tagLibros y Novelas9:30 A la Rosario le dan y la criad

9:30 A la Rosario le dan y la criad

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Cuando termina Svetlana, todas la aplauden, pero brevemente. En realidad, están todas esperando que termine la charla y comience la acción. Svetlana vuelve a su silla y queda Ramón solo en la suya, las piernas abiertas con desparpajo, el cipote vertical. Pasea la mirada por las hembras, y al final se clava en Rosario. Esta, al sentir la mirada que la repasa el cuerpo como si la sobara, no puede más. Se frota frenéticamente y explota en un orgasmo incontenible, gimiendo y contorsionándose.

Y ante los ojos asombrados de las chicas, Ramón, sin tocarse el pene, comienza a eyacular. Su polla empieza a manar un abundante chorro de lefa, que escurre como lava tronco abajo. Luego explota como un volcán, y vomita borbotones de semen blanco y denso que vuelan disparados al aire y caen en goterones viscosos que inundan su sexo y sus ingles. Una y otra vez el miembro palpita con una conmoción, el glande se abulta, y surge una nueva erupción. Todas las hembras quedan transportadas y surge un oh! unánime de fervor. Permanecen obedientes en sus asientos, pero estiran el cuello para ver mejor, e instintivamente abren la boca y se relamen con la lengua, como intentando alcanzar alguna gota de aquella bendición. Como Rosario segundos antes, todas se restriegan los chochos hasta fluirse, y se desencadena una enajenación colectiva.

Ramón se espera hasta que se calmen los sollozos y las convulsiones de los orgasmos. Y luego todo sucede muy rápido. Ramón se levanta. Su erección sigue tan potente como antes. Se precipita sobre Rosario. Se hace un mutismo sepulcral en la cocina.

Agarrándola de una muñeca la levanta de la silla con fuerza, la voltea enérgicamente y con la mano en la nuca la hace ofrecerle el culo, doblando la cintura, apoyándose de manos en la silla.

Aferrándola de las caderas con ambas manos, la punta del rabo ya mojando en la húmeda vulva, pero sin meter, se interrumpe para intercambiar un guiño picarón con las otras chicas, que atienden electrizadas y maravilladas. Después, solo se oye un prolongado, profundo y lastimero quejido de Rosario mientras se rinde abandonada a la dura y larga penetración. Luego calla.

La cocina se llena con el ritmo de las ingles de Ramón batiendo contra las cachas de Rosario, y el chapoteo de los caldos. Un ritmo cada vez más rápido. Los puños de Rosario se cierran con fuerza, su cuerpo empieza a temblar y comienza a voltear la cabeza a un lado y otro, agitando la negra melena, sintiendo el castigo. Arranca a gemir quedo y en tono bajo, siguiendo el ritmo. Luego, elevando el tono, con voz más aguda, insistentemente pide más, dice y repite que si, que así. Y finalmente lanza unos gritos a todo pulmón, con voz desgarrada, su cuerpo se agita en convulsiones, y termina en llanto.

Las otras chicas celebran este orgasmo con vítores. "Va uno!" -- exclaman.

Ramón recomienza y prosigue, repitiéndose la secuencia hasta que las chicas exclaman: - "Van dos!"

Y luego hay un tres y hasta un cuatro. Y solo entonces Ramón entrega su carga preciosa y la inunda con su eyaculación bufando de placer.

Rosario cae exhausta al suelo. Torpemente, con los muslos trepidando en temblores, se levanta y vuelve a su silla. Ramón vuelve a la suya.

"Bueno, quien nos faltaba?" -- dice risueño Ramón, como si no hubiera pasado nada -- "Ah, la putita de la Glenys! Anda ven acá, preciosa, que todavía oiremos tu historia antes de que os folle a las demás"

Y Glenys pasa encantada a ocupar el puesto de narradora, amoldando sus posaderas en las rodillas del señorito.

Glenys

Glenys era una latina menudita y chica, que siempre me provocaba alzarla sosteniéndola del culo a dos manos para calzármela en vilo y de pié, de piel morena y pelo negro. Tenía unos ojazos asimismo negros, muy vivos y siempre chisposos. Nariz chata y boca grande, con unos labios muy carnosos, siempre sonriente. Lo tenía todo chiquito pero bien puesto, especialmente su par de bombonas, que no eran muy grandes pero sí muy redondas y que le abultaban muy altas y muy arrimadas en los escotes atrevidos que solía llevar. Un culo recio y rebosante, que se ensanchaba y respingaba a partir de la agarradera de la cintura, y que resistía bien los embistes cuando uno le daba duro. Tenía una panocha chica y estrecha, que era una delicia hincarle el trabuco. - Ramón Amador. MEMORIAS -

La Glenys da comienzo a su historia: - "Una tarde mi señora tenía invitadas en casa. Ya habían llegado todas y al final llaman y abro la puerta y aparece este papito con una maleta. Y yo lo veo tan grande y tan lindo, y me pregunto pues cómo así? Qué hace un muchachote así con tanta vieja? Lo llevo al salón y vaya revuelo, mija. Todas alborotadas como gallinas en corral cuando aparece el gallo. Yo tengo la concha como una sopa desde que le veo en la puerta, pues figúrense esas gordas pendejas, que sus maridos gastan lo poco que les queda con cualquier pinchada."

En esto que suena el timbre de la puerta de la cocina al patio de atrás y se acerca Svetlana a abrir. Es Manolo el pollero, el novio que con mucho arte se anda camelando la Glenys con fines de vicaría. A Glenys, para que le den gusto a la papaya siempre le sobraron pretendientes, y aun mantiene algunos con tal de que sean discretos y no metan la pata si se los encuentra con su novio en el baile o en el paseo, pero para echarla una firma con otra cosa que no sea la minga no hay tantos, así que Glenys lo cuida mucho.

Manolo es buen mozo, fuerte como un mulo, aunque no muy guapo, pero es un poco lelo y mas bruto que un alcornoque. Anda chocho con la Glenys, que comparada con las zagalas de recio bigote de su pueblo es una gachí divina. Anda que no va a presumir cuando vayan a las fiestas!

"Guenos días nos de dios a toa la compaña!" - saluda con la bolsa de la carne de pollo en la mano, y luego se queda pasmado ante tanta hembra junta. Su mirada primero asetea el muestrario de magros, con los ojos grandototes como platos, que hasta se ve algún felpudo entre el muslamen, y se le pone la jeta colorada, se le cae la mandíbula, y el sudor le asoma encima de las pobladas cejas, y luego se clava en la Glenys medio desvestida y sentada en las piernas de Ramón, despatarrado, con el batín abierto, y el animal colgando, y ella abrazada a su cuello, una mano del señorito sobeteando las posaderas, la otra en un muslo, y se queda cejijunto, taciturno y mirando al suelo. Luego las aletas de la nariz ventean el aire, y es que hay un tufo a perfumes baratos, sobaquina, mejillones con pelos, y por encima de todo el flujo coital de la Rosario, que es muy perfumado y dulzón. Se pueden masticar las feromonas en el aire, y a Manolo le están poniendo a escalfar las pelotas.

"Holaaaaaa Manooooolo!"- le saludan a coro todas las domésticas, que le conocen bien como proveedor del barrio. No se molestan en componer la ropa, ni tapar sus vergüenzas, pues están acostumbradas a recibirle en casa tal cómo les pille, si es temprano muchas veces en ropa interior, que no es cosa de interrumpir los oficios para adecentarse cada vez que hay que recibir un pedido. Aún disfrutan de verle cómo se pone, que el hombre es noblote como un animal, y con atisbarles alguna cacha ya se empalma. Antes bien le engatusarán con alguna pose provocadora, que a toda mujer siempre le gustó comprobar el efecto de sus encantos con algún inofensivo, para luego guasearse del infeliz cuando le descubren la calentura. Ahora, que no se le ocurra pasarse ni miajita, que ellas no son miel para esa boca, y además muchas tienen por novio algún amigote del Manolo, no vayamos a joderla si le va con el cuento. Así anda el suelo de la furgoneta, que luego Manolo se mata a gayolas.

Ahora mismo aquella colección de esculturas le tiene más sobrecogido que cuando visitó la catedral al venir a la capital, que aquello eran vírgenes y de piedra, y estas un puñado de corderas de buenas carnes, medio en pelotas y a lo que se ve bien fulanas, que hasta algunas bragas andan tiradas por el suelo. Y aún con la mosca de lo de la Glenys, el apero de hacer hijos se le empieza a poner bruto, y ni la anchura del mono de faena lo puede camuflar.

Ahora que no hay peligro. Ya se sabe que a la mujer la verga que más le pone es la vara de mando, y la hermosura que más le enamora es la hermosura de la cuenta bancaria, y allí quien posee ambos atributos es el Ramón, amén de un rabo sin rival y una cara de niño bonito canalla que fascina a los maricas. Con lo cual el empalme de Manolo solo suscita hilaridad.

"Glenys, chiquilla, ande ve y saluda a tu novio!" - la anima Ramón con una cachetada en el culo.

"Con su permiso, señorito" - y la Glenys por fin se arranca y corre, con mucho meneo del trasero, a echarse al cuello de Ramón y estamparle un sonoro beso en la mejilla. Luego se pone a su lado y pregunta: - "Verdad que es lindo mi prometido, chicas?"

Todas le asienten muy cumplidas. Dicho esto, la Glenys, con el mayor descaro, vuelve a los brazos de Ramón, que la vuelve a enlazar lascivo, y aún le magrea los glúteos.

Manolo discierne que es habitual y bien sabido que los señoritos gocen de las domésticas, y bien que ha disfrutado cuando, de copas con alguno, este ha contado sus fornicaciones con las chachas, unas historias que le ponen muy cachondo y con las que sueña por las noches, pero no se le había ocurrido asociarlo al caso de su novia, así que anda cavilando muy confundido, y ya se encabrona como cornudo, aunque bien mirado la Glenys le ha dejado bien alto delante de todos, ya se pone calentorro imaginando al señorito como se la monta, joder, con lo buena que está la Glenys, esa escena da para una buena paja, hostia ya no se ni lo que me digo, y está hecho un lío el buen hombre, que va a echar humo.

"Que tal Manolo? Qué bueno verte por aquí! Has visto qué colección de buenas mozas me visitan hoy?" - le saluda Ramón largando la mano para sopesar un pecho a la Fátima, como muestra.

"Si señó, muu guenas jembras toas!" - balbucea Manolo.

"Manolo!" - protesta la Glenys - "No nos hemos casado y ya se anda fijando en otras! Veis cómo son de fregaos los hombres?"

"Venga Glenys, deja al chico!" - media Ramón - "Además, que hombre comprometido no es hombre muerto, verdad Manolo? Pero qué te voy a decir yo de hembras. Tú si que te tienes que poner las botas repartiendo en las casas con tanta mujer sola!"

Manolo, que no se come una rosca, y si algo tiene que contar es la viuda que le tiene de bujarrón para sujetarle un dogo con un pene monstruoso al que tiene mucho vicio, otra vieja que le da propinas porque le endiñe con el consolador, y alguna chacha a la que espía en la ducha si tiene algún ventanuco que de al jardín y llega temprano con el recado, no se le ocurre otra cosa que recoger el guante: - "Asín es señorito, que le voy yo a decir, jarto buenas hembras!"

La Glenys, que escucha esto, estalla: - "Pero Manolo! Así es cómo me respetas? Aquí contándole a todas cómo me la pegas con otras?" - y rompe en sollozos y se refugia en los brazos de Ramón a llorar desconsolada.

"Joder Manolo, cómo eres de cruel con la chica! Un poco grosero tu. No?" - le reprende Ramón - "Venga, a lo tuyo, que ya has metido la pata bastante por hoy. Mejor será que esta tarde le tengas unas buenas flores a tu novia!"

Svetlana le lleva al frigorífico a colocar el mandado, y todas se pitorrean por lo bajito de la tienda de campaña de los pantalones que le entorpece el caminar. Cuando terminan, el Manolo se dirige a la puerta, pero allí se queda como clavado.

"Qué pasa Manolo, se te olvida algo?" - le dice Ramón.

"Na...........!" - se arranca por fin Manolo - "Que uhté asín con tor bolo al haire............!"

"Ya ves! Que gusto da ponerse uno a su aire en casa, verdad Manolo?" - le contesta Ramón.

"Si no lo desía por uhté mayormente, señorito, que se pué uhté poné en su casa como le de la rear gana" - se excusa Manolo.

"Ah no era eso? Entonces? No me digas que te apetece!" - dice Ramón agitando el trabuco en el aire con una mano - "Mira, cada cual sus gustos, aunque no te tenía por maricón, pero yo prefiero que me la mame la Rosario" - y diciendo esto la endiña a la Rosario, que sigue arrodillada entre sus muslos unos rabazos sobre la boca.

"No, claro que no soy jomosersuá, señorito. Si yo lo digo por toas estas zagalas, vayan a entrarles lah ganas en loh bajos!"- contesta Manolo.

"Ya se sabe cómo son las mujeres de putas, verdad Manolo, siempre precisando que te las folles, cachondas con verle a uno en calzoncillos. Verdad chicas?"

Y todas, menos la Glenys, que guarda algo las formas, asienten las muy bribonas, con gestos picarones.

"Bah, no te preocupes. Ahora cuando terminemos un asuntillo, yo saco de miserias a la que ande falta, que yo soy muy caballero, y no me gusta que se marchen con el recalentón!" - dice Ramón.

"No, si yo lo decía por mi Glenys" - dice el Manolo.

"Lo de puta?" - mete puya Ramón.

"Me ha llamado puta!" - vuele a estallar en lágrimas la Glenys.

"Joder Manolo! Es que siempre metes la pata!" - protesta Ramón, abrazando a la Glenys - "Anda que mejor harás en largarte que ya te la consuelo yo!"

"Está bien. Buenos días los de dios!" - dice el Manolo y por fin se va.

"Y no te olvides de comprarle flores, que yo a ver si te la ablando un poco mientras tanto!" - todavía le grita Ramón a sus espaldas.

Cuando el hombre se va, las chicas revientan en hilaridades, y todo son parabienes a la Glenys por lo simpático y bien mandao del novio, y lo tieso que lo lleva, que lo tiene en un puño. Luego retornan a la historia.

"Rosario, tu vente aquí y me vas haciendo una mamadita" -- indica Ramón -- "a ver cómo me la pones a punto para tus amigas" -- Rosario se arrodilla entre sus piernas y se pone al tajo -- "A ver Glenys, cuenta!"

La Glenys prosigue:

"Estábamos en que todas las señoras estaban alborotadas como gallinas en corral cuando aparece el gallo. Yo traigo al rato el cafecito y unas pastitas y unos tragos, y veo que está abierta la maleta con unas preciosidades de lencería de lo más fino. La señora me dice se marcha mi amor! y que no entre ya bajo ningún concepto. Si señora, pues, que lo pasen bien bueno. Y así que pasa el rato y yo escucho muchas pláticas, y risas y risitas, y tacones pateando el piso. Y ya me retiro a la cocina, y en esto que aparece el señorito Ramón y yo me sorprendo y le digo que se le ofrece. Y ahí que me dice que si le hago una mamadita pues que quiere que las señoras se la vean dura, pero que esta tarde no se le pone con esas conchudas. Así que le haga el favorcito. Ay no, ni modo, disimulo yo, aunque me muero de ganas con la idea, pues quién se pensó que soy yo! Ande que es un trato entre profesionales, los dos ganamos plata con su señora, y hay que darle gusto. Y me ofrece una parte de las ventas y el regalo de un conjunto, el que más me guste de la maleta. Así somos compadres en el negocio, dice. Y me lleva mi mano a su bulto. Imagínense! Ahí mismito se me van todas las dudas. Entonces él se la saca del pantalón, y yo me asusto de aquella cosa tan grandotota que no se si me va a caber en mi boca. Pero como puedo le hago el trabajito y así él regresa al salón luciendo el bulto de la tremenda tranca en el pantalón. Y vuelven a oírse harto de risas y más alboroto que antes. Y luego ya se oye puro voces de mujer en plena cogedera. Se las anda follando a todas, pues! A mí se me estaba poniendo un calenturón bien macho, que estaba pensando si llamar alguno de los papacitos con quien me alivio de la abstinencia que mantengo con mi novio. Pero al rato, que me aparece de nuevo en la cocina, sin calzones, solo con la verga todita tiesa, y sin decir como esta usted me pone de patas en el suelo y me la mete hasta que noto esos huevotes dándome en las nalgas. Y ahí mismo que se goza hasta que me suelta toda su vaina. Y esto pues, papi, es que no tuvo bastante con tanta vieja, mi amor? Es que estas gordas se corren con solo mirar, me explica el muchacho, y ya necesitaba un coño estrecho y bien bueno. Ah, bueno, pues bien pueda cada vez que quiera, papito, le digo yo. Y desde entonces él viene a metérmela cuando se le antoja."

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