tagControl de la MenteLa rata - capítulo 02

La rata - capítulo 02

byegosumquisum©

Terminas de tender la cama. Doblas la ropa sucia de tu único y verdadero amo, y la colocas con cuidado en la cesta destinada para ello. No cantas, no tarareas, no haces ruido. Obedeces.

Terminas con la ropa. Quedas quieta, en silencio, sin pensar, sin querer, sin moverte. Respiras apenas. El silencio se pavonea delante de ti, apoya su pulgar en la punta de la nariz y te hace trompetillas. Tus quejas se han ido. Tal vez las recuerdas; pero es una memoria vaporosa, vaga, acaso un pensamiento. No. No puede ser un pensamiento, porque tienes prohibido pensar; porque tu propósito es obedecer. Obedecer te hace feliz. Por eso no piensas. Obedeces.

De súbito, el silencio se asusta, se agita, escapa y deja tras de sí la voz de la noble mujer que te ofreció su apoyo, su cariño fraternal, su abnegación de temprana beata del hogar, cuyo título de hermana, en tu débil mente, se ha desvanecido junto con el silencio, junto con tus quejas.

—Estoy preocupada por Nere —dice.

—Tranquila, nena —contesta con su juguetona voz el simpático doncel que te ofrecía un refugio—, él me garantizó que no le había hecho nada malo. Sólo lo que pedimos y ya.

—Es mi hermana, osito —replica tensa—. Todavía no puedo creer que le pedimos eso.

—Cómo eres dramática, mujer —aún juega—, si no fue nada del otro mundo, nada más que la hiciera menos enfadosa.

—Por eso estoy preocupada —replica nuevamente—. La queríamos menos enfadosa, ¿por qué se fue...? ¿Por qué hizo que se fuera?

—Se le pasó un poco la mano; pero ha sido lo mejor —dice tenso ahora también él—. En algún punto tenía que irse, mejor que la ayudara a dar ese paso.

—¿Y tú sabes qué le dijo? ¿Cómo la convenció...?

—Programó.

—... Como se diga... ¿Sabes?

El buen marido que la conforta con su compañía guarda silencio.

—¿Sabes? ¡Contéstame! —se tensa más ella.

—Qué voy a saber yo —responde él, afecta tranquilidad tras una prolongada pausa—. Pues es cosa de él, él sabe lo que hace y como lo hace.

—Es que eso no fue lo que le pedimos.

El silencio los envuelve a entrambos por un instante.

—Esto no fue lo que le pedimos, oso —insiste, como si el silencio la molestase.

—Bueno, ¿y qué quieres hacer? ¿Que la busquemos y que la reprograme...?

—¡No es una videocasetera!

—... Así se dice...

—¡No me importa!

—... Bueno, que la componga...

—¡Que no es una puta cosa, carajo!

—... Que la regrese, pues, a como estaba... era...

—Es que no sé.

—¿Cómo no sabes?

—Es que, estos tres días...

—¿Qué tienen estos tres días?

—Pues que los he gozado como no tienes una idea —proclama orgullosa, hembra libre de su propia sangre—. Dormimos solos tú y yo, sin nadie que nos moleste, sin que me ronquen en la oreja, sin patadas a la medianoche, sin jetas al otro día. Y las tardes, ¡ah, las tardes! Paz y tranquilidad, pura puta paz y tranquilidad, sin quejas, sin reproches, sin comida dietética ni gritos de «¡ya cállense, pinches huevones!» ni «¡me tienen harta, me duele la cabeza!». Y todo el tiempo, lo mejor de todo, el broche de oro: todo el tiempo somos solamente tú y yo.

—¿Entonces? —interroga él nervioso.

—No le pudo haber hecho nada malo, ¿verdad? —dice ella como si estuviera preocupada.

El silencio baila entre los dos.

—¿Verdad? —insiste ella.

—Nada malo —por fin musita él.

No entiendes. Permaneces silenciosa en la habitación de tu único gobernador y dueño, escondida sin saber que te escondes, cobijada por la privacidad de una recámara ajena como la alimaña que se encubre en las sombras de la casa para robar las migas que han quedado del banquete del amo.

—Nada malo —repiten, y el silencio engulle las palabras.

✽ ✽ ✽



La puerta de la habitación del maestro que te enseña tu ínfimo valor y tu lugar cerca, muy cerca del suelo, se abre y contemplas como entran haces de luz que doran la figura de aquel que posee cuantos objetos hay en esa pieza. Tu admiración te hace temblar de deleite cuando escuchas su voz que dice:

—Ya llegué, Nere putita.

Sonríes como alelada mientras tus piernas aprietan tus labios y de ellos escurre un hilo delgado, oloroso, de deseo y éxtasis fundidos.

—¿Hiciste lo que te pedí? —pregunta tu dueño verdadero y solo, mientras desañuda por su cuenta las agujetas de sus zapatos color café.

Estás sentada en el suelo, las piernas dobladas y echadas a un costado, la espalda recta, los brazos arrimados a las costillas y las manos unidas a la altura del pecho, los ojos bien abiertos: tú, como una criatura incapaz de articular palabra, sólo asientes y lo miras.

—Por supuesto que lo harías —monologa—, no puede ser de otra forma. Nere —tiemblas de placer cuando escuchas tu nombre en su docta, doctísima voz—, me empieza a aburrir tenerte aquí escondida, ¿no te aburres tú?

Niegas con la cabeza, aún incapaz de responderle con palabras, que cada vez te son más ajenas y distantes.

—Claro que no puedes aburrirte —continúa tu amo—, no te lo permito. Ni te lo permitiría jamás —reflexiona y prosigue con ardor—. Sin embargo yo sí me canso, me fastidio. He estado fastidiado desde el inicio, desde el pinche primer mes...

Te resulta imposible recordar ese primer mes que tu poseedor maldice tras declarar su hastío. Escuchas atenta su queja, mientras tu piel se enchina, algunas tímidas lágrimas resbalan por tus mejillas y se te escapa un gemido impertinente cuando la grave voz resuena en tu cabeza y en la habitación por igual, y sin miramientos, escupe su desprecio por el aburrimiento sobre ti, maltratándote, tratándote de idiota, de puta, de pendeja, de culera, de vieja que no vale verga.

En tus adentros, despierta una orden que obedeciste desde que viviste en la habitación de tu amo: «cuando te insulte, tendrás un orgasmo que te hará llorar, te retorcerás de placer y sentirás que un grito podría salir desde lo más profundo de tu ser; pero sólo podrás gemir débilmente y dejarte arrollar por el placer, puro y tremendo». Tu pulcra posición se pierde y estás en el suelo, tus manos aprietan frenéticas tus pequeños pechos, mientras el resto de tu cuerpo se estremece, convulsiona, como si agonizaras. Las lágrimas empapan tu rostro de ramera de Roma y de tu boca casi deformada por las extáticas contracciones, apenas se escapa un chillido, como de roedor moribundo. Entre tus piernas sientes que se introduce tu vigoroso poseedor, te somete, embate con vehemencia, desgarra tu interior y te llena de su furia. Pero él permanece sentado, te dedica una mirada cansina y, cuando tu furibunda posesión se calma y te recuperas, jadeante, tumbada en el piso, prosigue él:

—¿Sabes? Al principio concebí este proyecto —deja escapar una risilla cínica—, porque no eres más que eso, Nere putita, un proyecto, como algo entretenido; no sé, una charada o algo semejante, un juego, pues. Pero ahora veo que va en serio, ni tu hermana ni su esposo han preguntado por ti, o sea que te tengo para mí indefinidamente —resopla con hastío—. ¡Es una hueva! Para serte sincero, pensaba que te iban a estar buscando como locos desde el primer mes, ¡y nada! De verdad te querían menos que yo. Me estoy cansando de tenerte aquí, siempre escondida y en silencio, como si fueras no sé... una víbora, una araña... una rata.

El amo guarda silencio. Te mira mientras lo contemplas; babeas y respiras con agitación, aún estás caliente y tu corazón retumba en tu pecho, tus sienes y oídos. Él repara en tu nariz alargada, tus delgados labios, trémulos, como los del infante que anhela hablar pero ignora la manera.

—Eres una rata, Nere —susurra finalmente.

✽ ✽ ✽



Despiertas.

Un ventilador de techo que se bambolea te proporciona un vientecillo miserable. No es lo suficientemente fuerte como para refrescarte —sabes que tienes calor—; pero tampoco lo bastante débil como para que ignores si estás desnuda o vestida —sabes que estás desnuda. Miras a tu derecha y sólo vez una pared blanca, agrietada, cuya resquebrajada pintura sugiere que el material que subyace tras de sí es ladrillo. Con hastío —te das cuenta que estás hastiada— miras ahora a la izquierda: una puerta de madera.

«¿Dónde estaré? —dices para tus adentros—. ¿Dónde estaré?».

Te levantas despacio. El pequeño colchón sobre el que te recuestas chilla dolorosamente, le pesan tus enjutas carnes, le duelen tus huesos que se clavan en su superficie manchada de grasa de frituras, orines y lo que pareciera ser salsa, o quizá, no se te ocurre aún, sangre menstrual. Recorres con la mirada el suelo sucio de la pieza, buscas algún zapato; pero no hay nada. Con pereza —sabes que te da pereza—, te pones de pie sobre el colchón y das un paso al frente. El suelo está agradablemente frío —sabes que te agrada.

«¿Dónde estaré?».

La puerta de madera se abre al tiempo que se queja cansina. Sonríes.

—Despertaste.

—Sí —respondes al caballero de hermosa voz que entra a la pieza.

Él también sonríe.

—¿Dónde estoy? —preguntas calmada, sin saber que estás calmada.

—Estás aquí —contesta mientras coloca unas bolsas de almacén sobre el colchón.

—Estoy Aquí —repites—. Me gusta Aquí.

—Así debe ser —continúa él con aire paternal—. Te compré ropa.

—Gracias, aquí en Aquí no tengo —apuntas con una risilla infantil.

—¿Qué soñaste?

—¿Soñar? —dices dubitativa—. No sé qué es eso.

El hombre de voz dulce vuelve a sonreír.

—Ponte la ropa, vamos a dar un paseo.

—¿Adónde? —inquieres mientras te pones la ropa sin quitarle las etiquetas.

El varón de voz agradable se te acerca y, con firmeza, desprende los precios que cuelgan de tus mangas y tu diminuta falda.

—Te voy a llevar al parque.

—¿Dónde es eso? —preguntas sin saber el motivo por el cual tus prendas ya no tienen los curiosos colgajos.

—Afuera —es la lacónica respuesta.

—¿Afuera no es Aquí?

—No, aquí es adentro —responde él y exhala con fuerza.

«Me lo había advertido —piensa, mientras te mira recoger las etiquetas cercenadas y llevártelas a la boca como haría una traviesa ardilla—; pero yo pensé que bromeaba».

—¡No! ¡No comas eso! —te reprende con gentileza.

—Perdón —replicas como una niña a la que acaban de disciplinar con severidad.

—No pasa nada —te tranquiliza el vocinglero—. Dime, ¿te gusta tu ropa nueva?

—Sí.

—Pues entonces, ven, dame la mano, así. Vamos a dar un paseo.

—¿Afuera?

—Afuera.

—¿Y vamos a volver a Aquí o a Adentro?

—Aquí —contesta con cierto desencanto.

—¿Aquí es una ciudad del país de Adentro?

Él te mira desconcertado y chasquea los dedos. Tus párpados comienzan a pesar demasiado, te sientes mareada. Él vuelve a chasquear los dedos. Tu mirada se nubla y comienzas a perderte en una confortable somnolencia. Murmuras algo ininteligible y el hombre chasquea sus dedos por tercera vez. Duermes.

—¿Puedes escucharme?

—Sí —respondes en una exhalación prolongada.

—Bien, escúchame con atención: cuando vuelva a chasquear los dedos vas a despertar y ya no vas a preguntar nada, únicamente hablarás cuando me dirija a ti, el resto del tiempo vas a guardar silencio. ¿Entiendes?

—Sí.

El sonido indicado te hace recobrar la consciencia. Sigues mareada y tratas de externarlo; pero tu boca se mantiene cerrada y tu lengua se resiste al movimiento, tu garganta no te obedece, y aunque intentas producir alguna palabra, sólo escapan unos débiles ruidos guturales.

El de la voz dulce te aprieta la mano y sentencia definitivamente:

—Vamos a dar un paseo.

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