tagSexo entre LesbianasTomando medidad

Tomando medidad

byVudu Blanco©

Hace algún tiempo decidí, al menos una vez al mes, dedicarme un día completamente a mí mismo. Durante ese día, hago solamente lo que a mí me da la gana, en casa o fuera de ella, durante horas enteras o tan solo un minuto, sólo o acompañado... Es, como a mí me gusta llamarlo, mi 'día de la salud mental' y ahora estoy convencido de que todo el mundo debería tomarse uno de vez en cuando. El del mes pasado acabó convirtiéndose en una de las mejores experiencias de mi vida. Dejad que os lo cuente...

Era un jueves por la tarde. Durante aquel largo día en la oficina, había llegado a la conclusión de que necesitaba urgentemente un 'día de la salud mental'. Necesitaba decírselo a alguien, así que llamé por teléfono a casa y le dije a Sandra, mi mujer, que me lo tomaría al día siguiente, viernes. Aquello me hizo sentirme mejor el resto de la jornada laboral, pensando en cómo pasaría aquel día tan especial. Al llegar a casa por la noche, Sandra estaba leyendo una revista en el comedor. Nada más verme, se levantó como accionada por un resorte y vino directa a mí.

- ¿Tienes algo pensado ya para hacer mañana? -me preguntó.

- La verdad es que llevo toda la tarde pensando -le respondí- Pero aún no se me ha ocurrido nada que valga la pena.

- Es que he pensado que podríamos ir mañana temprano a casa de Eva a tomarnos un café -me dijo- ¿Qué te parece?

Eva era su mejor amiga. Antes de casarme con Sandra tuve un lío con ella y, aunque siento verdadera devoción por mi mujer, no había dejado de sentirme atraído por su amiga. A veces, me sorprendía soñando con ella en situaciones que harían ruborizarse a la actriz porno más experimentada. Tenía una hija pequeña fruto de su matrimonio con un alto directivo de una gran empresa que se pasaba más tiempo de viaje que en casa... ¡Valiente gilipollas! Hacía tiempo que no la veía y pensé que sería una buena forma de empezar mi 'día de la salud mental'.

- Sí, claro -le dije sin dudarlo un momento- Hace tiempo que no la vemos.

- Es verdad -contestó- Además, por la forma en que me ha hablado, parece que está un poco agobiada. Si vamos a verla seguro que la animamos.

Así que quedamos de acuerdo en ir a visitarla al día siguiente. Cuando llegamos a su casa, a eso de las nueve de la mañana, se quedó encantada de vernos, pero, como bien había notado mi mujer, la notaba algo triste.

- ¿Te pasa algo, Eva? -le pregunté, una vez dentro, sentándome a la mesa- Te veo algo abatida.

- Vaya, me lo habéis notado -dijo con una triste sonrisa- Desde que la pequeña Julia empezó a ir al colegio por la mañana, no sé qué hacer. La casa parece tan... vacía. Pero, no os preocupéis por mí. Habéis venido de visita y no quiero agobiaros. ¿Queréis un café?

Aceptamos la invitación y Eva se puso a prepararlo. No paraba de dar vueltas nerviosamente por la cocina vestida con su pequeña camiseta con las mangas cortadas y sus pantaloncitos vaqueros también cortados. Os prometo que me estaba provocando a propósito, ya que, mientras Sandra hojeaba una revista que había encontrado en la mesa, los contoneos de Eva se iban haciendo cada vez más evidentes. Luego, durante los siguientes 10 minutos, que fue el tiempo que le costó hacer el café, las dos chicas hablaron a escuchitas. Yo estaba demasiado ensimismado en mis asuntos como para hablar, pero aproveché bien el tiempo. Intentando que no se me notara, recorrí con mis ojos el lujurioso cuerpo de Eva, acariciando mentalmente todas y cada una de sus dulces y deliciosas curvas. Por fin, Eva no sirvió el café.

- ¡Eh! ¡Aquí hay un buen artículo! - soltó Sandra de sopetón señalándonos la revista- Se titula 'El Mito Tras el Pene'. Dice que, contrariamente a lo que la gente cree, el tamaño medio de un pene erecto es de solo 15 centímetros.

Todos reímos al oír aquello.

- ¿De qué te ríes? -me preguntó Eva con una pícara sonrisa en la cara.

- Sabe que la suya mide más - acudió Sandra en mi ayuda, sonriendo y sobándome afectuosamente el paquete.

- ¿Ah, sí? -dijo Eva con una extraña mirada- Para asegurarnos, podríamos medírsela. Iré a por la cinta métrica de Roberto.

Yo estaba bebiendo un trago de café justo cuando Eva dijo aquello y no pude evitar atragantarme. Antes de que pudiésemos protestar, ya estaba bajando las escaleras en dirección al taller de su marido. Miré incrédulo a mi mujer y vi que ella también me miraba sonriendo misteriosamente.

- ¿No vas a decirle nada a tu amiga? -le dije.

- ¿Por qué debería decirle algo -me respondió.

- ¡Porque está loca! -exclamé- Y estoy empezando a pensar que tú también lo estás...

- Vamos -dijo Sandra, adulándome- No estarás preocupado de no dar la talla, ¿verdad?

- ¡No, claro que no! -dije- Solo pienso que es una locura. No estaréis hablando en serio, ¿verdad?

- Por supuesto -respondió Sandra convencida- Mira, a mí no me importa si Eva ve tu 'obra de arte', así que ¿por qué debería importarte a ti?

- Visto así... -dije. Me había cogido, pero aún seguía nervioso.

- Venga, ponte ahí de pie -dijo mi mujer señalando a la única pared ordenada del comedor.

Obedecí y justo en ese momento Eva volvió con la cinta métrica. Las dos chicas me pusieron una silla a cada lado y Sandra se acercó y me bajó la bragueta. Cuando me despasó el botón de los vaqueros, mi semirígida polla estuvo a punto de saltar hacia ella.

- Bien -sonrió pícaramente Eva- No va a ser nada difícil medir esto. ¡Parece que ya está totalmente a punto!

- Aún puede hacerse más grande -dijo Sandra.

Agarrando mis pantalones y mis calzoncillos con ambas manos, tiró de ellos hacia abajo sin ninguna ceremonia dejándolos alrededor de mis tobillos. Mi palpitante pene saltó como la antena de un coche, arrancándole un suspiro de sorpresa a la amiga de mi mujer.

- No está mal -dijo, agitando su cinta métrica en el aire.

- No tan rápido -advirtió Sandra, apartándola con las manos- Si queremos hacer esto bien, deberíamos estar totalmente seguras de que la polla está completamente erecta.

- Eso -dije yo, preguntándome cómo iban a asegurarse de aquello.

Muy pronto hallé respuesta a mi pregunta. Sandra asió mi floja erección con su cálida mano y comenzó a bombearla arriba y abajo.

- Primero, estimularemos al individuo -dijo con cara seria.

- Yo sé lo que viene a continuación -añadió Eva.

- ¿Y qué es? -conseguí decir.

El inmenso placer de que mi polla fuese acariciada delante de dos mujeres hacía que mis rodillas flaqueasen. Apoyé mi espalda en la pared y observé el extraño examen clínico de que estaba siendo objeto.

- Seguir con la estimulación -explicó Eva, como un científico discutiendo un experimento con un colega.

Entonces, para sorpresa mía y de mi mujer, su amiga echó la silla hacia adelante y se tragó la hinchada cabeza de mi palpitante polla. Sus gruesos labios se cerraron hambrientamente alrededor de mi dura verga mientras Sandra seguía acariciándomela. ¡Estuve a punto de desmayarme! Los ágiles dedos de Eva presionaron mis colgantes huevos y Sandra tuvo que abandonar sus caricias cuando su preciosa cómplice bajó su boca, engullendo cada centímetro de mi polla en su garganta.

Solo me apetecía cerrar los ojos y disfrutar de aquella gloria, pero no podía apartarlos de la cabeza de Eva que no hacía más que subir y bajar. Sandra, ahora con nada mejor que hacer, me ayudó a quitarme completamente los pantalones y los calzoncillos mientras yo hacía contorsionismo para quitarme la camiseta. Abrí más las piernas, haciendo así que Eva se arrodillase frente a mí, ya que sentada en la silla ya no alcanzaba a chupármela. Sin embargo, consiguió ponerse a un lado y, rápidamente, Sandra ocupó su lugar insinuando, por los movimientos de su cabeza, que me iba a lamer los huevos. ¡Si me hubiese caído un rayo en ese momento y en ese lugar, habría muerto feliz!

De repente, Sandra se sentó, cogió la cinta métrica de la mesa y apartó a Eva de mi paquete.

- ¡Eh! -protesté- ¡No pares ahora!

- Tranquilo, Jesús -me reprendió Sandra- Tenemos un trabajo que hacer.

Colocó un extremo de la cinta métrica en mi ingle y Eva lo sujetó allí. Sandra, por su parte, apretó el otro extremo contra la punta de mi polla, repleta de sangre.

- ¡21,6 centímetros! -proclamó mi mujer, llena de orgullo a su mejor amiga- Ves, ¡te lo dije!

No pude evitar sentirme un poco orgulloso de mí mismo, pero también me sentía frustrado como nunca lo había estado.

- No iréis a dejarme en este estado, ¿verdad? -les rogué.

- Se nos está enfriando el café -me contestó mi mujer, sentándose otra vez a la mesa al otro lado de Eva. - - ¡Joder! -exclamé, empezándome a enfadar de verdad- ¡No puedo creer que estéis haciendo esto! ¡Vaya un par de magníficas putas!

- Eh, ponte los pantalones, cierra la boca, siéntate y bébete el café -me dijo Sandra- Si eres un buen chico, quizá más tarde te recompensemos. Aún tenemos toda la mañana.

¿Qué más podía hacer? Sé que os debo parecer débil, pero ante la oportunidad de participar en un menage-a-trois, me tragué mi orgullo y obedecí. Las chicas siguieron charlando como si nada hubiese ocurrido mientras que yo empecé a mostrar mi enfado abiertamente. Que ellas estuviesen a gusto hablando no quería decir que a mí me tuviese que gustar también. Empecé a hojear la revista que aún estaba abierta, ya que, de todos modos, me estaban ignorando.

- Eh, echad un vistazo a esto -dije interrumpiendo su charla y agitando la revista para que me hiciesen caso- Es un anuncio de algo llamado 'El Lamedor'.

- ¿Qué coño es eso? -preguntó Eva llena de curiosidad.

- Aquí dice que es una especie de vibrador que imita el sexo oral para las mujeres. 'Diseñado por mujeres... para mujeres' -dije riendo y Sandra se acercó para echar una rápida ojeada.

- Yo no necesito uno de esos -dijo- Jesús puede hacerlo mejor que cualquier cacharro de esos.

- Bien -contestó Eva- ¿Puedo tomártelo prestado?

- ¿Ahora? -exclamó mi mujer-

- Claro -dijo su amiga- Todo ese rollo de medírsela me ha dejado el coño chorreando.

- Porqué no -cedió Sandra- No creo que encuentres demasiada resistencia de su parte.

Yo observaba aquel intercambio de palabras conmocionado y con una tonelada de excitación. "Este es el momento de tomar el control", pensé en mi interior.

- ¿Dónde desea la señora que le haga el servicio? -pregunté, tirando de mis pantalones como un mecánico de taller.

- Aquí, encima de la mesa, jovencito -contestó Eva.

Observé alucinado cómo Eva se quitaba sus escasos pantaloncitos. No llevaba nada debajo de ellos y mi polla empezó a palpitar ante la visión del peludo monte que se escondía entre sus musculosos muslos. Se tumbó en la mesa y abrió las piernas de una forma increíble. Suavemente, aparté los rosados pétalos de los labios vaginales de Eva, mostrando su cálido núcleo interno. Bajé la cabeza y mi lengua lamió con ansia su coño, deslizándola algunas veces al interior de su vagina. Sus muslos temblaron de placer al lamerle la empapada raja arriba y abajo con la lengua, jugueteando con su clítoris en un extremo y explorando su estrecho agujerito en el otro. Sus jadeos y suspiros de placer llenaban la habitación, confundiéndose con los ruidos de lametones y chupetones provenientes de entre sus piernas.

Comí el increíblemente delicioso coño de Eva durante casi 15 minutos. Estaba ella empezando a sudar cuando, por fin, decidí que era hora de correrse. Me centré en el hinchado capullito que era su clítoris y, metiéndomelo en la boca, comencé a chuparlo. Las dos chicas gemían con fuerza mientras yo seguía lamiendo rápidamente y con la punta de la lengua el pequeño botón que estaba entre mis dientes. Sabía que su orgasmo se acercaba, sus temblorosos muslos se apretaban con fuerza alrededor de mi cabeza, su culo estaba levantado a un palmo de la mesa, estirándose para que le metiese la lengua hasta las entrañas. Decidí que ya estaba bien y me levanté bruscamente.

- Bueno -dije riendo- ¡Eso es todo!"

- ¿QUÉ? -chillaron Eva y Sandra llenas de angustia- ¡No puedes pararte ahora!

- Vaya, ¿dónde he oído esa frase antes? -les dije triunfal.

¡Touché! No habían esperado aquello. Las miré a los ojos primero a una y luego a la otra y disfrute de aquel momento mientras bebía tranquilamente mi café frío a sorbos.

- ¡Está bien, tú ganas, ¿vale?! -dijo Eva con la respiración entrecortada. Se bajó de la mesa, me cogió de la mano y me arrastró a su dormitorio- ¡Ven conmigo, cabrón! ¡Aún no has acabado! El trato era satisfacción garantizada. ¡Y yo no estoy satisfecha todavía!

- ¡Ni yo tampoco! -anunció Sandra, siguiéndonos al dormitorio.

No podía parar de reír mientras las dos chicas prácticamente me arrancaban la ropa para luego hacer lo mismo con la suya. Sandra me empujó haciéndome caer de espaldas sobre la cama y trepó por mi tendido cuerpo. Poniéndome un muslo a cada lado de la cabeza, descendió dejando su raja sobre mi cara.

- ¡A trabajar! -me ordenó con impaciencia.

De nuevo, obedecí lleno de emoción ya que una de mis muchas fantasías se estaba haciendo realidad. Mientras yo ahondaba en el coño de Sandra, Eva subió a bordo, cerró sus cálidas manos alrededor de mi dura vara y al momento se empaló en ella. Gimió con una sensación exagerada de alivio, con mi polla dura como el hierro embutida hasta el fondo en su latiente coño.

Mientras tanto, hundí mis dedos en las nalgas de Sandra, presionando con fuerza hasta que sentí su pelvis apretada contra mi cara. Le metí la lengua en el coño, follándola con ella profunda y firmemente, empujándola dentro de su húmedo túnel de la misma forma que empujaba mis caderas contra Eva. Esta gemía y gritaba en pleno éxtasis, cabalgando aquel caballo de tiovivo en dirección al cielo. Los saltos sobre mi polla se hicieron tan violentos, intentando hundirse mi mástil aún más profundamente, que la cama entera rebotaba, golpeando ruidosamente contra la pared. ¡Vaya polvo!

Aunque parezca extraño (ya que ella había sido la que menos atención por mi parte había recibido), fue Sandra la que se corrió primero. Sus muslos se cerraron atenazando con fuerza mis orejas y su empapada raja amenazaba con asfixiarme. Sólo después del último espasmo tembloroso que recorrió su cuerpo, capaz por sí solo de hacer temblar la tierra, se levantó de encima de mí y cayó exhausta sobre la cama. Eva se convulsionó una última vez y luego cayó rendida al lado opuesto de la cama del que estaba Sandra. Me quedé allí tumbado durante un segundo, con mi latiente polla aún levantada como el asta de una bandera. Me puse de rodillas y posé una mano sobre el muslo de Sandra.

- Ni se te ocurra -me advirtió- Me has hecho daño con la barba al frotarte contra mi coño. ¡Aléjate!

Como con ella no podía, le di la vuelta a Eva poniéndola boca abajo, levanté su fantástico culo en el aire dejándola de rodillas (más o menos... ya que su cara seguía aún enterrada en una almohada), y se la metí por detrás.

Mi endolorida verga se deslizó con facilidad en el empapado agujero de Eva. Sujetando de nuevo sus preciosas caderas con mis manos, se la fui metiendo, abriéndome paso poco a poco hasta que quedó virtualmente empalada hasta la matriz por mi polla. Gritó y se mordió un labio, estremeciéndose todo su cuerpo por la fuerza de mis embestidas. Después de lo que parecieron horas, aunque probablemente fueron solo minutos, noté el semen formándose en mis pesados huevos. En aquel momento, el sudor me caía a chorros, empapando mi ya cansado cuerpo, y sentí pesados los pulmones a causa del esfuerzo.

De repente, mi polla escupió una descarga de ardiente leche en el interior del mojado coño de Eva, estrellándose contra el fondo de su vagina. Mis manos estaban a ambos lados de su cuerpo apoyadas sobre la cama y entonces solté mi último chorro, envainando mi espasmódica polla en el atareado coño de Eva. Me sentí como si la hubiese traspasado y lentamente me aparté para caer de costado, intentando recobrar el aliento.

Ninguno de los tres hicimos demasiados movimientos en la siguiente media hora, intentando desesperadamente recuperar algo de energía. Por fin, Eva miró a Sandra por encima de mí.

- ¡Debo haberme corrido tres o cuatro veces por lo menos! -exclamó, aún jadeante- Todo lo que puedo decir es... ¡joder!

- No digas que no te lo advertí -replicó mi mujer- Este tío es una verdadera maquina de follar. ¿Entiendes ahora cuál es mi problema? ¡Quiere hacerlo a cada hora! ¡Si le dejase, me follaría hasta la muerte!

- Quizá yo pueda ayudar -sugirió Eva- ¿Qué te parecería prestarme a Jesús cuando a él le apeteciese follar pero tú no tuvieses ganas? Ya no lo hago tan a menudo como antes ya que es casi imposible que Roberto y yo coincidamos en el mismo sitio y al mismo tiempo sin los niños de por medio.

"¡¡¡Sí... Sí... SÍ!!!", grité silenciosamente en mi cabeza. ¡¡Había encontrado respuesta a mis plegarias!!

Con eterna gratitud, escuché atentamente mientras mi mujer y su mejor amiga cerraban su pequeño trato. No me importaba en absoluto no haber intervenido para nada en la negociación...

Report Story

byVudu Blanco© 0 comments/ 22207 views/ 0 favorites

Share the love

Report a Bug

1 Pages:1

Por favor, Puntúe esta presentación:

Please Rate This Submission:

  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
Please wait

Forgot your password?

Please wait

Change picture

Your current user avatar, all sizes:

Default size User Picture  Medium size User Picture  Small size User Picture  Tiny size User Picture

You have a new user avatar waiting for moderation.

Select new user avatar:

   Cancel