Vidas Entrelazadas

bybrunorivera©

Al finalizar sus turnos, ella corrió hacia él y le dijo:

- ¡Eres mi héroe! No solamente aprendiste el toque del Sr. Spock, sino que lo hiciste justo a tiempo. No sé qué me habría hecho ese energúmeno si me alcanzaba con ese manotazo...

El se sonrojó ante tanta admiración inmerecida, y ella lo abrazó y hasta lo levantó una pulgada (2.5 cms) del suelo durante un instante, de tan eufórica que estaba. Ella le susurró:

- Llévame a conocer tu casa...

Y se aseguró de hacer contacto con el pene del joven médico. ¡Otra señal inequívoca! Ni siquiera se cambiaron, sino que se montaron en el BMW y avanzaron a llegar a la casa. Al entrar allí, se desnudaron y se contemplaron. El cuerpo de Alberto es esbelto, pero lo fuerte que es la labor en la sala de emergencia le había fortalecido el pecho y los brazos, y ella es un poco más musculosa, por sus antecedentes como paramédica. Lo interesante es que sus senos, caderas y muslos contrastan mejor con su cintura, haciéndola más seductora, hasta para mí. Alberto exclamó:

- ¡Oh, Amelia! No te imaginas cuánto he anhelado este momento, digo, no te estoy ofendiendo...

- No, Alberto, yo también ansiaba tenerte. Por eso me invité a venir aquí.

Compartieron una risita de complicidad y se besaron, primero los labios, luego las lenguas, y él recorrió sobre el cuello y los pechos de la enfermerita. Ella se esetremeció, y pronto se despegó juguetonamente, pidiéndole:

- Muéstrame el baño, que tengo una necesidad...

Entraron juntos a la ducha, y al abrir el agua, se orinaron mutuamente. Lo sintieron casi como un orgasmo, y mientras uno giraba frente al otro, recibía muchas caricias con jabón, con la excusa de lavarse el "accidente" y hasta un poco de sangre que les habían salpicado los pacientes, y así, se excitaron muchísimo. Cerraron la regadera y se acostaron. El sacó un condón de una cajita que yo le regalé, como para atraerle la buena suerte con las mujeres, y con él puesto, comenzó a penetrarla con dulzura. Se besaron otra vez, y él acarició los enormes globos que ella le ofrecía, y eso la acercaba al clímax. El confió en que podía durarle un poco más que lo que pudo conmigo, pero un estremecimiento violento en ella le animó a acelerar y lograron un orgasmo muy fuerte y casi simultáneo. El cansancio de toda una noche le hizo perder la erección y sacó su pene de ella renuentemente. Ella le miró de un modo muy especial y eso le inspiró a decir:

- ¡Te amo, Amelia!

- ¡Te amo, Alberto! Yo lo quería decir primero...

- No te preocupes, sí lo dijiste con esa mirada.

Ella lo besó y derramó lágrimas de gozo, para finalmente quedarse dormidos.

***
Por más que disimularon para mantener una apariencia de profesionalismo, el amor que sentían se manifestaba, aun cuando trabajaban con pacientes. Las miradas eran demasiado dulces o apasionadas, y si pasaban muy cerca el uno de la otra, sus cuerpos temblaban o se crispaban, suprimiendo las ansias de un abrazo o un beso. Pero para eso, existían los fines de semana, aunque esos turnos se alteraban cuando el personal escaseaba. Pero siempre se las arreglaban para estar de guardia juntos, porque además, su trabajo en equipo es insuperable.

Por supuesto, ella se mudó con él, y así podían consumar su amor, al menos, eso creímos todos. Pero durante cierta semana, noté tensión entre ellos, y les pregunté disimuladamente, pero no soltaban prenda, ni siquiera en el saloncito de los médicos. Pero cuando tuvimos un día libre, ellos me invitaron a la casa y allí se desahogaron. Amelia trató de explicarme:

- Héctor, lo que nos pasa es que la rutina... tú sabes...

- No entiendo. ¿Qué tiene que ver esto conmigo?

Alberto me dirigió una mirada de desesperación, porque quería pedirme un consejo, pero no se atrevía, y menos, en presencia de ella, quien sí se atrevió:

- ¡Tú puedes ayudarnos!

- ¿Cómo?

- No lo tomes a mal, pero ya que eres homosexual, puedes darnos unas clasecitas...

Terció Alberto:

- Ella ha querido entregase a mí más íntimamente, y hasta quiere mamarme o recibirme por el ano, pero se le hace muy difícil el desinhibirse.

- ¿Acaso tú tampoco le has sabido mamar la...?

Interrumpe Amelia:

- Eso sí lo hace, y muy rico. Pero me da pena que yo no le sepa reciprocar, y es que me da vergüenza.

- Además, por más que trato de dilatarla, ella se cierra y le duele. La única vez que logré entrar, me dolió a mí...

Esto parece un caso difícil, pero mi erección me animaba a tomar acción, aunque yo no contaba con obtener satisfacción. Me empecé a desnudar, y aunque eso les incomodaba, siguieron mi ejemplo. Les indiqué:

- Es que están tensos. ¿Cómo hacen para relajar sus tensiones, después de un día duro?

Y pasamos a la ducha. Ellos, con un poco de timidez, se enjabonaron mutuamente, y comenzaron a abrazarse, buscando placer y apoyo. Yo interrumpí, diciendo:

- Bueno, chicos: A trabajar. Amelia, lava el pene a tu marido.

Y ella comenzó a enjabonar y a acariciar el pene del doctorcito.

- Y ahora, arrodíllate.

Pasó una mirada de miedo o asco de mí a él, pero yo me puse fuerte y cedió. Seguí con un aire de sargento del ejército y le ordené:

- Niña: bésalo.

Cerró los ojos, abrió los labios y lo besó, como eso fuese un sapo para que se convirtiera en príncipe. El se sostenía un poco de las paredes, porque la caricia le hizo temblar las rodillas. Yo insistí:

- ¿Quién te ha dicho que te detengas?

Y ella tuvo que repetir los besos. Algo de la sensación le agradó y ella empezó a abrir los ojos. Al mirarme, le corregí:

- Tu no tienes que mirarme a mí. A quien tienes que mirar es a tu hombre.

Giró sus ojos hacia Alberto mientras movía su cabeza lentamente para meterse y sacarse el pene. Me volví hacia Alberto y le desperté:

- Ella te está mirando, enfrenta su mirada.

Y así lo hizo. Ellos parpadeaban un poco, pero pronto mantuvieron contacto visual. Sentí tentación de masturbarme, pero recordé que esto es trabajo, y les comenté:

- ¿Ven? No es tan difícil.

El comenzó a gemir, y ella también, porque comenzó a descubrir el placer en el acto oral. Pero de pronto, él comenzó a eyacular y ella, por reflejo, se quiso despegar, pero yo le regañé:

- ¡No, no, no! Usted se me aguanta.

Y él le inundó la boca, y ella cerró los labios, forzándose a tolerar el sabor raro. Yo le recordé:

- ¡Ahora, ve tragando!

Ella gimió en protesta, pero Alberto acarició su cabello, para darle confianza, y así fue permitiendo que el semen bajara por su garganta poco a poco. Entonces le dije a ella que se pusiera de pie y que lo besara en la boca. El sintió algunas gotas de su propio semen y trató de despegarse también, pero yo le reprendí:

- Si ella fue capaz de tomar tu semen, es justo que tú pruebes un poco de tu propia medicina.

Y se aguantó, aunque después, hizo trampa tomando un sorbo del agua de la ducha, y ella también. Entonces, él fue bajando por el cuerpo de ella para besarla y acariciarla. Lamió y chupó sus pezones ávidamente, en agradecimiento sincero del placer que ella le prodigó. Alberto siguió su recorrido por su abdomen, hasta arrodillarse, quedando frente a su vulva, más húmeda por sus secreciones que por el agua que corría. El hizo otra pequeña mueca, pero al ver mi mirada severa, puso labios a la obra y lamió los labios vulvares con suavidad, y fue acercándose al clítoris, pero no parecía muy interesado, al contrario, extendía su lengua más hacia el perineo, hasta que llegó el momento más indicado y comenzó a chupar el botoncito. Eso creció un poco y yo creí que se transformaría en un pene. El también movía la cabeza, como si se penetrara él mismo. Ella se tambaleó y él se dio cuenta, y la sostuvo por las caderas, hasta depositarla contra una pared. Sus rodillas se encogían y hasta trataba de envolver su cabeza con sus piernas. Yo la sostuve por un brazo, y entonces, ella chilló y le mojó su rostro un poco más de lo usual. Alberto, ya totalmente desinhibido, engulló sus secreciones y como que le exprimía más con un dedo parcialmente metido en la vagina. Yo le pregunté qué era eso, y tras una pausa, contestó:

- Esto es la próstata femenina, el Punto G. Amelia acaba de eyacular también.

Yo me sentía desmayar, pero me sobrepuse, ya que ella ya estaba semi-inconsciente y él necesitaría mi ayuda para depositarla en la cama para que descansara.

Alberto me explicó:

- Las mujeres se quejan de que, después de un buen orgasmo, nos damos la vuelta para dormir. Pero cuando esto les sucede a ellas, no les da tiempo de voltearse. Se quedan ahí mismo, desfallecidas. Te agradezco mucho que me hayas ayudado.

- ¿Pero que hay de lo anal?

- Primero, hay que esperar a que ella despierte.

Y nos pusimos a ver un poco de televisión. Ella despertó una hora después, y se veía como deshecha, pero se reanimó pronto, mientras preparaba emparedados para que almorzáramos. También me expresó su agradecimiento, pero yo habría preferido que me hicieran eyacular o que me mataran de una vez. Después, tuvieron un coito algo tradicional, pero por momentos, ella se colocaba sobre él y así alcanzó más orgasmos que los que Alberto lograba.

Yo me quedé esa noche y cuando ellos se durmieron, yo me metí a bañar, y allí me masturbé y hasta me inserté un dedo por mi ano para aliviarme toda la tortura a la que me sometieron. Hasta repensé un poco lo de hacerlo con mujeres, después de todo, había algunas "hermanas" lésbicas que lucían muy bien, y con un leve empujoncito, se podrían hacer bisexuales.

***

Al otro día, Alberto y Amelia se colocaron de inmediato en un 69 al despertar, y yo le sugería a ella:

- Pásale la lengua a Alberto, como él te la pasa a ti por tus labios.

A veces, los separé para que cada uno perfeccionara su técnica oral, así les interrumpía los orgasmos para que no se agotaran. Pero yo vine a enseñarles a tener sexo anal y detuve este juego diciendo:

- Bueno, vamos a ver: Amelia, ¿qué te pasa con recibirlo por atrás?

- No puedo, me duele mucho.

- Ven acá, Alberto, ¿qué haces tú para dilatarla?

Se quedó callado, como tratando de disimular lo que él me hizo la noche que murió mi Luis. De inmediato, ordené a Amelia:

- Como esta será tu primera vez, no te pondrás en cuatro patas todavía. Acuéstate boca arriba y agarra tus piernas hasta tu pecho. Alberto, trae tus condones y la crema lubricante KY.

Cuando llegó al borde de la cama frente a ella con lo que le pedí, dejó los preservativos sobre la cama al lado de ella y le dije que se arrodillara ante ella y que abriera el tubo de crema. Seguí:

- Recoge bastante crema en tus dedos, y empieza a untarle. Realmente, embadúrnala alrededor.

El hizo lo que yo le dije, y ella suspiró de placer, porque él todavía no la penetraba y eso todavía se sentía muy bien. Seguí indicándole:

- Haz circulitos alrededor... Ahora, oprime con tu yema.

- No entra...

- Calma, sigue apretando. Amelia, puja cono si defecaras.

Ella hizo lo que se le pidió, pero no sabía por qué. Así pudo pasar el dedo de Alberto, pero tropezó con el otro esfínter, Ella gritó:

- ¡Sácalo, porque me duele...!

Yo intervine:

- No, Albert, sólo regresa al anillo exterior y dale vueltas, y échale más crema con tu otra mano.

Dije esto mientras le ofrecí el tubo de crema. Al estar todo su culo un poco caliente, la crema se esparcía casi por sí misma. Alberto exclamó con reservado optimismo:

- Amelia, ya te estás aflojando...

Yo le animé:

- Ahora, trata de meter otro dedo, sin sacar el que ya tienes adentro.

Tras algunos intentos, logró meter juntos el índice y el del corazón y ahora le dije:

- Ahora, dales vuelta, muévelos como un destornillador.

La muchacha protestaba:

- ¡Ohhhh!

Pero se seguía abriendo, aunque muy lentamente. Le sugerí a Alberto:

- Sácaselos, a ver si se queda abierta.

Pero al hacerlo, el ano se cerraba. Le chillé:

- ¡No la dejes que se cierre! Vuelve con el primer dedo.

Alberto repitió todo el ejercicio, y al final, añadió el dedo anular, hasta que vio que ya cabría su pene. Amelia ya no se quejaba tanto, y hasta sintió un poco de placer, y sus jugos vaginales les ayudaron a lubricarla. Anuncié triunfalmente:

- Ha llegado el momento.

El doctor sacó sus dedos y presentó su pene a la entrada del ano de la enfermerita. Me miró, como pidiendo instrucciones y le dije:

- Alberto, tú oprímete contra ella, y tú, Amelia, respira profundo para que te relajes allá abajo.

Ambos respiraron profundamente y yo contuve una risita para no romper su concentración. Por fin, su pene entró, pero solamente hasta la mitad. Preguntaron a coro:

- ¿Y ahora, qué?

Les contesté:

- Permanezcan así. Respiren y aguarden, que el esfínter de más adentro se abrirá a su debido tiempo. Supongo que con ese no contaban.

- No.

Dijeron con un poco de vergüenza. Les calmé y mi amigo me pidió:

- Mejor aprovechamos el tiempo mientras ella se abre. Tráeme servilletas de bebé para quitarme un poco del embarre de mis manos.

Fui al baño y se las traje, y es que ella las usa para lavarse mejor tras hacer sus necesidades. Se limpió bastante y procedió a acariciar un poco el clítoris y el punto G de su compañera. Ella suspiró complacida, y de pronto, su pene se deslizó por completo. Ya los testículos del varón hacían contacto con la raja entre las nalgas de la hembra. El quiso comenzar el pistoneo, pero yo le detuve:

- ¡Ah, ah, ah! Dale más tiempo para que se relaje desde adentro por completo. Mejor sigue con lo que le estás haciendo.

Ella suspiró aliviada de que yo no permitiese que su amante inexperto la lastimara. Alberto se conformó con seguir la "terapia" a las zonas erógenas y ella comenzó a dar muestras de acercarse al orgasmo. Con voz entrecortada, nos dio la señal:

- ¡Házmelo... ahora!

Y Alberto comenzó el vaivén. Ambos jadeaban con lujuria mientras sus movimientos los mantuvo lentos, pero se empeñó en llegar a lo más profundo de sus entrañas. Ella gemía más fuerte, pero ya no era por dolor, sino por esa sensación maravillosa que yo le estaba envidiando. Era como ver una película "Porno", pero con actores en vivo, tal vez, un "reality show" sin censura. Ella le animó:

- ¡Más duro, más rápido, más, más...!

Y Alberto apuró el paso. Yo me sentí tan identificado con Amelia en esa posición, que me puse muy nervioso, ni siquiera pude masturbarme. En eso, ella dio un aullido y disparó semen femenino sobre él, quien se quedó rígido, con el pene muy adentro de ella para eyacular. Finalmente, él se dejó caer junto a ella, mientras esperaban por que sus alientos se normalizaran.

Me di cuenta de que yo había sudado casi tanto como ellos y me duché para refrescarme. Luego ellos vinieron a la ducha, por turnos. Los tres nos pusimos pantaloncitos cortos y ella se puso una camiseta, y se fue a cocinar el almuerzo. Después de comer, cambiamos canales en el televisor, sin interesarnos en cosa alguna en particular. Ellos intercambiaban miradas intrigantes pero no decían lo que tramaban. Luego sacaron unos naipes y jugamos "UNO". Aunque yo no ganaba tantas manos como ellos, acumulé el máximo puntaje y ellos se cansaron de jugar.

Alberto encendió su computadora para mirar su correo electrónico, y yo les demostré la página de la organización en la que yo colaboré con Luis, y aunque la expliqué con entusiasmo y dominio de la materia, no pude evitar la nostalgia. Amelia se dio cuenta primero y buscó otras cosas. Nos sorprendió al abrir una página porno y Alberto se embelesó con las chicas desnudas que aparecían en la pantalla. Ella fingió ponerse celosa y lo amenazó amistosamente:

- Alberto, tú te quedas con esas chicas y yo me quedo con Héctor.

Yo protesté:

- A mí no me metan en sus peleas de novios. ¡Además, yo soy "gay"...!

Terció Alberto:

- ¡Si tú misma pusiste esa página en la pantalla, ahora no te quejes!

Otra vez, se cruzaron miradas y ella se quitó la camiseta, y le lanzó este ultimátum:

- ¡Ya basta, o ellas o yo!

Alberto exclamó riéndose:

- ¡Ellas!

Pero "ellas" eran las tetas de Amelia, sobre las cuales se abalanzó con frenesí. Ella humedeció sus pantaloncitos de inmediato y se los quitó rápidamente. El le ayudó a arrancárselos mientras se colocó frente a su vulva para lamerla. Aprovechó para meterle un dedo por el ano, y al sentir que esta vez no le ofrecía resistencia, se la penetró, y al añadir su pene en su vagina, le duplicó la sensación. Ella exclamó:

- Esta bien, dame por atrás otra vez.

Y se puso en cuatro patas y hasta se apoyó con sus hombros en la silla para tirar de sus nalgas y así abrirse el ano para él, quien se bajó sus pantalones, también húmedos, se arrodilló detrás de ella y la volvió a penetrar por su vagina, y así recoger mas de su lubricación natural, para que al pasarse al ano, se pudiese deslizar fácilmente. Ella lo empezó a disfrutar, pero le hacía trampa al masturbarse. Ella miró hacia atrás, tratando de hacer contacto con él, y luego me miró, y le sugirió:

- Alberto, déjame mamárselo a Héctor.

El redujo su ritmo, pero seguía con el estímulo. Ella reformuló la pregunta:

- Mira que tu amigo nos ha estado viendo, y sé que está a punto de reventar...

Alberto me miró, y yo le dirigí una mirada suplicante, y él se sonrió y dijo:

- Está bien, además la idea de un trío ha cruzado por mi mente, ¿y quién mejor que Héctor?

Yo no esperé a que se arrepintieran y me bajé mi ropa, y me paré ante Amelia. Ella se agarró de mis muslos para poner su cara frente a mi pene, y envolvió mi glande con sus labios, mientras las embestidas de Alberto le hacían tragar mi miembro poco a poco. El gobernaba el ritmo y me hacía feliz la noción de que Alberto me hiciera el amor, aunque indirectamente. Ella me hacía las caricias con la lengua que yo le enseñé y me sacó un orgasmo alucinante, y al aflojarse mis piernas, ella pensó rápido y movió la silla para detener mi caída, aunque su verdadera intención fue tener mis muslos para sostenerse mientras Alberto le daba unos empujones cada vez más fuertes. La chica mordió mi muslo para suprimir un grito de dolor y placer entremezclado, y yo estaba tan desfallecido que no lo sentí en ese momento. El novio aprovechó para imitar una película pornográfica y se sacó el pene para rociar su semen sobre la espalda y las nalgas de su amada, y finalmente, derrumbarse boca arriba en el suelo.

Pasó más de media hora antes de que alguno de nosotros reaccionara, y fui yo mismo el primero, al empezar a registrar el ardor por la mordida de la muchacha. Gemí y ella despertó súbitamente, y avergonzada, se comenzó a disculpar:

- ¡Oh, amigo, no me di cuenta de lo que te hice! ¿Te dolió mucho?

- ¡Ooh, no! ¡Vampira!

Le reproché yo. Alberto se levantó con pereza, miró la mordida, y comentó con frialdad:

- Al menos, no sangra. Ni siquiera está amoratada.

- ¡Pero me marcó todos sus dientes, la loba ésta!

- No te quejes tanto, tu piel es suficientemente dura. Además, puedes mostrarla como cicatriz de guerra.

Me levanté molesto y fui al congelador para ponerme hielo, y ella me siguió, pero tomó otro pedazo para aplacar el ardor de su ano, y se quejó:

- ¡Esto tú también lo causaste, así que estamos a mano!

Alberto la miró preocupada, pero ella nos aseguró que no era nada serio. Me quité el enojo y les dije:

- Está bien. Me han hecho pasar un par de días inolvidables, pero me torturaron más con su pasión que con esta dentellada. Me han dado ganas de...

Me detuve, por respeto a Alberto. Ella se dio cuenta de la atmósfera tensa que se formó y exclamó:

- ¡¿Quién tiene hambre?!

Y se fue a la nevera para sacar comida y ponerse a cocinar. Alberto le trajo una bata para protegerla del calor de la estufa y me invitó a que me sentara en la mesita del comedor, para juntos contemplarla. Yo comenté:

- Debes amarla mucho.

- Sí.

Vi una admiración serena de él hacia ella, no tanto por su belleza, sino que sentí una emoción genuina y espontánea. Recordé que así yo amé a Luis, pero no me dio melancolía.

Report Story

bybrunorivera© 0 comments/ 17649 views/ 0 favorites

Share the love

Report a Bug

AnteriorSiguiente
3 Pages:123

Forgot your password?

Please wait

Change picture

Your current user avatar, all sizes:

Default size User Picture  Medium size User Picture  Small size User Picture  Tiny size User Picture

You have a new user avatar waiting for moderation.

Select new user avatar:

   Cancel