestras páginas más atractivas, y así poder vender mejor, además de contadores que hacían tablas y gráficas de las proyecciones de ventas que me permitían verificar cuán al día iba el grupo al alcanzar la meta de la tienda virtual, para informar a la junta de directores. Todos los demás miembros del equipo valoraban su conocimiento, pero se sentían mal al consultarle, porque además, ellos sí conocen de computadoras. No hubo secretarias ni recepcionistas, ya que el uso de la computadora facilitaba la productividad y la comunicación con los suplidores y la clientela es canalizada a través de un cuadro de "buzones de voz" y la Internet, por supuesto.

Cierto día, a media mañana, mi computadora se trancó y hasta se apagó, y si yo trataba de reactivarla, salían silbidos raros y la pantalla permanecía en negro. Tampoco pude mover mi trabajo de esa estación a otra, porque no había sacado copias de lo que comencé a hacer, porque esto se hace casi al final del día, y no siempre. No solamente me molesté, sino que también me atemoricé, ya que había una reunión para informar en pocos días. Lo más obvio era llamar al fabricante de nuestro equipo, porque nuestro especialista solamente programaba las bases de datos que relacionaban lo que los otros miembros del equipo producían. Los que nos vendieron el equipo no me dieron esperanza de arreglar mi computadora ese mismo día, y mucho menos, recobrar mi trabajo; entonces sí me preocupé: esto sería el final de mi carrera profesional. Presa de la frustración, comencé a murmurar obscenidades; creí que moriría allí mismo.

Por lo pequeño que es el local donde trabajamos, los cubículos están muy cerca entre sí, y por eso, Jorge me oyó y se dio cuenta de mi predicamento. Se sobrepuso a su miedo hacia su jefa inmediata y se acercó a mí. Lo quise ignorar, incómoda ante su apariencia y su personalidad, aún más con la perspectiva de deberle algún favor, pero ya estaba desesperada, y en eso, él insistió, diciéndome:

- Discúlpeme, señorita Raquel: tal vez yo sepa cómo rescatar su documento de trabajo.

No me quedó otro remedio que dejarle pasar a mi cubículo para que tratara algo. No esperaba mucho de este entrometido, porque creí que por mucho que supiese, se encontraría con la horma de su zapato. Logró encender la computadora, pero no que trabajara mi sistema operativo para que pudiese ver ni copiar mis documentos. Pidió hablar con la tienda de computadoras, y en un vocabulario más complicado aún que el de los técnicos de allí, especificó solamente un nuevo disco duro, ya que descartó que todo lo demás fuese el problema. El mismo salió a buscar la pieza, y al regresar a la oficina, también me la reemplazó y reformateó con los CDs originales. Finalmente, vació cuanto pudo del disco averiado, y así salvó mi vida, es decir, mi trabajo del día, porque solamente le faltaban algunos cambios menores.

La experiencia me hizo reevaluar mi opinión acerca de Jorge, descubriendo en él una caballerosidad, casi una gallardía admirable, que me conmovió. Pero volví a notar su aspecto desgarbado y ridículo tras resolver el percance, y no me sentí en ánimo de agradecerle, así que cada cual se fue silenciosamente a su lugar correspondiente a continuar con sus labores. Pero al llegar a mi apartamento al final del día, reviví el incidente, como un veterano de guerra o una víctima de violación con síndrome post-traumático, incluso lloré de remordimiento antes de dormir. El itinerario ajetreado me permitió sepultar el asunto y justificar mis sentimientos hacia él como mera gratitud.

Ya que mis responsabilidades incluían el visitar las fábricas y obtener las listas y características de los productos que venderíamos, sobre mí recaía mucho trabajo, y yo, a veces, permanecía hasta más tarde, con muy pocos o ningún empleado con quienes compartir la tarea de actualizar la base de datos del proyecto. Pero el único que siempre se quedaba era este "feíto". Al principio, Jorge solamente se ocupaba de lo suyo, perfeccionar sus programas, aprovechando la tranquilidad de las horas extra con la oficina vacía para que sus ideas fluyeran mejor. El sólo tenerlo ahí a esas horas me perturbaba, pero poco a poco fuimos acercándonos cuando alguno de sus procesos tenía que ver con los míos. Decidimos ayudarnos mutuamente durante las largas horas a traducir tanto los datos de los demás empleados como los míos, e incluso los de los proveedores de los productos al lenguaje de la Internet, y en ese trato profesional, aprendí a tolerarlo. Además, era preferible dirigirle la palabra cuando nadie nos viese, para que mi reputación de chica atractiva no quedara en entredicho. Pero la fecha límite se avecinaba y yo prácticamente perdí mi vida social, no sólo por el tiempo que me requería el trabajo, sino que ya en mi mente no cabía otro pensamiento que no fuese "el proyecto". El esmero de Jorge me inspiró más perseverancia para concluir el trabajo. Si no hubiese sido porque yo daba las órdenes y él, humildemente, las incorporaba a las computadoras, parecería que yo fuese su secretaria, por lo mucho que yo me esforzaba por aprender a trabajar con él. Y no era que él me convirtió en una "nerd", sino que me explicaba en términos sencillos para poder funcionar en conjunto. Eso me permitía decidir mejor las tareas que yo asignaba al resto del equipo. Cerca de la fecha límite, ya no hubo excusa para aquellos que no se dignaban a dedicar más tiempo a la empresa, porque yo les puse un ultimátum para que aceleráramos la marcha. Aunque a regañadientes, todos colaboraron eficientemente y hasta logramos procesar órdenes de compra con algunos días de anticipación.

Ya todo marchaba sobre ruedas, y de repente, ya no había presión, y aunque nos sentíamos alegres, el agotamiento mental y físico de lo intenso del proyecto en tan poco tiempo no nos animó a organizar mucha celebración. Ese mismo viernes, yo me sentí aburrida y nerviosa, porque las ventas prácticamente se hacen solas, y ya había pasado tanto tiempo sin contacto con mis amigos de antes. Di permiso a todos los empleados para salir temprano, y tras los preparativos mínimos para cerrar, ¿a que no adivinan? Jorgito sería el último en salir.

Al atardecer, fui a comer a un restaurante de comida rápida, y por coincidencia o por destino, allí también lo encontré. Traté de esquivarlo en un ataque de soberbia típico de muchacha bonita, pero terminamos compartiendo una mesa; entonces supe que sí era mi destino. Yo ordené ensalada, para no engordar, y él, algo de pollo no tan grasoso, pero no exactamente saludable. ¿Qué más se puede esperar de un "fast food"?

El hambre, ya saciada, dio paso a una excitación sexual, y Jorge era el único hombre que me quedaba disponible. Armada con unos condones en mi bolso, que me habían sobrado de encuentros anteriores, lo seguí hasta su apartamento. Las ansias, "cachondez", "arrechez" o "bellaquería", reprimidas durante demasiado tiempo, se apoderaron de mí y llamé a su puerta. Se sorprendió mucho al verme y me hizo pasar con una cortesía nerviosa. Solamente se me ocurrió como pretexto el usar su baño. Me fijé que su apartamento no estaba en gran desorden, y que su mobiliario era casi espartano. Sí tenía ciertas piezas de computadoras sobre algunos estantes: algunas las reconocía, pero otras no; así comprendí por qué pudo arreglar mi computadora. De algún modo extraño, eso reavivó mi empeño de tener coito con Jorge esa noche.

Al salir a su pasillo, intercepté a Jorge allí, lo abracé y empecé a besarlo apasionadamente en la boca, pero él no supo cómo ajustarse a mi avance; eso se lo achaqué a su inexperiencia y al hecho de que lo tomé desprevenido. Aún así, me apliqué literalmente el dicho de "a lo hecho, pecho" y me abrí la blusa y el sostén. El me preguntó incrédulo:

- ¿De verdad deseas hacer "eso" conmigo?

El permaneció inmóvil, incapaz de desviar su vista de mis redondas tetas blancas, mis areolas rosadas bastante anchas y mis pezones erizados. Trató de cerrar su boca, pero no lograba siquiera la oclusión de sus labios. Buscando disimular, alzó la vista un poco, esperando observar que yo le concediese acceso a una zona tan erógena. Mis brazos le seguían sujetando por la cintura mientras me arqueaba hacia atrás, sintiendo su erección contra mi abdomen y sus testículos casi se metían en mi vagina. Ese calorcito tan delicioso me mantuvo enfocada en mi aventura y le asentí, diciéndole:

- Sí, Jorge. Coge tu premio.

Con una tímida sonrisa, más de alivio que de morbo, inclinó su rostro hacia el mío, para limitarse a acariciarme las mejillas con los dedos y juntar una de sus mejillas a la mía. Yo chupé uno de sus dedos, prefigurándole una felación, y su erección se sintió más cálida y punzante. Yo suspiré sensualmente, para exacerbar su lujuria. Jorge besaba mi cuello y mis hombros, desde donde partieron sus manos para acariciar mis brazos; hasta tomó mis manos para besarlas muy galantemente, para conducirme a su habitación. Una vez allí, nos ayudamos a desnudar mutuamente. Comenzó a acariciar mis tetas, como sopesándolas y sus dedos, al hundirse un poco en mis globos, se crispaban, reprimiendo el impulso de exprimirlas. La expresión de su rostro ya reflejaba emociones muy intensas, ya metido de lleno en el juego sexual. Movió su cabeza hacia mi pecho y tras redibujar mis areolas con su lengua, se dedicó a succionar y lamer mis pezones, primero, la derecha, y luego, la izquierda. Invirtió más de un minuto en cada una antes de tomarme la otra, y mantuvo el propósito de revisitarlas alternadamente, y me seguía estimulando con sus dedos a la que no estuviera mamando, como agradeciendo que yo le rescatara de su virginidad, aún así, no llevaba la prisa por montarme con la que otros chicos me habían tratado anteriormente y eso me halagaba. Yo no podía creer que semejante esperpento me diera tanto placer, hasta un orgasmo sentí. Logré alcanzar un condón de mi bolso y se lo lancé, como señal de que ya quería que me penetrara, y él no desperdició un instante para ceñirse el preservativo, para luego alzar mis muslos delicadamente, aprovechando para acariciar mi pubis y mantener mi excitación. Delineó mi vulva con sus dedos hasta lograr que yo soltara un borbotón de fluido vaginal, y entonces, frotó su glande contra mi clítoris, erguido aún por el orgasmo mamario, produciéndome una sensación eléctrica, y presentó su miembro ante mis labios mayores para entonces metérmelo. Empezó con un ritmo lento, pero el temblor en sus caderas me decía que luchaba para no embestirme con rapidez y así no acabar demasiado pronto. Yo me abrazaba a mi muchacho, aferrándome al orgasmo que ya había tenido, y al reaparecer el cosquilleo, reaccioné con un vaivén de caderas instintivo que lo animó a apretar el paso. Aunque su pene lo tiene pequeño, mis contracciones vaginales causadas por el placer prolongado me lo hicieron sentir más grande. En el orgasmo final compartido, sentí mayor disfrute que todos los bailes y los tragos de mi "pasado".

Tras reponernos del fugaz torbellino de pasión, me condujo a la bañera para que nos refrescáramos. Sucumbí a mi agotamiento post-orgásmico y decidí pasar la noche junto a un hombrecillo que se transformó en mi más apuesto galán de novela.

Los días siguientes, nos despertábamos mamándonos a lo 69; el sábado, yo sobre Jorge, y el domingo, él sobre mí. Yo rodeé su cabeza con mis labios y lo besé tiernamente, antes de introducirlo en mi boca. Su pene me cabía muy holgadamente, así que cerré mis labios alrededor de su miembro mientras subía y bajaba mi cabeza, pero eso y mis movimientos de lengua le sacaron semen demasiado rápido para mi gusto, así que tomé nota mentalmente de enseñarle a prolongar la eyaculación. Pero por el otro lado, él no quiso perder esta oportunidad de hallar el amor en mí, así que se mantuvo como todo un macho y me chupó mi sexo sin parar. Posó sus labios a lo largo de los míos, y luego lamió desde mi clítoris hasta mi perineo. Para el toque final, se chupó mi clítoris como se lo hizo a mis pezones y como yo lo hice con su pene. Mis movimientos eran como si mi clítoris fuese un pene que yo le clavaba a él, con sacudidas tan violentas que él tuvo que agarrarme por las nalgas para no perder posición. Todo eso me mareaba deliciosamente, y para colmo, yo mecía mis tetas sobre su abdomen para sacarle más placer por mis pezones. El orgasmo me "cargó las baterías" para todo un día de experimentación sexual.

No hicimos otra cosa durante ese par de días en su apartamento, aparte de tener mucho sexo, y a veces, comer un poco y lavarnos ocasionalmente (lo que aprovechábamos para una faena húmeda de caricias mientras nos bañábamos). Hasta permanecimos desnudos todo el tiempo hasta que me marché a mi casa. Jorge, siempre preocupado porque yo lo acusara de hostigamiento sexual posteriormente, no se atrevió a pedirme acto alguno y yo tuve que iniciar cada acercamiento, reforzando mi sensación de poder sobre él como jefa y empleado o maestra y alumno.

Tras el desayuno, nos lavamos los dientes y él se afeitó para enseñarle a besar mejor mi boca. Era paradójico que diera tan buen sexo oral, pero que de boca a boca fuese tan torpe. Eso me dio a entender que Jorge es brillante y tierno, pero nadie le había dado antes la oportunidad de prodigar tanto amor que él lleva guardado en su ser. Le tomé de sus mejillas y le indiqué que me tomara de la misma manera. Fuimos acercando nuestras caras hasta apenas tocarnos los labios, y yo fui extendiendo los míos hasta su labio superior, para demostrarle cómo se hace. Luego repetimos con los labios inferiores, hasta que me imitara a la perfección. Entonces, incliné mi cabeza hacia un lado lentamente para guiarlo a que se orientara para tocarnos ambos labios a la vez sin chocar con nuestros dientes. Cuando progresamos a besarnos con las bocas abiertas, el intenso placer le descoordinaba un poco, pero yo reaccionaba a tiempo para encaminarlo en el arte del buen besar. Ese día, solamente trabajamos labios, evitando las lenguas, hasta que lo hiciese bien y se sintiera rico.

A media mañana, programamos una sesión de que Jorge me metiera su pene, y cuando se acercara al orgasmo, yo me lo sacara para frenar su impulso de eyacular. Yo me senté sobre sus muslos en el sofá y le di besos en sus labios, mejillas, frente, cuello y tetillas como recompensa a su técnica y su paciencia. Entonces, me erguí y Jorge extendió sus manos para amasar mis tetas colgantes ante él y oprimir mis pezones, y también barrerlos de lado a lado con sus pulgares como un limpiaparabrisas de automóvil. Mis fluidos me reclamaban que él me llenara por dentro, así que forré su pene, coloqué sus manos bajo mis axilas y me apoyé con las mías sobre sus hombros y moví mi cuerpo hacia su pecho para alinear mi vagina sobre su miembro viril. Descendí lentamente para engullírmelo, pero como él no tiene tanto en ese departamento, volví a sentir otro poco de desilusión cuando ya lo tuve adentro. Tuve que comenzar con movimientos cortos para que su pene no se me saliera y no se lastimara con el empuje de mi cuerpo al bajar. Le exigí que me avisara cuándo le llegaba el clímax para que yo me detuviera al quedar él casi por completo afuera. Yo tenía que aferrarme a su glande con mis labios vulvares, y así no perder mi estímulo. Cuando yo llegaba hasta abajo, aprovechaba para frotar mi labia y mi clítoris con el hueso de su cadera, y así logre derivar tanto placer que las paredes de mi vagina se contrajeron, ajustándose a su medida y haciendo que su cabeza penil impactara contra mi punto G. Mi goce me hacía subir y bajar sin parar y ya no pudimos contenernos, explotando de dicha juntos, para que yo me derrumbase sobre su menudo pecho. Me permitió reposar así por algún tiempo, porque el tenerme así rendida le ayudó a sanar su maltrecha autoestima. Cuando ya le faltaba el aliento, se esforzó y me tomó por los brazos para arrancarme de su inserción y voltearme hasta quedar yerta a su lado.

Tras un ligero almuerzo, nos sentamos en la cama, frente a frente, para masturbarnos mutuamente con calma, siempre practicando su control eyaculatorio y para también enseñarle a estimular mi punto G. El juego consistía en acercar y alejar a Jorge de su orgasmo, mientras él me estimulaba un poco en mi clítoris, mientras introducía cuidadosamente su dedo índice o el del medio en mi vagina, y con su yema hacia mi frente, hurgaba algo que se hinchase cerca de mi hueso pélvico. El mío no está exactamente al centro, sino un poco a la izquierda, así que tuvo que hacer varios movimientos de barrido, sobando mi clítoris con el pulgar de la misma mano o con la otra, hasta hallarlo. Entonces me soltaba por afuera para dedicarse de lleno a explorar ese punto que ha inspirado leyendas en los últimos tiempos. Cuando hizo contacto, fue maravilloso. Eso crecía y el placer se volvía insoportable. Me agarré de sus hombros con fuerza para sobrellevar un estremecimiento atroz. Por mi experiencia lésbica, yo ya sabía de las aparentes ganas de orinar y no luché contra ellas, hasta pujé como para defecar y así, con un gemido estertóreo, le eyaculé en la mano, el brazo y todo su cuerpo, porque mi cuerpo se sacudió en una pataleta casi epiléptica, cayendo de espaldas y poco me faltó para estrellarme contra el suelo. Se me fue el mundo, ni me di cuenta de cuánto duró ni cómo acabó. Cuando recobré el sentido, me di cuenta de que, no sé si como travesura o por el orgasmo que le inspiré, él también disparó su semen sobre mi rostro y mi pecho, como en las películas porno. Yo diría que aprovechó mi desmayo para frotar su pene entre mi escote: su único acto atrevido hasta el momento. Entonces decidimos echar alguna ropa a lavar; entre las sábanas iba mi ropa, para salir limpia cuando me tocara regresar. La noche la pasamos cenando tranquilamente, acariciándonos, besándonos y bañándonos juntos antes de dormir.

El domingo fue parecido, pero al besarnos por la mañana, le enseñé el beso francés (que a los mismos franceses no reconocen como suyo), esto es, tocarnos las lenguas, entrelazarlas juguetonamente y metérnoslas mutuamente en las bocas, de nuevo, esquivando los dientes. La intensidad de estas sensaciones nos incitaron a que Jorge me penetrara sin más preámbulo que el consabido condón.

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