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El Masajista

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I

La organización de esta escapada de fin de semana había resultado complicadísima. A mi marido le habían invitado a un evento corporativo durante el fin de semana que sólo implicaba trabajo todo el viernes y la mañana del sábado pero cubría todos los gastos del acompañante en un hotel de lujo en Santiago de Compostela. Hace tiempo que quería visitar esa ciudad, así que finalmente me animé a aceptar la invitación y acompañarle, aunque no suelo ir con él a estas reuniones.

Para llegar a Santiago el viernes por la tarde tuve que salir directamente de la oficina al aeropuerto, sin pasar por casa y sin poder cambiarme, así que llegué al hotel a las 6 de la tarde vestida, maquillada y con zapatos de tacones. Lo único que me apetecía era llegar a la habitación donde acordamos que me esperaba mi marido, que supuestamente ya habría terminado la reunión del día y quitarme esta ropa, ducharme, relajarme y disfrutar de la tarde-noche. Pero según estaba pensando esto recibí el siguiente mensaje de mi marido: "cari, la reunión se va alargar y no he dejado tus datos para que te autoricen a entrar en la habitación, tendrás que esperarme en el bar del hotel, tómate una margarita pensando en mí, podrás cargarla a la habitación 257, no creo que tarde mucho más, un beso". ¡Así que empezamos bien! Ahora tengo que esperar en el bar sola, incómoda y cansada... ¡ya me ha liado este, por eso no vengo a sus viajes de trabajo!

Pero como no quería que las malas vibraciones me trastocaran el viaje, le hice caso y me fui al bar a tomar una margarita, o igual incluso dos... Así que me senté en la barra y pedí una margarita. El cóctel estaba buenísimo y fresquísimo -luego descubrimos que el bar de este hotel es famoso en la ciudad por sus cócteles y el camarero que me servía un campeón. Me lo tomé en apenas dos tragos y pedí una segunda margarita en cuanto me lo sugirió el camarero. La verdad es que estaba empezando a sentirme mejor, más relajada, al fin y al cabo tener un poco de tiempo para mí misma no es mala idea y el ambiente del bar era muy sugerente. Así que me dispuse a disfrutar de la segunda margarita mucho más tranquilamente, me desabroché un par de botones de la camisa, suficientes para estar cómoda y en el límite sensual que tanto le gusta a mi marido ("aunque ahora mismo no se lo merece", pensé sonriendo). Dejé caer mis zapatos de tacón al suelo y apoyé los pies sobre las barras del taburete, y me senté mirando de lado a la barra y el bar para disfrutar del entorno. Estaba empezando a sentirme muy bien, relajada, dejando que el "puntillo" de las bebidas hiciera plácidamente su trabajo.

II

Así estaba hasta que mi zen fue interrumpido por un hombre que se acercó a la barra y se sentó casi a mi lado - cuando el dichoso bar estaba prácticamente vacío. La verdad es que era "todo un hombre", alto, claramente musculado, muy atractivo y vestido como un pincel... pero esa no era la cuestión, la cuestión es que interrumpía mi momento. A pesar de ello, no podía dejar de observarlo sigilosamente. Cuando se acercó el camarero pidió una cerveza bien fresca, que le sirvieron enseguida, tirada de maravilla y en un vaso muy elegante. Empezó a beberla despacio, disfrutando del momento y poco después prácticamente replicando mis acciones de hace unos minutos: dejó su cerveza, se aflojó ligeramente la corbata (sin perder la elegancia, debo señalar) y se apoyó en la barra para disfrutar del entorno y el momento. Es entonces cuando miró hacía mí y nuestras miradas se cruzaron - me había "pillado" ¡que verguenza!. Hizo un pequeño saludo levantando la copa al que yo respondí haciendo lo mismo. La verdad es que la situación era bastante tópica: un bar de hotel, un hombre y una mujer de aspecto profesional, unas copas... pero no por ello menos interesante. No le di más importancia y seguí a lo mío, viviendo el momento. Pero al rato, el hombre se acercó a mí y empezó a "entablar conversación"... lo que faltaba.

III

Sus maneras no eran en absoluto groseras, ni insistentes, pero entre pequeñas preguntas y respuestas cubrimos lo básico: motivo del viaje, si conocía la ciudad, nombres, el tiempo, etc. Realmente, la conversación no era desagradable y especialmente porque su voz, ¡madre mía su voz! era ese tipo de voz grave y masculina que, para qué mentir, simplemente me atrae (y si las circunstancias invitan, me excita, aunque ahora no era el momento... pensaba yo). Y así pasamos al tema "a qué te dedicas". Cuando me preguntó en qué trabajaba, yo le expliqué que trabajaba en una gran multinacional como coordinadora de proyectos de gestión cultural; difícil de explicar, pero cuando le conté alguno de los montajes muy conocidos en España que habíamos firmado le vio más sentido. Entonces le pregunté en qué trabajaba y es cuando las cosas empezaron a ponerse interesantes.

Me explicó que era masajista y que acababa de terminar una sesión con una clienta en un hotel de aquí al lado y había parada a darse un descanso. Quizás, por el efecto del alcohol, porque me sentía relajada o porque me hacía gracia picar en un anzuelo tan obvio le seguí el juego y continué la conversación con la pregunta que más obviamente esperaba: "¿y que clase de masajes das?". Además, por todo lo anterior, hice la pregunta con una voz absurdamente sugerente.

Quizás por la voz que puse, Pedro (que así se llamaba) se quedó mirándome un segundo extrañado y luego contestó con naturalidad: - "de todo tipo, sobre todo deportivos y descontracturantes, pero también masajes más para relajarse", hizo una pausa de unos segundos dejando caer la voz y continuó "... y para algunas clientas también masajes tántricos u otros servicios que acordemos...". Y ahí es donde me quedé yo sin palabras: ¿será verdad?, ¿será un fanfarrón? ¿parecía elegante y simpático... pero será sólo un baboso?. Por suerte, poco después vibró su móvil y se disculpó diciendo que tenía que atender la llamada, se alejó hacia la puerta del bar para hablar y pude librarme del "momento incómodo". Casi inmediatamente después recibí un mensaje de whatsapp de mi marido:

- Te gusta su voz?

!tras unos segundos para recomponerme!!! contesté:

-?????!!!!!! (y otros iconos)

- simplemente contestame, por favor

decidí seguirle el juego, ya tendría tiempo de ponerle en su sitio cuando le viera

- sí

- es un masajista buenísimo, he arreglado que se encuentre contigo, si quieres puede subir contigo a la habitación y darte un masaje, es mi regalo por acompañarme este fin de semana.

Por decirlo de alguna manera, ya estaba "flipando" con la situación, no se si de enfado, desconcierto, frustración o risa:

- y lo de que no puedo entrar en la habitación hasta que llegue?

- arreglado, estáis los dos autorizados.... yo no vuelvo hasta casi las 10 de la noche se ha retrasado todo, lo siento, date el capricho, aprovecha:)

- pero sabes qué tipo de masajes da?!

- sí, me los ha contado todos... pide los que quieras, está todo arreglado si aceptas sus servicios.

IV

Entonces empecé a comprender lo que estaba pasando aquí, mi marido había hecho todo este montaje para continuar con las extrañas fantasías que había ido compartiendo conmigo durante los últimos meses, todas ellas relacionadas con verme o que estuviera "con otros hombres". Estas fantasías surgían siempre en la cama, en plena acción así que les había seguido el juego, son excitantes, es excitante ver como le excitan, pero son solo eso: fantasías de cama. Esto era un paso más completamente diferente ¡este hombre se ha vuelto loco! ¡con un desconocido, ¡yo sola!, ¡en una ciudad desconocida!... pero... ¿yo sola?, ¿con un desconocido? ¿sin compromiso? ¿en una ciudad desconocida?... igual tengo que pensarlo, sonreí. Pero antes conteste a mi marido y cerré esta conversación:

- mira ya hablaremos cuando llegues

- pero qué vas a hacer?

- lo sabrás cuando llegues, no me escribas más

¡Ala, así, tomando las riendas!. Pero la decisión ya estaba hecha, Pedro volvió a acercarse a la barra sonriente pero precavido

- entonces, has hablado con tu marido?

Directo al grano, directa la respuesta:

- sí, quiero un masaje, ahora, pero sólo relajante

- no te arrepentirás, aquí tienes la llave de tu habitación, si quieres sube y ahora acudo con la camilla y los materiales

Poco después estaba en la habitación, había tenido tiempo de guardar mi maleta, lavarme un poco y cambiarme. No tenía ni idea de cómo tenía que ir vestida para el masaje así que simplemente me puse una camiseta y mallas deportivas cortas que había traído por si íbamos al gimnasio del hotel. Momentos después llamó a la puerta el masajista, le abrí y empezó a colocar sus materiales (aceites, aromas...), ajustar la luz y colocar la camilla en el centro de la habitación. Se había cambiado de ropa y ahora llevaba un pantalón de lino suelto, zuecos y una camiseta marcando su musculatura. Cuando estaba todo listo, me miró acercándome una toalla y me dijo:

- la mejor manera para darte el masaje relajante es quedarte desnuda de pecho y los panties puestos si quieres. Tápate con la toalla y cuando estés tumbada boca abajo la retiro de la espalda.

De perdidos al río, pensé así que así hice cogiendo la toalla para ir al baño. Unos segundos después estaba tumbada boca abajo en su camilla con la toalla doblada en la parte baja de mi cintura y por encima de las rodillas (me había dejado las bragas puestas). Entonces llegó otra sorpresa:

- También he pedido otra margarita, está en la coctelera, pongo la mesita aquí y puedes ir tomándotela mientras te hago el masaje.

¡De coña! Pero como toda esta situación estaba siendo de coña seguí el juego. Abrí la coctelera, metí una pajita y empecé a dar pequeños sorbos mientras Pedro empezaba su masaje. La primera parte, en la que fue distribuyendo aceite por mi cuerpo daba gusto pero no era muy destacable, pero cuando empezó a trabajar con profundidad cada parte de mi espalda ¡qué maravilla! la verdad es que sus manos, los movimientos, los aceites, la margarita... estaban convirtiendo todo en una experiencia especialmente relajante, luego pasó a la parte baja de mi espalda y a continuación a mis piernas, que masajeaba de abajo a arriba intensamente, también masajeaba el interior de mis piernas pero nunca llegaba un dedo o dos más arriba del límite marcado por la toalla. Así hizo al menos tres recorridos por mi cuerpo, poco a poco no podía negarlo, estaba en la gloria, completamente relajada, con mi respiración cada vez más profunda, más perdida en las sensaciones de mi cuerpo y... sí, excitada (en este punto mi marido estaba completamente perdonado, era el mejor marido del mundo y sería recompensado esta noche ¡sin duda!).

Entonces, cuando estaba recorriendo mis piernas y acercándose a la toalla, Pedro me preguntó si hacía un masaje de glúteos también, por lo menos una vez. En el estado que estaba le dije que sí, ¡que demonios!, así que retiro la toalla y comenzó a masajear mis glúteos y también el interior de mis piernas. Recorría las partes que hasta entonces no había recorrido y subía sus manos hasta llegar a mi entrepierna. Tenía las bragas puestas, tipo tanga, y Pedro era muy cuidadoso, no movía, ni apartaba el hilo, ni se acercaba más de lo necesario a mis partes más íntimas, pero sus dedos pasaban a milímetros de mis labios mayores y Pedro tenía que notar el calor y la humedad de mi excitación.

V

Así que no puede evitar preguntarle, de una manera que pareciera simple curiosidad profesional:

- ¿y entonces el masaje tántrico en que se diferencia a lo que me estás haciendo ahora mismo?

Y Pedro contestó también de una manera muy profesional:

- El masaje tántrico hasta ahora es muy parecido, pero termina trabajando intensamente la zona vaginal y perianal, los labios mayores y menores para culminar en el orgasmo.

Vamos que lo estaba explicando como si fuera un plato exquisito de un restaurante maravilloso, así que no pude resistirme: -¡Quiero uno, quiero terminar así!

Entonces Pedro, sonrió y diciendo "será un placer" me pidió que me diera la vuelta y desnudara del todo. Mientras hacía esto, recolocó parte de su camilla para que la parte inferior se expandiera ligeramente y pudiera tumbarme boca arriba con las piernas más abiertas y dobló la toalla que me había quitado para hacer una pequeña almohada. Entonces se situó a un lateral, con su cuerpo (sí a la altura de su paquete) prácticamente rozándome la piel y susurrando me dijo, "como ya he estado trabajando el resto de tu cuerpo vamos a pasar directamente a la parte tántrica, en el masaje tántrico el objetivo es llegar al orgasmo, pero muy lentamente, disfrutando de cada momento y sensación". Diciendo esto empezó a acariciarme el pubis y frotar toda su mano por mi clítoris, labios vaginales y ano. Lo que vino después y las sensaciones que sentí no puedo ni explicarlas. Yo me he masturbado varias veces en mi vida y mi marido y otras parejas me han masturbado y acariciado. Pero en el masaje tántrico, Pedro hizo cosas con mi sexo que ni sabía que se podían hacer, ni sabía que daban tanto placer: pinzó mis labios externos e internos, los masajeó fuerte y suavemente, me penetró con dos dedos y estimuló mi punto g, estoy segura que estimuló mi ano, pero no sabría decir cómo.

Solo se que durante ese tiempo estuvo trabajando de pié a mi lado durante varios minutos, mientras yo jadeaba y me estremecía con los ojos cerrados. En una pequeña pausa, intenté tomar aire y ladee mi cabeza abriendo los ojos. Mi primera visión me dejó de piedra: a escasos centímetros frente a mi cara estaba su "paquete", a través del pantalón de lino se adivinaba una erección increíble y una polla considerable. Cruzaba en diagonal su entrepierna y llegaba hasta el borde del pantalón donde parecía que luchaba por salir. Pedro seguía acariciándome suavemente el pubis y aplicando una nueva capa de aceites, aparentemente sin percatarse en lo que tenía mi mirada clavada. Pero entonces, al hacer un movimiento hacia mis piernas para continuar aplicando aceite, su pantalón se movió de tal manera que parte de su capullo quedó descubierto.

VI

Yo simplemente no pude resistirme y alce una mano para acariciar esa maravilla de capullo, carnoso, grueso y caliente. Al notar la caricia, Pedro paró lo que estaba haciendo y me miró. Yo había decidido tomar ya las riendas de la situación, así que después de sostener la mirada durante unos segundos le dije: "quiero verla entera, ¡sácatela!". Pedro, tras un momento contestó:

- Raquel (la primera vez que usó mi nombre desde que entró a mi habitación), okey, puedes mirarla y tocarla mientras termino tu masaje pero nada más. Esta noche no puedo darte nada más, no es lo acordado con tu marido.

Yo había olvidado que "se podía ir más allá" y había olvidado los chanchullos entre Pedro y mi marido, pero me daba igual, sólo quería ver esa polla en toda su grandiosidad, así que asentí. Entonces, Pedro directamente se quitó el pantalón y acercó su cuerpo a mis manos mientras se dispuso a continuar el masaje. Ni que decir que estaba en la gloria. Me estaban masturbando "tántricamente" (o lo que cojones sea eso) y era increíble y estaba acariciando una polla como las de los videos que a veces me enseñaba mi marido: gruesa, con un capullo enorme, con una erección tremenda con las venas calientes y marcadas en toda su extensión. Era, sin duda, la mejor polla que jamás había tenido entre mis manos.

Así continuamos durante unos minutos, yo con mi juguete y Pedro trabajando mi cuerpo. Hasta que no pude aguantar más y me dispuse a romper esa regla que supuestamente Pedro y mi marido habían acordado y en la que yo no había tenido ni voz, ni voto. Levante mi cabeza y acerque mi boca a esa polla, simplemente tenía que sentirla en mis labios. Me fui acercando despacio y jadeando porque notaba que mi orgasmo se acercaba y Pedro no tenía ninguna intención de parar su masaje ahora. Así, posé el capullo de esa maravillosa polla en mis lengua y boca entreabierta justo en el momento en que llegué a un maravilloso orgasmo, largo, suave, luego fuerte y escalofriante.

Post-Data

Al terminar el masaje Pedro recogió su equipo, se vistió y despidió muy cordialmente dándome dos besos y dejando su tarjeta por si en otra ocasión volvía a la ciudad y quería seguir probando sus servicios. Me quedé tumbada en la cama, una hora después llegó mi marido con cena para tomar en la habitación: sushi y una botella de vino. Cenamos como si no hubiera sucedido nada y fuimos a la cama. Le conté todo, por supuesto, y follamos apasionadamente gran parte de la noche. Estaba excitado como no lo había estado en tiempo y yo por fin estaba siendo penetrada. A la mañana siguiente, temprano mi marido se volvió a ir a la jornada de medio-dia que tenía ese sábado. Vendría antes de comer y ya estaríamos juntos el resto del fin de semana, pero mientras tanto me preguntaba qué podría hacer para pasar el rato mientras miraba la tarjeta que Pedro había dejado en la mesa.

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