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Sombras en la Noche

bybrunorivera©

"Hereje no es quien muere en la hoguera, sino quien la enciende."

José Saramago, portugués premio Nobel de literatura.

Mi nombre es Kira y soy vampira. Ya he olvidado el nombre que tuve cuando yo era una mortal común y corriente. Mi infancia transcurrió normalmente en una aldea de la Europa medieval, pero al llegar a la adolescencia, mi belleza inspiró envidia entre otras mujeres, y hasta concuspicencia en hombres. Poco antes de mi mayoría de edad, alguien me acusó de brujería, aprovechando la presencia de un Tribunal de la Inquisición en un pueblo vecino. Durante varios meses, fui interrogada y aunque mi culpabilidad nunca fue establecida, no me asistía la presunción de inocencia del derecho moderno, y me condenaron a morir en la hoguera. Hasta pasé la última noche de mi niñez y toda mi vida atada a la estaca, sin comida ni agua, para "meditar, orar y reconciliarme con Dios", después de todo, iba a morir virgen.

Poco después de medianoche, vi sombras moviéndose, y solamente creí que era una alucinación provocada por el hambre, la sed y el cansancio. Pero se acercaron a mí, vestidos con capuchas, y los confundí con los monjes de Santo Oficio, supongo que sería para oír mi última confesión. Estaba muy débil para responderles con una insolencia y les supliqué:

- ¡Padre, hermanos, ayudadme! Por lo menos, dadme un poco de agua...

Uno de ellos se acercó con un vaso y lo bebí ávidamente, pero cuando me di cuenta de que no era meramente agua, ya era tarde. El líquido era cálido, nada refrescante, con una mezcla de sabores muy extraños, y me hizo sentir más sedienta. El hombre me preguntó:

- Hija mía, ¿quién pudo haceros esto?

- ¿No lo sabéis, monseñor? ¿Acaso no sois monje del Tribunal...?

- No lo soy. Soy un viajero de una comarca lejana. No sabía que estos cristianos todavía hiciesen sacrificios humanos.

- ¿Sacrificios? ¿Qué decís, milord? Esos pecados solamente los cometen los paganos.

- ¡Pobre niña, es tanto lo que aún ignoráis!

Me dispuse a aprender rápidamente, ya que a mi mente vinieron imágenes increíbles, como de un pasado remoto, mezcladas con sucesos recientes. Al principio, pensé que seguía delirando, pero estas visiones me trataban de decir muchas cosas en muy poco tiempo.

Pronto, me sentí intranquila y uno de los viajeros me comenzó a decir:

- ¿No sentís algo especial? Como una nueva fuerza...

- ¡Sí, mi señor, siento una fuerza nueva!

Repetía yo mientras luchaba contra las sogas, sin poder soltarme. El encapuchado me dio otro poco de su elíxir y rompí las cuerdas cono si fuesen de papel. Me maravillé de lo que yo acababa de lograr, y le miré fijamente a los ojos, y le entregué mi alma. Me preguntó otra vez:

- ¿Dónde están los que os dejaron así?

- Están en la iglesia del pueblo.

- Llevadnos hacia ellos, para enseñarles una lección.

Mi corazón flotaba, porque estos me brindaban la oportunidad de vengarme. Yo caminaba muy aprisa y ellos me siguieron. Casi no sentía el suelo bajo mis pies. Al llegar a las puertas, un monje me reconoció y trató de impedirme el paso con mucha altanería, pero yo lo golpeé y fue a estrellarse contra las puertas, derribándolas. El líder de los viajantes observó:

- ¡Qué gentileza, al abrir la puerta para nosotros!

- ¡Ja, ja, ja, ja!

Todos rieron y yo también. La risa me sonó tenebrosa, pero no me dio miedo, sino un placer morboso. Proseguimos y cada vez que se nos interpuso un monje o soldado, los que me acompañaban los lanzaban hacia los muros con fuerza sobrehumana. Eso me dio mucha satisfacción. Pregunté:

- ¡Cuán fuertes sois, señores! ¿Acaso sois soldados?

No respondieron, sino que siguieron luchando. Ni siquiera se escabullían, sino que deliberadamente se enfrentaron a todos los que defendieron el recinto. Por fin llegamos al gran salón donde se dijeron tantas calumnias acerca de mí, de cómo yo invocaba al Maligno y efectuaba hechizos de los cuales nunca tuve ni idea. Los caminantes tuvieron a raya a todos los ocupantes del monasterio, y a algunos, los alzaron en vilo, haciendo gala de su poder. Procuraban causarles mucho dolor y pavor, pero evitaban matarlos muy aprisa. Dos de mis acompañantes tomaron por los brazos al abad que sirvió como mi juez, lo despojaron de su sotana y lo acostaron sobre una mesa. El cabecilla me dijo:

- ¿Es éste el que os puso allá afuera, para que las bestias salvajes os devoraran?

- ¡Sííí...!

Respondí yo, embelesada porque, de repente, el monje me pareció como un manjar apetitoso.

- ¡Demostradle lo que se siente!

Y yo me abalancé sobre él. Su pene estaba erecto, porque él sintió algo más que terror. Y yo se lo miré y decidí que sería lo primero que devoraría. Abrí mi boca, ya como las fauces de un lobo o león y mordí hasta arrancarle su miembro, y me lo tragué de una vez. La sangre del abad brotaba a chorros y yo la bebí como si fuera agua fresca. Luego mordí más partes de su cuerpo, hasta llegar a su cuello. Ahí me pegué, y entonces, mis dientes se convirtieron en colmillos y atravesé su yugular para acabar con la última gota de su sangre. Cuando me sacié, miré a mi alrededor y vi cómo mis camaradas le habían hecho lo mismo a los otros inquisidores. Entonces me di cuenta de mi transformación. En ese momento, dejé de ser humana. El jefe de los vampiros se dirigió hacia mí y me felicitó:

- ¡Bien hecho, hija mía! ¡Habéss hecho justicia esta noche!

Y de pronto, él me mordió. Me sorprendió un poco, pero no me dolió. Yo lo mordí, y él soltó una carcajada de placer. Todos los allí presentes le hicieron coro y nos mordimos unos a otros, ya no como agresión, sino como un juego. Fui besando y mordiendo, y pronto todos quedamos desnudos. Muchas manos acariciaron y hasta arañaron mis pechos, muslos, posaderas y vientre hasta mi canal virginal. Labios, lenguas, dedos y penes se alternaron en mis cavidades y conocí por primera vez los placeres de la carne que los monjes pretendieron negarme. Al llegar al clímax, yo exudé alguna de la sangre que bebí, hasta que sentí un cansancio inesperado, como somnolencia. Estaba amaneciendo. Entonces, mi amo nos ordenó:

- ¡Pronto, a la cripta!

Nos apresuramos hacia el sótano de la abadía, y al descender, los hermanos colocaron maderos pesados en la puerta para impedir que alguien entrara. Finalmente, fui perdiendo el conocimiento...

Al despertar, era el atardecer, y destrancamos el sótano para salir hacia el bosque. Sentí hambre y sed, pero continuamos camino hasta alejarnos del convento, y tras internarnos donde nadie más nos pudiese encontrar, pregunté qué me había pasado. Mi señor contestó:

- ¿No entendéis aún de lo que se trata? Buscad en vuestro interior...

Y entonces, las imágenes volvieron a mi mente, pero ahora la historia que me relataban era muy clara para mí. El nombre de mi redentor es Ivor y ahora yo soy su esposa. Supe mi nuevo nombre y hasta percibí cómo mi clan adquirió este don, esta maldición. Fue un hechicero, aprendiz de druida, y cierto sacerdote de la antigüedad se le apareció y le reveló su secreto para la inmortalidad: cierta pócima, uno de cuyos ingredientes es la sangre humana, era capaz de sanar cualquier herida que sufriera, no importa cuán grave, pero a cambio, producía nuevas vulnerabilidades: nuestras heridas no se podrían cerrar hasta que el arma se nos fuera arrancada totalmente, y aunque no moriríamos aún perdiendo toda nuestra sangre, permaneceríamos inmóviles hasta recobrarla. La luz solar nos irrita mucho, y lo primero que perdemos es la vista, dejándonos muy indefensos, pero ni aún así, moriríamos, al menos, no de inmediato; de hecho, la agonía es indescriptible cuando los rayos solares nos abrasan. Por todo lo demás, somos prácticamente invulnerables. Por cierto, las estacas de madera, al soltar astillas, retardan mucho más nuestra regeneración.

Por siglos, asolamos muchas aldeas y algunas ciudades, matando a inocentes y culpables por igual. Los pocos que sobrevivían, vagaban hasta encontrarse con nosotros y los juzgábamos, a ver si eran dignos de unírsenos o había que darles la paz de la muerte. Algunas veces, los mortales lograban encontrar nuestros escondites para vengarse de algún ataque reciente, y aunque pocos eran capaces de enfrentarnos en igualdad de condiciones, también sufrimos bajas. Otros clanes competían contra nosotros por controlar cierto territorio, y las batallas entre los nuestros fueron verdaderamente formidables, ya que cada uno conocía las fortalezas y debilidades del oponente. Cierta vez, le dije a mi amado:

- Estoy cansada de sobrevivir así.

- ¿Tenéis miedo?

- A vuestro lado, nada temo, mi señor. Es solamente que me pesa destruir vidas inocentes.

- Es nuestro destino...

- Pero, Amo, cada vez que veo a uno de los pequeños, me hace recordar cómo yo me sentía cuando vosotros me encontrásteis, tan vulnerable...

Ivor se iluminó con una sabiduría insospechada, y respondió:

- ¡Tenéis razón, mi amada! No tenemos derecho a causar a los mortales el sufrimiento que ellos nos ocasionan. Podemos vivir sin sangre humana, aunque ya no seremos tan poderosos. Pero poder vivir en paz tiene su encanto...

Emigramos de esa comarca, y ahora, acechamos a ciertos individuos, no para devorarlos, sino para hacer alianzas discretas. Nos proveían sangre de ganado, obtenida de mataderos, y a cambio, efectuamos labores difíciles y hasta los defendíamos cuando otros vampiros y mortales los amenzaron. Un clan que tuvimos que combatir era el del antiguo amo de Ivor, el hechicero Gorath. Nuestro cambio de actitud lo encolerizó mucho, y me culpó por haber ablandado el negro corazón de mi adorado. Su verdadera intención fue volver a adueñarse del alma de su discípulo, y yo no lo permití, porque con él, descubrí el verdadero amor, y por eso, sé que mi Maestro es capaz de verdadera bondad. Repelimos al clan maléfico tras una batalla encarnizada. Cuando Ivor quedó vulnerable ante Gorath, yo lo contraataqué, y al clavar mis fauces en su cuello, lo debilité lo suficiente hasta que mi líder se repuso y echó lejos al agresor.

Tras el incidente, más imágenes venían a mi mente. Rituales paganos, incluso sacrificios humanos, y hasta recuerdos de cómo el antiguo mago desarrolló el elixir mágico. Hasta conocí nuevos ingredientes, pero no los revelé a mi clan por el momento. Pronto llegamos a la era moderna, y ya en el siglo XX, nos asimilamos a una vida nocturna más acelerada, en la cual interactuábamos más con mortales sin que ellos sospecharan acerca de nuestro secreto. Nos contrataban como guardianes nocturnos en clubes, discotecas, bancos y museos; hasta como guardaespaldas de artistas y gente adinerada, mi atractivo me hacía idónea para esa función, siendo yo bella pero peligrosa.

Tras un incidente en que unos mortales pandilleros nos atacaron y nos causaron serios contratiempos, incluso la muerte de un guardaespaldas humano, me di cuenta de que ya nos hacía falta el poder completo. Pero asesinar de nuevo me era inaceptable. Poco a poco, me di cuenta de la sustancia que nos devolvería nuestro vigor: las hormonas humanas. Por eso, infundíamos tanto terror o ira en nuestras víctimas antes de tomar su sangre. Pero hay otro ingrediente que produce un efecto similar: las secreciones que se producen durante el acto sexual son ricas en dichas hormonas, y las emociones que hay que provocar en ellos no son en modo alguno desagradables ni horrorosas.

Ivor me amonestó tras mi fracaso y determinó que yo no estaba capacitada para esa clase de labor. Así que hizo que nuestro patrono me reasignara a proveer seguridad en salones de baile, donde las peleas no serían tan violentas. Comencé a observar a los clientes y vi las prácticas sexuales que realizaban al amparo de las sombras, casi se parecían a las orgías que realizábamos tras una cacería humana exitosa. Pero apenas teníamos sexo entre nosotros, excepto en parejas, como yo misma con mi alma gemela, Ivor. Era más caricias y besos, aunque aún nos arañábamos e intercambiábamos sangre. También sentíamos orgasmos y eyaculábamos, también sangre en vez de semen.

Una noche, seguí a una pareja hasta su escondite favorito y vi cómo la mujer mamaba el miembro al varón, y luego él eyaculó en su boca. No lo pude ver pero olfateé el aroma penetrante, y luego vi cómo él le recipirocó. Las secreciones de la hembra se derramaron en la boca del macho, y también despedían un olor característico. Busqué en mi recuerdo del ataque a Gorath y supe que tenía que probar yo también. En pocos días, me armé de confianza para invitar a un individuo solitario, y él creyó que yo era una prostituta, y me ofreció dinero, porque él también tenía deseos de sexo esa noche. Recordé que las otras damas de la noche suelen cobrar veinte dólares por mamar penes, y tras asegurarnos mutuamente que ninguno de los dos era agente encubierto, me lo llevé al callejón, tomé su billete, y él se bajó los pantalones y la ropa interior. Su pene era más suculento que el de mi primera víctima, pero me contuve, ya que esta vez, mi víctima debía quedar viva y entera. Lo besé, hacíendome la ilusión de que era el de mi Ivor, y el "cliente" me apresuró, diciendo:

- Estoy seguro de que has visto vergas más sexys que la mía. Avanza y mámamelo, puta.

Ignoré el insulto, y me puse a trabajar. Rodeé su pene con mis labios y fui bajando hasta que su cabeza tocó mi garganta. Luego subí y bajé de nuevo. Logré un ritmo que le agradó, porque el hombre gemía y movía sus caderas al compás de mi mamada. Pronto su voz aumentó de tono y sus rodillas se debilitaron, pero alcanzó a impeler todo su pene hacia mi garganta. Una mujer mortal se habría asfixiado, pero yo flexioné mi cuello y recibí su primer chorro directamente en mi estómago, y poco a poco, exprimí con mis labios y lengua para saborear los residuos, a medida que su erección flaqueó. Me sentí vigorizada, y reconocí el sabor: el monje segregó la sustancia cuando le mordí su órgano, y un vigor portentoso llenó mi ser. Dejé a mi proveedor apoyado contra la pared y salté lejos de allí. Hasta me elevé por los aires hasta llegar al refugio que mi clan ocupaba para esta época. Respiré profundo para serenarme, y que nadie se percatara del cambio que se operó en mí. Me sentí un poco culpable de mi infidelidad hacia Ivor, y hasta estaba consciente de que él sospecharía que yo habría cometido alguna travesura, hasta llegaría a pensar que probé sangre humana de nuevo. ¡Pero si yo fui quien lo convenció de dejarla...! en fin, no me dejé ver por él esa noche, y ya a la próxima, el efecto había desaparecido. Lo único que se pudo notar era que yo rejuvenecí un poco.

Pronto me pude reincorporar a servicio activo, como un soldado, demostrando más fortaleza y valentía que los demás. Al principio, lo aceptaron y confiaron mucho en mí, pero Ivor se preocupó de que yo pudiera retar su jefatura ante el clan. Una pequeña banda de delincuentes callejeros, armados con ametralladoras, trataron de tirotear la discoteca, pero mi equipo se anticipó y bloqueamos los balazos con nuestros propios cuerpos, y los vampiros en cuyos cuerpos no quedaron balas alojadas persiguieron al vehículo, dejándome a cargo de los caídos. Yo succioné las balas o las extraje con mis uñas y colmillos, primero, en mi propio cuerpo, y luego, en los de los camaradas. Al ver que éstos se restablecían, los dejé para que regresaran solos y salí en auxilio de los que se me adelantaron, pero antes, busqué mi "espinaca" en un mortal "nerd" al que le hice eyacular muy aprisa. Vi cómo caían mis hermanos, ante el fuego enemigo, y hasta el cabecilla apuñaleó a uno de los míos, incapacitándolo. Enfrenté a los disparos, que ya ni cosquillas me hacían. Vapuleé a mis atacantes como a muñecos de trapo y maté al pandillero mayor con mis propias manos. Cuando todo quedó en calma, mi cuerpo mismo expulsó las balas, y yo misma ayudé a mis amigos a levantarse y huir. Ivor sospechó pero reconoció que su vida estuvo en mis manos, así que no me condenó. El incidente no se investigó, ya que nuestros auspiciadores humanos tenían influencia ante las autoridades.

Yo caí en una especie de adicción, aún peor que las drogas o el alcohol para los mortales o la sangre humana en mi raza. Trabajé como prostituta, y cuando servía como guardaespaldas, tuve sexo con mis clientes. Las pocas veces que no bebí su semen, sentí algo interesante: sobre nuestra piel o dentro de nuestros orificios, el fluido se convertía en un bálsamo que sanaba nuestras heridas y nos devolvía la lozanía; así ya yo me podía mover entre los mortales sin que notaran algo raro en mí. Me era difícil refrenar mi ímpetu en el combate, pero nunca me permití lastimar a un mortal o vampiro aliado. Solamente desencadené mi furia contra clanes que amenazaron la paz que mi grupo estableció con los caminantes diurnos.

Un incidente extraño fue que un joven me quiso reciprocar el sexo oral, y al sentir mi orgasmo, le llené el rostro de sangre. El saltó asqueado, escupiendo y gritando:

- ¡Pedazo de sucia! ¿Por qué no me advertiste que estabas en tu "período?"

Menos mal que lo confundió con menstruación, la cual naturalmente contiene sangre. El no se transformó, ya que el elixir en nuestra sangre ya se ha empobrecido. Al recordarlo, me resulta cómico.

Poco antes del amanecer, Ivor me interrogó:

- ¿Que habéis estado haciendo cuando os quedáis sola?

- Solamente observo, mi señor. Trato de anticipar los peligros...

Mentí y él ripostó:

- ¿Y por qué lucís tan bella y radiante?

- Es por el amor que siento por vos, mi señor.

Me mordió, y aunque yo era algo más fuerte que él, logró lastimarme. Ya no era un juego amatorio entre vampiros. Era para sacarme información directamente de mi sangre.

- ¡Habéis estado practicando orgías a mis espaldas! ¿Acaso creíais que yo no me daría cuenta? ¡Estoy familiarizado con todos los ritos abominables de la antigüedad! ¡Yo los viví siglos antes de que vos naciérais! ¡Lo que es más: estas prácticas nos anteceden por milenios! ¡Las aprendísteis de Gorath, mi enemigo!

- ¡Perdonadme, mi amo, mi amado dueño! ¡Pensé que ayudaba mejor a que sobrevivamos, además, no le hago daño a nadie, al contrario, los complazco mucho!

- ¡Traidora, adúltera! ¡Vos no me amáis, sólo os gratificáis a vos misma! ¡Ahora mismo quedáis expulsada del clan!

Los demás hermanos vinieron a ver de qué se trataba el alboroto que Ivor armó. El les explicó:

- ¡Esta infiel ha puesto en peligro la seguridad de nuestra cofradía! ¡Es más, debe morir!

- ¡Debe morir, debe morir, Kira debe morir!

Corearon los hermanos, ya sea por fidelidad ciega a Ivor o por cobardía. Yo tampoco supe resistirme a la sentencia, y me dejé llevar. Ellos me desnudaron y me cargaron en hombros, tomándome por mis brazos y piernas como los católicos cargan una cruz en sus procesiones. Me ataron a una azotea, y se ocultaron antes que los primeros rayos me tocaran. El dolor era mucho mayor que lo que imaginé y pronto el sol me deslumbró. Pasé muchas horas, ya sin fuerzas para gritar, y ninguna postura me permitía aliviarme. Sufrí más que en la Inquisición y aluciné. Ni siquiera sentiría el alivio de un desmayo. Al atardecer, dejé de sentir el sol candente, y aunque el dolor estaba próximo a pasar, sentí mucha molestia. Pero sentí que alguien se acercó, y al tratar de suplicarle, me di cuenta de también haber perdido mi voz. Ese alguien me desató y hasta me cargó como a una criatura, sin rumbo fijo. Me depositó en algún lugar oscuro para que me repusiera, pero él o ella estaba muy consciente de que la oscuridad no bastaría para restablecerme por completo. Me dio a beber un poco de sangre, y me dejó sola. Terminé con la botella pero no podía buscar más y me frustré. Mi soledad y mi vulnerabilidad permitieron que los malos recuerdos me asaltaran, y aprecié mejor la clase de maldición que me aquejaba. Hasta palpé mi cuerpo y mi rostro y supe que ya no tenía ojos en mis órbitas, y lloré desesperadamente.

De pronto, alguien se acercó otra vez, pero no venía solo. Intuí que uno era vampiro y el otro era mortal. A éste lo colocaron desnudo frente a mí, pero no tuve fuerzas para mamar su pene. Apenas lo masturbé un poco, y el vampiro le ordenó:

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