Relato de Dominacion femenina

bypablo_sumiso_cornudo©

Cuando terminó la universidad, las dos se fueron a Cuba a pasar el verano. Estuvieron allí tres meses. Delia me dijo que disfrutara del verano, pero me recordó que tenía prohibido masturbarme. Le pregunté si iba a tener que estar así todo el tiempo. Como si no le diera tanta importancia, me dijo que estaba claro que yo no podía masturbarme sin su permiso, así que tendría que pedírselo por teléfono, que ya se pensaría ella si me lo daba o no. Ya antes había dejado claro que dos viajes a Cuba eran suficiente gasto para nosotros, que yo tendría que quedarme en casa durante el mes de vacaciones.

A finales de septiembre volvieron, y Delia me dijo que teníamos que ocuparnos de Rosa, y que ella necesitaba también su independencia, aunque fuera a vivir con nosotros durante varios años hasta que terminara su carrera. En resumidas cuentas, que había que sacar dinero para meterse en otro piso. Yo le dije que los beneficios del año pasado y los de ese año no daban, ni mucho menos, para comprar un piso. Me preguntó si daban para la entrada. Le contesté que no para una entrada muy alta, y sin preocuparse me dijo que al comenzar el año siguiente ellas buscarían un piso, que fuera mirando cuánto podíamos tener para la entrada, y que después tendría que ajustar mis gastos, porque el negocio tendría que pagar el crédito hipotecario para que Rosa pudiera tener lo del alquiler para sus gastos. También me dijo que los siguientes años destinaríamos los beneficios que diera el negocio para ir cancelando parte del crédito. Yo sabía entonces que no podía hacer nada más que lo que me decía.

En noviembre, cumplí cincuenta años. Delia me dijo que íbamos a celebrarlo bien. Esa vez la noche del viernes la pasaron las dos conmigo. Fuimos los tres a un restaurante carísimo (nunca íbamos a restaurantes caros), después a un bar de copas. La conversación fue animada. Las dos se dirigían a mí sin cortarse un pelo, como si mi único papel fuera estar a su servicio (la verdad es que era así). Al llegar a casa, Delia me dijo que me fuera a mi cuarto, que me desnudara y esperara a que me llamara. Estaba excitadísimo (toda la noche con dos mujeres guapas que se habían puesto muy elegantes), y pensaba que Delia me iba a dar un premio por mi cumpleaños. Pero no me esperaba lo que pasó.

Delia me llamó y fui a su cuarto. Cuando entré desnudo me quedé de piedra. Estaban allí las dos, y vestidas como nunca las había visto: con una lencería, medias con liguero y zapatos todo blanco, que les quedaba increíble con su piel morena. Lo primero que me dijeron fue que podía besarles los pies. Me arrodillé y les bese los zapatos a las dos. Me levantaron y me acariciaron. Yo estaba excitadísimo. Delia se tumbó en la cama y me hizo chuparla (mientras, Rosa me acariciaba). Cuando llegó, se cambió por Rosa y (por primera vez) tuve que chuparla a ella hasta que llegó.

Después de que hubieron llegado, se sentaron las dos en la cama. Yo estaba de pie, frente a ellas, y Delia me preguntó si me había gustado el regalo de cumpleaños. Le dije que sí, que mucho, pero no me atreví a decirle que esperaba que me dejara llegar también a mí. Me dijo que me tumbara con ellas en la cama, y las dos me acariciaron (aunque sólo Delia me agarraba el pene). Entonces, Delia empezó a hablarme. Me dijo que estaba muy contenta, que su vida era maravillosa, y que eso era también gracias a mí. Me dijo que gracias a nuestra relación había descubierto lo que era la dominación femenina, y me preguntó si sabía a qué se refería. Le dije que más o menos (algo me sonaba de antes, y aunque nunca habíamos utilizado esa palabra, ahora sabía que tenía mucho que ver con cómo yo vivía). Me dijo que la dominación femenina era, más o menos, lo que pasaba en nuestro matrimonio, que ella era la que mandaba y yo el que obedecía. Me contó que ahora sabía que las cosas eran así, porque por Internet había descubierto que lo que pasaba en nuestra relación era algo que también pasaba en otras.

Me dijo que el regalo por mi cincuenta cumpleaños no había terminado. Pero que el principal regalo que podía hacerme era seguir dejándome que la sirviera. Y me preguntó, si no estaba de acuerdo, sino era eso lo que quería: obedecerla, servirla y esforzarme para que su vida fuera maravillosa. Le dije que sí. Me dijo que quería que le dijera si mi vida con ella era también maravillosa, o si preferiría vivir con otra mujer, que podía elegir lo que más deseara. Le contesté que no quería elegir, que mi vida con ella era maravillosa y que no quería cambiarla por nada. Me preguntó que si no creía entonces que poder servirla era un privilegio para mí. Le contesté que sí, y me dijo que entonces tendría que continuar esforzándome por hacerlo cada vez mejor. A lo que también le dije que sí, que me esforzaría por hacerlo lo mejor que supiera. Terminó la conversación preguntándome si lo que quería realmente era ser su esclavo y que ella fuera mi ama. Le contesté que no sabía muy bien a que se refería. Y ella me dijo que sí, que sí lo sabía, que si sabía lo que quería decir esclavo y lo que quería decir ama, entonces tenía que saber a lo que se refería. Y volvió a preguntarme si deseaba de verdad ser su esclavo. Le dije que sí, y ella me dijo que a partir de ese momento, al cumplir mis cincuenta años, me hacía el regalo de tenerme como esclavo.

Las dos comenzaron a acariciarme mucho más, y yo las acariciaba a ellas, tuve que chuparlas otra vez a cada una de ellas hasta que llegaron. Entonces, Delia comenzó a masturbarme, pero cuando estaba a punto de llegar se detuvo. Lo hizo varias veces, yo no se cuánto tiempo duró, pero yo me estaba volviendo loco. Llegó un momento en estaba a cien, y me preguntó que qué era lo que más deseaba. Yo le dije que llegar. Me dijo que lo pidiera, que lo suplicará, y yo la supliqué que me dejara llegar. Pero me dijo que se lo pidiera como merecía, y tuve que llamarla ama por primera vez. Entonces, me preguntó que dónde deseaba llegar, y le dije que en su culo. Puso cara de asombro, y me dijo que si no prefería hacerlo dentro de ella. Le dije que sí, pero que no me atrevía a pedírselo. Me dijo que me iba a conceder ese privilegio del que disfrutaría poquísimas veces. Me introdujo el pene en su vagina, y poco después yo estallé. Me sentí tan agradecido como nunca me había sentido jamás con una mujer.

Me di cuenta de que le hacía una seña a Rosa, y ésta se marchó. Delia me colocó la cabeza en su entrepierna y me dijo que la dejara bien limpia y la hiciera disfrutar como se merecía mi ama. Tuve que chupar todo mi semen (al principio me dio un poco de asco, pero luego chupaba y chupaba encantado de darle placer a mi ama), me hizo trabajar mucho rato, hasta que al tercer orgasmo se relajó y me dijo que me metiera en la cama. Me besó y me dijo que para terminar el regalo de cumpleaños podía quedarme a dormir con ella. Me abracé a ella y me sentí como el hombre más feliz del mundo. De verdad que tenía razón, era un privilegio estar a su servicio, y por una noche como aquella valía la pena cualquier sacrificio. Antes de dormirse, me dijo que podía darles las gracias por el regalo de cumpleaños y por haberme convertido en su esclavo. Yo le di las gracias de todo corazón, me sentía feliz y agradecido de verdad.

Aquel momento fue la primera vez que fui consciente de que era el esclavo de Delia (aunque también me di cuenta de que lo era, sin ponerle ese nombre, desde hacía tiempo). A partir de entonces mi vida cambió, sobre todo porque comencé a ver el asunto con más naturalidad. Delia me ayudó mucho a verlo como una suerte en lugar de como algo raro.

Así fueron los primeros seis años de mi matrimonio. He intentado contar sólo lo principal, para no alargarme. Pero a pesar de eso, no sé si este escrito no será ya excesivamente largo. Se lo he dado a leer a mi ama, y ella me ha dicho que quiere que siga contando nuestra experiencia, que está segura de que les interesará, pero por si acaso que mande esto, y les comente si están interesados en lo que tengo que seguir escribiendo, en los siguientes cuatro años de matrimonio hasta hoy. Si quieren que se lo mande, díganmelo, porque lo tendré escrito para ella. Un afectuoso saludo, y otra vez felicitaciones por su página.

DominacionFemenina.net:

Julián, sí estamos interesados en la continuación que nos anuncia. Así que puede enviárnosla en cuanto la tenga. Esperaremos a recibirla, y publicaremos las dos juntas. No se preocupe por la extensión, su historia bien la merece.

Segunda parte

Esta es la segunda parte de nuestra experiencia. La primera la terminé después de seis años de matrimonio, en la noche en la que Delia me habló por primera vez de la dominación femenina, y me dijo que a partir de entonces sería su esclavo (aunque sin llamarlo de esa forma, ya lo era hace tiempo). Para entender cómo se produjo todo esto es necesario leer la primera parte.

Después de aquella noche, las cosas siguieron cambiando, aunque no se produjeron cambios muy radicales y muy rápidamente. Delia me volvió a decir que estaba encantada con la dominación femenina, pero que tenía pensar que vivíamos también con su hermana Rosa. Me explicó que tenía que obedecer y servir también a su hermana, porque era una mujer y porque ella me lo mandaba, pero que yo le pertenecía a ella, no a su hermana. Me dijo que tenía que obedecer a Rosa siempre que me mandara cualquier cosa en la casa, pero que si en algún momento tenía dudas sobre alguna cosa, que le consultara a ella, porque sólo ella era mi ama. Su hermana tendría toda la libertad para pedirme que le diera un masaje, que le hiciera algún servicio doméstico, pero que sobre las cuestiones sexuales y de dinero sólo ella podría decidir.

De todas formas, un tiempo después, Rosa habló con Delia, y le dijo que, aunque sabía que yo era su marido y su esclavo, le gustaría poder utilizarme para que le diera placer con la boca. Delia decidió, y me lo dijo, que permitiría que su hermana disfrutara de mí de esa manera, pero sólo cuando se lo pidiera a ella primero, y lo autorizara, y siempre que ella estuviera en casa. Por lo que quedaba claro que yo no podría hacerlo nunca sin su autorización y, por lo tanto, nunca que ella no estuviera en casa, y tenía que recordar siempre que tenía prohibido llegar sin su permiso. Así ocurrió, de vez en cuando (no continuamente), Rosa hablaba con su hermana, y Delia me ordenaba que me pusiera a su servicio. Yo iba a la habitación y la lamía hasta que llegaba, en algunas ocasiones más de una vez, y muchas me humillaba (aunque sin exageraciones) mientras me utilizaba. Aunque mi amor y mi deseo por Delia eran lo importante, tengo que reconocer que me gustaba también servir a Rosa.

Rosa se convirtió en una entusiasta de la dominación femenina, y conversaba a veces con su hermana sobre cómo hacer que fuera mejor esclavo. Un tema que sacó ella fue que me vendría bien el castigo físico, que así aprendería a servirlas mejor. Pero Delia no estaba interesada en látigos o fustas, y le decía que ni le apetecía ni creía que fuera imprescindible, que durante los últimos años, y sin saber muy bien lo que hacía, me había convertido en un buen sumiso sin necesidad de historias que no le atraían; no se veía azotándome. Rosa se ofreció a hacerlo ella, pero Delia siguió negándose. Me libré del castigo físico.

Rosa siguió proponiendo cosas. Le dijo a su hermana que podía descargarse de parte del trabajo de la casa y que lo hiciera yo. Pero tampoco Delia aceptó eso, le dijo que ella no pensaba ponerse a trabajar, que le parecía bien llevar la casa, y que ella se dedicara a sus estudios y yo al negocio, que tenía que trabajar duro para que saliera dinero para los tres. Sobre este tema, estaba claro que la seguridad económica le preocupaba. Era lógico, porque venía de la pobreza de Cuba y se preocupaba por asegurar el futuro. Se había asegurado el suyo con los pisos (el que fue mío, el que adquirimos con la herencia de mi madre y un tercero después, ya estaban a su nombre, y ahora yo tenía que sacar dinero para otro para su hermana. Además, yo sabía que mandaba una parte de sus ingresos por los dos alquileres a su familia en Cuba).

Mi vida fue siendo cada vez más la de su esclavo, pero sin castigos físicos ni historias raras. Era cada vez más exigente, y me pedía más dedicación. Entre semana yo trabajaba y no volvía hasta las siete o las ocho de la noche. Cenábamos pronto, y después de cenar veíamos la televisión (en ese caso muchas veces tenía que masajearle los pies a ella o a las dos). Una media de unas tres veces a la semana me llevaba a su cuarto cuando iba a acostarse y me hacía chuparla para satisfacerla. Muchas veces me excitaba además el pene, pero no me dejaba llegar. La mayoría de las veces se dormía sola y me mandaba a mi cuarto. Tenía un calendario en el que marcaba los días en que me había dejado eyacular, procuraba que lo hiciera dos veces al mes, y que tampoco fueran muchas más. A los pocos meses, comenzó a hacer una cosa de vez en cuando: se ponía de espaldas, como siempre, y me dejaba llegar, pero ahora me obligaba a lamerla hasta que la dejara limpia, tenía que chupar y tragarme todo el semen que había dejado en su espalda.

Otra cosa que convirtió en costumbre fue que después de mi eyaculación, normalmente al día siguiente, me metía en la habitación y me excitaba el pene con la mano hasta casi el límite unas cuantas veces, pero sin dejarme llegar nunca. A veces lo hacía una o dos veces, y me dejaba en su cuarto, volvía después de un buen rato (a veces media hora, otras más) y volvía a excitarme. Cuando comenzó a hacerlo, me dijo que necesitaba recargar las pilas después de haber llegado, y yo me daba cuenta de que tenía razón. El caso es que siempre estaba excitado y loco de pasión por ella, y cualquier cosa que me dejara hacer con ella me parecía un sueño. Me acabé dando cuenta de lo mucho que disfrutaba de cada vez que podía estar con ella, y de que eso se debía a su dominio sobre mí y a que apenas me dejaba llegar. Me mantenía siempre excitado y yo estaba siempre loco por ella.

Ese verano se fueron otra vez las dos a Cuba. Al volver, Rosa (que ya disfrutaba del dinero que le daba su piso) habló con Delia y le dijo que estaba pensando que necesitaba un esclavo para ella, que podría vivir en el piso con nosotros. Delia le dijo que no, que iba a empezar el tercer año de carrera y tenía que dedicarse a sus estudios, que cuando los acabara y se independizara podría hacer lo que quisiese. A cambio, aceptó que pudiera utilizarme para complacerla con la boca siempre que quisiera, aunque seguía estando claro que yo no podría llegar jamás ni entrar dentro de ella. Rosa comenzó a utilizarme con bastante frecuencia, y seguía humillándome y riéndose de mí a menudo cuando lo hacía. Pero mentiría si dijera que me molestaba.

Pero aunque no entendía muy bien por qué, después de aquella conversación, Delia me dijo que quería que nos cambiáramos a un piso más grande, quería cuatro habitaciones. No tenía prisa, y buscó el piso con calma. Antes del verano, hace dos años, nos cambiamos a la nueva casa. Era bastante más grande, tenía cuatro habitaciones y 215 metros cuadrados. Por supuesto, la casa se puso a su nombre. El negocio tuvo que cargar con el segundo crédito hipotecario. Entre los dos se comían casi todos los beneficios, pero podía pagarlos sin angustias. No fueron a Cuba ese verano, lo dedicamos a instalarnos bien y a decorar la casa al gusto de Delia. Yo no sabía para qué había querido esa cuarta habitación que se montó también como un dormitorio. Pensé que sería una habitación de invitados, pero ella no me dijo nada.

Me enteré después del verano, y me llevé la sorpresa de mi vida. Habló conmigo y me dijo con claridad que me quería, pero que nunca había estado enamorada de mí con pasión. Tenía que entender que me había conocido muy joven y muy necesitada, y que yo tenía 52 años y ella 34, que la diferencia de edad tenía sus problemas. Le dije que la entendía, pero que yo la quería con locura (estaba asustado por lo que me decía; me temía lo peor). Me dijo que no me preocupara, que me quería y que no pensaba dejarme. Me quedé tranquilo. Pero a continuación me dijo que le apetecía relacionarse con algún hombre de su edad. Me estaba diciendo que pensaba echarse un amante. Yo le respondí que me daba mucho miedo, y ella me insistió en que no me preocupara, pero con toda claridad me dijo dos cosas: que hacía tiempo que tenía relaciones sexuales con otros hombres (se refería a las noches de los viernes y los sábados que eran para ella) y que, además, ella tenía todo el derecho a hacerlo que para eso era el ama. Me dijo que tenía que aceptarlo, que si no estaba en duda que quisiera ser su esclavo y, por lo tanto, estaba en duda nuestra relación, porque ella no tendría ya nunca más una relación que no fuera de dominación femenina. Me dijo que me daba dos días para que lo pensara, y para que le confirmara que quería seguir siendo su esclavo.

Me costó mucho, pero no tarde los dos días en tomar la decisión. Al día siguiente le dije que tenía razón, que tenía derecho a hacer lo que quisiera con otro hombre, pero que me asustaba mucho que pudiera acabar abandonándome. Me abrazó y me dijo que no tuviera miedo, que lo que tenía que hacer era ser cada vez más y mejor esclavo para que ella estuviera contenta conmigo, que esa era la forma de que no me dejara. También me dijo que estaba contenta conmigo, porque sabía que me estaba portando como un buen esclavo, que deseaba tanto estar con ella que aceptaba lo que me había dicho.

Un par de días más tarde me dijo que los viernes y los sábados quería que a partir de las doce de la noche no saliera de mi habitación nunca hasta las nueve de la mañana. Me temí lo peor, y tenía razón: me dijo que esas noches podría venir a casa con otro hombre. No pude protestar ni oponerme, sabía que era inútil; sólo le volví a decir lo asustado que estaba. Durante tres meses, me di cuenta de que algunas noches del fin de semana llegaba con otro hombre, pero a las nueve de la mañana, cuando salía de mi habitación, ya no estaba en la casa. Pero una mañana, cuando se levantó, apareció un hombre joven con ella. Yo no sabía si siempre había sido el mismo o no (no me dejaba preguntarle por ese tema). Creí que me iba a morir. Sin embargo, Delia se comportó como si fuera lo más normal del mundo, y me presentó a Andrés. Fue un momento, porque se fue casi nada más salir de la habitación. Cuando salió, Delia me dijo que si tenía algo que decirme sobre ese hombre ya me lo diría, pero que mientras me abstuviera de preguntar.

No me dijo nada. Pero el sábado siguiente, Andrés volvió a salir de su habitación y se quedó a desayunar con nosotros. El domingo ocurrió lo mismo. Seguía sin decirme nada. Me enteré de que Andrés tenía 29 años, era español y trabajaba de escayolista. Una semana después, el sábado por la mañana, Delia me llamó, cuando entré en su cuarto estaba en la cama con Andrés, yo no sabía dónde meterme. Me dijo que les prepara un desayuno para los dos como el que le preparaba a veces a ella. Estaba nervioso y avergonzado, pero no me quedó otra que prepararles el desayuno. El domingo por la mañana ocurrió lo mismo, pero después, en lugar de irse, Andrés se quedó a comer con nosotros tres. Rosa parecía de lo más divertida, y yo completamente asustado y avergonzado. Después de comer, me quedé de piedra, porque Delia le dijo a Andrés que había dejado sábanas limpias junto a la cama, que la hiciera y recogiera el cuarto. Andrés se fue a su cuarto, y nosotros tres nos quedamos tomando el café. Las dos actuaban como si no pasara nada raro. Cuando volvió Andrés, le dijo que antes de marcharse recogiera la mesa y fregara los platos. Se levantó, me cogió de la mano y me llevó a su cuarto. Cuando estuvimos allí me dijo que me desnudara, que me metiera en la cama y que no hiciera preguntas. Ella se desnudó también, se metió en la cama y me besó y me abrazó, me hizo chuparla hasta que llegó y nos quedamos los dos dormidos.

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