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Vidas Entrelazadas

bybrunorivera©

Hola. Soy Héctor y soy homosexual. Tras estudiar literatura en la universidad, me ha sido difícil conseguir trabajo, no tanto por mi orientación sexual, sino porque en mi línea, a veces es necesario tener contactos con gente influyente. Yo decidí adquirir influencia a la mala, a través del voluntariado en hospitales y organizaciones comunitarias, no solamente en el activismo "gay", y así me he ganado respeto, aunque no mucha riqueza.

En un hospital de mi área, me dieron un puesto de asistente, a tiempo parcial, en trabajo social, casi un "enfermero voluntario". Desde los pasillos, notaba un joven especialmente delicado de salud, pero siempre de lejos, ya que no tengo mano libre para investigar a los pacientes. Pero en las reuniones mensuales de los activistas pro derechos de los homosexuales y las lesbianas, vi que dicho joven empezó a asistir, y hasta hablaba largamente con la directiva, pero en privado. Un día, pasé cerca de él al terminar la reunión y vi cómo se tambaleaba, así que le ofrecí ayuda:

- Oiga, amigo: ¿se siente bien?

Trató de ignorarme, pero al apoyarse casi desesperadamente a la pared exterior, tuve que acercarme más. Insistí con un poco de tacto:

- Permítame ayudarle.

Busqué su mirada, y aunque la luz no era mucha, supe que sufría un mareo. Lo alejé de la masa gente que iba saliendo del local y lo dirigí a la acera, y vomitó sobre la cuneta. Yo me alarmé y con un poco de histeria mujeril, exclamé:

- Mi amor, ¿pero qué tienes?

Respondió exasperado:

- Ya me siento mejor.

- Tú no estás bien.

- ¿Cómo puede usted saberlo? ¿Acaso es usted médico?

- No exactamente, pero trabajo en el hospital general.

Quiso seguir porfiándome, pero se sentía muy cansado y se dejó llevar a su casa. Lo acompañé, y casi lo cargué, hasta su apartamento, y hasta tuve que pedirle sus llaves para poderlo subir. Me ofrecí a bañarlo, y él murmuró, en tono de broma:

- ¿Estás calificado para bañar pacientes?

- Sí, aquí está mi credencial.

Y le mostré mi tarjeta de identificación del hospital. Me miró, y sonriendo, me dijo:

- Adelante. Estás autorizado.

Lo senté en su inodoro y lo desnudé. Su pene era un poco largo y delgado, en proporción a su aspecto físico: alto y esbelto; en fin, apuesto, hermoso, a pesar de su enfermedad. Eso me obligó a preguntarle:

- Perdona que me entrometa, pero ya que ahora eres mi paciente, ¿tienes SIDA?

Me dirigió una mirada condenatoria y me dijo:

- ¡No, lo que tengo es leucemia! ¿No te das cuenta que vomité debido a la quimioterapia!

- ¡Ay, perdona si te juzgué a la ligera! Mira, yo también me quitaré la ropa, porque por lo visto, te tendré que ayudar desde adentro. ¿Acaso te molestaría?

No sé si fue por excitación sexual o simple agotamiento, pero me permitió entrar desnudo con él a la ducha. Lo froté vigorosamente y hasta le enjuagué la boca con la misma agua de la regadera, para quitarle el mal olor, y me dijo insinuantemente:

- ¿Sabes? Me estás excitando. ¿Acaso tenías planeado esto?

- No. ¿Acaso tú lo planeaste, el salir así tan débil para que yo te rescatara?

- Tampoco, pero ya que estamos en esto...

Se volteó y comenzó a besarme, primero en la boca, y fue bajando a mi pecho, un poco más corpulento que el suyo, ya que uno de los pocos beneficios de trabajar en el hospital es el uso de un buen gimnasio. Si yo tengo que manejar algunos pacientes débiles, tengo que mantenerme en forma. Le dije pícaramente:

- ¿Te gusta lo que ves?

- ¡Ay, sí, eres muy lindo!

Besó cada una de mis tetillas, y bajando por mi vientre con lujuria, se colocó frente a mi pene, besó mi glande con suma ternura, y rodeando mi miembro con sus labios finos, me lo mamó muy placenteramente, y tras no haber hecho el sexo desde que me gradué de la universidad, por poco le eyaculo en su boca al instante. Le advertí:

- ¡Por favor, me vas a hacer que se me acabe demasiado pronto!

Entonces, me soltó, pero pasó su lengua sobre mis testículos y trazó un camino con la punta por mi perineo, y tras acariciar y atravesar mi ano con sus dedos enjabonados, lo lamió y yo gemí:

- ¡Mira que nadie me ha tocado así desde hace tiempo!

- ¿Es que acaso eres virgen?

- No, pero llevo mucho tiempo sin una pareja...

Mientras me entretenía con sus caricias deleitantes, se colocó detrás de mí y fue insertando su pene en mi ano. Yo me estremecí mientras él entraba en mí, y su vaivén me cosquilleaba mi próstata mientras él besaba la nuca y la espalda y me sobaba los pezones desde atrás, y tuve un orgasmo intensísimo sin tocarme allá abajo, y que su inesperado ímpetu me obligó a apoyarme de las paredes de la ducha. Llegó mi turno de desmayarme en el piso y él aprovechó para prodigarme besos en mi frente y mi cabello corto, mientras yo, al menos me mantuve de rodillas.

El me lavó el cuerpo con mucho cariño, concentrándose en mi pene y mi ano, a los cuales remojó con agua un poco más fría, para aliviar mi ardor. Eso me devolvió mi equilibrio y le permití dirigirme a su lecho. Se acostó y me dejó colocarme detrás de él como en posición de cucharas, para que yo lo acariciara y besara. Exclamó con suavidad:

- Mentí.

- ¿En qué?

- Yo sí lo planeé.

- ¡Tramposa!

- ¡Si, soy una tramposa! Yo también te vi en el hospital, y me impresionó tu cuerpo de Adonis. Cuando me refirieron a las reuniones "pro-gay" y te vi allí, se me olvidó mi padecimiento y seguí asistiendo, para conocerte. ¿Me perdonas?

- ¡Sí, querido! Eres tan bello...

- ¿De veras que no me guardas rencor?

- No, ya te lo dije.

- ¿No quieres, al menos, desquitarte?

- ¡Eso sí!

Tomé un condón de su mesita, no tanto para prevenir el SIDA, sino porque son lubricados, y con eso, lo penetré, mientras lo abrazaba y acariciaba frenéticamente antes del "mete y saca". Me moví suavemente, considerando su fragilidad, y me sorprendió un poco el sentir otro orgasmo, aunque tardó un poco más en desarrollarse. Sentí cómo me salpicaba su semen en los brazos y yo también tuve mi eyaculación, un poco dolorosa, pero me alegraba sacarme toda mi ansia por tanto tiempo desatendida. Besé su mejilla y él giró su rostro, y así pude besar sus labios y su lengua. Nos dormimos así y al día siguiente, lo levanté, nos lavamos otra vez, y nos colocamos en un 69, con él debajo de mí. Primero, fueron besos suaves en nuestros glandes, luego, chupábamos de arriba hasta abajo los miembros, hasta los testículos. A veces, nos sacamos los penes para chupar las bolas también, y al final, tragamos los miembros lo más que pudimos dentro de nuestras gargantas, para recibir el semen directamente al estómago. Al final, nos besamos de la boca para darnos a probar el residuo de nuestro propio semen que no salió disparado con tanta fuerza. Luego, él me pidió:

- ¡Quédate conmigo!

Le dije sin pensar, muy seguro de mí mismo:

- ¡Por supuesto que sí, Luis, mi amor!

Yo ya sabía su nombre, porque al comenzar las reuniones, cada uno va diciendo su nombre, como en Alcohólicos Anónimos, y a veces, los nuevos miembros llevan una etiqueta en la camisa que dice "Hola, mi nombre es...". Parece que fue amor a primera vista. Yo fui quien se mudó a su apartamento, porque yo ya tenía alguna dificultad para pagar mi alquiler y demás gastos, y él cobraba beneficios por incapacidad. Me dediqué a cuidar de él y ayudarle con sus terapias, pero no podía darme el lujo de renunciar a mi empleo, por mis deudas. Resultó que él trabajaba desde su casa como diseñador de páginas en Internet, y hasta había ofrecido sus servicios para nuestra organización de apoyo. Yo logré aplicar mis estudios en dicho proyecto, al redactar, corregir los escritos de la directiva, y finalmente, formatear para que se viera bien en la página. Mi novio se encargaba de detalles técnicos, tales como enlazar de un punto a otro, colocar ilustraciones y hasta proteger la página de intrusos y virus.

Al principio, él me metía su pene más veces que yo a él, porque sabía sacarme mejores orgasmos por mi recto, porque parece que entendía más de anatomía que yo, al tener que aprender tanto acerca de su enfermedad. Creo que era un científico frustrado. Pero a medida que su cáncer avanzaba, yo tenía que adormecerlo más y más con sedantes, y éstos lo dejaron impotente. Entonces, por complacerme a mí, me animaba a que yo le metiera mi pene a él, al decir:

- Es terrible desperdiciar un pene tan lindo como el tuyo.

Yo deseaba aliviar su sufrimiento con mucho placer sexual, así que aprendí a darle placer por su próstata y hasta conseguí retardar mi eyaculación para darle tiempo a que él sintiera su clímax, que a veces, no venía acompañado de semen. Ya cuando se debilitó demasiado, me daba lástima el usar su cuerpo, pero él insistía en que yo me satisficiera. Una noche, me dijo que quería mamármelo, y yo le presenté mi miembro, porque sus besos ahí abajo siempre fueron mágicos, especialmente cuando complementaba con un dedo por mi ano. Y él, aún en su disfunción eréctil, disfrutaba que yo le besara y mamara su pene flácido; era como un niño ávido de cariño.

Comenzó su felación, y cuando yo ya estaba a punto de eyacular, él mismo se metió mi pene muy profundamente en su garganta, y al mirar cómo su rostro cambió de colores, perdí la excitación, presa del pánico, y me lo arranqué aprisa. Lo recosté y le di respiración de boca a boca, mientras le reproché angustiado:

- ¿Qué tratas de hacerme? ¡No me dejes, no te mueras!

Respondió con rebeldía:

- ¡Déjame morir, ya quiero que esto se acabe!

Ya que, al menos, podía hablar, lo levanté en hombros y me lo llevé al hospital. Solamente había un médico en sala de emergencias, aunque con suficientes enfermeras y paramédicos, pero se le notaba agotado. Aún así, nos atendió pronto. Revisó sus señales de vida, y las notó aceptables para lo avanzado de su condición, y lo admitió en una cama de hospital, bajo observación, y así quedar disponible para atender casos más graves.

Yo me quedé solo, y veía cómo su respiración y sus otros signos decaían, y me desesperé. Pero pronto llegó el médico, con una hoja, a medio llenar, que yo reconocí inmediatamente: era el certificado de defunción de Luis. Mi corazón me dio un vuelco, y por poco le grito:

- ¡Debe haber un error, Luis está bien! ¡Llévese ese papel, que no hace falta!

El también se asustó al ver mi reacción, porque él no es tan alto ni gallardo, y me suplicó:

- ¡Cálmese, señor...!

- ¡Héctor!

- Yo soy Alberto. Mire, a su amigo ya le quedan pocas horas, y como mi turno oficialmente terminó, me han enviado a esperar lo inevitable. Lo lamento mucho...

- Pero yo no dejé que se asfixiara, él podrá regresar conmigo. Déme una hoja...

Y le describí la que se usa para dar de alta a los pacientes, pero él me insistió:

- Mire, Héctor: aquí tengo el expediente del paciente, y ya está en su etapa final. Es preferible que sea aquí y no en su casa, así se ahorra la humillación de una autopsia, y además, recibirá suficiente morfina para aliviar su sufrimiento.

Diciendo esto, se dirigió a revisar el suero, y de vez en cuando, le tomaba el pulso y auscultaba la respiración, como si no confiara en los instrumentos que monitoreaban esos signos. Así quedó al lado opuesto de la cama donde yo estaba sentado, como para que yo no le agrediera. Prosiguió:

- Si le sirve de consuelo, Luis no se pudo asfixiar por causa de su juego con usted...

Y para que no me diera tiempo a interrumpirle su comentario indiscreto, concluyó:

- ...Su amigo ya sabe que llegó su hora...

Un pitido estridente indicó que dejó de respirar, y el doctor contrajo la pera sobre su máscara de oxígeno, y de vez en cuando, golpeó su pecho. Iluminó sus pupilas para buscar reacción, y finalmente, apagó las máquinas y dijo:

- Hora de deceso: 3:25 AM.

Mi pecho se oprimió, y me dio tanta rabia al ver cómo anotó, con tanta frialdad clínica, lo que había observado en la hoja que ya traía preparada. Finalmente, extendió la sábana sobre el rostro de Luis y me dijo:

- Venga, salgamos de aquí. Ya nada podemos hacer por su amigo.

Lo miré hipnotizado, como si él fuese transparente, pero él me tomó de un brazo y me empujó hacia un comedor, para servirme café. Me lo sirvió negro y con muy poca azúcar, como si fuese un trago de Whiskey, para que yo despertara de mi letargo. Me preguntó:

- ¿Cuál es su parentesco con Luis?

- Era mi amante. ¡No se burle!

- No me burlo, es que hay que anotar eso en el certificado. Además, oí rumores acerca de ustedes cuando subí, pero no soy persona de fiarme de habladurías.

- Pues, anote: soy su esposo, o su esposa. Ya no me importa...

Y lloré amargamente. El médico dejó la hoja sobre la mesa y me dijo:

- Entiendo por lo que sufre...

- ¡No! Usted no entiende...

- Está bien, como usted diga. Si quiere, lo dejaré solo; aquí nadie vendrá a molestarlo.

Cuando lo vi llegar hasta la puerta, lo llamé:

- Por favor, no se vaya. Perdóneme. Sé que hizo todo cuanto pudo por mi compañero...

Me acerqué a él, y traté de besarlo, pero él me esquivó. Pero le insistí:

- Doctor, yo no me pude despedir de él...

El interrumpió:

- Pero prácticamente, él murió en sus brazos.

- Usted no entiende, estábamos haciendo el amor cuando se empezó a sentir mal. Mire, le suplico que usted me...

- La necrofilia no está permitida en los hospitales...

- No se trata de eso. Por favor, métamelo por mi ano. Mire: aquí llevo condones, así que usted no se arriesgará. Además, si es usted quien me lo mete, no se sentirá tan homosexual.

Su rostro decía que no, pero el bulto en sus pantalones le hacía dudar. Buscó guantes quirúrgicos, y al ponérselos, me ofrecí a ponerle mi condón, pero se rehusó y él mismo se lo puso. Me coloqué en cuatro patas y él se colocó detrás de mí, me avellanó un poco el ano, y hasta me dio un masaje en la próstata. Cuando yo estuve bien dilatado y estimulado, se acercó más y metió su pene en mí. Su mete y saca era un poco inexperto, pero el temblor en su cuerpo juvenil se sentía bien, y pronto alcancé el orgasmo que se me había atascado, mientras él llenó mi condón con su semen. Me preguntó sorprendido:

- ¿Pudo usted eyacular?

- Sí, doctorcito. Me has hecho muy feliz.

El se quitó el condón en silencio, aliviado de que él no tendría que ofrecerme su ano, ni siquiera tendría que mamar mi pene ni masturbarme. Impulsivamente, le quité el condón, lo puse de adentro hacia afuera y saboreé el semen. El hizo una mueca de asco mal disimulada, y me lo quitó de las manos para descartarlo entre los desperdicios biomédicos. Le extendí mi mano y le agradecí, y él comentó escuetamente:

- Váyase a descansar. Venga mañana a firmar los documentos para los arreglos funerarios.

Y él se agachó, con servilletas en la mano, para recoger mi semen del piso, y finalmente, se arrancó los guantes y descartó todo en el receptáculo correspondiente.

Ya yo no tenía más deseos de llorar, pero tampoco iba a poder dormir, y se me ocurrió una idea brillante: escribir la despedida del duelo. Hasta la logré incorporar, por mí mismo, en la página de nuestro grupo de apoyo, junto con una foto que le tomé hacía ya algún tiempo.

Al venir a trabajar, los documentos estaban listos en mi escritorio para que yo los firmase, y al entregarlos, me permitieron ir al depósito de cadáveres para que viera que los empleados de la funeraria se lo llevaban. Su mortaja me evitó la impresión de verlo ya amoratado. La última voluntad de Luis fue que lo incineraran, además de que eso era más económico para su aseguradora, y aún así, tuve la oportunidad de leer mi pequeño discurso. Pero mis sentimientos me traicionaron, y uno a uno, los otros compañeros me relevaron, tomando el papel y continuando, hasta que a ellos también les atacó la congoja. Fue más hermoso así, para que ellos también se llevaran un poco del amor que nos teníamos.

El doctor que nos atendió estuvo presente en la cremación, y hasta asistió a algunas de las charlas, aunque no se volvió homosexual, pero él, más que nadie, fue capaz de palpar lo que sufrimos los "gays". Ahora somos amigos, pero nunca tuvimos otro encuentro sexual, pero sí hay amor y solidaridad entre nosotros.

***
Guardé luto a Luis por bastante tiempo, pensando que no encontraría un alma como la suya. Además, tuve que atender mis propios asuntos, y necesitaba estar solo. Tomaba otros trabajos a jornada parcial, como en tiendas y restaurantes, para complementar mi ingreso porque no me convenía perder el apartamento que compartí con el amor de mi vida. El doctor seguía en su puesto de la sala de emergencias, pero no me atreví a pedirle ayuda económica, aunque trató de ofrecérmela. Solamente le aceptaba que me pagara a veces en algunos restaurantes, porque esa caridad es más fácil de disimular. El sí ahorró lo suficiente para comprar su hogar, y a veces, me invitaba a quedarme en uno de sus cuartos, pero yo me sentía un poco como un indigente. Al menos, nos visitábamos para conversar y ver deportes o películas alquiladas. No bebíamos alcohol, porque él necesita un pulso firme en el quirófano y sé que también teme que yo me aproveche de él si nos embriagamos.

Al hospital llegó una enfermera nueva, realmente, una paramédica que tuvo cierto problema en la compañía de ambulancias para la cual trabajaba; digamos que se mareaba cuando la ambulancia corría a alta velocidad. Se llama Amelia y fue una gran ayuda para Alberto, porque era capaz de controlar pacientes que convulsaban o se resistían a los procedimientos tan dolorosos que hay que practicarle a víctimas de quemaduras, disparos, puñaladas o golpes fuertes. Ella era como un Señor Spock, porque les tocaba ciertos nervios y lograba calmarlos. Pero un día, ella le hizo el "pellizco" a un paciente con heridas abdominales y éste entró en conmoción, y fue difícil para el doctor el estabilizarlo. Ella se dio cuenta de que había hecho algo mal, pero al doctor se le ocurrió cubrir el vientre del paciente y restaurar su calor corporal mientras cerraba sus heridas, además de tenerlo "elevado" con mucha adrenalina, y cuando por fin resolvieron el problema, él la llevó a aquella salita, y la regañó:

- Enfermera, ¿se dio usted cuenta de que por poco perdemos al paciente?

- Perdóneme. Pensé que, como nos dio tan buen resultado anteriormente...

- ¡¿Pero si el sistema autonómico ya lo tenía comprometido?! Tendré que poner esto en mi informe...

Amelia se aterró y trató de suplicarle por su vida, pero también sintió que se estaba humillando demasiado. Dijo resignada:

- Haga usted lo que tenga que hacer...

El la calmó, diciendo:

- No se preocupe, el trauma al nervio vago se lo puedo atribuir a las heridas, y de todos modos, el paciente se salvará...

Hubo un silencio incómodo, que él quebró así:

- Amelia, sé que ha tenido problemas, y no pienso ser otro obstáculo en su profesión. De hecho, no sé qué habría podido hacer sin su valiosa ayuda en el tiempo en que hemos trabajado juntos. La evaluaré bien, y no tendrá que haber una investigación.

- Pero, ¿y su reputación, su ética profesional?

- ¿De qué me servirían si no soy capaz de ayudar a mis pacientes...?

Se corrigió:

- A nuestros pacientes. Usted es mejor que yo, al menos, en lo que hace.

Amelia, que contuvo lágrimas de miedo, ahora las dejaba fluir por la gratitud, tal vez, por algo más profundo y fuerte, y se abalanzó sobre el pecho del médico para llorar. Ella mide cinco pies con cinco pulgadas (1.65 mts.), y él la supera por dos pulgadas solamente, cinco con siete (5 cms., para 1.70), así que no pudo evitar que su pene rozara el estómago de la enfermera, y su inevitable erección fue la señal para que se separaran. Se disculparon mutuamente sin palabras, para no empeorar un momento tan bochornoso.

En lo sucesivo, concertaron ciertas señales para aplicar la neurollave vulcana cuando no había otra alternativa, siempre y cuando no empeorara el estado del paciente, y aunque ella se la trató de enseñar a Alberto, él no lograba hallar el nervio o no le hacía la presión necesaria, y ella tenía que "rematar" al paciente para que el médico pudiese trabajar con calma. Un día, trajeron a un paciente, que bajo los efectos de drogas, causó un accidente de tránsito. Estaba sumamente combativo, y no permitía que lo inyectaran. El doctor sabía que los medicamentos no funcionarían bien en su estado, y pidió a Amelia que lo subyugara, pero al ver que él la iba a golpear con mucha furia, se le subió su propia adrenalina y lo agarró, y combinando el pellizco con una llave de lucha libre, logró aturdir al paciente. Finalmente, sí se le pudo atender, aunque solamente sirviese para que la policía se lo llevara para arrestarlo. Aunque los detalles constan en los informes médicos, no quisimos enterarnos de los cargos y demás circunstancias relacionadas a ese bruto.

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