Rita

byD4v1D©

Le pregunté si le gustaba romper matrimonios. Me dijo que no, que era una pasión temporal y que no estaba buscando pareja, que tenía varias mujeres casadas que eran sus “amigas con beneficios” a las que recurría cuando estaba con ganas. Pensé en Alex y le pregunté si despreciaba a las parejas de sus conquistas. Me dijo que no, que era más bien un espíritu competitivo, de sentirse triunfador y sentir que él se había acostado con la mujer de otro y no viceversa. También me contó que había descubierto la mejor forma de no tener temor a romper una pareja y aliviar cualquier culpa, y que era encontrar a maridos “cornudos consentidos” o “cuckolds”. Supe inmediatamente de qué me estaba hablando ya que Alex se había descrito él mismo así. Le dije que conocía el término y se interesó mucho en saber por qué lo conocía. No le hablé de Alex sino que le dije que lo había leído en una revista.
Toda esta conversación de competir y quitarle la novia a otro no me gustó mucho y mi excitación inicial se apagó. Le dije que me tenía que ir y vi en su cara que se había frustrado. Me preguntó por qué y fui sincera. Le dije que me gustaba la gente preocupada por otros y me había sentido un poco decepcionada de su actitud. Me contestó que entendía y que a él tampoco le gustaba su antiguo yo, ese que tomaba y descartaba mujeres, y que efectivamente había roto varias parejas cuando joven. Por eso durante mucho tiempo no se metió más con personas emparejadas y que lo que lo había salvado era la existencia de esos hombres que querían voluntariamente que otro se acostara con su mujer. Eso me dio más tranquilidad y ablandé un poco más mi juicio sobre él.
Me acompañó al auto y cuando nos despedíamos me dio un beso en la boca. Aunque tenía la intención de voltear la cabeza no pude evitar quedarme unos segundos y saborear su beso. Después me corrí y subí a mi auto. A través de la ventana me dijo que quizás me iba a llamar a mi consulta otro día. Sólo le sonreí y me fui en el auto con todo bien cerrado. En verdad, aunque lo encontraba arrogante, también me gustaba que pudiera tomar sin preguntar lo que quisiera, me gustaba esa cosa de macho competitivo que sabe lo que quiere y lo obtiene. Mientras pensaba en esto me di cuenta que me estaba calentando de nuevo y me saqué los calzones empapados, me levante la falda y me masturbé pensado en Diego entre mis piernas, tomándome violentamente con un pico enorme y duro como el acero. Cuando llegué a la casa todos dormían, me acosté al lado de Alex quien me dijo buenas noches entre sueños y apenas se puso a roncar me bajé el pantalón del piyama y me volví a masturbar a su lado, imaginando que Diego me culeaba ahí mismo en la cama y que Alex ni siquiera se despertaba. Me dio placer imaginar eso y me di cuenta que también estaba sintonizada con una parte de mí más competitiva en que extrañamente podía ser parte del equipo ganador si me acostaba con Diego. Pero Alex tampoco perdía ya que él quería que me acostara con otro. Confusa con estos pensamientos y con el sueño que me embriagaba, me dormí plácidamente.
Me gusta masturbarme sin que Alex sepa, es un momento de intimidad conmigo misma que no tengo por qué compartir y que no quiero compartir. Cuando le cuento estas cosas a Alex me interroga, desmenuza el hecho con todos los detalles que puede extraer para alimentar sus propias fantasías y con eso siento que mata lo mío. Por eso evito contar muchas cosas que hago y pienso.
Pasaron las semanas y no supe más de Diego. Estaba pendiente cuando la secretaria de mi consulta me decía que tenía un llamado porque nunca le di mi celular y el único número que podía conocer era ese. Era una locura ya que me había dicho a mí misma que no iba a caer en esto, pero cuando escuchaba el teléfono y luego mi secretaria me decía que tenía un llamado, me latía más fuerte el corazón, esperando que fuera él. Fueron muchas las decepciones. Hasta que un día vi mi agenda para el jueves en la tarde y vi que tenía agendado a Diego con petición especial de una hora a las 8:30 pm cuando mi secretaria ya se fue y no quedan otros profesionales en la consulta.
Esperé ansiosa los días y le dije a Alex que llegaba tarde ese día por reunión de profesionales. Esa noche llegó y se disculpó por haberme tomado la hora pero que en realidad quería hablar conmigo como amigo. Le dije que conversáramos en la consulta, tenía un sillón y un sofá y nos podíamos tomar un café y galletas. Empezó explicándome que no era una mala persona, que no estaba por hacerle daño a nadie, que sólo era un poco competitivo, y que no quería romper mi matrimonio ni hacerle nada a Alex. Por eso no había llamado y ahora sólo quería cerrar bien. Me enternecí y le dije que en todo caso Alex no tenía por qué saber nada y que esto era algo entre él y yo. Vi que se le iluminaron los ojos y apareció un gesto especial en su boca, como de firme determinación, mientras me miraba fijamente esperando que continuara. Yo sentí frente a su mirada que se me aceleraba el pulso y la respiración, sentí calor y me sonrojé. Me picaban los labios y me pasé la lengua por ellos. Finalmente continué y le dije que él me era súper atractivo, que no había sentido algo así en mucho tiempo y que me había sentido muy conectada con él. También le dije que me gustaban los hombres inteligentes y que en mi caso la seducción partía por la mente. Mientras le decía esto, volví a sentir cierta debilidad en las piernas y como me empezaba a mojar entre las piernas.
Él se paró frente a mí, y luego se arrodilló para estar a mi altura, me tomó de la cabeza y me besó con fuerza y sentí como su lengua se abría paso entre mis labios. Respondí inmediatamente y nos besamos apasionadamente. Después de un buen rato le hice un gesto para que se parara frente a mí, le abrí el cinturón y bajé el cierre, detrás se asomaban unos boxers y se podía ver el perfil de un gran pene, apuntando hacia arriba. Se lo saqué del pantalón y comencé a chuparlo, tenía pre eyaculación de sabor salado en la punta, era grueso como una lata de RedBull y más largo; el de Alex había sido el más grande hasta ahora pero este lo superaba. Lo que más me gustaba era lo duro que estaba: se sentía suave de textura pero como una piedra de firmeza. Me imaginaba como me sentiría al ser penetrada por este monstruo.
Empezó a mover las caderas en forma automática y pensé que iba a eyacular, pero se detuvo y me empujó hacia atrás en el sillón, me subió el vestido que me había puesto especialmente para él hasta la cintura y me agarró el calzón semitransparente de ambos lados y me los bajó rápido con mis piernas apuntando hacia arriba. Sentía como mi zorra jugosa dejaba hilos de lubricación entre ella y el calzón. Me quedé con las medias puestas, que me llegaban hasta la parte alta de los muslos, y con mis zapatos de medio taco. Mientras yo pensaba “aquí se viene” y deseaba tenerlo profundo dentro de mí, me tomó de bajo las rodillas y me abrió las piernas, se arrodillo frente a mí y de un solo movimiento me penetró. Por suerte estaba lubricada porque no estaba acostumbrada al tamaño de su miembro ni a una cabeza tan bulbosa y ancha; me sentí muy estrecha y apretada contra él y sentí como llegaba hasta el fondo y golpeaba mi cérvix. Luego se empezó a mover rítmicamente dentro de mí. Su pene apretaba mi punto G y también hacía presión a través de la pared vaginal sobre mi clítoris y me di cuenta que iba a tener un orgasmo muy rápido. No podía contener mis gemidos y me empezó un orgasmo mientras trataba de abrir más mis piernas para estar más abierta para él. El orgasmo tuvo una oscilación pero no se detuvo y continuó en otro que iba creciendo más y más: me perdí dentro de mí sintiendo la sensación y sentía como mis gemidos se convertían en una especie de llanto sostenido de placer. Tuve múltiples orgasmos de diferente magnitud. De repente lo escuché gruñir y lo miré, estaba transpirando, se movía como un toro y me miraba intensamente a los ojos. Pude sentir cuando se venía dentro de mí y luego colapsó sobre mí.
Le dije que era el mejor sexo que había sentido en mi vida, que tenía un pico exquisito y que había tenido innumerables orgasmos. Se sonrío satisfecho de sí mismo mientras me hacía cariño en el pelo. Luego me dijo que se tenía que ir más o menos rápido, se levantó y vistió. Yo estaba todavía acostada, tratando de recuperarme de esta carrera de 100 metros, cuando se despidió de un beso y me dijo te llamo. Sentía como su semen viscoso empezaba a deslizarse fuera de mí y pensé en embarazo, enfermedades de transmisión sexual y todas las cosas que la calentura te hace olvidar. Pero al mismo tiempo, sabía que no era un tipo putero, que era inteligente y no se iba a acostar conmigo si tuviera algo raro. Me limpié con los pañuelos de papel para los pacientes llorones, me vestí y me fui a casa a eso de las 10:30 de la noche.
Cuando llegué Alex estaba despierto. Me puse pijamas y me metí a la cama, me di vuelta hacia él y comencé a besarlo. Sentí cómo se le paraba el pico y hacía presión contra mis piernas. Le pedí que me lamiera la zorra y él se escurrió apurado bajo las sábanas y se zambulló entre mis piernas. Me besaba los lados de las piernas cerca de la ingle, los labios vaginales y luego pasó su lengua de abajo hacia arriba por mi zorra, desde el perineo al clítoris, y después metió la lengua dentro de mí y lo sentía tragar la mezcla de mis jugos y quizás algún resto de semen. No se dio cuenta del sabor, nunca me dijo nada, pero yo me sentía muy satisfecha mientras pensaba que él estaba con su boca donde había estado mi amante secreto con su pene delicioso. Me hizo llegar al orgasmo con su prodigiosa lengua y él seguía con ganas de tener sexo conmigo. Esta vez le tuve que decir que no y que se durmiera, lo que hizo a regañadientes.
Los días siguientes sólo pensaba en Diego quien se había conseguido mi número celular y hablábamos casi todos los días. Me sentía cómplice de él y absurdamente ganadora. Nunca le conté a Alex, ya que quería proteger mi intimidad al mismo tiempo que quería sentir la excitación de la infidelidad. Si le contaba perdía gracia, pero al mismo tiempo sabía que si le contaba él habría estado de acuerdo.
Continué saliendo con Diego cada una o dos semanas, como amigos con beneficios, y cada vez que volví a casa de una supuesta terapia en horario tardío o una reunión de equipo, le pedía a Alex que me chupara la zorra para tener ese maravilloso orgasmo previo a quedarme dormida. Yo me masturbaba casi todas las otras noches a su lado pero pensando en Diego, esperando que Alex se quedara dormido antes de hacerlo. A veces me preguntaba si me había masturbado la noche anterior, ya que algo había detectado entre sueños. Siempre lo negué porque era mi mundo interior y no quería que me preguntara en qué estaba fantaseando y tampoco que por qué le negaba el sexo y luego me masturbaba excluyéndolo. Alex nunca se imaginó por qué tenía más deseo, pero no importaba porque ambos estábamos más felices.
FIN

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